Jueves de la 9ª semana del Tiempo Ordinario – Año II
Evangelio: Mc 12,28b-34
Película sugerida: De dioses y hombres
A
la luz de las pantallas, hoy podríamos asomarnos a una película profundamente
evangélica: ** De dioses y
hombres **. Esta película francesa de 2010, dirigida por Xavier
Beauvois, se inspira en la historia de los monjes cistercienses de Tibhirine,
en Argelia, y en el difícil discernimiento que vivieron cuando la violencia
comenzó a amenazar su presencia entre la población local. (Wikipedia)
Allí
vemos a unos monjes que no predican con grandes discursos, ni buscan imponerse,
ni hacen de la fe una bandera agresiva. Evangelizan de otro modo: con la
presencia, la oración, la fidelidad, el servicio médico, la amistad cotidiana,
la cercanía con los pobres y el respeto profundo por un pueblo de otra
tradición religiosa. Son hombres de Dios, pero también hombres del pueblo;
viven mirando al cielo, pero con los pies metidos en la tierra sufriente.
Y
entonces llega la gran pregunta: ¿huir
o permanecer?
¿Salvar la propia vida o quedarse junto a quienes los necesitan?
¿Protegerse o seguir amando?
¿Cerrar la puerta por miedo o mantener abierta la casa por fidelidad?
Esa
pregunta nos conduce directamente al Evangelio de hoy. Un escriba se acerca a
Jesús y le pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos. Jesús
responde con el corazón mismo de la fe: amar
a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las
fuerzas; y amar al prójimo como a uno mismo.
En
la película, esos monjes parecen encarnar esta respuesta de Jesús. Aman a Dios
en la liturgia, en el silencio, en la Eucaristía, en los salmos, en la vida
comunitaria. Pero ese amor no se queda encerrado en la capilla. Sale al
encuentro del otro. Se hace medicina, pan compartido, escucha, compañía,
respeto, hospitalidad y permanencia.
Ese
es el punto clave: cuando
el amor a Dios es verdadero, siempre termina haciéndose cercanía al prójimo.
No hay adoración sincera que no nos vuelva más humanos. No hay oración
auténtica que no nos haga más compasivos. No hay vocación cristiana que no termine
convirtiéndose en servicio.
La
primera lectura de hoy también ilumina esta mirada. San Pablo le dice a
Timoteo: “Acuérdate de
Jesucristo”. Pablo está encadenado, pero afirma con fuerza que la Palabra de Dios no está encadenada.
Qué hermoso mensaje para la obra evangelizadora de la Iglesia. A veces la
misión encuentra dificultades: cansancio, indiferencia, rechazo, persecución,
escasez de vocaciones, pobreza de medios. Pero la Palabra sigue viva. No se
encadena cuando hay corazones capaces de recordar a Cristo y de vivir como Él.
Los
monjes de De dioses y hombres
nos recuerdan precisamente eso: la evangelización no siempre hace ruido. A
veces evangeliza más una presencia fiel que mil discursos. Evangeliza una
comunidad que ora. Evangeliza una mesa compartida. Evangeliza un gesto de
cuidado. Evangeliza quedarse cuando todos aconsejan irse. Evangeliza amar sin
poseer, servir sin dominar, acompañar sin imponer.
El
salmo de hoy nos pone en los labios una petición preciosa: “Señor, enséñame tus caminos.”
Y el camino que Jesús nos enseña en el Evangelio no es el de la
autosuficiencia, ni el de la vanidad religiosa, ni el de la discusión
permanente para demostrar quién tiene la razón. Es el camino del amor humilde,
entero, concreto. Amar a Dios con todo lo que somos, y amar al prójimo no en
abstracto, sino en el rostro real de quien tenemos cerca.
Por
eso esta reflexión se une hoy a nuestra intención orante: la obra evangelizadora de la Iglesia y
las vocaciones. Necesitamos vocaciones así: hombres y mujeres
que no vivan la fe como refugio cómodo, sino como entrega. Sacerdotes,
religiosos, religiosas, matrimonios, catequistas, misioneros, jóvenes y laicos
que recuerden a Jesucristo y hagan visible su amor en medio del mundo.
Al
final, el escriba del Evangelio escucha a Jesús y reconoce que amar vale más
que todos los sacrificios y holocaustos. Entonces Jesús le dice: “No estás lejos del Reino de Dios.”
Quizás esa sea también la pregunta para nosotros al apagar la pantalla y volver
a la vida real:
¿Estoy cerca del Reino?
¿Mi fe me está haciendo amar más?
¿Mi oración me vuelve más servidor?
¿Mi amor a Dios se nota en la manera como trato al prójimo?
Porque
el Reino de Dios no está lejos cuando el amor deja de ser teoría y se vuelve
vida. Y quizá, como en aquellos monjes de Tibhirine, el mundo necesite menos
discursos brillantes y más testigos silenciosos; menos palabras duras y más
presencias fieles; menos religiosidad de fachada y más corazones capaces de
amar a Dios y al prójimo hasta el final.
A la luz de las pantallas, hoy la película nos deja una
pregunta evangélica: cuando amar se vuelve difícil, ¿seguimos amando?


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