(Hechos 22, 30; 23, 6-11.) Mismo, en medio de la tormenta y en
la cual Pablo corre el riesgo de morir, el Señor le da un sentido a
su sufrimiento: ser testigo de Él en Roma. Lo que Él ha hecho por el
apóstol, Dios lo hace también por mí. Basta con que yo abra todo mi ser a su
Palabra y que la escuche.
El
Señor se acerca a los que dan testimonio de él. Esta presencia íntima les da la
fuerza y el coraje para seguir dando testimonio con alegría ante la
adversidad o la indiferencia generalizada.
(Juan 17, 20-26) Espontáneamente, me
comparo con el otro y obviamente prefiero tener cualidades que él no tiene, es
decir que sea superior a él. Esta es una fuente de muchos tormentos. ¡Pero estos
no tienen lugar frente a la unidad perfecta de las tres personas divinas!
Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de
los apóstoles (22,30;23,6-11):
En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué
acusaban a Pablo los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos
sacerdotes y el Sanedrín en pleno, bajó a Pablo y lo presentó ante ellos.
Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos y gritó:
«Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la
resurrección de los muertos.»
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la
asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección, ni
ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto.) Se armó un
griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando:
«No encontramos ningún delito en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o
un ángel?»
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo,
mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que
has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma.»
Palabra de Dios
Salmo
Sal 15
R/. Protégeme, Dios mío, que me
refugio en ti
Protégeme, Dios mío, que me refugio en
ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R/.
Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.
Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R/.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.
Lectura del santo evangelio según san
Juan (17,20-26):
En aquel tiempo, Jesús, levantando los
ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino
también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean
uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria
que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en
mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has
enviado y los has amado como me has amado a mí. Padre, éste es mi deseo: que
los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la
que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo,
si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú
me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el
amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos.»
Palabra del Señor
///
Una estrategia eficaz
Pablo acusado
en el tribunal ante el consejo de sumos sacerdotes y el Sanedrín (Corte Suprema de la ley judía, con la misión de administrar justicia
interpretando y aplicando la Torah, tanto oral como escrita. A la vez,
ostentaba la representación del pueblo judío ante la autoridad romana), se le ocurre una estrategia para
poner la situación a su favor. Un viejo refrán dice: "Divide y reinarás", pues bien, el apóstol de los
gentiles sabiéndose en un grupo de judíos,
con dos tendencias bien claras (fariseos, que creen en la resurrección y
saduceos que la niegan), empuja a sus adversarios a discutir y disputarse entre ellos. Al final, los
fariseos se ponen a favor de Pablo, y concuerdan con su doctrina…terminando por
defenderlo.
En el Evangelio, constatamos que
está el mundo, está el Hijo, está el Padre, están aquellos que creen en el Hijo
y en el Padre, y los otros, todos los otros (que no creen?)…Existe amor entre
todos ellos, amor que se difunde, que va del Padre al Hijo: "Porque me amabas, antes de la
fundación del mundo", después está el amor que va del Hijo hacia
aquellos que creen y de ahí a todos los demás que están lejos, "para que el amor que me tenías esté
con ellos, como yo también estoy con ellos".
Este amor que va, que se
manifiesta, se expresa, posibilita, este amor que viene una y otra vez, va y
vuelve, retorna a su fuente…El sentido de las cosas, de las relaciones se
revela en este movimiento, en esta unidad…que se propaga, que se revela, se
construye para que el amor reine. "Para
que sean completamente uno (que su unidad sea perfecta), de modo que el mundo
sepa que Tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí…"
Esta palabra entera, total, dicha
en la última cena de Jesús con sus discípulos, justo antes de su pasión, ha
llegado a ser verdaderamente creíble para nosotros con el paso de los días de
Pascua. Esta Palabra se ha encarnado, ha tomado forma, ante nuestros ojos, en
los relatos de la Iglesia Primitiva…Después de la Ascensión, estamos cada vez
más llamados a tomar conciencia de nuestro presente, de nuestra cotidianidad,
allí donde estamos y trabajamos…
Hoy, aun, en nuestro mundo, donde
estamos, esta Palabra puede tomar consistencia, peso, realidad, encarnarse…si
la dejamos habitar en nuestros corazones, en nuestras actitudes, en nuestras
prácticas…Basta con asociarnos a esta unidad, es decir, estar unidos, es
suficiente con dejarnos amar y dejar que el amor actúe en nosotros, entre
nosotros, perdonarnos y la creatividad, la novedad, serán posibles, la historia
de la Buena Noticia podrá continuar, podrá pasar por nosotros…
Jesús ha orado por esta intención
y su oración fue recibida, y acogida.
Basta con creer. Esta llama puede propagarse…las puertas van a abrirse, el
fuego va venir, nosotros esperamos…
2
En
aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo,
no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de
ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos
también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Levantar
los ojos al Cielo!
"Levantando los ojos al cielo ..." ¡Qué
gran frase!
Cuando Jesús levantó sus ojos al cielo, oró a
su Padre en el cielo. Este acto, de levantar Sus ojos, revela un aspecto
único de la presencia del Padre. Revela que el Padre es trascendente. "Trascendente"
significa que el Padre está por encima de todo y más allá de todo. El
mundo no puede contenerlo. Entonces, al hablarle al Padre, Jesús comienza
con este gesto mediante el cual reconoce la trascendencia del Padre.
Pero también debemos notar la inmanencia de la
relación del Padre con Jesús. Por "inmanencia" queremos decir
que el Padre y Jesús están unidos como uno. Su relación es de naturaleza
profundamente personal, íntima
Aunque estas dos palabras, "inmanencia"
y "trascendencia", pueden no ser parte de nuestro vocabulario diario,
vale la pena entender y reflexionar sobre los conceptos. Debemos
esforzarnos por estar muy familiarizados con sus significados y, más
específicamente, con la forma en que nuestra relación con la Santísima Trinidad
comparte ambos términos.
La oración de Jesús al Padre fue que nosotros,
los que creemos, compartiremos la unidad del Padre y del Hijo. Compartiremos
la vida y el amor de Dios. Para nosotros, esto significa que comenzamos
viendo la trascendencia de Dios. También levantamos nuestros ojos al cielo
y nos esforzamos por ver el esplendor, la gloria, la grandeza, el poder y la
majestad de Dios. Él está por encima de todo y más allá de todo.
Al lograr esta mirada de oración a los Cielos,
también debemos esforzarnos por ver a este Dios glorioso y trascendente
descender a nuestras almas, comunicándose con nosotros, amándonos y
estableciendo una relación profundamente personal con nosotros.
Es sorprendente cómo
estos dos aspectos de la vida de Dios van tan bien, aunque, al principio,
puedan parecer completamente opuestos. No se oponen, sino que están unidos
y tienen el efecto de atraernos a una relación íntima con el Creador y
sustentador de todas las cosas.
Reflexiona, hoy, sobre el Dios glorioso y
todopoderoso del Universo que desciende a las profundidades secretas de tu
alma. Reconoce su presencia, adóralo como Él vive dentro de ti, háblale y
ámalo.
Señor, ayúdame a levantar siempre los ojos al
cielo en oración. Que pueda recurrir constantemente a ti y a tu padre. En
esa mirada de oración, que también te descubra vivo en mi alma donde eres
adorado y amado. Jesús, confío en ti.
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