Santo
del día:
San Bernabé
Siglo
I.
Al igual que
san Pablo, a quien acompañó en sus primeras misiones entre los paganos, san
Bernabé es honrado como apóstol, aunque no formaba parte del grupo de los Doce.
Según la tradición, habría muerto mártir en Chipre, su isla natal.
Sobriedad y adaptación
(Mateo 10, 7-13) Dirigiéndose a sus Apóstoles, el Señor les da una
lista de instrucciones, por lo menos paradójica: la hace muy precisa, para
terminar diciéndoles que no deben preocuparse de nada. ¿Demasiado fácil? Al contrario,
el llamado es exigente: se trata, al mismo tiempo, de despojarse de lo
superfluo y de adaptarse a los acontecimientos que vayan surgiendo. Así se
dibuja un camino de libertad que permite acoger, anunciar y manifestar la
venida del Reino.
Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté
Saint-Martin
Primera lectura
Era un hombre
bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, gran número creyó y se convirtió al Señor.
Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a
Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y
exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un
hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se
adhirió al Señor.
Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a
Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e
instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos
fueron llamados cristianos.
En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé,
Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del
tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu
Santo:
«Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El Señor
revela a las naciones su justicia.
V. Canten
al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.
V. El
Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.
V. Los
confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. R.
V. Tañan
la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamen al Rey y Señor. R.
Aclamación
V. Vayan
y hagan discípulos a todos los pueblos —dice el Señor—;
yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos. R.
Evangelio
Gratis han
recibido, den gratis
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos,
resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios.
Gratis han recibido, den gratis.
No se procuren en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el
camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su
sustento. Cuando entren en una ciudad o aldea, averigüen quién hay allí de
confianza y quédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar en una casa,
salúdenla con la paz; si la casa se lo merece, su paz vendrá a ella. Si no se
lo merece, la paz volverá a ustedes».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
Celebramos hoy la memoria de San Bernabé, apóstol.
Aunque no pertenece al grupo de los Doce, la Iglesia lo venera como apóstol
porque fue un verdadero enviado, un hombre del Evangelio, un colaborador
generoso en la misión naciente de la Iglesia. Su nombre significa “hijo de la
consolación”, y eso fue precisamente para la comunidad cristiana: un hombre
capaz de animar, de integrar, de acompañar y de abrir caminos nuevos para la
fe.
La primera lectura nos presenta a Bernabé llegando
a Antioquía. Allí descubre que la gracia de Dios está actuando también fuera de
los esquemas acostumbrados. Ve que muchos se convierten al Señor, se alegra,
anima a todos a permanecer fieles y luego va en busca de Saulo para
incorporarlo a la misión. ¡Qué detalle tan hermoso! Bernabé no se pone en el
centro; sabe reconocer los dones de los demás. No compite, no excluye, no
controla. Al contrario, ayuda a que otros puedan servir.
Ahí tenemos una gran enseñanza para la Iglesia de
todos los tiempos: la evangelización no es obra de protagonistas solitarios,
sino de comunidades disponibles al Espíritu Santo. Bernabé entendió que el
Reino de Dios se anuncia mejor cuando cada uno pone sus dones al servicio de
los demás. Por eso, en Antioquía, los discípulos recibieron por primera vez el
nombre de cristianos. No porque llevaran una etiqueta externa, sino porque su
vida comenzaba a transparentar a Cristo.
El salmo nos invita a cantar al Señor un cántico
nuevo, porque ha revelado su salvación a todos los pueblos. Esa es la alegría
de la misión: Dios no quiere salvar solo a unos pocos; su amor se abre a todas
las naciones, a todas las culturas, a todos los corazones. La Iglesia
evangeliza no para imponerse, sino para anunciar que el Señor ha mostrado su
misericordia y su fidelidad.
Y en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos con
una consigna clara: “Vayan proclamando que el Reino de los cielos está cerca”.
Pero junto con el anuncio, les pide un estilo de vida: curar, consolar,
liberar, dar gratis lo que gratis han recibido. El Evangelio no se anuncia solo
con palabras bonitas; se anuncia con signos de cercanía, de servicio, de
compasión y de confianza en Dios.
Jesús también pide sobriedad: no llevar oro, ni
plata, ni alforja, ni túnica de repuesto. No se trata simplemente de pobreza
material, sino de libertad interior. El discípulo no puede ir cargado de
seguridades, de intereses, de vanidades o de deseos de dominio. Quien anuncia
el Reino debe aprender a caminar ligero, confiando más en la fuerza de Dios que
en sus propios recursos.
Esta sobriedad no es desprecio de los medios, sino
purificación del corazón. La Iglesia necesita medios para evangelizar, sí; pero
sobre todo necesita testigos libres, humildes y apasionados. Necesita hombres y
mujeres que no anuncien a Cristo desde la autosuficiencia, sino desde la
confianza. Necesita comunidades que no se queden encerradas en sus comodidades,
sino que salgan al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza.
San Bernabé nos enseña también la adaptación
evangélica. Él supo leer los signos de Dios en Antioquía. No se escandalizó
porque el Espíritu actuara de manera nueva. No apagó la gracia. La reconoció,
la acompañó y la puso en comunión con la Iglesia. Evangelizar exige fidelidad,
pero también apertura; exige claridad, pero también sensibilidad; exige
anunciar siempre a Cristo, pero sabiendo hablar al corazón concreto de cada
persona.
Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora
de la Iglesia y por las vocaciones. Que el Señor suscite nuevos Bernabé:
sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios,
jóvenes y laicos capaces de consolar, acompañar y anunciar el Reino con
alegría. Que no falten corazones generosos que escuchen la voz del Espíritu y
digan: “Aquí estoy, Señor, envíame”.
Pidamos también que cada uno de nosotros descubra
su parte en la misión. No todos iremos a tierras lejanas, pero todos estamos
llamados a ser testigos. En la familia, en la parroquia, en el trabajo, en las
redes sociales, en la enfermedad, en la vida cotidiana, podemos anunciar que el
Reino está cerca cuando vivimos con fe, esperanza y caridad.
Que San Bernabé interceda por nosotros. Que nos alcance
un corazón sencillo, libre de lo superfluo, atento a la acción del Espíritu y
disponible para servir. Y que la Iglesia, sostenida por la gracia de Dios, siga
cantando con el salmo: “El Señor revela a las naciones su salvación”. Amén.
Bertrand
Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin
2
San Bernabé, Apóstol — Testigo de la Providencia y la Misión
Queridos hermanos en Cristo:
En el Evangelio de hoy, escuchamos cómo Jesús envía a sus discípulos a misionar. Les da instrucciones muy concretas: “No lleven oro, ni plata, ni monedas en el cinturón, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10,9-10). Es un envío que exige confianza total en la Providencia de Dios.
San Bernabé, cuya fiesta hoy celebramos, es uno de los grandes ejemplos de este espíritu apostólico. Cuando la comunidad de Antioquía comenzó a crecer rápidamente, Bernabé fue enviado para acompañar y consolidar la fe de los nuevos creyentes. Pero pronto comprendió que necesitaba ayuda. Fue entonces cuando buscó a Pablo en Tarso y lo trajo a Antioquía. Allí, durante un año entero, ambos formaron a la comunidad que, por primera vez, sería llamada "cristiana".
Este gesto humilde y generoso de Bernabé es profundamente evangélico. No buscó protagonismo, no tuvo miedo de compartir su misión, incluso sabiendo que Pablo, con el tiempo, tendría un papel cada vez más relevante. Como nos decía el comentario inicial: “¿Sintió alguna amargura por ello? Probablemente no. Siempre hay alegría en suscitar nuevos talentos y nuevas vocaciones.”
La misión de Bernabé y la de los Doce es también la nuestra.
Jesús nos envía a todos los bautizados a ser testigos de su Reino. Somos enviados:
El salmo de hoy canta con júbilo: “El Señor ha dado a conocer su victoria... todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios” (Sal 98,2-3). Esa victoria es Cristo mismo, y nosotros, como Bernabé, estamos llamados a ser sus testigos fieles.
Conclusión:
Hoy, pidamos la intercesión de San Bernabé para que seamos:
· Generosos en suscitar nuevas vocaciones.
· Desprendidos y confiados en la Providencia.
· Testigos valientes del amor de Cristo.
· Instrumentos de liberación para tantos hermanos esclavizados.
Que este día, se fortalezca también en nosotros el espíritu misionero de San Bernabé.
Amén.
11 de junio: San Bernabé Apóstol — Memoria
Primera parte del siglo I – c. 61
Patrono de Chipre, Antioquía y de las misiones de mantenimiento de la paz
Invocado contra las tormentas de granizo
Cita:
«Llegó la noticia de esto a la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía. Cuando llegó y vio la gracia de Dios, se alegró y exhortó a todos a mantenerse fieles al Señor con firmeza de corazón, pues era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud se agregó al Señor. Entonces partió hacia Tarso para buscar a Saulo, y cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía. Durante todo un año se reunieron con la Iglesia y enseñaron a mucha gente. Fue en Antioquía donde por primera vez se les llamó cristianos a los discípulos.»
(Hechos 11,22-26)
Reflexión:
San Bernabé, cuyo nombre original era José, nació en la isla de Chipre y era judío de la tribu de Leví (cf. Hechos 4,36). No se sabe nada más sobre su vida temprana. Durante el ministerio público de Jesús, José se convirtió en su ferviente seguidor y es posible que haya sido uno de los setenta y dos discípulos enviados por Jesús en misión (cf. Lucas 10,1-24). Después de Pentecostés, cuando la Iglesia de Jerusalén comenzó a crecer, los Apóstoles cambiaron el nombre de José por el de Bernabé, que significa «hijo de la consolación» o «hijo del consuelo». Este cambio de nombre pudo haberse dado porque Bernabé apoyó a la Iglesia cuando «vendió un campo de su propiedad, llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles» (Hechos 4,37). Esta es la primera mención de Bernabé en el Nuevo Testamento.
Tres años después, tras la conversión de San Pablo a la fe cristiana y después de haber pasado tres años en ayuno y oración en Arabia, Pablo viajó a Jerusalén para consultar con los Apóstoles. Al principio, tanto los Apóstoles como la comunidad cristiana dudaban en recibirlo, pues conocían las persecuciones que él había promovido contra la Iglesia. Sin embargo, Bernabé «lo llevó ante los apóstoles y les contó cómo en el camino había visto al Señor, quien le había hablado, y cómo en Damasco había predicado valientemente en el nombre de Jesús» (Hechos 9,27). Después de un corto tiempo en Jerusalén, San Pablo regresó a su ciudad natal de Tarso para evitar nuevas persecuciones. Permaneció allí durante varios años.
Mientras tanto, algunos de los cristianos que habían huido de Jerusalén tras el martirio de San Esteban, viajaron hacia el norte, a Antioquía de Siria, donde vivían muchos gentiles griegos. En Antioquía, los cristianos de habla griega comenzaron a predicar la Palabra de Dios a los gentiles. Como resultado, muchos de estos gentiles se convirtieron y aceptaron la fe. Al enterarse de esto, los Apóstoles de Jerusalén enviaron a Bernabé para atender a estos nuevos conversos. Bernabé quedó tan impresionado que fue a buscar a San Pablo en Tarso y lo llevó de regreso a Antioquía para ayudarle en la predicación de la Buena Nueva. Fue allí, en Antioquía, donde por primera vez se utilizó la palabra «cristiano», quizá porque estos nuevos convertidos no pasaban primero por el judaísmo, sino que se convertían directamente a Cristo.
Después de un año en Antioquía, Pablo y Bernabé regresaron a Jerusalén en una misión de socorro para asistir a quienes sufrían a causa de una hambruna. Llevaron consigo el dinero recaudado por los cristianos de Antioquía. Después de su retorno a Antioquía, el Espíritu Santo reveló a la comunidad cristiana que Pablo y Bernabé debían ser «apartados» para una misión especial. Entonces fueron ordenados obispos y enviados a la misión, llevándose consigo al pariente de Bernabé, Juan Marcos, autor del Evangelio. Durante el siguiente año, viajaron a Seleucia, Chipre, Salamina, Pafos, Perge de Panfilia, Antioquía de Pisidia, Listra, Derbe, Iconio y de regreso a Antioquía de Siria. Durante este viaje ganaron muchos conversos; algunos griegos incluso intentaron adorarlos como dioses. También enfrentaron oposición, incluyendo un intento fallido de matar a Pablo mediante lapidación. Más tarde regresaron a Jerusalén para ayudar a resolver disputas sobre los conversos gentiles, antes de ser enviados nuevamente en otra misión.
Antes del segundo viaje, Bernabé y Pablo tuvieron un desacuerdo sobre la participación de Juan Marcos en la misión, ya que Juan Marcos los había abandonado anteriormente sin razón conocida mientras estaban en Panfilia. El desacuerdo fue tan grave que Pablo y Bernabé se separaron. Bernabé llevó a Juan Marcos consigo a Chipre, mientras que Pablo se llevó a Silas hacia Siria y Cilicia.
No se sabe con certeza nada más sobre la actividad misionera de Bernabé con Juan Marcos en Chipre. Según la primera carta de Pablo a los Corintios y su carta a los Colosenses, el desacuerdo que tuvieron sobre Juan Marcos no afectó su amistad de manera duradera. Incluso Juan Marcos es mencionado más tarde con afecto por Pablo.
La única fuente que detalla el martirio de Bernabé proviene del siglo V, por lo que su historicidad es incierta. Según esa tradición, Bernabé estaba predicando el Evangelio hacia el año 61 cuando fue arrestado, arrastrado fuera de la ciudad y ejecutado, ya sea quemado vivo o lapidado. Una tradición indica que Juan Marcos encontró sus restos y los sepultó.
Otra leyenda sostiene que en el año 478, San Bernabé se apareció al arzobispo de Chipre y le reveló el lugar de su sepultura. El arzobispo Anthemios halló el cuerpo incorrupto de San Bernabé, sosteniendo el Evangelio de Mateo. El emperador romano ordenó entonces la construcción de una iglesia en el lugar y allí fue sepultado San Bernabé. Aunque la iglesia fue posteriormente perdida en la historia, excavaciones en el lugar hallaron una tumba que se cree es la de San Bernabé. San Bernabé es el patrón de Chipre porque fue el primer obispo misionero de aquella isla.
Al honrar a este gran obispo apostólico, reflexionemos sobre el impacto que su ministerio ha tenido a lo largo del tiempo. Aunque el número de conversiones durante su vida pudo haber sido solo de cientos o miles, el efecto de esos conversos en las generaciones posteriores se multiplicó una y otra vez. San Bernabé viajó, predicó, bautizó, celebró los sacramentos y fundó muchas comunidades cristianas. Soportó el rechazo, las dificultades, la violencia y el martirio, pero perseveró. Su fervor brotaba de conocer al Señor, no solo por haber sido testigo directo del ministerio de Jesús, sino también por su vida de oración y por la recepción del Espíritu Santo.
Procura ver su misión como similar a la tuya. Tú también estás llamado a predicar el Evangelio con celo a los demás. No dudes en hacerlo, sin importar el costo. Ruega para que Dios te utilice según su voluntad y ofrécete a su servicio a imitación de este santo Apóstol.
Oración:
San Bernabé, tú escuchaste el Evangelio de la misma boca de Cristo, fuiste testigo de sus milagros y permitiste que su mensaje de salvación transformara tu vida. Como resultado, dedicaste el resto de tu vida a predicar la Buena Nueva y a salvar muchas almas. Por favor, intercede por mí, para que siga tu ejemplo y dedique mi vida a la misión a la que he sido llamado.
San Bernabé, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.
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