martes, 9 de junio de 2026

10 de junio del 2026: miércoles de la décima semana del tiempo ordinario-II

Ni una iota
Mateo 5,17-19

La lectura del Nuevo Testamento nos hace repasar el alfabeto griego. En el Apocalipsis, el Señor Dios es designado como el Alfa y la Omega. En el evangelio de hoy se habla de otra letra, más discreta, un poco perdida en medio del alfabeto: la iota. “Ni una sola iota desaparecerá de la Ley”. Es una invitación a redescubrir la presencia de Dios en todas las cosas. Lo que parece insignificante a los ojos humanos tiene gran valor a los ojos de Dios.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

1 Re 18, 20-39
Que este pueblo sepa que tú eres Dios y que has convertido sus corazones

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el rey Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y reunió a los profetas de Baal en el monte Carmelo.
Elías se acercó a todo el pueblo y dijo:
«¿Hasta cuándo van a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios, síganlo; si lo es Baal, sigan a Baal».
El pueblo no respondió palabra. Elías continuó:
«Quedo yo solo como profeta del Señor, mientras que son cuatrocientos cincuenta los profetas de Baal. Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego. Yo prepararé el otro novillo y lo pondré sobre la leña, también sin encender el fuego. Ustedes clamarán invocando el nombre de su dios y yo clamaré invocando el nombre del Señor. Y su dios que responda por el fuego, ese es Dios».
Todo el pueblo acató:
«¡Está bien lo que propones!».
Elías se dirigió a los profetas de Baal:
«Elijan un novillo y prepárenlo ustedes primero, pues son más numerosos. Clamen invocando el nombre de su dios, pero no pongan fuego».
Tomaron el novillo que les dieron, lo prepararon y estuvieron invocando el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo:
«¡Baal, respóndenos!».
Mas no hubo voz ni respuesta. Brincaban en torno al altar que habían hecho.
A mediodía, Elías se puso a burlarse de ellos:
«¡Griten con voz más fuerte, porque él es dios, pero tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará de camino; tal vez esté dormido y despertará!».
Entonces gritaron con voz más fuerte, haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos según su costumbre.
Pasado el mediodía, entraron en trance hasta la hora de presentar las ofrendas, pero no hubo voz, no hubo quien escuchara ni quien respondiese.
Elías dijo a todo el pueblo:
«Acérquense a mí», y todo el pueblo se acercó a él. Entonces se puso a restaurar el altar del Señor, que había sido demolido. Tomó Elías doce piedras según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor:
«Tu nombre será Israel».
Erigió con las piedras un altar al nombre del Señor e hizo alrededor una zanja de una capacidad de un par de arrobas de semilla. Luego dispuso leña, descuartizó el novillo y lo colocó encima.
«Llenen de agua cuatro tinajas y derrámenla sobre el holocausto
y sobre la leña», ordenó y así lo hicieron.
Pidió:
«Háganlo por segunda vez»; y por segunda vez lo hicieron.
«Háganlo por tercera vez» y una tercera vez lo hicieron.
Corrió el agua alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó a rebosar.
A la hora de la ofrenda, el profeta Elías se acercó y comenzó a decir:
«Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones».
Cayó el fuego del Señor que devoró el holocausto y la leña, lamiendo el agua de las zanjas.
Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando:
«¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a. 4. 5 y 8. 11 (R.: 1b)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios». 
R.

V. Se multiplican las desgracias
de quienes van tras dioses extraños;
yo no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.
 R.

V. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. 
R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios mío, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad. R.

 

Evangelio

Mt 5, 17-19

No he venido a abolir, sino a dar plenitud

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a volver al centro, a no vivir la fe a medias, a no tener el corazón dividido.

En la primera lectura, el profeta Elías se enfrenta a una situación muy dolorosa: el pueblo de Israel quiere servir a Dios, pero también quiere servir a los ídolos. Por eso Elías les lanza una pregunta fuerte: “¿Hasta cuándo van a andar cojeando con los dos pies?” Es decir: ¿hasta cuándo vivirán indecisos, queriendo agradar a Dios y al mismo tiempo dejando que otros dioses ocupen su corazón?

El monte Carmelo se convierte en el lugar de una gran prueba. Los profetas de Baal invocan a su dios, gritan, se agitan, pero no hay respuesta. En cambio, Elías ora con confianza al Dios de Abraham, de Isaac y de Israel. No hace espectáculo, no manipula, no presume. Simplemente clama al Señor, y Dios responde con fuego. Entonces el pueblo reconoce: “¡El Señor es el Dios verdadero!”

Esta lectura nos recuerda que la fe no puede ser una decoración de la vida. Dios no quiere ocupar un rincón pequeño de nuestra existencia; Él quiere ser el centro. Cuando Dios está en el centro, todo encuentra su lugar: nuestras alegrías, nuestras luchas, nuestras enfermedades, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras decisiones.

El salmo lo expresa con palabras muy bellas: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Esa es la oración de quien ha descubierto que fuera de Dios no hay bien verdadero. El salmista no pone su seguridad en los ídolos, ni en falsas promesas, ni en poderes humanos. Dice: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”. Dicho de otra manera: Señor, Tú eres mi riqueza, mi descanso, mi apoyo, mi camino.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar lo que Dios había sembrado en la historia de su pueblo. Viene a llevarlo a su cumplimiento. Él nos enseña que la voluntad de Dios no es una carga fría, sino un camino de vida.

Por eso añade que no desaparecerá de la Ley ni una iota, ni el signo más pequeño. La iota era una letra pequeñísima del alfabeto griego. Jesús quiere decirnos que para Dios nada es insignificante. Ningún gesto de amor es pequeño. Ninguna oración sincera se pierde. Ninguna lágrima ofrecida con fe queda olvidada. Ningún enfermo es invisible a los ojos del Padre.

Y esto nos ilumina mucho en la intención de hoy, cuando oramos por nuestros enfermos. A veces la enfermedad hace sentir a la persona débil, limitada, dependiente, como si ya no pudiera aportar mucho. Pero el Evangelio nos recuerda lo contrario: ante Dios, lo pequeño tiene valor; lo frágil tiene dignidad; lo escondido puede ser profundamente fecundo.

Un enfermo que ofrece su dolor, que reza desde su cama, que conserva la esperanza, que une su sufrimiento al de Cristo, está participando misteriosamente en la obra de la salvación. Quizás el mundo no lo vea, pero Dios sí lo ve. Quizás parezca una “iota”, algo pequeño, silencioso, humilde; pero a los ojos de Dios tiene un valor inmenso.

También nosotros podemos preguntarnos: ¿cuáles son los ídolos que a veces quieren ocupar el lugar de Dios en mi vida? ¿La comodidad? ¿El orgullo? ¿El dinero? ¿La fama? ¿La autosuficiencia? ¿El miedo? Como Elías al pueblo, la Palabra nos invita a decidirnos: si el Señor es Dios, sigámoslo.

Y seguirlo no es solo hacer cosas grandes. Es también cuidar los pequeños detalles: una palabra amable, una visita a un enfermo, una llamada a quien está solo, una oración hecha con fe, una corrección hecha con amor, una fidelidad silenciosa en medio de las pruebas.

Pidamos hoy al Señor que purifique nuestro corazón de todo ídolo, que nos enseñe a vivir su voluntad con amor y que fortalezca a todos nuestros enfermos. Que ellos sientan que no están solos, que su vida sigue siendo preciosa, que su dolor unido a Cristo tiene sentido, y que Dios no olvida ni siquiera la más pequeña “iota” de amor ofrecida en silencio.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles nos pone delante de una pregunta decisiva: ¿quién ocupa realmente el centro de nuestra vida?

En la primera lectura, el profeta Elías se dirige al pueblo de Israel con una frase fuerte: “¿Hasta cuándo van a estar cojeando con los dos pies?” El pueblo quería servir al Señor, pero al mismo tiempo se dejaba seducir por Baal. Querían tener a Dios, pero también querían tener otros apoyos, otros dioses, otras seguridades.

Esa escena del monte Carmelo no es solo un episodio antiguo. También habla de nosotros. Muchas veces decimos creer en Dios, pero en la práctica ponemos nuestra confianza en otros “baales”: el dinero, el prestigio, la comodidad, la autosuficiencia, el poder, la imagen, la opinión de los demás. Y entonces el corazón queda dividido. Creemos, pero no del todo; confiamos, pero con reservas; rezamos, pero seguimos buscando salvaciones falsas.

Elías no vence con espectáculo humano. Los profetas de Baal gritan, se agitan, hacen ruido, pero no hay respuesta. Elías, en cambio, ora con fe sencilla. Y Dios responde. El fuego del Señor baja sobre el sacrificio, y el pueblo reconoce: “¡El Señor es el Dios verdadero!”

Ese fuego de Dios no viene para destruirnos, sino para purificar nuestro corazón, para quemar nuestros ídolos, para devolvernos a la verdad. La fe no consiste en añadir a Dios como un adorno más de la vida. La fe es dejar que Dios sea Dios en nosotros.

Por eso el salmo nos ofrece una oración preciosa: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Es la oración de quien ha aprendido que solo en Dios hay descanso verdadero. “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”, dice el salmista. Es decir: Señor, Tú eres mi riqueza, mi seguridad, mi camino y mi alegría.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice: “No crean que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene a borrar la historia de la salvación, sino a llevarla a su cumplimiento. Todo lo que Dios había prometido, preparado y anunciado encuentra en Cristo su sentido definitivo.

La Ley y los Profetas apuntaban hacia Él. Las promesas hechas a Abraham, las palabras de los profetas, el cordero pascual, el templo, los sacrificios, la alianza, todo encuentra su plenitud en Jesús. Él es el verdadero Cordero de Dios. Él es el nuevo y eterno Sacerdote. Él es el sacrificio perfecto ofrecido en la cruz y actualizado sacramentalmente en cada Eucaristía.

Por eso, cuando venimos a la Misa, no asistimos simplemente a una ceremonia religiosa. Entramos en el corazón mismo de la historia de la salvación. Aquí se hace presente el sacrificio de Cristo. Aquí las promesas de Dios se vuelven alimento, gracia y vida para nosotros. Aquí comprendemos que la Ley nueva no está escrita solo en tablas de piedra, sino en el corazón transformado por el amor.

Jesús lleva la Ley a su plenitud porque no se conforma con una obediencia exterior. Él quiere llegar al corazón. No basta con “no matar”; hay que vencer el odio, la rabia, el resentimiento. No basta con cumplir por fuera; hay que amar de verdad. No basta con parecer buenos; hay que dejar que la gracia nos haga nuevos por dentro.

Y aquí podemos unir la intención de hoy por nuestros enfermos. La enfermedad muchas veces nos hace tocar nuestra fragilidad. Cuando llega el dolor, cuando el cuerpo se debilita, cuando aparecen el miedo, la incertidumbre o la soledad, caen muchas falsas seguridades. En esos momentos se revela dónde está realmente nuestro refugio.

Por eso hoy oramos por nuestros enfermos, para que puedan decir con el salmista: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Que el Señor sea su fortaleza en la debilidad, su paz en la angustia, su compañía en la soledad y su esperanza en medio de la prueba.

Y también oramos para que, unidos a Cristo, descubran que su sufrimiento no es inútil. En la cruz de Jesús, todo dolor ofrecido con fe puede convertirse en oración, en purificación, en intercesión, en amor. El enfermo que une su vida a Cristo participa misteriosamente de esa ofrenda redentora que se hace presente en la Eucaristía.

Hoy la Palabra nos invita a decidirnos por Dios sin medias tintas. Como en el monte Carmelo, también nosotros debemos responder: si el Señor es Dios, sigámoslo. Sigámoslo no solo con palabras, sino con el corazón. No solo con ritos, sino con una vida transformada. No solo en los momentos fáciles, sino también en la enfermedad, en la cruz, en la espera y en la noche.

Pidamos al Señor que purifique nuestros corazones de todo ídolo, que nos enseñe a vivir la plenitud del amor, y que en cada Eucaristía encontremos a Cristo, cumplimiento de toda promesa, refugio de los débiles, salud de los enfermos y alimento de vida eterna.

Amén.

 


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