jueves, 30 de abril de 2026

Primero de mayo del 2026: viernes de la cuarta semana de Pascua-San José Obrero


SANTO DEL DÍA:

San José Obrero

El humilde carpintero de Nazaret fue proclamado santo patrono de todos los trabajadores en 1955.



Una impresión engañosa

Juan 14, 1-6

Períodos de sequedad en la oración, una situación familiar sin salida, un futuro que permanece oscuro: ¿quién no ha experimentado alguna vez la extraña sensación de que Jesús se hubiera retirado como de puntillas? ¡Impresión engañosa! Tal vez ya no sentimos su presencia, pero lo sabemos: Él se ha ido a “prepararnos un lugar” en el corazón de Dios.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

Hch 13, 26-33

Dios ha cumplido su promesa resucitando a Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, cuando llegó Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga:
«Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación. En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo. También nosotros les anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo:
“Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 2, 6-7. 8-9. 10-11 y 12a (R.: 7bc)

R. Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.

O bien:

R. 
V. «Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sion, mi monte santo».
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy. 
R.

V. Pídemelo:
te daré en herencia las naciones;
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza». 
R.

V. Y ahora, reyes, sean sensatos;
escarmienten, los que rigen la tierra:
sirvan al Señor con temor,
ríndanle homenaje temblando. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; nadie va al Padre sino por mí. R.

 

Evangelio

Jn 14, 1-6

Yo soy el camino y la verdad y la vida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque me voy a prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy comienza con una palabra que necesitamos escuchar muchas veces, especialmente cuando la vida se vuelve pesada, cuando el alma se cansa, cuando el cuerpo duele, cuando las preocupaciones nos quitan la paz:

“No se turbe su corazón. Crean en Dios y crean también en mí.”

Jesús pronuncia estas palabras en la Última Cena. No las dice en un ambiente fácil. No las dice cuando todo va bien. Las dice cuando se acerca la traición, la negación de Pedro, la cruz, la dispersión de los discípulos. Jesús sabe que el corazón de los suyos se va a llenar de miedo. Sabe que muchos tendrán la impresión de que Él se va, de que los abandona, de que su presencia desaparece.

Y por eso les dice: “No se turbe su corazón.”

Alguien comentando este evangelio que acabamos de escuchar habla de una experiencia muy humana y muy espiritual: la impresión de que Jesús se ha retirado “como de puntillas”. Hay momentos en que uno reza y parece no sentir nada; momentos en que una familia se complica y no se ve salida; momentos en que el futuro aparece oscuro; momentos en que la enfermedad, la depresión, la soledad, el cansancio o la culpa hacen pensar: “¿Dónde está Dios?”

Pero el Evangelio nos dice que esa impresión puede ser engañosa. Que no sentir a Dios no significa que Dios se haya ido. Que no ver la salida no significa que Cristo no esté abriendo camino. Que el silencio de Dios no siempre es ausencia; muchas veces es una presencia más honda, más discreta, más misteriosa.

Jesús dice: “Voy a prepararles un lugar.”
No dice: “Me voy para olvidarme de ustedes.”
No dice: “Arréglense como puedan.”
No dice: “Ya no me importan sus lágrimas.”

Dice: “Voy a prepararles un lugar.”

Esta frase es profundamente consoladora, sobre todo hoy que oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Jesús no desprecia el sufrimiento humano. Jesús no mira desde lejos al enfermo, al deprimido, al angustiado, al que carga una culpa, al que no encuentra sentido, al que llora en silencio. Él mismo pasó por la angustia, por la soledad, por el abandono, por el dolor físico y moral.

Por eso puede decirnos con autoridad: “No se turbe su corazón.” No porque no haya problemas, sino porque Él está con nosotros dentro de los problemas. No porque la cruz desaparezca mágicamente, sino porque la cruz ya no es un callejón sin salida: en Cristo se convierte en camino hacia la vida.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pablo anunciando que Dios cumplió su promesa resucitando a Jesús. Pablo predica a un pueblo que esperaba la salvación, que había escuchado durante generaciones las promesas hechas a los padres. Y ahora anuncia que esas promesas no quedaron en palabras vacías: Dios las cumplió en Cristo resucitado.

Eso es Pascua: saber que Dios no abandona sus promesas. Que aunque los hombres rechacen, aunque haya injusticia, aunque parezca triunfar la muerte, Dios tiene la última palabra. Y esa última palabra no es condena, no es fracaso, no es oscuridad: es vida, resurrección, esperanza.

El salmo de hoy nos hace repetir: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.” Es una palabra dirigida a Cristo, el Hijo amado, glorificado por el Padre. Pero también, en Él, esa palabra toca nuestra vida. En Cristo, también nosotros somos hijos amados. Incluso cuando sufrimos. Incluso cuando fallamos. Incluso cuando nos sentimos inútiles, rotos o perdidos.

Cuántas personas sufren en el alma porque han olvidado —o les han hecho olvidar— que son hijos amados de Dios. Cuántas heridas nacen de sentirse rechazado, abandonado, no valorado, no escuchado. Cuántas enfermedades del corazón espiritual nacen de haber perdido la certeza de que tenemos un lugar en el corazón de alguien.

Y hoy Jesús nos dice: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas.”

Hay lugar para ti.
Hay lugar para el enfermo.
Hay lugar para el pecador arrepentido.
Hay lugar para el cansado.
Hay lugar para el que llora.
Hay lugar para el que viene de lejos.
Hay lugar para el que no sabe cómo volver.
Hay lugar para quien sufre en el alma y para quien sufre en el cuerpo.

Esta frase debería curarnos muchas imágenes falsas de Dios. A veces pensamos que Dios es estrecho, que Dios tiene poco espacio, que Dios solo recibe a los perfectos, a los fuertes, a los que nunca han caído. Pero Jesús revela otra cosa: la casa del Padre tiene muchas moradas. El corazón de Dios es más grande que nuestras miserias. La misericordia de Dios es más amplia que nuestras culpas. La fidelidad de Dios es más fuerte que nuestras inconstancias.

Ahora bien, Tomás, con su sinceridad, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?”

Tomás nos representa. También nosotros muchas veces no sabemos por dónde ir. No sabemos qué decisión tomar. No sabemos cómo enfrentar una enfermedad. No sabemos cómo reconstruir una familia herida. No sabemos cómo salir de una tristeza profunda. No sabemos cómo volver a empezar después de haber fallado.

Y Jesús no responde con una teoría. No entrega un mapa complicado. No da una receta fría. Responde con una de las frases más hermosas del Evangelio:

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

Cristo no solo muestra el camino: Él es el Camino.
No solo enseña verdades: Él es la Verdad.
No solo promete vida: Él es la Vida.

Por eso, cuando todo se oscurece, no se trata únicamente de entenderlo todo. Se trata de permanecer unidos a Él. Cuando no sabemos qué hacer, al menos podemos decir: “Señor, no entiendo, pero confío. No veo claro, pero me agarro de tu mano. No siento tu presencia, pero creo que estás preparando un lugar para mí.”

Hoy celebramos también la memoria de San José Obrero. Y qué bien ilumina San José este Evangelio. José también vivió momentos oscuros. No entendió todo desde el principio. Tuvo que acoger un misterio que lo superaba. Tuvo que proteger a María y al Niño. Tuvo que emigrar, trabajar, sostener, callar, obedecer, confiar.

San José no fue un hombre de discursos largos. Fue un hombre de fe concreta, de trabajo silencioso, de responsabilidad diaria. En él vemos que la santidad también se vive en el taller, en la casa, en el cansancio, en el pan ganado con esfuerzo, en la fidelidad a las pequeñas tareas.

En este día de San José Obrero, pensemos en quienes sufren también por causa del trabajo: los desempleados, los mal pagados, los explotados, los que trabajan enfermos, los que viven con angustia económica, los que sienten que su esfuerzo no es reconocido. San José nos recuerda que el trabajo humano tiene dignidad, que no somos máquinas, que cada persona vale más que lo que produce.

Y pensemos también en quienes ya no pueden trabajar porque el cuerpo se debilitó, porque la enfermedad llegó, porque los años pesan, porque el alma se quebró. A ellos también Jesús les dice: “No se turbe su corazón.” Su valor no depende de su productividad. Su dignidad no se pierde por estar enfermos. Su vida sigue teniendo un lugar en la casa del Padre y en el corazón de la Iglesia.

Como es viernes, vivimos también una intención penitencial. Pero la penitencia cristiana no es tristeza estéril ni castigo sin esperanza. La penitencia es volver al camino, volver a Cristo, dejar que Él ordene nuestro corazón. Es reconocer que muchas veces hemos turbado el corazón de otros con nuestras palabras, con nuestra indiferencia, con nuestras omisiones, con nuestra falta de caridad.

Pidamos perdón si no hemos acompañado al que sufre.
Pidamos perdón si hemos juzgado al enfermo del alma.
Pidamos perdón si hemos sido duros con quien estaba débil.
Pidamos perdón si hemos olvidado que cada persona herida necesita más misericordia que reproches.

Y al mismo tiempo, pidamos la gracia de ser para otros una pequeña señal de la casa del Padre: una palabra que consuela, una visita, una oración, una ayuda concreta, una escucha paciente, una presencia humilde.

Hermanos, Cristo no se ha ido para abandonarnos. Ha ido a prepararnos un lugar. Y mientras caminamos hacia ese lugar, Él mismo sigue siendo nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.

Que San José Obrero nos enseñe a confiar en silencio, a trabajar con dignidad, a cuidar la vida frágil, a proteger a los que Dios nos confía.

Y que el Señor Jesús, médico del alma y del cuerpo, mire hoy con ternura a todos los que sufren. Que sostenga a los enfermos, consuele a los tristes, levante a los caídos, perdone nuestras faltas y nos conceda caminar, aun en medio de la oscuridad, con esta certeza pascual:

En la casa del Padre hay lugar para nosotros. Y Cristo mismo nos conduce hacia allí. Amén.

 

 

Fiesta de San José Obrero




Jesús vino a su pueblo natal y enseñaba a la gente en su sinagoga. Se asombraron y dijeron: “¿De dónde saca este hombre tanta sabiduría y proezas? ¿No es el hijo del carpintero?

Mateo 13:54–55

 

 

El 8 de diciembre de 2020, el Papa Francisco anunció el inicio de la celebración universal del “Año de San José”. Presentó este año con una Carta Apostólica titulada “Con Corazón de Padre”. En la introducción a esa carta, el Santo Padre dijo: “Cada uno de nosotros puede descubrir en José, el hombre que pasa desapercibido, una presencia diaria, discreta y escondida, un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”.

El Evangelio anterior, tomado de las lecturas de este memorial, señala el hecho de que Jesús era “el hijo del carpintero”. José era un trabajador. Trabajó con sus manos como carpintero para proveer a las necesidades diarias de la Santísima Virgen María y del Hijo de Dios. Les proporcionó un hogar, comida y las demás necesidades diarias de la vida. José también los protegió a ambos siguiendo los diversos mensajes del ángel de Dios que le habló en sueños. José cumplió sus deberes en la vida de manera tranquila y oculta, sirviendo en su papel de padre, esposo y trabajador.

Aunque José es universalmente reconocido y honrado hoy en día dentro de nuestra Iglesia e incluso como una figura histórica mundial prominente, durante su vida habría sido un hombre que pasó desapercibido en gran medida. Habría sido visto como un hombre ordinario que cumplía con su deber ordinario. Pero en muchos sentidos, eso es lo que hace de San José un hombre ideal a imitar y una fuente de inspiración. Muy pocas personas están llamadas a servir a otros en el centro de atención. Muy pocas personas son elogiadas públicamente por sus deberes cotidianos. Los padres, especialmente, a menudo no son apreciados en gran medida. Por eso, la vida de san José, esta vida humilde y escondida vivida en Nazaret, sirve de inspiración a la mayoría de las personas para su propia vida cotidiana.

Si tu vida es algo monótona, oculta, poco apreciada por las masas, tediosa e incluso aburrida a veces, entonces busca inspiración en San José. El memorial de hoy honra especialmente a José como un hombre que trabajó. Y su trabajo era bastante ordinario. Pero la santidad se encuentra especialmente en las partes ordinarias de nuestra vida diaria. Elegir servir, día tras día, con pocos o ningún elogio terrenal, es un servicio de amor, una imitación de la vida de San José y una fuente de tu propia santidad en la vida. No subestimes la importancia de servir de estas y otras formas ordinarias y ocultas.

Reflexiona, hoy, sobre la vida cotidiana ordinaria y “ordinaria” de San José. Si encuentra que su vida es similar a lo que él habría experimentado como trabajador, cónyuge y padre, entonces regocíjese por ese hecho. Alegraos de que también vosotros estáis llamados a una vida de santidad extraordinaria a través de los deberes ordinarios de la vida diaria. Hazlos bien. Hazlos con amor. Y hacedlas por inspiración de san José y de su esposa, la santísima Virgen María, que habrían compartido esta cotidianidad ordinaria. Sabed que lo que hacéis cada día, cuando lo hacéis por amor y servicio a los demás, es para vosotros el camino más seguro hacia la santidad de vida.

Jesús mío, Hijo del carpintero, te doy gracias por el don y la inspiración de tu padre terrenal, San José. Te agradezco por su vida ordinaria vivida con gran amor y responsabilidad. Ayúdame a imitar su vida cumpliendo bien mis deberes diarios de trabajo y servicio. Que reconozca en la vida de San José, un modelo ideal para mi propia santidad de vida. San José Obrero, ruega por nosotros. Jesús, en Ti confío.

 

 

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