lunes, 22 de junio de 2026

23 de junio del 2026: martes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

La regla de oro

(Mt 7,6.12-14) Jesús enuncia aquí la regla de oro, que resume toda la finalidad de la Alianza. Ezequías ya ha encontrado el camino estrecho, siguiendo los pasos de los grandes creyentes de Israel: incluso allí donde todo parece perdido, renovar la confianza en Dios, aunque sea bajo la forma de un desafío confiado. No se trata de una negociación de “yo te doy y tú me das”, sino del acto de abandonarse enteramente en manos del Dador, cuyas bondades no se han agotado.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, Senaquerib, rey de Asiria, envió mensajeros a Ezequías a decirle:
«Así hablarán a Ezequías, rey de Judá: “Que tu Dios, en el que confías, no te engañe diciendo: ‘Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria’. Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países entregándolos
al anatema, ¿y vas a librarte tú solo?”».
Ezequías tomó la carta de manos de los mensajeros y la leyó. Subió al templo del Señor y abrió la carta ante el Señor. Y elevó esta plegaria ante él:
«Señor, Dios de Israel, entronizado sobre los querubines:
Tú solo eres el Dios para todos los reinos de la tierra.
Tú formaste los cielos y la tierra.
¡Inclina tu oído, Señor, y escucha!
¡Abre tus ojos, Señor, y mira!
Escucha las palabras de Senaquerib enviadas
para insulto del Dios vivo.
Es verdad, Señor, los reyes asirios han exterminado las naciones,
han arrojado sus dioses al fuego y los han destruido.
Pero no eran dioses, sino hechura de mano humana,
de piedra, de madera.
Pero ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de sus manos
y sepan todos los reinos de la tierra
que solo tú eres Señor Dios».
Entonces Isaías, hijo de Amós, envió a Ezequías este mensaje:
«Así dice el Señor, Dios de Israel: “He escuchado tu plegaria acerca de Senaquerib, rey de Asiria”.
Esta es la palabra que el Señor pronuncia contra él:
“Te desprecia, se burla de ti la doncella, hija de Sion,
menea la cabeza a tu espalda la hija de Jerusalén.
Ha de brotar de Jerusalén un resto,
y supervivientes del monte Sion.
El celo del Señor del universo lo realizará.
Por eso, esto dice el Señor acerca del rey de Asiria:
‘No entrará en esta ciudad,
no disparará contra ella ni una flecha,
no avanzará contra ella con escudos,
ni levantará una rampa contra ella.
Regresará por el camino por donde vino
y no entrará en esta ciudad —palabra del Señor—.
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla,
por mi honor y el de David, mi siervo’”».
Aquella misma noche el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres.
Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive, quedándose allí.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 47, 2. 3-4. 10-11 (R.: cf. 9d)

R. Dios ha fundado su ciudad para siempre.

V. Grande es el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. 
R.

V. El monte Sion, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. 
R.

V. Oh, Dios, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu nombre, oh, Dios,
tu alabanza llega al confín de la tierra.
Tu diestra está llena de justicia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.
 R.

 

Evangelio

Mt 7, 6. 12-14

Lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo con ellos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No den lo santo a los perros, ni les echen sus perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozarlos.
Así, pues, todo lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».

Palabra del Señor.

 

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1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone delante dos caminos: el camino ancho de la autosuficiencia, del miedo, de la violencia y de la lógica del mundo; y el camino estrecho de la confianza, de la fidelidad y del amor verdadero.

En la primera lectura, el rey Ezequías recibe una amenaza terrible. El rey de Asiria, Senaquerib, pretende intimidarlo diciéndole que ningún dios ha podido salvar a otros pueblos y que tampoco el Dios de Israel podrá librar a Jerusalén. Humanamente hablando, todo parece perdido. El enemigo es fuerte, la ciudad está amenazada, el pueblo tiene miedo.

Pero Ezequías hace algo profundamente creyente: toma la carta de amenaza, sube al templo y la extiende delante del Señor. No responde primero con armas, ni con orgullo, ni con desesperación. Responde con oración. Pone su angustia en manos de Dios. Reconoce que el Señor es el único Dios, creador del cielo y de la tierra, y le pide que intervenga para que todos sepan que Él es el Señor.

Esta escena nos enseña algo muy importante: cuando la vida nos amenaza, cuando sentimos que no tenemos salida, cuando llegan noticias que nos inquietan, el creyente no se encierra en el miedo. El creyente sube interiormente al templo, abre su corazón y le dice al Señor: “Mira, Señor, lo que estoy viviendo; mira esta preocupación; mira esta carga; mira esta amenaza. Yo no puedo solo, pero confío en Ti”.

El salmo nos ayuda a contemplar esa confianza: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Jerusalén aparece como la ciudad protegida por Dios, no porque no tenga enemigos, sino porque Dios está en medio de ella. La fuerza del pueblo no está en sus murallas, sino en la presencia del Señor. Por eso el salmista proclama: “Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí, en la oración, el pueblo recuerda que la misericordia de Dios no se agota.

En el Evangelio, Jesús nos entrega la llamada regla de oro: “Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes con ellos”. Es una frase sencilla, pero exigente. No dice solamente: “No hagan daño”. Dice algo más profundo: hagan el bien que ustedes quisieran recibir. Traten a los demás con la comprensión, la paciencia, la delicadeza, el respeto y la misericordia que ustedes esperan para sí mismos.

Esta regla de oro resume la Ley y los Profetas, porque nos saca del egoísmo y nos introduce en la lógica del Reino de Dios. El camino ancho es vivir pensando solo en mí: mis intereses, mi comodidad, mi orgullo, mis derechos. El camino estrecho es preguntarme: ¿cómo puedo hacer el bien?, ¿cómo puedo tratar al otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo responder con amor incluso cuando no es fácil?

Por eso Jesús añade: “Entren por la puerta estrecha”. La puerta estrecha no es una invitación a vivir tristes o aplastados. Es la invitación a vivir de manera evangélica. Es estrecha porque exige conversión. Es estrecha porque no deja pasar el egoísmo, la soberbia, la indiferencia ni la venganza. Pero esa puerta conduce a la vida.

Ezequías entró por esa puerta estrecha cuando decidió confiar en Dios y no dejarse dominar por el miedo. También nosotros entramos por esa puerta cuando, en lugar de responder mal por mal, elegimos hacer el bien; cuando, en lugar de vivir reclamando, vivimos agradeciendo; cuando, en lugar de usar a los demás, los servimos con amor.

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos son personas que, de muchas maneras, han aplicado esta regla de oro en nuestra vida: han hecho el bien, han compartido, han sostenido, han ayudado, han acompañado. Algunos lo han hecho con recursos materiales; otros con su tiempo, su consejo, su oración, su presencia o su amistad. A través de ellos, Dios nos ha mostrado que su bondad no se ha agotado.

Pidamos al Señor que bendiga abundantemente a nuestros benefactores. Que les conceda salud, paz, fortaleza, prosperidad espiritual y alegría en el corazón. Que todo bien que han sembrado vuelva a ellos convertido en gracia. Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser benefactores para otros: hombres y mujeres capaces de abrir caminos de vida, de tender la mano, de consolar, de compartir y de amar.

Que el Señor nos ayude a escoger cada día la puerta estrecha del Evangelio: la puerta de la confianza, de la oración, de la gratitud y del amor concreto. Amén.

 

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2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a entrar con humildad en el misterio de Dios. No todo se comprende de una vez. No toda verdad se recibe del mismo modo. No todo corazón está preparado inmediatamente para acoger la profundidad del Evangelio. Por eso, Jesús nos habla hoy con palabras fuertes: “No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas a los cerdos”. A primera vista, puede parecernos una expresión dura, pero en realidad contiene una enseñanza muy profunda sobre el valor de la fe, la prudencia y la disposición interior.

Jesús no está despreciando a nadie. Él no cierra la puerta de la salvación a ninguna persona. Él mismo vino a buscar a los pecadores, se sentó a la mesa con publicanos, tocó a los enfermos, perdonó a los caídos y abrió el Reino a los pobres. Pero también nos enseña que las cosas santas deben ser recibidas con reverencia. Las verdades de Dios son como perlas preciosas: no se imponen a la fuerza, no se tratan con superficialidad, no se entregan para que sean pisoteadas por la burla, el rechazo o la indiferencia.

El misterio de Dios necesita un corazón abierto. La fe no es simplemente saber muchas cosas religiosas; es tener un alma disponible para acoger la luz de Dios. Hay personas que necesitan primero “leche espiritual”, como decía san Pablo, antes de recibir alimento sólido. También nosotros, muchas veces, somos niños en la fe. Queremos comprenderlo todo de inmediato, pero Dios nos educa poco a poco. Él levanta el velo gradualmente. Nos va revelando sus caminos en la medida en que crecemos en oración, humildad y obediencia.

En la primera lectura vemos al rey Ezequías en una situación límite. Jerusalén está amenazada por Senaquerib, rey de Asiria. La carta que recibe está llena de intimidación: pretende convencerlo de que Dios no podrá salvar a su pueblo. Humanamente, todo parece perdido. Pero Ezequías no responde desde la soberbia ni desde la desesperación. Toma la carta, sube al templo y la extiende delante del Señor.

Ese gesto es profundamente espiritual. Ezequías reconoce que hay situaciones que superan sus fuerzas. Por eso se pone ante Dios y le confía aquello que lo angustia. Allí aparece la puerta estrecha de la fe: no apoyarse únicamente en cálculos humanos, no dejarse dominar por el miedo, no convertir la oración en una negociación, sino abandonarse en las manos del Señor.

Ezequías no pretende manipular a Dios. No le dice: “Si tú me das, yo te doy”. Más bien se entrega al Dios vivo, al Dios que conoce el corazón de su pueblo, al Dios cuyas bondades no se han agotado. Y Dios responde. La ciudad no queda abandonada. El Señor manifiesta que su presencia es más fuerte que la arrogancia de los poderosos.

El salmo nos ayuda a contemplar esa seguridad: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Jerusalén no es grande simplemente por sus murallas, sino porque Dios habita en medio de ella. Por eso el salmista dice: “Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí está la clave: meditar la misericordia de Dios. Cuando el alma entra en oración, comienza a ver de otra manera. Donde antes solo veía amenaza, empieza a descubrir presencia; donde antes solo veía angustia, empieza a nacer la confianza.

En el Evangelio, Jesús añade también la llamada regla de oro: “Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes con ellos”. Esta frase resume la Ley y los Profetas. No basta con evitar el mal; el discípulo está llamado a hacer activamente el bien. El cristiano no vive solo preguntándose: “¿Qué me conviene a mí?”, sino: “¿Cómo puedo amar mejor?, ¿cómo puedo tratar al otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo hacer por los demás aquello que yo mismo espero recibir?”.

Esta regla de oro también es una perla del Evangelio. Es sencilla de entender, pero exigente de vivir. Todos queremos ser tratados con respeto, paciencia, misericordia y comprensión. Entonces Jesús nos dice: empieza tú. No esperes que el otro cambie primero. No esperes que todos sean justos contigo para tú ser justo con ellos. Haz el bien. Siembra bondad. Trata a los demás como quisieras ser tratado.

Y luego Jesús nos dice: “Entren por la puerta estrecha”. La puerta estrecha no es el camino de la tristeza, sino el camino de la verdad. Es estrecha porque no deja pasar el orgullo, la venganza, la superficialidad, la dureza del corazón ni la autosuficiencia. Para entrar por ella hay que hacerse humilde, hay que dejarse enseñar por Dios, hay que reconocer que necesitamos conversión.

La puerta ancha, en cambio, es más cómoda: hacer lo que todos hacen, responder mal por mal, vivir sin oración, despreciar lo sagrado, burlarse de la fe, tratar el Evangelio como una idea más. Pero ese camino no conduce a la vida. La puerta estrecha es la de Ezequías: ponerlo todo delante de Dios. Es la puerta del discípulo: recibir con reverencia las perlas de la verdad divina. Es la puerta de quien no solo oye la Palabra, sino que la guarda, la medita y la vive.

Hoy podemos preguntarnos: ¿cómo recibo yo las cosas santas? ¿Me acerco a la Palabra de Dios con humildad o con rutina? ¿Valoro la Eucaristía, la oración, el perdón, la enseñanza de la Iglesia, o las trato como algo común? ¿Tengo un corazón dispuesto a recibir las perlas de la sabiduría divina?

Pidamos al Señor que nos dé un corazón receptivo. Que no seamos indiferentes ante sus misterios. Que sepamos valorar lo santo. Que aprendamos a compartir la fe con prudencia, amor y delicadeza, respetando los procesos de cada persona. Y que, como Ezequías, sepamos extender delante de Dios nuestras preocupaciones, confiando en que su misericordia no se agota.

Señor de eterna sabiduría, abre nuestro corazón a tus misterios. Enséñanos a recibir tus perlas con reverencia, a meditar tu Palabra con fe y a caminar por la puerta estrecha que conduce a la vida. Amén.

 

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