jueves, 11 de junio de 2026

12 de junio del 2026: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Celebrada el viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, esta solemnidad nos invita a contemplar el amor de Cristo, manso y humilde de corazón. En su Corazón traspasado se revela la misericordia infinita de Dios, que elige, perdona, consuela y salva. Hoy la Iglesia nos llama a acercarnos con confianza a Jesús, especialmente cuando estamos cansados y agobiados, para encontrar en Él descanso, sanación y esperanza.

 


Las cualidades más preciosas

(Mateo 11,25-30) «Háganse discípulos míos, porque soy manso y humilde de corazón».

 La mansedumbre y la humildad son ciertamente cualidades hermosas, pero quizá no las primeras que esperaríamos del Señor. ¿Por qué no se nos presentó como fuerte, sólido o protector? Sin duda porque la mansedumbre y la humildad son signos de una fragilidad que hay que acoger para recibir el más grande de los tesoros: el amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

Dt 7, 6-11
El Señor se enamoró de ustedes y los eligió

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser ustedes más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a ustedes y por mantener el juramento que había hecho a sus padres, los sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y los rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.
Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.
Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.
Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 3-4. 6-7. 8 y 10 (R.: cf. 17)

R. La misericordia del Señor dura por siempre
para aquellos que le temen.


V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura.
 R.

V. El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. 
R.

V. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. 
R.

 

Segunda lectura

1 Jn 4, 7-16

Dios nos amó

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tomen mi yugo sobre ustedes —dice el Señor—, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. R.

 

Evangelio

Mt 11, 25-30

Soy manso y humilde de corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una fiesta que nos lleva al centro mismo de nuestra fe: Dios tiene corazón, Dios ama, Dios se compadece, Dios se inclina hacia nosotros con ternura.

La Palabra de Dios de este día nos ayuda a comprender que el amor de Dios no es una idea bonita ni un sentimiento pasajero. Es una elección, una alianza, una fidelidad y una entrega.

En la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, Moisés le recuerda al pueblo de Israel algo fundamental: Dios no lo eligió porque fuera el más grande, el más fuerte o el más importante entre todos los pueblos. Al contrario, era un pueblo pequeño. Dios lo eligió simplemente porque lo amó. Esa es la lógica de Dios: no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es amor. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia.

Y esto es profundamente consolador. A veces creemos que para acercarnos a Dios tenemos que llegar impecables, fuertes, resueltos, sin heridas y sin cansancios. Pero el Corazón de Jesús nos dice otra cosa: ven tal como estás, con tu historia, tus luchas, tus caídas, tus dolores, tus búsquedas y tus heridas.

El salmo responsorial lo proclama con una belleza inmensa: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Él perdona, cura, rescata, corona de amor y ternura. El salmo no nos habla de un Dios distante, frío o indiferente, sino de un Dios que se conmueve ante nuestra miseria. Su amor no aplasta, levanta; no humilla, dignifica; no condena al que se acerca arrepentido, sino que lo abraza.

Por eso, la segunda lectura de la primera carta de san Juan nos ofrece una de las afirmaciones más bellas de toda la Sagrada Escritura: “Dios es amor”. No dice solamente que Dios ama, sino que Dios es amor. Su identidad más profunda es amar. Todo lo que hace Dios nace de su amor. La creación, la alianza, el perdón, la encarnación, la cruz, la Eucaristía, todo brota del amor de Dios.

Y ese amor se ha manifestado plenamente en Jesucristo. En Él vemos el rostro humano del amor divino. En Él vemos el Corazón de Dios latiendo en medio de la historia. Un Corazón que se acercó a los enfermos, a los pecadores, a los excluidos, a los cansados, a los tristes, a los que no contaban. Un Corazón que lloró, que se estremeció, que tuvo compasión, que perdonó, que se entregó hasta el extremo.

En el Evangelio, Jesús nos hace una invitación que hoy debemos escuchar con el alma abierta: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.

Qué palabra tan necesaria para nuestro tiempo. Hay cansancios del cuerpo, pero también hay cansancios del alma. Hay personas que cargan enfermedades, dolores físicos, limitaciones, tratamientos, soledad. Y hay también quienes llevan heridas invisibles: tristeza, ansiedad, miedo, culpa, depresión, duelos, preocupaciones, decepciones, angustias que no siempre se ven, pero pesan mucho.

Hoy oramos de manera especial por todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. Los ponemos en el Corazón de Jesús. Allí donde el dolor humano encuentra consuelo. Allí donde la herida no es despreciada, sino tocada con misericordia. Allí donde el cansancio no es motivo de vergüenza, sino ocasión para dejarse cargar por el Señor.

Jesús no dice: “Vengan a mí solamente los fuertes”. No dice: “Vengan a mí los que ya no tienen problemas”. No dice: “Vengan a mí los que nunca han fallado”. Dice: “Vengan a mí todos los cansados y agobiados”.

Y luego añade: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Quizá, como decía alguien, la mansedumbre y la humildad no son las primeras cualidades que esperaríamos de Dios. Tal vez quisiéramos que Dios se manifestara ante todo como poderoso, imponente, invencible, protector en el sentido humano de la palabra. Pero Jesús revela la fuerza más grande de Dios en un Corazón manso y humilde.

La mansedumbre no es debilidad. Es la fuerza del amor que no destruye. La humildad no es pequeñez inútil. Es la grandeza de quien se abaja para salvar. El Corazón de Jesús es manso porque no nos obliga a amar; nos atrae. Es humilde porque no se impone con violencia; se ofrece. Es fuerte porque sabe cargar con nuestro pecado, nuestro dolor y nuestra fragilidad.

Contemplar el Sagrado Corazón de Jesús es contemplar un amor herido, pero no vencido. Un amor abierto por la lanza, pero lleno de vida. Un amor rechazado muchas veces, pero siempre fiel. Un amor que no se cansa de amar.

Hoy esta solemnidad nos invita a tres actitudes.

Primero, dejarnos amar por Dios. Parece sencillo, pero no siempre lo es. A veces aceptamos que Dios ame a los demás, pero nos cuesta creer que nos ame a nosotros con nuestras pobrezas. El Corazón de Jesús nos recuerda que somos amados personalmente, no en masa, no de manera anónima. Cada uno puede decir: Cristo me ama, Cristo me busca, Cristo me carga, Cristo me espera.

Segundo, descansar en Cristo. No todo lo podemos resolver con nuestras fuerzas. Hay cargas que necesitamos poner en sus manos. Descansar en Cristo no significa evadir la vida, sino vivirla sostenidos por Él. Quien se apoya en el Corazón de Jesús encuentra paz aun en medio de la prueba.

Y tercero, aprender a tener un corazón semejante al suyo. Si Dios nos ama así, también nosotros estamos llamados a amar con misericordia. Un corazón unido al de Cristo no puede ser duro, indiferente, orgulloso o cruel. El cristiano debe ser alguien que alivie, que consuele, que escuche, que perdone, que acompañe. En un mundo donde tantos sufren silenciosamente, hace falta gente con corazón: corazón manso, humilde, compasivo, parecido al de Jesús.

Pidamos hoy al Señor que sane nuestros corazones. Que toque a quienes sufren en el cuerpo con enfermedad o dolor. Que consuele a quienes sufren en el alma con tristeza, soledad o angustia. Que fortalezca a las familias que cargan preocupaciones. Que dé esperanza a quienes se sienten cansados de luchar.

Y que todos nosotros podamos escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la voz dulce del Señor:

“Ven a mí. Descansa en mí. Aprende de mi Corazón. Yo te aliviaré”.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Hoy celebramos una de las fiestas más entrañables de nuestra fe: la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. No celebramos simplemente una devoción piadosa, ni una imagen bonita, ni una tradición antigua. Celebramos el misterio profundo del amor de Dios revelado en Cristo. Celebramos que Dios tiene un Corazón abierto para nosotros; un Corazón manso, humilde, misericordioso y fiel.

El Evangelio de hoy nos regala unas palabras que parecen escritas para todo ser humano cansado, herido o agobiado: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Son palabras suaves, pero no débiles; tiernas, pero llenas de poder; sencillas, pero capaces de levantar una vida entera.

Normalmente no unimos fácilmente estas dos palabras: mansedumbre y poder. Pensamos que el fuerte es el que se impone, el que domina, el que controla, el que no muestra fragilidad. Pero en el Corazón de Jesús descubrimos otro tipo de fuerza: la fuerza del amor que no aplasta, sino que carga; no humilla, sino que levanta; no grita, sino que llama; no obliga, sino que atrae.

En el ciclo litúrgico B, la solemnidad del Sagrado Corazón nos presenta el costado abierto de Cristo, cuando el soldado traspasa su Corazón y de él brotan sangre y agua. Allí contemplamos el Corazón abierto por la lanza. Hoy, en cambio, en el Evangelio de san Mateo, Jesús nos abre su Corazón con sus propias palabras: “Vengan a mí”. Es como si el Señor nos dijera: entren en mi amor, descansen en mi misericordia, dejen que yo cargue con ustedes.

La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos recuerda que Dios eligió a Israel no porque fuera el pueblo más grande ni el más fuerte, sino porque lo amó. Esa es la lógica de Dios. Él no ama porque seamos perfectos; nos ama porque Él es fiel. No nos escoge por nuestros méritos, sino por su misericordia. El amor de Dios no comienza cuando nosotros somos buenos; más bien, es su amor el que nos hace capaces de responderle.

Esta verdad es muy importante, sobre todo para quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Porque cuando una persona está enferma, cansada, triste, deprimida, angustiada o golpeada por la vida, puede llegar a pensar que no vale, que estorba, que Dios se ha olvidado de ella o que su dolor no le importa a nadie. Pero la fiesta del Sagrado Corazón nos dice todo lo contrario: Dios mira con especial ternura a quien está herido. El Corazón de Jesús no rechaza la fragilidad humana; la abraza.

Por eso el salmo nos hace cantar: “El Señor es compasivo y misericordioso”. Él perdona, cura, rescata, corona de amor y ternura. Qué hermosa imagen: Dios no se queda mirando desde lejos nuestra miseria, sino que se acerca para curar. No solo perdona el pecado; también quiere sanar las heridas profundas que el pecado, la enfermedad, la soledad, la tristeza y la vida misma van dejando en nosotros.

Y san Juan, en la segunda lectura, nos lleva al centro de todo cuando afirma: “Dios es amor”. No dice solamente que Dios tiene amor o que Dios siente amor. Dice algo mucho más grande: Dios es amor. Su ser más íntimo es amar. Por eso, quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Celebrar el Sagrado Corazón es celebrar precisamente esto: que el amor de Dios se hizo carne en Jesús. El amor invisible del Padre se hizo rostro, manos, mirada, palabra, cercanía, cruz y Eucaristía. En Jesús, Dios no nos amó desde lejos; se acercó a nuestra condición humana. Conoció el cansancio, la incomprensión, la tristeza, la traición, el dolor y la muerte. Por eso puede decirnos con verdad: “Vengan a mí todos los cansados y agobiados”. Él sabe lo que pesa el sufrimiento humano.

Ahora bien, Jesús no promete quitarnos mágicamente todas las cargas. Él dice: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí”. El yugo, en el lenguaje del campo, une a dos para caminar juntos y cargar juntos. Cuando Jesús nos invita a tomar su yugo, no nos está diciendo que la vida cristiana no tendrá luchas. Nos está diciendo que ya no tendremos que cargar solos.

Esta es una gran noticia: Cristo no siempre quita inmediatamente el peso, pero se pone debajo del peso con nosotros. No siempre elimina la cruz, pero la transforma con su presencia. No siempre cambia de golpe las circunstancias, pero cambia el corazón con el que las vivimos. Su yugo es suave porque está hecho de amor. Su carga es ligera porque se lleva con la fuerza de la gracia.

Hoy queremos poner en el Corazón de Jesús a todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. A los enfermos, a quienes sienten dolor físico, a quienes esperan un diagnóstico, a quienes viven limitaciones, a quienes cuidan enfermos y se sienten agotados. Pero también queremos poner allí a quienes sufren por dentro: los que cargan ansiedad, tristeza, miedo, culpa, duelo, soledad, depresión, heridas familiares, decepciones, cansancio espiritual.

Hay dolores que se ven y otros que se esconden. Hay lágrimas que caen por fuera y otras que se lloran en silencio. Pero ninguna lágrima es desconocida para el Corazón de Cristo. Él conoce lo que no siempre sabemos explicar. Él entiende lo que a veces ni nosotros mismos entendemos. Él abraza lo que otros quizá no alcanzan a ver.

Por eso, la invitación de hoy es profundamente personal: ven a Jesús. No vengas cuando ya tengas todo resuelto. No vengas solo cuando te sientas fuerte. No vengas pensando que debes ocultar tus heridas. Ven con tu cansancio, con tu historia, con tus luchas, con tu enfermedad, con tu pecado, con tu necesidad de consuelo. El Corazón de Jesús es refugio, pero también es fuego: refugio que acoge y fuego que transforma.

Entrar en el Corazón de Jesús significa dejar de vivir como si todo dependiera únicamente de nosotros. Significa soltar la autosuficiencia, entregar la ansiedad, descansar en su providencia. Significa aprender a caminar al ritmo de Cristo, no al ritmo acelerado del mundo. Significa descubrir que el verdadero descanso no siempre consiste en no tener problemas, sino en saber que no estamos solos en medio de ellos.

Pero esta solemnidad también nos compromete. Quien descansa en el Corazón de Jesús debe aprender a tener un corazón semejante al suyo. Si Él es manso y humilde, también nosotros estamos llamados a ser menos duros, menos orgullosos, menos indiferentes. Si Él carga con nosotros, también nosotros debemos ayudar a cargar las penas de los demás. Si Él consuela, también nosotros debemos ser presencia de consuelo. Si Él tiene un Corazón abierto, no podemos vivir con el corazón cerrado.

Cuánto necesita nuestro mundo corazones mansos y humildes. Cuánto necesitan nuestras familias menos orgullo y más ternura. Cuánto necesitan nuestras comunidades menos juicio y más misericordia. Cuánto necesitan los enfermos y los tristes una palabra, una visita, una oración, una escucha sincera, una presencia que no condene ni se canse.

En esta Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús vuelve a entregarse por nosotros. La Eucaristía es el amor de Cristo hecho alimento. Allí se nos da el mismo Jesús que nos dice: “Vengan a mí”. Cada comunión es una invitación a descansar en Él, a dejarnos amar por Él y a vivir unidos a Él.

Pidámosle hoy al Señor que transforme esta solemnidad en algo más que una devoción. Que sea una forma de vida. Que podamos vivir dentro del Corazón de Jesús y dejar que Jesús viva en nuestro corazón. Que en Él encuentren descanso los cansados, consuelo los tristes, fortaleza los enfermos, esperanza los que sufren y misericordia todos los pecadores.

Y que nunca olvidemos esta palabra dirigida a cada uno de nosotros:

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
Amén.

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