Primeros mártires de la Iglesia de Roma
Siglo I. Acusados falsamente por Nerón de ser
responsables del incendio que había devastado Roma en el año 64, un gran número
de cristianos fueron ejecutados en los jardines imperiales.
En el
corazón de la tempestad
(Mateo 8, 23-27) Se levanta un viento de desgracia; estamos sumergidos por olas de miedo que nos hacen gritar a Dios: “¡Señor, sálvanos! ¡Estamos perdidos!”. ¿Qué pedimos: ser preservados de las calamidades o recibir la gracia de vivir las pruebas arraigados en la presencia amorosa del Padre? Esta es la fe que Jesús espera de sus discípulos. Esta fe viva lo condujo desde la Pasión hasta la gloria de la Resurrección. Avancemos tras sus huellas.
Bénédicte de la Croix, cistercienne
Primera lectura
El Señor Dios
ha hablado, ¿quién no profetizará?
Lectura de la profecía de Amós.
ESCUCHEN la palabra que el Señor ha pronunciado contra ustedes, hijos de
Israel, contra toda tribu que saqué de Egipto:
«Solo a ustedes he escogido
de entre todas las tribus de la tierra.
Por eso les pediré cuentas
de todas sus transgresiones».
¿Acaso dos caminan juntos
sin haberse puesto de acuerdo?
¿Acaso ruge el león en la foresta
si no tiene una presa?
¿Deja el cachorro oír su voz desde la guarida
si no ha apresado nada?
¿Acaso cae el pájaro en la red,
a tierra, si no hay un lazo?
¿Salta la trampa del suelo
si no tiene una presa?
¿Se toca el cuerno en una ciudad
sin que se estremezca la gente?
¿Sucede una desgracia en una ciudad
sin que el Señor la haya causado?
Ciertamente, nada hace el Señor Dios
sin haber revelado su designio
a sus servidores los profetas.
Ha rugido el león,
¿quién no temerá?
El Señor Dios ha hablado,
¿quién no profetizará?
Los trastorné
como Dios trastornó a Sodoma y Gomorra,
y quedaron como tizón sacado del incendio.
Pero no se convirtieron a mí —oráculo del Señor—.
Por eso, así voy a tratarte, Israel.
Sí, así voy a tratarte:
prepárate al encuentro con tu Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Señor,
guíame con tu justicia.
V. Tú no
eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. R.
V. Detestas a
los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. R.
V. Pero yo,
por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
en tu temor. R.
Aclamación
V. Espero en
el Señor, espero en su palabra. R.
Evangelio
Se puso en
pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las
olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole:
«¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
Él les dice:
«¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?».
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los
hombres se decían asombrados:
«¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante una
experiencia que todos conocemos de una u otra manera: la tempestad. Hay
tempestades en la naturaleza, pero también en el corazón, en la familia, en la
Iglesia, en la sociedad, en la salud, en la economía, en la conciencia. Hay
momentos en que parece levantarse “un viento de desgracia” y sentimos que las
olas del miedo nos cubren. Entonces brota de lo más profundo la oración de los
discípulos: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”
El Evangelio nos presenta a Jesús subiendo a la
barca, y los discípulos lo siguen. No están lejos del Señor. No están huyendo
de Él. Están con Él, en la misma barca. Y, sin embargo, llega la tormenta. Esto
es muy importante: seguir a Cristo no significa estar libres de pruebas. La fe
no nos coloca fuera del mar agitado de la vida; más bien nos permite descubrir
que, aun en medio de la tempestad, Jesús está presente.
Los discípulos tienen miedo porque ven las olas,
sienten el viento, experimentan el peligro. Y Jesús parece dormir. ¡Cuántas
veces también nosotros hemos sentido algo parecido! En momentos de dolor o
incertidumbre, podemos preguntarnos: “Señor, ¿dónde estás? ¿Por qué callas?
¿Por qué parece que duermes mientras nosotros nos hundimos?”
Este evangelio nos ayuda a ir más hondo: cuando
gritamos “Señor, sálvanos”, ¿qué estamos pidiendo realmente? ¿Que Dios nos
evite toda calamidad, todo sufrimiento, toda dificultad? ¿O pedimos la gracia
de vivir las pruebas sostenidos por su presencia amorosa?
Jesús no reprende a los discípulos por despertarlo.
Ellos hacen bien en acudir a Él. Lo que Jesús corrige es el miedo que paraliza,
la fe pequeña, la falta de confianza. Les dice: “¿Por qué tienen miedo,
hombres de poca fe?” Después se levanta, increpa a los vientos y al mar, y
sobreviene una gran calma.
Aquí está el centro del mensaje: la verdadera fe
no consiste en no tener tempestades, sino en saber quién va con nosotros en la
barca. La fe no niega el peligro, pero afirma una presencia más grande que
el peligro. La fe no elimina automáticamente las olas, pero nos arraiga en
Dios, que es más fuerte que todo viento contrario.
La primera lectura del profeta Amós también nos
despierta. Dios habla a su pueblo, le recuerda su elección y su
responsabilidad. Israel ha sido amado, llamado, acompañado; por eso no puede
vivir de espaldas a Dios. Amós anuncia que el Señor no habla en vano: cuando el
león ruge, ¿quién no teme? Cuando el Señor habla, ¿quién no profetiza?
Es una Palabra fuerte. Nos recuerda que las
tempestades exteriores no son las únicas peligrosas. También hay tempestades
interiores: la indiferencia, la injusticia, la autosuficiencia, el olvido de
Dios, la dureza del corazón. Por eso el profeta termina con una frase solemne: “Prepárate
a encontrarte con tu Dios.” No es solo una amenaza; es también una llamada
a volver al Señor, a revisar la vida, a reconocer que sin Él nos perdemos.
El Salmo nos hace responder desde la oración
humilde: “Señor, guíame con tu justicia.” Es la oración de quien sabe
que no puede conducirse solo. Pedimos al Señor que nos guíe, que enderece
nuestro camino, que nos libre de la mentira, del orgullo, de la violencia y del
pecado. Entramos en su casa confiados no en nuestros méritos, sino en su
misericordia.
Hoy la Iglesia recuerda además a los santos
protomártires de Roma, aquellos primeros cristianos que dieron testimonio de
Cristo con su sangre en tiempos de persecución. Ellos también vivieron una gran
tempestad. Para ellos, seguir a Jesús no fue una idea bonita ni una devoción
superficial; fue una entrega radical. En medio del miedo, la violencia y la
amenaza, permanecieron firmes en la fe.
Ellos nos enseñan que la calma más profunda no
siempre consiste en que desaparezca la persecución, sino en que el corazón
permanezca unido a Cristo. Como Jesús, pasaron por la pasión hacia la gloria.
Como los discípulos, estuvieron en una barca sacudida por la violencia del
mundo; pero no abandonaron al Señor.
En este día oramos también por nuestros
benefactores. Ellos, de muchas maneras, ayudan a sostener la barca de la
Iglesia: con su generosidad, su servicio, su oración, su cercanía, su apoyo
silencioso. Que el Señor les recompense abundantemente. Que en sus propias
tempestades sientan también la presencia de Cristo. Que nunca les falte la paz
de saberse acompañados por Dios.
Hermanos, todos tenemos alguna barca que cuidar: la
familia, la comunidad, la vocación, la parroquia, la misión, la propia vida
espiritual. Y todos enfrentamos vientos contrarios. Pero el Evangelio nos
recuerda hoy una certeza: Jesús está en la barca. Puede parecer dormido,
puede parecer silencioso, pero está. Y donde está Cristo, la tempestad no tiene
la última palabra.
Pidamos entonces una fe más grande. No una fe que
solo busque escapar de las pruebas, sino una fe capaz de atravesarlas con
Cristo. No una fe de pánico, sino de confianza. No una fe que se rinda ante las
olas, sino una fe que se aferre al Señor y diga: “Señor, sálvanos; contigo no
estamos perdidos.”
Que María, Madre de la Iglesia, los santos
protomártires de Roma y todos los testigos fieles del Evangelio intercedan por
nosotros, para que en medio de toda tempestad sepamos avanzar tras las huellas
de Cristo, desde la cruz hacia la vida, desde el miedo hacia la confianza,
desde la noche hacia la paz. Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
El
Evangelio de hoy nos presenta una escena breve, pero muy profunda: Jesús sube a
la barca, sus discípulos lo siguen, se desata una gran tempestad en el lago,
las olas cubren la barca, y Jesús duerme. Los discípulos, llenos de miedo, lo
despiertan gritando: “¡Señor,
sálvanos, que perecemos!”
Esta
escena habla de las tormentas de la vida. Hay tempestades que vienen de fuera:
una enfermedad, una crisis económica, una persecución, una pérdida, una noticia
inesperada, un conflicto familiar o comunitario. Ante esas situaciones, es
comprensible sentir miedo. Los discípulos también lo sintieron. Pero el
Evangelio nos enseña que la fe no consiste en no tener miedo nunca, sino en
saber a quién acudir cuando el miedo nos invade.
Sin
embargo, en este evangelio se nos invita a mirar otra clase de tempestad: la
que se forma dentro del corazón. San Agustín, comentando este pasaje, decía que
una ofensa recibida es como el viento, y la ira que se levanta dentro de
nosotros es como la ola. Primero llega una palabra hiriente, un desprecio, una
injusticia, un gesto ofensivo. Eso es el viento. Pero si dejamos que esa ofensa
entre hasta el fondo del alma, puede levantarse una ola peligrosa: la rabia, el
resentimiento, el juicio, la condena y el deseo de venganza.
Y
entonces la barca empieza a hundirse. No siempre por lo que el otro nos hizo,
sino por lo que nosotros permitimos dejar crecer dentro del corazón.
Todos
sabemos lo que esto significa. A veces alguien nos hiere con una palabra, una
actitud o una falta de consideración. Al principio sentimos dolor. Pero si no
llevamos ese dolor al Señor, puede convertirse en enojo. Y si alimentamos el
enojo, puede convertirse en venganza: una respuesta dura, una palabra calculada
para herir, una discusión amarga, una condena interior, una indiferencia fría,
un silencio usado como castigo.
Y
creemos que hemos ganado porque “pusimos al otro en su lugar”. Pero San Agustín
advierte algo muy serio: cuando nos alegramos del daño del otro, aunque parezca
que vencimos, en realidad hemos naufragado interiormente. La venganza no calma
la tormenta: la agranda. La ira no salva la barca: la hunde.
Por
eso la oración de los discípulos es tan necesaria: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”
Es una oración que también nosotros necesitamos repetir cuando sentimos que el
corazón se nos agita. “Señor, sálvame de mi rabia. Sálvame de mi resentimiento.
Sálvame de mis deseos de desquitarme. Sálvame de responder mal. Sálvame de
dejar que una ofensa me robe la paz.”
Jesús,
al despertar, dice: “¿Por
qué tienen miedo, hombres de poca fe?” No les dice esto para
humillarlos, sino para llevarlos a una confianza más profunda. Aplicado a
nuestra vida interior, es como si el Señor nos dijera: “¿Por qué dejaste que esa
ofensa mandara sobre tu corazón? ¿Por qué permitiste que la ira creciera hasta
convertirse en tormenta? ¿Por qué olvidaste que yo estaba contigo en la barca?”
La
primera lectura del profeta Amós también nos ayuda a comprender la gravedad de
esta llamada. Dios habla a su pueblo con fuerza. Le recuerda que ha sido
elegido, amado y acompañado, pero también le advierte que esa elección implica
responsabilidad. No se puede caminar con Dios y vivir de espaldas a su
voluntad. No se puede escuchar su Palabra y endurecer el corazón.
Amós
usa imágenes fuertes: el león ruge, la trompeta suena, la ciudad tiembla. Es
una llamada a despertar. Dios no habla para destruir, sino para convertir. Por
eso la lectura termina con una frase solemne: “Prepárate a encontrarte con tu Dios.”
También
nosotros necesitamos prepararnos para encontrarnos con Dios, no solo al final
de la vida, sino cada día: en la oración, en la Eucaristía, en el hermano, en
la corrección fraterna, en la reconciliación, en la decisión de perdonar.
Prepararnos para encontrarnos con Dios significa dejar que Él revise nuestras
tempestades interiores y nos pregunte: “¿Qué estás guardando en tu corazón?
¿Qué resentimiento no me has entregado? ¿A quién necesitas perdonar? ¿De qué
venganza debes renunciar?”
El
Salmo nos pone en la actitud justa: “Señor,
guíame con tu justicia.” No decimos: “Señor, ayúdame a tener
siempre la razón.” No decimos: “Señor, castiga al que me ofendió.” Decimos:
“Guíame.” Porque cuando estamos heridos, fácilmente perdemos el camino. Cuando
estamos enojados, confundimos justicia con venganza. Cuando estamos resentidos,
creemos que defendernos es destruir al otro.
Por
eso pedimos: “Señor, guíame con tu justicia.” La justicia de Dios no es odio.
La justicia de Dios no es deseo de daño. La justicia de Dios siempre busca la
verdad, la conversión, la reparación y la salvación. Dios no quiere que se
hunda la barca del otro ni la nuestra. Dios quiere calmar la tempestad.
Hoy,
al orar por nuestros benefactores, damos gracias por tantas personas que hacen
el bien silenciosamente. Los benefactores son signos de esa misericordia
concreta que sostiene la misión de la Iglesia. Con su generosidad, su ayuda, su
oración, su servicio y su cercanía, colaboran para que muchas barcas no se
hundan: la barca de una familia necesitada, la barca de una comunidad, la barca
de una obra evangelizadora, la barca de quienes buscan consuelo y esperanza.
Pidamos
por ellos. Que el Señor bendiga sus vidas, sus hogares, sus trabajos y sus
intenciones. Que también ellos, cuando atraviesen tempestades, sientan la
presencia de Cristo. Que su generosidad sea recompensada con paz, fortaleza y
abundancia espiritual.
Hermanos,
el Evangelio termina diciendo que, cuando Jesús increpó a los vientos y al mar,
“vino una gran calma.”
Esa calma es la que necesitamos. No solo calma en los problemas externos, sino
calma en el corazón. Calma frente a la ofensa. Calma frente al insulto. Calma
frente al rechazo. Calma frente a la tentación de vengarnos.
Pidamos
hoy la gracia de detener la tormenta desde el primer viento. Si llega una
ofensa, respondamos con oración. Si nace la ira, entreguémosla pronto al Señor.
Si ya hay tormenta dentro de nosotros, gritemos con fe: “¡Señor, sálvame, que
perezco!” Él no está ausente. Él no abandona la barca. Aunque parezca dormido,
está allí, esperando que lo invoquemos.
Que
el Señor Jesús calme nuestras tempestades, nos libre de la venganza, nos enseñe
a perdonar y haga de nuestro corazón una barca habitada por su paz. Amén.

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