Santo del día:
Santos
Marcelino y Pedro
Siglo
IV.
El
primero era sacerdote; el segundo, exorcista. Ambos fueron decapitados en Roma,
bajo el emperador Diocleciano. En el lugar de su sepulcro fue construida una
basílica.
¿Con retraso?
(2 Pedro 3,12-15a.17-18) La segunda carta de Pedro evoca
el retraso del retorno glorioso de Cristo, ligado al fin de los tiempos. Esto
fue una piedra de tropiezo para sus contemporáneos, algo que puede
sorprendernos, pues nuestra época insiste más en el “ya presente” de la
salvación. Sin embargo, permanece abierta la cuestión del pleno cumplimiento de
las promesas. Esta pregunta se vuelve más viva en medio de las pruebas, cuando
tenemos la impresión de que nuestra fe se desgasta. Pero, ¿no habrá que
descubrir este retraso como una oportunidad para crecer en “la gracia y el
conocimiento de Dios”?
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
2 Pe 3, 12-15a. 17-18
Esperamos
unos cielos nuevos y una tierra nueva
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
¡Ustedes esperan y apresuran la llegada del Día de Dios! Ese día los cielos se
disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados.
Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra
nueva en los que habite la justicia.
Por eso, queridos míos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que
Dios los encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y consideren
que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación.
Así pues, queridos míos, ya que están prevenidos, estén en guardia para que no
los arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga su firmeza. Por el
contrario, crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y
Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Señor,
tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
V. Antes
que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios. R.
V. Tú reduces
el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. R.
V. Aunque uno
viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan. R.
V. Por la
mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria. R.
Aclamación
V. El
Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que
comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. R.
Evangelio
Den al César
lo que es del César y a Dios lo que es de Dios
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos de los fariseos y de los herodianos,
para cazarlo con una pregunta.
Se acercaron y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te
fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad.
¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?».
Adivinando su hipocresía, les replicó:
«¿Por qué me tientan? Tráiganme un denario, que lo vea».
Se lo trajeron. Y él les preguntó:
«¿De quién es esta imagen y esta inscripción?».
Le contestaron:
«Del César».
Jesús les replicó:
«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Y se quedaron admirados.
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos invita a mirar el tiempo con ojos de fe. A veces
sentimos que Dios tarda: tarda en responder, tarda en intervenir, tarda en
cumplir sus promesas. La segunda carta de Pedro hablaba precisamente de ese
aparente retraso del retorno del Señor. Algunos cristianos comenzaban a
cansarse, a dudar, a pensar que la espera era inútil. Pero el apóstol les
recuerda que el tiempo de Dios no es vacío: es oportunidad, paciencia,
conversión y crecimiento.
El
salmo lo expresa con una oración profundamente humana: “Señor, tú has sido nuestro refugio de
generación en generación”. Nosotros pasamos; Dios permanece.
Nuestros años son breves, nuestras fuerzas se gastan, nuestros proyectos
cambian, pero el Señor sigue siendo casa, refugio y sostén. Por eso el salmista
pide: “Sácianos de tu
misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo”. No
pide solamente más años; pide que los años tengan sentido, que estén llenos de
la misericordia de Dios.
En
el Evangelio, los fariseos y herodianos quieren tenderle una trampa a Jesús con
la pregunta sobre el impuesto al César. Si responde de una manera, lo acusan
ante Roma; si responde de otra, lo desacreditan ante el pueblo. Pero Jesús no
cae en la trampa. Pide una moneda y pronuncia una frase que ha atravesado los
siglos: “Den al César lo
que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Jesús
no está dividiendo la vida en dos mundos separados: por un lado Dios, por otro
la sociedad. Más bien nos enseña a ordenar las cosas. Al César se le puede dar
una moneda, porque lleva su imagen; pero a Dios hay que darle el corazón,
porque nosotros llevamos su imagen. La moneda pertenece al poder de este mundo;
la persona humana pertenece a Dios. Por eso ningún poder, ninguna ideología,
ningún interés económico, ninguna ambición puede ocupar el lugar del Señor.
Esta
enseñanza ilumina también nuestra relación con los bienes materiales. Hoy
oramos por nuestros benefactores, por quienes sostienen con generosidad la obra
evangelizadora de la Iglesia. Ellos nos recuerdan que el dinero puede ser
simple moneda de intercambio, pero también puede convertirse en instrumento de
comunión, caridad y misión cuando se ofrece con corazón limpio. Dar a Dios lo
que es de Dios significa también poner nuestros talentos, recursos y
posibilidades al servicio del Reino.
Los
santos Marcelino y Pedro, mártires del siglo IV, vivieron esta verdad hasta las
últimas consecuencias. Marcelino, sacerdote, y Pedro, exorcista, fueron
decapitados en Roma durante la persecución de Diocleciano. Ellos supieron que
al emperador no se le podía entregar la conciencia ni la fidelidad a Cristo.
Dieron testimonio con su sangre de que solo Dios merece adoración absoluta.
Hermanos,
quizá también nosotros sentimos a veces que Dios tarda. Pero mientras
esperamos, el Señor nos educa. Nos enseña a crecer en la gracia, a vivir con
responsabilidad en el mundo, a servir con generosidad y a no olvidar que
llevamos grabada en el alma la imagen de Dios.
Pidamos
hoy al Señor tres gracias: saber usar bien el tiempo, saber ordenar los bienes
de este mundo y saber entregarle a Dios lo que más le pertenece: nuestra vida,
nuestra conciencia, nuestra fe y nuestro corazón. Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este martes nos pone delante una pregunta muy actual: ¿qué es lo que verdaderamente nos une?
Porque no toda unión es comunión. Hay alianzas que nacen del amor, de la
verdad, de la fe y del deseo sincero de buscar el bien. Pero también hay
alianzas que nacen del miedo, del resentimiento, de la envidia, de la
conveniencia o del deseo de destruir a alguien.
Eso
es lo que vemos en el Evangelio de hoy. Se acercan a Jesús algunos fariseos y
herodianos para tenderle una trampa. Lo curioso es que estos grupos no eran
precisamente amigos. Los fariseos eran celosos de la Ley, desconfiaban de la
dominación romana y querían preservar la identidad religiosa de Israel. Los
herodianos, en cambio, estaban más cercanos al poder político y al sistema
sostenido por Roma. Pero algo los une: su
oposición a Jesús.
Aquí
aparece una triste realidad humana: a veces las personas que no logran unirse
para hacer el bien sí logran unirse para atacar, criticar, destruir o
desacreditar. Es la falsa unidad del resentimiento. Se juntan no porque amen la
verdad, sino porque temen perder poder, prestigio o influencia.
Se
acercan a Jesús con palabras aparentemente hermosas:
“Maestro, sabemos que eres
sincero, que no te dejas influir por nadie y que enseñas el camino de Dios
conforme a la verdad”.
Todo
lo que dicen es cierto, pero lo dicen con mala intención. No buscan aprender;
buscan atrapar. Es la adulación disfrazada de respeto. Por eso esta escena
también nos invita a revisar nuestro lenguaje: no basta decir palabras bonitas;
hay que mirar desde dónde las decimos. Una palabra verdadera, dicha con mala
intención, puede convertirse en veneno.
Luego
viene la trampa:
“¿Es lícito pagar impuesto
al César o no?”
Si
Jesús respondía que sí, podían acusarlo de colaborador de Roma. Si respondía
que no, podían denunciarlo como rebelde político. Pero Jesús no cae en la
trampa. Pide una moneda y pregunta:
“¿De quién es esta imagen
y esta inscripción?”
Le
responden:
“Del César”.
Entonces
Jesús dice:
“Den al César lo que es
del César, y a Dios lo que es de Dios”.
Esta
frase no significa que la vida se divida en dos compartimentos: por un lado lo
político, lo social, lo económico; por otro lado lo religioso. Jesús no está
diciendo que Dios se quede encerrado en el templo y el César gobierne todo lo
demás. Al contrario, Jesús nos enseña a poner cada cosa en su lugar.
La
moneda lleva la imagen del César; por eso puede darse al César. Pero el ser
humano lleva la imagen de Dios; por eso la vida, la conciencia, la dignidad y
el corazón pertenecen a Dios. A los poderes de este mundo se les puede dar
respeto, colaboración responsable, cumplimiento de deberes justos. Pero a Dios
se le debe dar lo más profundo: la fe, la adoración, la obediencia de la
conciencia, el amor primero.
Por
eso el cristiano está llamado a ser buen ciudadano, pero nunca puede entregar
su alma a ningún poder humano. Ningún gobierno, ideología, partido, dinero,
cargo, fama o interés puede ocupar el lugar de Dios. Cuando eso sucede, el
César se vuelve ídolo.
La
primera lectura, tomada de la segunda carta de san Pedro, nos ayuda a mirar más
lejos. El apóstol nos recuerda que esperamos “unos cielos nuevos y una tierra nueva en que habite la
justicia”. Es decir, nuestra vida no se agota en las
estructuras de este mundo. Vivimos aquí, trabajamos aquí, servimos aquí,
cumplimos nuestras responsabilidades aquí; pero nuestro destino último está en
Dios.
San
Pedro añade una exhortación muy concreta: debemos procurar ser hallados “en paz, sin mancha ni reproche”,
y crecer “en la gracia y
en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.
Esta es la verdadera madurez cristiana: no vivir atrapados por el ruido, la
manipulación, las rivalidades o los intereses mezquinos, sino crecer en gracia,
en sabiduría, en paz interior y en fidelidad al Señor.
El
salmo 90 nos recuerda algo fundamental: somos pasajeros, Dios permanece.
“Señor, tú has sido
nuestro refugio de generación en generación”.
Los
poderes humanos pasan. Las monedas cambian. Los imperios caen. Las ideologías
envejecen. Las modas se desvanecen. Pero Dios sigue siendo refugio. El salmista
nos recuerda que mil años ante Dios son como un ayer que pasó. Nuestra vida es
breve, frágil, limitada. Por eso pide:
“Sácianos de tu
misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo”.
Qué
hermosa oración para este día. No basta vivir muchos años; hay que vivirlos
llenos de misericordia. No basta tener ocupaciones; hay que tener sentido. No
basta cumplir deberes externos; hay que pertenecer interiormente a Dios.
El
Evangelio de hoy nos deja, entonces, tres llamadas muy concretas.
Primero:
cuidemos nuestras alianzas.
Preguntémonos: ¿qué me une a los demás? ¿El amor a Dios, el servicio, la
verdad, la misión, la caridad? ¿O me uno a otros solo para criticar, quejarme,
atacar, murmurar o alimentar resentimientos? La comunión cristiana no nace de
tener un enemigo común; nace de tener un Señor común.
Segundo:
cuidemos la sinceridad del
corazón. Los fariseos y herodianos halagan a Jesús, pero no lo
aman. Nosotros también podemos caer en una religiosidad de palabras bonitas,
pero con el corazón dividido. Podemos decir “Señor, Señor”, pero reservarle a
Dios solo una parte pequeña de nuestra vida. Jesús quiere verdad interior.
Tercero:
demos a Dios lo que es de
Dios. ¿Y qué es de Dios? Nuestra vida, nuestra conciencia,
nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestros
talentos, nuestra comunidad, nuestros proyectos. Todo lo que somos viene de Él
y hacia Él debe volver.
Hoy
podríamos preguntarnos: si alguien mirara mi vida, ¿vería en mí la imagen de
Dios? ¿Mis palabras, mis decisiones, mi manera de tratar a los demás, mi
relación con el dinero, mi forma de vivir la fe, muestran que pertenezco a
Dios?
Que
el Señor nos libre de las falsas unidades construidas sobre el resentimiento.
Que nos conceda una fe limpia, una palabra sincera y un corazón libre. Y que
podamos vivir en este mundo con responsabilidad, pero sin olvidar jamás que
nuestra verdadera ciudadanía está en el Reino de Dios.
Amén.

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