lunes, 22 de junio de 2026

22 de junio del 2026: lunes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

Santo del día:

Santos John Fisher y Tomás Moro

Muertos en 1535. Respectivamente obispo de Rochester y canciller de Inglaterra, se negaron, por fidelidad a Roma, a prestar el juramento de supremacía del rey Enrique VIII, y murieron decapitados. Ambos fueron canonizados en 1935.

 


La buena medida

2 Reyes 17, 5-8.13-15a.18; Mateo 7, 1-5

La ley de la reciprocidad está inscrita en la vocación moral que Dios nos da: seremos tratados según la “medida” con la que tratemos a los demás. Así, Dios, abandonado por las tribus del Norte, termina dejando a su pueblo a merced de gente que no tiene ninguna preocupación por la moral. Dar una “buena medida” a nuestros hermanos pasa, como mínimo, por la humildad de no erigirnos en jueces de sus acciones.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 17, 5-8. 13-15a. 18
El Señor apartó a Israel de su presencia y solo quedó la tribu de Judá

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, avanzó Salmanasar, rey de Asiria, contra todo el país, comenzando por Samaría, a la que puso sitio durante tres años, hasta que, el año noveno de Oseas, el rey de Asiria la conquistó. Deportó a Israel a Asiria y lo estableció en Jalaj, en el Jabor, río de Gozán, así como en las ciudades de los medos.
Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de la tierra de Egipto, sustrayéndolos a la mano del faraón, rey de Egipto; porque dieron culto a otros dioses y siguieron las costumbres de aquellas naciones que el Señor había expulsado ante ellos.
Pues el Señor había advertido a Israel y a Judá, por boca de todos los profetas y videntes:
«Conviértanse de sus malos caminos y guarden mis mandamientos y decretos, conforme a la ley que prescribí a sus padres y que les transmití por mano de mis siervos los profetas».
Pero no hicieron caso, manteniendo dura la cerviz como habían hecho sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios.
Despreciaron así sus leyes y la alianza que estableció con sus padres, tanto como las exigencias que les impuso.
Y se encolerizó el Señor sobremanera contra Israel, apartándolos de su presencia.
Solo quedó la tribu de Judá.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 59, 3. 4-5. 12-14 (R.: 7b)

R. Que tu mano salvadora, Señor, nos responda.

V. Oh, Dios, nos rechazaste y rompiste nuestras filas;
estabas airado, pero restáuranos. 
R.

V. Has sacudido y agrietado el país:
repara sus grietas, que se desmorona.
Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo,
dándole a beber un vino de vértigo.
 R.

V. Oh, Dios, nos has rechazado
y no sales ya con nuestras tropas.
Auxílianos contra el enemigo,
que la ayuda del hombre es inútil.
Con Dios haremos proezas,
él pisoteará a nuestros enemigos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón. R.

 

Evangelio

Mt 7, 1-5

Sácate primero la viga del ojo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque serán juzgados como juzguen ustedes, y la medida que usen, la usarán con ustedes.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes nos pone delante una advertencia muy seria, pero también muy necesaria: la vida espiritual se pierde cuando dejamos de escuchar a Dios y cuando empezamos a mirar a los demás desde la superioridad, el juicio y la dureza del corazón.

La primera lectura, tomada del segundo libro de los Reyes, nos presenta uno de los momentos más dolorosos de la historia del pueblo de Israel: la caída de Samaría y la deportación del reino del Norte. El texto dice que esto sucedió porque los hijos de Israel pecaron contra el Señor, su Dios; porque siguieron las costumbres de otros pueblos; porque rechazaron las advertencias de los profetas; porque endurecieron la cerviz y no quisieron escuchar.

No se trata de imaginar a un Dios vengativo que se complace castigando. Se trata más bien de reconocer que cuando un pueblo abandona a Dios, termina quedando a merced de sus propios ídolos, de sus propias confusiones, de sus propias esclavitudes. Israel se apartó del Señor, y al apartarse de Él perdió también el camino de la justicia, de la fidelidad y de la verdadera libertad.

Eso también puede sucedernos a nosotros. Cuando dejamos de escuchar la voz de Dios, otras voces ocupan su lugar. Cuando dejamos de buscar su voluntad, terminamos justificando cualquier cosa. Cuando olvidamos que todo viene de Él, el corazón se vuelve autosuficiente, ingrato y duro.

Por eso el salmo de hoy tiene tono de súplica. El pueblo reconoce su fragilidad y clama: “Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil”. Es una oración humilde. Es la oración de quien sabe que no puede salvarse solo. Es la oración de quien descubre que, sin Dios, nuestras fuerzas no bastan.

Y en el Evangelio, Jesús nos lleva al corazón de la vida fraterna: “No juzguen, para no ser juzgados”. Esta frase es muy conocida, pero no siempre es bien entendida. Jesús no nos está diciendo que renunciemos al discernimiento, ni que llamemos bien al mal, ni que dejemos de corregir cuando sea necesario. Lo que Jesús condena es esa actitud interior de quien se coloca por encima del hermano, como si fuera dueño de la verdad, juez de las conciencias y medida de todos.

El Señor nos recuerda una ley espiritual profunda: “La medida que usen, la usarán con ustedes”. Es decir, el modo como tratamos a los demás revela el modo como entendemos la misericordia de Dios. Si somos duros, implacables y condenatorios, quizá todavía no hemos comprendido cuánto nos ha perdonado el Señor. Si somos misericordiosos, pacientes y humildes, entonces estamos dejando que la gracia de Dios transforme nuestra mirada.

Jesús usa una imagen fuerte: vemos la paja en el ojo del hermano, pero no vemos la viga en el nuestro. Qué fácil es descubrir los defectos ajenos. Qué fácil es señalar, comentar, sospechar, condenar. Qué fácil es mirar la vida de los demás desde fuera, sin conocer sus luchas, sus heridas, sus lágrimas, sus historias y sus cargas.

Pero el Evangelio nos invita a comenzar por dentro. Antes de querer corregir a los demás, debemos dejarnos corregir por Dios. Antes de hablar de la paja del hermano, debemos pedir luz para reconocer nuestras vigas: nuestro orgullo, nuestra falta de caridad, nuestras palabras hirientes, nuestras omisiones, nuestras incoherencias, nuestros pecados escondidos.

Esta enseñanza se une profundamente con la primera lectura. Israel cayó porque dejó de escuchar a Dios y se cerró a sus profetas. Nosotros también podemos caer cuando dejamos de escuchar al Señor y, en lugar de convertirnos, preferimos juzgar a los demás. El que no se examina a sí mismo termina examinando sin misericordia la vida ajena. El que no se reconoce pecador termina mirando al hermano como culpable. El que olvida que necesita perdón se vuelve incapaz de perdonar.

Hoy, además, oramos por nuestros fieles difuntos. Esta intención nos ayuda a mirar la vida con más humildad. Ante la muerte, se apagan muchas pretensiones. Ante la eternidad, comprendemos que todos somos pobres delante de Dios. Ninguno de nosotros puede presentarse ante el Señor apoyado solamente en sus méritos. Todos necesitamos misericordia.

Orar por los difuntos es un acto de amor y de fe. Es confiar en que Dios, que conoce el corazón de cada persona, mira con ternura la historia de sus hijos. Nosotros no juzgamos su destino eterno; los entregamos a la misericordia del Padre. Pedimos que el Señor purifique lo que haya que purificar, sane lo que haya que sanar y conceda a nuestros hermanos difuntos participar de la luz y de la paz de su Reino.

Y al orar por ellos, también aprendemos algo para nuestra vida: un día nosotros estaremos delante de Dios. Ese día no contará tanto cuántas veces juzgamos, criticamos o condenamos, sino cuánto amamos, cuánto perdonamos, cuánto servimos, cuánto dejamos que Dios cambiara nuestro corazón.

Por eso, pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de escuchar a Dios. Que no nos pase como al pueblo que endureció su corazón. Que cada llamada del Señor nos encuentre disponibles para la conversión.

Segundo, la gracia de mirarnos con verdad. Que antes de señalar la paja del hermano, tengamos la humildad de reconocer nuestras propias vigas.

Y tercero, la gracia de mirar a los demás con misericordia. No con ingenuidad, pero sí con caridad. No justificando el mal, pero tampoco condenando sin amor. No cerrando los ojos ante la verdad, pero siempre recordando que solo Dios conoce plenamente el corazón humano.

Que esta Eucaristía nos enseñe la “buena medida” del Evangelio: una medida generosa, humilde, compasiva y fraterna. Porque la medida de Dios para nosotros ha sido siempre la misericordia. Y quien ha sido mirado con misericordia, debe aprender también a mirar con misericordia.

Encomendemos hoy a nuestros difuntos al amor del Padre. Que descansen en la paz de Cristo. Y que nosotros, mientras caminamos en esta vida, aprendamos a vivir sin juzgar con dureza, sin condenar con soberbia, y con un corazón cada vez más parecido al corazón misericordioso de Jesús.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes nos invita a mirar hacia dentro. No para encerrarnos en nosotros mismos, sino para dejarnos iluminar por Dios. Porque muchas veces el ser humano cae en una gran tentación: ver con facilidad el pecado, el error y la fragilidad de los demás, pero resistirse a reconocer su propia necesidad de conversión.

En el Evangelio, Jesús nos dice con palabras muy claras: “No juzguen, para no ser juzgados”. Y luego añade esa imagen tan fuerte y tan conocida: “¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. Esta enseñanza de Jesús no es una invitación a vivir sin discernimiento, como si todo diera igual. Tampoco significa que debamos renunciar a corregir fraternalmente cuando sea necesario. Lo que Jesús denuncia es el corazón que se cree superior, el corazón que condena, el corazón que encuentra una satisfacción desordenada en señalar el pecado ajeno.

Y esta es una verdad incómoda: a veces juzgar produce una especie de falsa satisfacción. Criticar, sospechar, hablar mal, comentar los defectos del otro, puede hacernos sentir momentáneamente mejores, más justos, más lúcidos o más santos. Pero esa satisfacción es engañosa. Es una satisfacción desordenada. No viene de Dios. Puede alimentar el orgullo, endurecer el corazón y alejarnos de la verdadera misericordia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos advierte contra el juicio temerario, la maledicencia y la calumnia. Se cae en juicio temerario cuando, sin fundamento suficiente, damos por cierta la culpa moral del prójimo. La maledicencia consiste en revelar sin necesidad los defectos reales de otra persona. Y la calumnia añade algo todavía más grave: decir falsedades que dañan la fama del hermano. En todos estos casos, se hiere la verdad, se hiere la caridad y se hiere la comunión.

Jesús sabe que este pecado puede parecer, a veces, muy justificado. La persona que juzga puede pensar: “Yo solo estoy diciendo la verdad”, “yo solo estoy defendiendo lo correcto”, “yo sí veo lo que otros no quieren ver”. Pero el Señor va más profundo. Él no mira solamente lo que decimos; mira desde dónde lo decimos. No mira solo la corrección exterior; mira si el corazón está movido por el amor o por el orgullo, por la misericordia o por el resentimiento, por el deseo de salvar al hermano o por la necesidad de condenarlo.

Esto fue, precisamente, lo que muchas veces ocurrió con los escribas y fariseos. Conocían la Ley, la citaban, la defendían; pero no siempre la vivían desde el corazón de Dios. Podían juzgar a los demás con dureza, mientras olvidaban la humildad, la compasión y la conversión personal. Se sentían guardianes de la justicia, pero muchas veces estaban cegados por la soberbia.

Por eso Jesús dice: “Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo; entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano”. El Señor no dice que la paja no exista. No niega que el hermano pueda tener algo que corregir. Pero nos recuerda que solo puede ayudar de verdad quien primero ha dejado que Dios lo purifique. Solo puede corregir evangélicamente quien se reconoce también pecador. Solo puede ayudar a otro a salir de su error quien no lo mira desde arriba, sino desde la humildad de quien también ha sido salvado por misericordia.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes ilumina este Evangelio. Allí se nos presenta la caída del reino del Norte, la deportación de Israel y el doloroso resultado de haber abandonado al Señor. El texto dice que los hijos de Israel pecaron contra Dios, siguieron otros caminos, no escucharon a los profetas y despreciaron sus mandamientos. En el fondo, el pueblo se alejó de Dios porque dejó de escucharlo.

Ese es también el peligro del corazón que juzga: deja de escuchar a Dios y comienza a escuchar solo su propio orgullo. Israel fue advertido muchas veces por los profetas, pero endureció el corazón. Nosotros también podemos ser advertidos por la Palabra, por la conciencia, por la Iglesia, por personas que nos aman; pero si no somos humildes, podemos preferir ver el pecado de los otros antes que reconocer el nuestro.

El salmo de hoy es una oración nacida de esa experiencia de fragilidad: “Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil”. Es una súplica que reconoce que solos no podemos. Necesitamos la ayuda de Dios para vencer nuestros enemigos exteriores, pero también nuestros enemigos interiores: el orgullo, la crítica amarga, el resentimiento, la dureza, la envidia, el deseo de quedar por encima de los demás.

La verdadera medicina para el corazón que juzga es la misericordia. Pero no una misericordia superficial, sentimental o permisiva. La misericordia cristiana no niega la verdad; la mira con los ojos de Dios. La misericordia no llama bien al mal; pero tampoco reduce a la persona a su pecado. La misericordia no destruye al pecador; lo busca, lo levanta y lo acompaña hacia la libertad.

Para crecer en misericordia necesitamos educar la mente, la voluntad y también los sentimientos. Con la mente, debemos aprender a mirar como Cristo mira. Con la voluntad, debemos elegir perdonar, aunque no siempre tengamos ganas. Y con el corazón, debemos pedirle a Dios que transforme nuestras heridas, para que no se conviertan en resentimiento ni en juicio permanente contra los demás.

Porque muchas veces juzgamos más duramente a quienes nos han herido, decepcionado o contradicho. Cuando alguien nos ofende, la primera reacción puede ser defendernos, condenar, exagerar sus defectos, contar a otros lo sucedido o alimentar interiormente la queja. Pero Jesús nos invita a comenzar por otro camino: “Saca primero la viga de tu ojo”. Es decir: revisa primero tu corazón; mira qué hay en ti de orgullo, de rabia, de vanidad herida, de falta de perdón, de deseo de venganza.

Este camino duele, porque reconocer la propia viga siempre duele. Es más fácil hablar de la paja ajena que admitir nuestras propias incoherencias. Pero ese dolor es saludable. Es el dolor de la conversión. Es el dolor que purifica. Es el dolor que nos libera de la falsa satisfacción de juzgar y nos abre a la alegría verdadera de la misericordia.

Una comunidad cristiana no se construye con chismes, sospechas y condenas. Se construye con verdad, sí, pero también con caridad. Se construye con corrección fraterna, pero hecha desde la humildad. Se construye cuando cada uno se pregunta primero: “Señor, ¿qué quieres cambiar en mí?”. Una parroquia, una familia, un grupo apostólico, una comunidad religiosa o una amistad se enferman cuando la crítica reemplaza al diálogo, cuando el comentario reemplaza a la oración, cuando el juicio reemplaza a la misericordia.

Hoy el Señor nos invita a hacer un examen sincero. ¿Tengo un corazón que juzga fácilmente? ¿Me siento secretamente satisfecho cuando descubro o comento el defecto de otra persona? ¿Me cuesta alegrarme por el bien de los demás? ¿Presumo malas intenciones sin conocer toda la historia? ¿He dañado la fama de alguien con mis palabras? ¿He confundido la defensa de la verdad con la falta de caridad?

Estas preguntas no son para condenarnos, sino para abrirnos a la gracia. Jesús no nos muestra la viga para humillarnos, sino para sanarnos. No nos invita a reconocer nuestro pecado para aplastarnos, sino para liberarnos. La misericordia de Dios no es una teoría bonita; es una fuerza que puede cambiar nuestro modo de mirar, hablar, pensar y actuar.

Pidamos hoy al Señor que nos dé un corazón humilde. Que antes de juzgar, sepamos orar. Que antes de condenar, sepamos comprender. Que antes de hablar del hermano, sepamos examinarnos delante de Dios. Que antes de corregir, sepamos amar.

Y si algún día tenemos que ayudar a alguien a ver su error, que lo hagamos como Jesús: no desde la superioridad, sino desde la misericordia; no desde la condena, sino desde el deseo sincero de salvación; no para sentirnos mejores, sino para que todos caminemos hacia la libertad de los hijos de Dios.

Que el Señor nos libre de la satisfacción desordenada de juzgar. Que saque de nuestros ojos la viga del orgullo. Y que nos conceda la buena medida del Evangelio: la medida de la misericordia, de la verdad y del amor.

Amén.

 

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