SANTO DEL DÍA:
San Juan Bautista
Siglo I. “Y tú, niño, serás llamado profeta del
Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1,76).
Estas fueron las palabras de Zacarías en el nacimiento de su hijo Juan, cuya
fiesta celebramos hoy.
El ritmo de la revelación
(Hechos 13,22-26; Lucas 1,57-66.80) Lucas subraya la diferencia entre los destinos de Jesús y de Juan. Este último nace acompañado de una fama de prodigio divino que lo seguirá durante toda su vida, hasta el punto de tener que justificar que él no es el Mesías esperado. El origen humilde y aparentemente oscuro de Jesús, por el contrario, será un obstáculo para que sea reconocido por lo que verdaderamente es. La revelación de Dios respeta el ritmo lento e incierto del despertar de las conciencias.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
Te hago luz de
las naciones
Lectura del libro de Isaías.
ESCÚCHENME, islas; atiendan, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Te
doy gracias porque me has escogido portentosamente.
V. Señor, tú
me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. R.
V. Tú has
creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. R.
V. Mi alma lo
reconoce agradecida,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra. R.
Segunda
lectura
Juan predicó
antes de que llegara Cristo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo:
“Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá
todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel:
Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que
llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía:
“Yo no soy quien ustedes piensan, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien
no merezco desatarle las sandalias de los pies”.
Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a
nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».
Palabra de Dios.
Aclamación
V. A ti,
niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor a preparar sus caminos. R.
Evangelio
Juan es su
nombre
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus
vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se
alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías,
como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió
una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a
Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda
la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos
hasta los días de su manifestación a Israel.
Palabra del Señor.
Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
la Iglesia celebra con alegría la Natividad
de San Juan Bautista. Es una solemnidad especial, porque
normalmente celebramos a los santos el día de su muerte, es decir, el día de su
nacimiento para el cielo. Sin embargo, de Juan Bautista celebramos también su
nacimiento, porque desde el vientre materno fue elegido por Dios para una
misión única: preparar el camino del Señor.
La
liturgia de hoy nos invita a mirar el misterio de una vida llamada por Dios
desde el principio. El profeta Isaías dice: “El
Señor me llamó desde el vientre de mi madre”. Y el salmo responde
con admiración: “Te doy
gracias porque me has escogido portentosamente”. Estas palabras
iluminan la vida de Juan Bautista, pero también iluminan la nuestra. Ninguna
vida es casualidad. Nadie existe por accidente. Cada persona, aun en su
fragilidad, aun en su enfermedad, aun en su vejez o en su dolor, es conocida,
amada y llamada por Dios.
El
Evangelio nos presenta el nacimiento de Juan en medio de una familia marcada
por la sorpresa y la misericordia. Isabel, que era estéril y avanzada en años,
da a luz un hijo. Zacarías, que había quedado mudo por su incredulidad,
recupera la palabra cuando acepta el nombre que Dios había señalado: “Juan es su nombre”. Y todos
se preguntan: “¿Qué va a ser
de este niño?”
Esa
pregunta es muy hermosa: ¿Qué
va a ser de este niño? La gente percibe que la mano de Dios está
sobre él. Juan nace rodeado de signos. Su nacimiento despierta admiración,
preguntas, temor santo, esperanza. Desde el comienzo, su vida aparece como un
prodigio divino. Pero ese prodigio no es para engrandecer a Juan, sino para
señalar a Otro. Juan será grande, pero no será el Mesías. Será profeta, pero no
será la Palabra definitiva. Será lámpara, pero no será la Luz. Será voz, pero
no será el Verbo.
Aquí
aparece una gran enseñanza espiritual: Juan Bautista sabe quién es y sabe quién
no es. No se apropia del lugar de Cristo. No busca protagonismo. No se predica
a sí mismo. Su vida entera será una flecha que apunta hacia Jesús. Por eso más
adelante dirá: “Conviene que
Él crezca y que yo disminuya”. Esta es la grandeza de Juan: aceptar
humildemente su misión.
Hoy
al escuchar este evangelio, hemos de recordar
algo muy profundo: la revelación de Dios tiene un ritmo. Dios no se impone
violentamente. Dios no atropella la conciencia humana. Dios va preparando
lentamente los corazones. Juan nace con fama de prodigio, y esa fama lo
acompañará toda la vida, incluso hasta el punto de tener que aclarar que él no
es el Cristo. Jesús, en cambio, nacerá en la humildad de Belén, crecerá en la
sencillez de Nazaret, y precisamente esa humildad será para muchos un obstáculo
para reconocerlo.
Así
actúa Dios: muchas veces se revela de manera discreta, silenciosa, progresiva.
No siempre comprendemos de inmediato sus caminos. A veces necesitamos tiempo
para reconocer su paso por nuestra historia. También en nuestra vida espiritual
ocurre así. La fe no siempre despierta de golpe; muchas veces madura
lentamente. La conversión no siempre sucede en un instante; muchas veces se va
abriendo paso poco a poco. La conciencia necesita ser iluminada, purificada y
despertada por Dios.
San
Juan Bautista nos enseña a respetar ese ritmo de Dios. Él prepara, anuncia,
espera, señala. No obliga a nadie, pero llama a todos a la conversión. Su
misión es disponer los corazones para que puedan reconocer a Jesús cuando
llegue.
La
primera lectura nos ayuda a comprender mejor esta vocación. Isaías habla del
siervo llamado desde el vientre materno, formado por Dios para reunir a su
pueblo y ser luz de las naciones. Esa misión se realiza plenamente en Cristo,
pero también se refleja en Juan Bautista, que fue enviado para preparar al pueblo
de Israel a recibir al Salvador. Juan no es la luz, pero da testimonio de la
luz. No es el centro, pero conduce al centro. No es la meta, pero indica el
camino.
Y
el salmo nos permite llevar esta Palabra al corazón de cada uno de nosotros: “Tú has creado mis entrañas, me has
tejido en el seno materno”. Dios nos conoce desde dentro. Conoce
nuestros pensamientos, nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestras luchas,
nuestras enfermedades. Hoy, de manera especial, oramos por nuestros enfermos.
Ellos también pueden escuchar esta Palabra como una caricia de Dios: “Yo te
conozco, yo te sostengo, yo no me he olvidado de ti”.
La
enfermedad muchas veces nos hace sentir vulnerables. Puede traer miedo,
soledad, impaciencia, tristeza. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que la
dignidad de una persona no depende de su fuerza física, de su productividad ni
de su salud. La dignidad viene de Dios. Cada enfermo sigue siendo hijo amado de
Dios, llamado por su nombre, sostenido por su misericordia.
También
nuestros enfermos tienen una misión. Tal vez no sea una misión visible como la
de Juan Bautista, pero puede ser profundamente fecunda: ofrecer su dolor,
unirse a Cristo, enseñar paciencia, despertar compasión en los demás,
recordarnos lo esencial, evangelizar desde la cama, desde el silencio, desde la
oración. Cuántos enfermos son verdaderos profetas en nuestras familias y
comunidades, porque nos recuerdan que la vida es frágil, que necesitamos
cuidarnos unos a otros y que solo Dios es nuestra fuerza definitiva.
En
la segunda lectura, San Pablo proclama que Dios suscitó a David y de su
descendencia hizo nacer a Jesús, el Salvador. Y luego presenta a Juan como
aquel que predicó un bautismo de conversión antes de la llegada del Señor. Juan
sabe que su tarea es preparar el camino. No se queda con los aplausos. No se
adueña de la misión. Señala a Cristo.
Esta
es también una enseñanza para la Iglesia y para cada cristiano. Nuestra misión
no es ocupar el lugar de Jesús, sino conducir hacia Él. Los padres de familia,
los catequistas, los sacerdotes, los agentes de pastoral, los evangelizadores,
todos estamos llamados a ser como Juan: voces que preparan el corazón para que
Cristo sea recibido.
Y
aquí podemos preguntarnos: ¿mi vida señala a Cristo? ¿Mis palabras ayudan a
otros a acercarse a Dios? ¿Mi manera de vivir despierta preguntas buenas en los
demás? Aquellos vecinos de Isabel y Zacarías se preguntaban: “¿Qué va a ser de este niño?”
Ojalá también nuestra vida cristiana despierte en otros una pregunta semejante:
¿qué hay en esta persona que transmite paz?, ¿de dónde le viene esa esperanza?,
¿por qué vive con fe en medio de las pruebas?
Queridos
hermanos, la solemnidad de hoy nos invita a tres actitudes.
Primero,
agradecer la vida como don
de Dios. Como dice el salmo, hemos sido formados
admirablemente. Toda vida merece respeto, cuidado y amor, desde el vientre
materno hasta la muerte natural.
Segundo,
descubrir nuestra misión.
Juan Bautista no vivió para sí mismo. Vivió para preparar el camino del Señor.
También nosotros hemos sido llamados a servir, a anunciar, a consolar, a
sembrar esperanza.
Tercero,
respetar el ritmo de Dios.
No todos llegan a la fe al mismo tiempo. No todos comprenden inmediatamente.
Dios sabe esperar. Dios trabaja en silencio. Dios despierta lentamente las conciencias.
Nuestra tarea no es forzar, sino testimoniar; no es imponer, sino anunciar; no
es ocupar el lugar de Cristo, sino señalarlo.
Hoy
pongamos en manos del Señor a nuestros enfermos. Que San Juan Bautista
interceda por ellos, para que en medio de su fragilidad experimenten la
cercanía de Dios. Que el Señor fortalezca a quienes los cuidan, ilumine a los
médicos y enfermeros, consuele a las familias y nos haga a todos más sensibles
ante el sufrimiento ajeno.
Y
pidamos también para nosotros la humildad de Juan: saber desaparecer para que
Cristo aparezca; saber callar para que la Palabra hable; saber servir para que
otros encuentren al Salvador.
Que
al celebrar esta Eucaristía podamos decir con fe: Señor, tú me conoces, tú me
has llamado, tú me sostienes. Haz de mi vida una señal que conduzca a Ti. Amén.

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