SANTO DEL DÍA:
San Bonifacio
Hacia 680-754. Cada año, los obispos alemanes se
reúnen en Fulda, en Hesse, junto a la tumba de San Bonifacio, monje inglés que
desempeñó un papel capital en la evangelización de su patria.
Una cuestión de discernimiento
(2 Timoteo 3,10-17) Pablo hace un hermoso elogio de
la Escritura “inspirada por Dios”, que puede estimularnos: comunicación de la
sabiduría “con miras a la salvación por la fe”, enseñanza, denuncia del mal…
Pero también es necesario interpretarla con rectitud. Esto nos impulsa a
confrontarnos con la gran tradición de la Iglesia, para aprender a discernir
aquello que hace resonar auténticamente el sonido del Evangelio; y esto, no
para frenar la novedad y la singularidad de la acogida de la Palabra, sino para
evitar los extravíos.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Los que
quieran vivir piadosamente en Cristo serán perseguidos
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.
QUERIDO hermano:
Me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la
magnanimidad, el amor, la paciencia, las persecuciones y los padecimientos,
como aquellos que me sobrevinieron en Antioquía, Iconio y Listra.
¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor.
Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán
perseguidos. Pero los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a
los demás y engañándose ellos mismos.
Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes
lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden
darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo
Jesús.
Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir,
para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea
perfecto y esté preparado para toda obra buena.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Mucha paz
tienen los que aman tu ley, Señor.
V. Muchos son
los enemigos que me persiguen,
pero yo no me aparto de tus preceptos. R.
V. El
compendio de tu palabra es la verdad,
y tus justos juicios son eternos. R.
V. Los nobles
me perseguían sin motivo,
pero mi corazón respetaba tus palabras. R.
V. Mucha
paz tienen los que aman tu ley,
y nada los hace tropezar. R.
V. Aguardo
tu salvación, Señor,
y cumplo tus mandatos. R.
V. Guardo
tus preceptos y tus mandatos,
y tú tienes presentes mis caminos. R.
Aclamación
V. El que me
ama guardará mi palabra —dice el Señor—, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.
Evangelio
¿Cómo dicen
que el Mesías es hijo de David?
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó:
«¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David,
movido por el Espíritu Santo, dice:
“Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.
Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?».
Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos invita a volver a una
fuente que no engaña: la Sagrada Escritura. San Pablo le recuerda a Timoteo que
toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, corregir, educar
y conducir al creyente por el camino de la salvación. No se trata de leer la
Biblia como quien busca frases bonitas para sentirse bien un momento, sino como
quien se deja formar, purificar y orientar por Dios.
Pero hay algo muy importante: la Palabra necesita
ser acogida con discernimiento. No basta citarla; hay que entenderla desde el
corazón de Cristo y en comunión con la fe de la Iglesia. La Escritura no es un
arma para herir, manipular o imponer, sino una lámpara para caminar, una
medicina para el alma, una voz que corrige sin humillar y que consuela sin
engañar.
Por eso el salmo canta: “Mucha paz tienen los
que aman tu ley”. No dice que quienes aman la Palabra no tengan problemas,
enfermedades, persecuciones o noches oscuras. Dice que tienen paz. Y esa paz no
nace de la ausencia de dificultades, sino de saberse sostenidos por Dios. El
salmista habla desde la fidelidad: “Guardo tus mandatos”, “amo tus preceptos”,
“espero tu salvación”. Es la oración de quien sufre, pero no se rinde; de quien
llora, pero no pierde la confianza.
En el Evangelio, Jesús plantea una pregunta sobre
el Mesías: ¿cómo puede ser simplemente hijo de David, si David mismo lo llama
Señor? Con esta pregunta, Jesús abre el horizonte. El Mesías no es solo un
descendiente glorioso de un rey antiguo. Es mucho más: es el Señor, el Hijo de
Dios, el Salvador que viene no con poder de dominio, sino con autoridad de
amor.
Y aquí encontramos una luz preciosa para nuestra
vida: Cristo no viene a resolver nuestra fe con respuestas superficiales. Él
nos educa para mirar más hondo. Nos enseña a no quedarnos en apariencias,
títulos, tradiciones repetidas sin alma o interpretaciones cómodas. La fe
verdadera discierne, escucha, pregunta, se deja corregir y reconoce en Jesús al
Señor de la vida.
Hoy, en nuestra intención penitencial y orante,
ponemos ante Dios a quienes sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos,
deprimidos, angustiados, solos, heridos por la culpa, el duelo, la ansiedad, el
cansancio o la desesperanza. Muchos llevan dolores invisibles. Otros tienen el
cuerpo marcado por la enfermedad, la edad, el tratamiento médico o la
fragilidad. A todos ellos les anunciamos hoy: la Palabra de Dios no abandona,
Cristo no desprecia ninguna herida, y la paz prometida por el Señor puede
entrar incluso allí donde humanamente todo parece oscuro.
Pidamos perdón porque a veces hemos escuchado poco
la Palabra, la hemos interpretado a nuestro acomodo o no hemos sabido acompañar
con misericordia a quienes sufren. Y pidamos también la gracia de amar la
Escritura, de leerla con la Iglesia, de dejar que Cristo nos enseñe a discernir
y de convertirnos nosotros mismos en una palabra de consuelo para los demás.
Que el Señor Jesús, Hijo de David y Señor de la
historia, nos conceda una fe humilde, una esperanza firme y un corazón
compasivo. Amén.
Oración penitencial y de
intercesión
Señor Jesús, Palabra viva del Padre,
te pedimos perdón porque muchas veces hemos escuchado tu voz sin dejar que
transforme nuestra vida.
Perdónanos por leer tu Palabra con superficialidad, por acomodarla a nuestros
intereses o por olvidar que en ella nos hablas para salvarnos.
Cristo Jesús, Señor de la misericordia,
mira con ternura a quienes sufren en el cuerpo y en el alma.
Sostén a los enfermos, consuela a los tristes, fortalece a quienes luchan con
dolores interiores, acompaña a quienes se sienten solos y devuelve la esperanza
a quienes han perdido la paz.
Señor Jesús, Maestro y Salvador,
enséñanos a discernir tu voluntad, a amar tu Palabra y a vivirla con humildad.
Que, iluminados por la Escritura y guiados por la Iglesia, sepamos ser
instrumentos de paz, consuelo y esperanza para nuestros hermanos.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos pone ante una pregunta decisiva: ¿quién es verdaderamente Jesús para
nosotros? En el Evangelio, Jesús enseña en el templo y plantea
una cuestión que parece difícil: “¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es
hijo de David?”. Luego cita el salmo: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi
derecha…”. Con esta pregunta, Jesús no quiere confundir al pueblo, sino abrirle
los ojos. El Mesías no es solamente un descendiente glorioso de David, un rey
humano, un libertador político o un personaje admirable de la historia. El
Mesías es mucho más: es el
Señor, el Hijo de Dios, aquel que viene con una autoridad que supera toda
expectativa humana.
Y
el Evangelio termina con una frase muy hermosa: “La muchedumbre lo escuchaba con gusto”.
Otras traducciones dicen: “lo escuchaba con agrado”, “con deleite”. Esa es una
clave espiritual preciosa. Hay maneras de escuchar la Palabra de Dios. Podemos
escucharla por costumbre, por obligación, por curiosidad, por discusión, por
crítica… o podemos escucharla con
gusto, con hambre interior, con disponibilidad, dejando que el
Espíritu Santo ilumine nuestra inteligencia y encienda nuestro corazón.
San
Pablo, en la primera lectura, le habla a Timoteo de la Sagrada Escritura y le
recuerda que desde niño conoce las Escrituras, capaces de darle la sabiduría
que conduce a la salvación por la fe en Cristo Jesús. Y añade una afirmación
fundamental: “Toda
Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para
corregir, para educar en la justicia”.
Esto
es muy importante. La Biblia no es simplemente un libro antiguo, ni una
colección de frases bonitas, ni un manual para confirmar nuestras ideas
personales. La Escritura es Palabra inspirada por Dios. Ella enseña, corrige,
consuela, ilumina y también incomoda. Nos muestra el camino de Dios, pero
también desenmascara nuestras falsas seguridades.
Por
eso, San Pablo no le dice a Timoteo simplemente: “lee mucho”. Le dice: permanece en lo que has aprendido y se
te ha confiado. La Palabra necesita ser recibida con
perseverancia, con humildad y dentro de la fe viva de la Iglesia. Porque uno
puede saber muchas cosas religiosas y, sin embargo, no dejarse convertir. Uno
puede citar la Biblia y no tener el corazón de Cristo. Uno puede conocer la
letra y no dejarse conducir por el Espíritu.
Eso
les pasó a muchos escribas. Conocían las Escrituras, pero no siempre
reconocieron al Señor que tenían delante. Sabían hablar del Mesías, pero no
supieron abrirse al misterio de Jesús. Esperaban un Mesías a la medida de sus
expectativas, y cuando Dios se manifestó de una manera más profunda, más
humilde y más desconcertante, no lo reconocieron.
También
a nosotros nos puede pasar. Podemos reducir a Jesús a lo que nos conviene: un
maestro moral, un consuelo sentimental, un juez para condenar a los demás, un
solucionador de problemas, un recuerdo de infancia o una tradición familiar.
Pero el Evangelio nos invita a reconocerlo como Señor. No solo como “hijo de
David”, sino como Señor de
nuestra historia, Señor de nuestra conciencia, Señor de nuestra comunidad,
Señor de la Iglesia, Señor de la vida y de la muerte.
El
salmo de hoy nos ayuda a entrar en esa actitud interior: “Mucha paz tienen los que aman tu ley”.
No dice: “mucha paz tienen los que no tienen dificultades”. No dice: “mucha paz
tienen los que nunca sufren”. Dice: “los que aman tu ley”. Es decir, los que
aman tu Palabra, los que se dejan guiar por tu voluntad, los que confían en tus
mandamientos, los que buscan tu verdad incluso cuando la vida es dura.
San
Pablo mismo le dice a Timoteo que ha sufrido persecuciones, dificultades,
incomprensiones. La fe no lo libró mágicamente de todos los problemas, pero lo
sostuvo. La Palabra no le evitó el combate, pero le dio luz para permanecer
fiel. Y esa es la verdadera paz del creyente: no una paz superficial, sino una paz
enraizada en Dios.
Hoy
celebramos la memoria de San
Bonifacio, obispo y mártir, llamado muchas veces el apóstol de
Alemania. Fue un hombre apasionado por el Evangelio, misionero incansable,
reformador de la vida cristiana y testigo valiente de Cristo hasta derramar su
sangre. San Bonifacio entendió que la Palabra de Dios no es para guardarla
encerrada, sino para anunciarla. No es para adornar bibliotecas, sino para
transformar pueblos, culturas y corazones.
Su
martirio nos recuerda que la fe verdadera cuesta. No siempre será cómoda, no
siempre será aplaudida, no siempre será comprendida. Pero cuando la Palabra de
Dios arde en el corazón, como ardía en el corazón de los santos, se convierte
en misión. San Bonifacio no anunció una idea: anunció a Cristo. No entregó
simplemente enseñanzas religiosas: entregó su vida por el Señor.
Y
aquí aparece una pregunta para nosotros: ¿escuchamos
la Palabra con deleite? ¿Nos dejamos formar por ella? ¿Permitimos que corrija
nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestras decisiones, nuestras durezas?
Porque
una comunidad cristiana que escucha la Palabra con gusto se vuelve más humilde,
más fraterna, más misericordiosa. Una familia que escucha la Palabra con fe
aprende a perdonar. Un enfermo que se aferra a la Palabra encuentra fortaleza.
Un pecador que se abre a la Palabra descubre misericordia. Un sacerdote, un
catequista, un evangelizador, un servidor de la Iglesia que ama la Palabra no
se anuncia a sí mismo: anuncia a Cristo.
Pidámosle
hoy al Espíritu Santo que nos enseñe a leer, escuchar y meditar la Escritura
con el corazón abierto. Que no nos quedemos solo en una comprensión
intelectual. Que la Palabra pase de los oídos al corazón, del corazón a la
vida, y de la vida al testimonio.
Que,
como aquella multitud del templo, también nosotros escuchemos a Jesús con gusto, con alegría,
con reverencia y con hambre de verdad. Que, como Timoteo, permanezcamos fieles
a lo aprendido. Que, como San Bonifacio, tengamos valentía para anunciar el
Evangelio, incluso cuando no sea fácil.
Y
que Cristo, Hijo de David y Señor eterno, reine en nuestra vida, venza en
nosotros el pecado, ilumine nuestras oscuridades y nos conceda esa paz profunda
que solo tienen quienes aman de verdad la Palabra de Dios.
Amén.
5 de junio: San Bonifacio, Obispo y Mártir — Memoria
c. 675–754
Patrono de la Gran Germania
Gregorio, siervo de los siervos de Dios, a Bonifacio, santo sacerdote:
Tu santo propósito, tal como nos ha sido explicado, y tu fe probada nos conducen a hacer uso de tus servicios en la difusión del Evangelio, que por la gracia de Dios nos ha sido confiado. Sabiendo que desde tu infancia has sido estudiante de la Sagrada Escritura y que ahora deseas usar el talento que Dios te ha confiado para dedicarte a la obra misionera, nos alegramos por tu fe y deseamos tenerte como nuestro colaborador en esta empresa. Por tanto, ya que has presentado humildemente ante nosotros tus planes para esta misión… en el nombre de la Trinidad indivisible y por la autoridad de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles… ahora colocamos tu humilde y devoto trabajo sobre una base firme y decretamos que vayas a predicar la Palabra de Dios a aquellos pueblos que aún están encadenados por el paganismo.
~Carta del Papa Gregorio III a San Bonifacio
Reflexión
Una vez que el cristianismo fue legalizado en el Imperio Romano en el siglo IV, muchas personas en la Britania romana comenzaron a convertirse. Sin embargo, en el siglo V, tras la caída del Imperio Romano, Britania fue lentamente invadida y conquistada por los anglos, sajones y jutos, provenientes de lo que hoy son Alemania, Dinamarca y los Países Bajos. Estas personas trajeron consigo la práctica religiosa del paganismo germánico, que se caracterizaba por una creencia politeísta en dioses mayores y menores, invocados para la guerra, el gobierno, la fertilidad, la prosperidad y muchos otros aspectos de la vida humana. Estos paganos germánicos también practicaban el culto a los antepasados y a la naturaleza; realizaban rituales, festivales y conjuros mágicos, y mantenían una fuerte tradición oral.
A finales del siglo VI, San Agustín de Canterbury inició una expedición misionera que marcó el comienzo de la recristianización de las Islas Británicas.
Menos de un siglo después, el santo de hoy, San Bonifacio, descendiente de aquellos mismos paganos germánicos que habían conquistado la Britania romana un par de siglos antes, nació en uno de esos reinos recientemente cristianizados de Inglaterra. Más tarde en su vida, San Bonifacio regresaría a las tierras de lo que hoy son Alemania y los Países Bajos, de donde provenían sus antepasados, para convertir a los paganos, ayudar a organizar la Iglesia y unirla más estrechamente al papa en Roma.
San Bonifacio (cuyo nombre de nacimiento era Wynfrid) nació en una familia noble del Reino de Wessex, en el sur de Inglaterra. De joven, Wynfrid fue educado en la fe católica y recibió una excelente formación. Cuando algunos monjes misioneros visitaron su ciudad natal, él se sintió inspirado a seguir su ejemplo. Aunque su padre inicialmente se opuso, terminó dándole su consentimiento. Wynfrid fue enviado primero a un monasterio benedictino cercano durante siete años y luego a la Abadía de Nursling, a unos 160 km de distancia.
En Nursling, Wynfrid destacó en sus estudios y vida de oración, hizo sus votos como monje benedictino y fue ordenado sacerdote a los treinta años. Como joven sacerdote, el padre Wynfrid se hizo rápidamente conocido como excelente predicador y maestro, con un profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, además de ser un gran administrador, organizador y diplomático.
Durante sus primeros años como sacerdote, el padre Wynfrid sintió fuertemente el llamado a evangelizar a los pueblos de la tierra de sus antepasados. Aunque no tenía conexión personal con ellos, compartía su lengua o, al menos, un dialecto de ella. En el año 716, tras diez años de sacerdocio, comenzó su vocación misionera obteniendo permiso de su abad para viajar al norte, a Frisia (actual Países Bajos), para ayudar a un sacerdote misionero en esa región. En ese momento, el rey pagano local estaba en guerra con el rey cristiano franco, lo que dificultaba la misión. Los paganos no estaban dispuestos a convertirse a la religión de sus enemigos. El padre Wynfrid también observó que la Iglesia franca necesitaba reforma, organización y estabilidad si quería florecer.
Tras lo que podría considerarse como una misión fallida en Frisia, el padre Wynfrid regresó a su monasterio en Nursling. En el otoño del 718, viajó a Roma para consultar con el Santo Padre sobre su deseo de evangelizar a los paganos germánicos. El Papa Gregorio II lo recibió, evaluó sus intenciones y el 15 de mayo del 719, lo envió al norte a predicar el Evangelio. El Papa también le cambió el nombre a Bonifacio, que significa “el que hace el bien”. A pesar de las dificultades esperadas, en solo tres años hubo muchos frutos, y el Papa llamó al padre Bonifacio a Roma para recibir un informe y nuevas instrucciones.
En Roma, en 722, el Papa Gregorio II, complacido por su labor, lo consagró obispo. Lo nombró obispo regional de toda Germania y lo envió de regreso con cartas dirigidas al rey franco y al clero de las diversas diócesis, instruyéndoles que Bonifacio estaba ahora a cargo. Con esta autoridad, el obispo Bonifacio comenzó a organizar mejor la Iglesia franca, construir monasterios e iglesias, y mejorar las relaciones entre católicos y paganos.
La leyenda cuenta que Bonifacio ganó la estima de muchos paganos el día que derribó un gran roble, considerado sagrado por los lugareños. Se dice que, al golpear el árbol con su hacha, un fuerte viento lo tumbó. Los presentes quedaron tan sorprendidos de que Thor, el dios del trueno, no lo castigara, que comenzaron a interesarse por la fe católica. Bonifacio usó la madera de ese árbol para construir una capilla y un monasterio bajo la protección de San Pedro.
Durante los siguientes treinta años, el obispo Bonifacio fue un verdadero pilar de evangelización, organización y reforma. Fundó monasterios e iglesias, convocó sínodos donde se establecieron leyes eclesiásticas claras para la Iglesia franca, colaboró con los reyes y autoridades locales, sirvió bajo cuatro papas, y creó la estructura básica para la misión de evangelización de los pueblos paganos.
A los setenta y nueve años, satisfecho con la organización de las diócesis en Germania, decidió regresar a Frisia, donde todo había comenzado, para predicar y convertir a los paganos restantes. Luego de muchos éxitos, mientras se preparaba para celebrar el sacramento de la Confirmación a nuevos conversos, él y decenas de sus compañeros fueron asesinados, probablemente por ladrones comunes. Al saquear sus pertenencias, encontraron libros y cartas, sin valor para ellos, y los arrojaron al bosque, ya que no sabían leer. Esos libros y cartas fueron posteriormente recuperados y se conservan hasta hoy, incluida una Biblia que, según se cree, usó el obispo Bonifacio como escudo cuando fue asesinado a espada.
El obispo y sus compañeros murieron con valentía, sin defenderse. Sus últimas palabras fueron:
“Cesad, hijos míos, de luchar; abandonad la guerra, porque el testimonio de la Escritura recomienda que no devolvamos ojo por ojo, sino bien por mal. Ha llegado el día tan esperado; ha llegado el momento de nuestro fin. ¡Ánimo en el Señor!”
San Bonifacio es conocido como el “Apóstol de Alemania”. Desde joven escuchó el llamado de Dios a ser misionero y respondió con generosidad. Como resultado, Dios obró maravillas a través de él para el bien de su tierra ancestral y más allá. Su impacto fue tan profundo que las semillas que plantó en Alemania contribuyeron enormemente a la configuración de la Europa moderna.
Mientras reflexionas sobre el fruto abundante del coraje y el celo de San Bonifacio, ofrece también tu vida a Dios en oración, prometiendo servirle a Él y a su Iglesia como Él te lo pida.
Oración
San Bonifacio, tú escuchaste el llamado de Dios siendo joven y respondiste con fervor. Continuaste respondiendo a su voluntad el resto de tu vida. Por medio de esa santa obediencia y servicio, el don de la salvación eterna fue otorgado a muchos. Te ruego que intercedas por mí, para que tenga el coraje y el celo que tú tuviste, y nunca dude en decir “Sí” a la voluntad de Dios.
San Bonifacio y compañeros mártires, rogad por mí. Jesús, en Ti confío.


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