La regla de oro
(Mt 7,6.12-14) Jesús enuncia aquí la regla de oro, que resume
toda la finalidad de la Alianza. Ezequías ya ha encontrado el camino estrecho,
siguiendo los pasos de los grandes creyentes de Israel: incluso allí donde todo
parece perdido, renovar la confianza en Dios, aunque sea bajo la forma de un
desafío confiado. No se trata de una negociación de “yo te doy y tú me das”,
sino del acto de abandonarse enteramente en manos del Dador, cuyas bondades no
se han agotado.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
Yo haré de
escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David
Lectura del segundo libro de los Reyes.
EN aquellos días, Senaquerib, rey de Asiria, envió mensajeros a Ezequías a
decirle:
«Así hablarán a Ezequías, rey de Judá: “Que tu Dios, en el que confías, no te
engañe diciendo: ‘Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria’. Tú
mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países
entregándolos
al anatema, ¿y vas a librarte tú solo?”».
Ezequías tomó la carta de manos de los mensajeros y la leyó. Subió al templo
del Señor y abrió la carta ante el Señor. Y elevó esta plegaria ante él:
«Señor, Dios de Israel, entronizado sobre los querubines:
Tú solo eres el Dios para todos los reinos de la tierra.
Tú formaste los cielos y la tierra.
¡Inclina tu oído, Señor, y escucha!
¡Abre tus ojos, Señor, y mira!
Escucha las palabras de Senaquerib enviadas
para insulto del Dios vivo.
Es verdad, Señor, los reyes asirios han exterminado las naciones,
han arrojado sus dioses al fuego y los han destruido.
Pero no eran dioses, sino hechura de mano humana,
de piedra, de madera.
Pero ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de sus manos
y sepan todos los reinos de la tierra
que solo tú eres Señor Dios».
Entonces Isaías, hijo de Amós, envió a Ezequías este mensaje:
«Así dice el Señor, Dios de Israel: “He escuchado tu plegaria acerca de
Senaquerib, rey de Asiria”.
Esta es la palabra que el Señor pronuncia contra él:
“Te desprecia, se burla de ti la doncella, hija de Sion,
menea la cabeza a tu espalda la hija de Jerusalén.
Ha de brotar de Jerusalén un resto,
y supervivientes del monte Sion.
El celo del Señor del universo lo realizará.
Por eso, esto dice el Señor acerca del rey de Asiria:
‘No entrará en esta ciudad,
no disparará contra ella ni una flecha,
no avanzará contra ella con escudos,
ni levantará una rampa contra ella.
Regresará por el camino por donde vino
y no entrará en esta ciudad —palabra del Señor—.
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla,
por mi honor y el de David, mi siervo’”».
Aquella misma noche el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio
a ciento ochenta y cinco mil hombres.
Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive, quedándose
allí.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dios ha
fundado su ciudad para siempre.
V. Grande es
el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. R.
V. El
monte Sion, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. R.
V. Oh, Dios,
meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu nombre, oh, Dios,
tu alabanza llega al confín de la tierra.
Tu diestra está llena de justicia. R.
Aclamación
V. Yo soy la
luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.
Evangelio
Lo que
quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo con ellos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No den lo santo a los perros, ni les echen sus perlas a los cerdos; no sea que
las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozarlos.
Así, pues, todo lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes
con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino
que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos
dan con ellos».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de hoy nos pone delante dos
caminos: el camino ancho de la autosuficiencia, del miedo, de la violencia y de
la lógica del mundo; y el camino estrecho de la confianza, de la fidelidad y
del amor verdadero.
En la primera lectura, el rey Ezequías recibe una
amenaza terrible. El rey de Asiria, Senaquerib, pretende intimidarlo diciéndole
que ningún dios ha podido salvar a otros pueblos y que tampoco el Dios de Israel
podrá librar a Jerusalén. Humanamente hablando, todo parece perdido. El enemigo
es fuerte, la ciudad está amenazada, el pueblo tiene miedo.
Pero Ezequías hace algo profundamente creyente:
toma la carta de amenaza, sube al templo y la extiende delante del Señor. No
responde primero con armas, ni con orgullo, ni con desesperación. Responde con
oración. Pone su angustia en manos de Dios. Reconoce que el Señor es el único
Dios, creador del cielo y de la tierra, y le pide que intervenga para que todos
sepan que Él es el Señor.
Esta escena nos enseña algo muy importante: cuando
la vida nos amenaza, cuando sentimos que no tenemos salida, cuando llegan
noticias que nos inquietan, el creyente no se encierra en el miedo. El creyente
sube interiormente al templo, abre su corazón y le dice al Señor: “Mira, Señor,
lo que estoy viviendo; mira esta preocupación; mira esta carga; mira esta
amenaza. Yo no puedo solo, pero confío en Ti”.
El salmo nos ayuda a contemplar esa confianza:
“Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”.
Jerusalén aparece como la ciudad protegida por Dios, no porque no tenga
enemigos, sino porque Dios está en medio de ella. La fuerza del pueblo no está
en sus murallas, sino en la presencia del Señor. Por eso el salmista proclama:
“Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí, en la
oración, el pueblo recuerda que la misericordia de Dios no se agota.
En el Evangelio, Jesús nos entrega la llamada regla
de oro: “Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes
con ellos”. Es una frase sencilla, pero exigente. No dice solamente: “No hagan
daño”. Dice algo más profundo: hagan el bien que ustedes quisieran recibir.
Traten a los demás con la comprensión, la paciencia, la delicadeza, el respeto
y la misericordia que ustedes esperan para sí mismos.
Esta regla de oro resume la Ley y los Profetas,
porque nos saca del egoísmo y nos introduce en la lógica del Reino de Dios. El
camino ancho es vivir pensando solo en mí: mis intereses, mi comodidad, mi
orgullo, mis derechos. El camino estrecho es preguntarme: ¿cómo puedo hacer el
bien?, ¿cómo puedo tratar al otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo responder con
amor incluso cuando no es fácil?
Por eso Jesús añade: “Entren por la puerta
estrecha”. La puerta estrecha no es una invitación a vivir tristes o
aplastados. Es la invitación a vivir de manera evangélica. Es estrecha porque
exige conversión. Es estrecha porque no deja pasar el egoísmo, la soberbia, la
indiferencia ni la venganza. Pero esa puerta conduce a la vida.
Ezequías entró por esa puerta estrecha cuando
decidió confiar en Dios y no dejarse dominar por el miedo. También nosotros
entramos por esa puerta cuando, en lugar de responder mal por mal, elegimos
hacer el bien; cuando, en lugar de vivir reclamando, vivimos agradeciendo;
cuando, en lugar de usar a los demás, los servimos con amor.
Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores.
Ellos son personas que, de muchas maneras, han aplicado esta regla de oro en
nuestra vida: han hecho el bien, han compartido, han sostenido, han ayudado,
han acompañado. Algunos lo han hecho con recursos materiales; otros con su
tiempo, su consejo, su oración, su presencia o su amistad. A través de ellos,
Dios nos ha mostrado que su bondad no se ha agotado.
Pidamos al Señor que bendiga abundantemente a
nuestros benefactores. Que les conceda salud, paz, fortaleza, prosperidad
espiritual y alegría en el corazón. Que todo bien que han sembrado vuelva a
ellos convertido en gracia. Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser
benefactores para otros: hombres y mujeres capaces de abrir caminos de vida, de
tender la mano, de consolar, de compartir y de amar.
Que el Señor nos ayude a escoger cada día la puerta
estrecha del Evangelio: la puerta de la confianza, de la oración, de la
gratitud y del amor concreto. Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos invita a entrar con humildad en el misterio de Dios.
No todo se comprende de una vez. No toda verdad se recibe del mismo modo. No
todo corazón está preparado inmediatamente para acoger la profundidad del
Evangelio. Por eso, Jesús nos habla hoy con palabras fuertes: “No den lo santo
a los perros, ni echen sus perlas a los cerdos”. A primera vista, puede
parecernos una expresión dura, pero en realidad contiene una enseñanza muy
profunda sobre el valor de la fe, la prudencia y la disposición interior.
Jesús
no está despreciando a nadie. Él no cierra la puerta de la salvación a ninguna
persona. Él mismo vino a buscar a los pecadores, se sentó a la mesa con
publicanos, tocó a los enfermos, perdonó a los caídos y abrió el Reino a los pobres.
Pero también nos enseña que las cosas santas deben ser recibidas con
reverencia. Las verdades de Dios son como perlas preciosas: no se imponen a la
fuerza, no se tratan con superficialidad, no se entregan para que sean
pisoteadas por la burla, el rechazo o la indiferencia.
El
misterio de Dios necesita un corazón abierto. La fe no es simplemente saber
muchas cosas religiosas; es tener un alma disponible para acoger la luz de
Dios. Hay personas que necesitan primero “leche espiritual”, como decía san Pablo,
antes de recibir alimento sólido. También nosotros, muchas veces, somos niños
en la fe. Queremos comprenderlo todo de inmediato, pero Dios nos educa poco a
poco. Él levanta el velo gradualmente. Nos va revelando sus caminos en la
medida en que crecemos en oración, humildad y obediencia.
En
la primera lectura vemos al rey Ezequías en una situación límite. Jerusalén
está amenazada por Senaquerib, rey de Asiria. La carta que recibe está llena de
intimidación: pretende convencerlo de que Dios no podrá salvar a su pueblo.
Humanamente, todo parece perdido. Pero Ezequías no responde desde la soberbia
ni desde la desesperación. Toma la carta, sube al templo y la extiende delante
del Señor.
Ese
gesto es profundamente espiritual. Ezequías reconoce que hay situaciones que
superan sus fuerzas. Por eso se pone ante Dios y le confía aquello que lo
angustia. Allí aparece la puerta estrecha de la fe: no apoyarse únicamente en
cálculos humanos, no dejarse dominar por el miedo, no convertir la oración en
una negociación, sino abandonarse en las manos del Señor.
Ezequías
no pretende manipular a Dios. No le dice: “Si tú me das, yo te doy”. Más bien
se entrega al Dios vivo, al Dios que conoce el corazón de su pueblo, al Dios
cuyas bondades no se han agotado. Y Dios responde. La ciudad no queda
abandonada. El Señor manifiesta que su presencia es más fuerte que la
arrogancia de los poderosos.
El
salmo nos ayuda a contemplar esa seguridad: “Grande es el Señor y muy digno de
alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Jerusalén no es grande simplemente por
sus murallas, sino porque Dios habita en medio de ella. Por eso el salmista
dice: “Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí está la
clave: meditar la misericordia de Dios. Cuando el alma entra en oración, comienza
a ver de otra manera. Donde antes solo veía amenaza, empieza a descubrir
presencia; donde antes solo veía angustia, empieza a nacer la confianza.
En
el Evangelio, Jesús añade también la llamada regla de oro: “Todo cuanto quieran
que les hagan los hombres, háganlo también ustedes con ellos”. Esta frase
resume la Ley y los Profetas. No basta con evitar el mal; el discípulo está
llamado a hacer activamente el bien. El cristiano no vive solo preguntándose:
“¿Qué me conviene a mí?”, sino: “¿Cómo puedo amar mejor?, ¿cómo puedo tratar al
otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo hacer por los demás aquello que yo mismo
espero recibir?”.
Esta
regla de oro también es una perla del Evangelio. Es sencilla de entender, pero
exigente de vivir. Todos queremos ser tratados con respeto, paciencia,
misericordia y comprensión. Entonces Jesús nos dice: empieza tú. No esperes que
el otro cambie primero. No esperes que todos sean justos contigo para tú ser
justo con ellos. Haz el bien. Siembra bondad. Trata a los demás como quisieras
ser tratado.
Y
luego Jesús nos dice: “Entren por la puerta estrecha”. La puerta estrecha no es
el camino de la tristeza, sino el camino de la verdad. Es estrecha porque no
deja pasar el orgullo, la venganza, la superficialidad, la dureza del corazón ni
la autosuficiencia. Para entrar por ella hay que hacerse humilde, hay que
dejarse enseñar por Dios, hay que reconocer que necesitamos conversión.
La
puerta ancha, en cambio, es más cómoda: hacer lo que todos hacen, responder mal
por mal, vivir sin oración, despreciar lo sagrado, burlarse de la fe, tratar el
Evangelio como una idea más. Pero ese camino no conduce a la vida. La puerta
estrecha es la de Ezequías: ponerlo todo delante de Dios. Es la puerta del
discípulo: recibir con reverencia las perlas de la verdad divina. Es la puerta
de quien no solo oye la Palabra, sino que la guarda, la medita y la vive.
Hoy
podemos preguntarnos: ¿cómo recibo yo las cosas santas? ¿Me acerco a la Palabra
de Dios con humildad o con rutina? ¿Valoro la Eucaristía, la oración, el
perdón, la enseñanza de la Iglesia, o las trato como algo común? ¿Tengo un
corazón dispuesto a recibir las perlas de la sabiduría divina?
Pidamos
al Señor que nos dé un corazón receptivo. Que no seamos indiferentes ante sus
misterios. Que sepamos valorar lo santo. Que aprendamos a compartir la fe con
prudencia, amor y delicadeza, respetando los procesos de cada persona. Y que,
como Ezequías, sepamos extender delante de Dios nuestras preocupaciones,
confiando en que su misericordia no se agota.
Señor
de eterna sabiduría, abre nuestro corazón a tus misterios. Enséñanos a recibir
tus perlas con reverencia, a meditar tu Palabra con fe y a caminar por la
puerta estrecha que conduce a la vida. Amén.

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