sábado, 25 de abril de 2026

26 de abril del 2026: Cuarto Domingo de Pascua- Día del Buen Pastor-Ciclo A-LXIII Jornada mundial de oración por las Vocaciones

 

Un paso que no es secreto

El evangelio de este domingo es rico en protagonistas: unas ovejas, un pastor, un bandido o ladrón, un portero y… ¡una puerta! La puerta es Jesús mismo. Al calificarse de esta manera, Él nos sorprende. En efecto, la imagen del buen pastor, con la cual se va a presentar inmediatamente después, nos resulta mucho más familiar.

Cuando Jesús dice de sí mismo que es la puerta que permite pasar de la seguridad del redil al espacio nutritivo de los pastos, expresa con imágenes lo que afirmará más adelante en el mismo evangelio: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).

Pasar por Jesús es acceder al Padre, es decir, a una vida entregada en abundancia. Por tanto, hay una cuestión de vida o muerte en poner nuestra confianza en Jesús. La imagen del rebaño amenazado por un ladrón animado por intenciones asesinas lo expresa claramente. Sin nombrar las fuerzas que se oponen a la vida, Jesús afirma que ellas están realmente actuando.

Ahora bien, Él nos recuerda que ha venido precisamente para que tengamos vida. Ciertamente, no somos librados de la muerte, pero la promesa de vida que Jesús hace en este texto no deja de ser real. Jesús, que viene a vivir con nosotros, nos abre el paso hacia la vida. Este paso no está escondido ni reservado únicamente a quienes poseen una llave; no es un laberinto de condiciones y leyes. Es Jesús, sencillamente.

¿Qué es para mí esta vida en abundancia?

¿Cómo puedo reconocer la voz de Jesús en mi existencia?

¿Cómo me habla esta imagen del pastor y de las ovejas? ¿Qué me dice de mi relación con Dios?

Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola



Primera lectura

Hch 2, 14a. 36-41
Dios lo ha constituido Señor y Mesías


Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1b)

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. 
R.

V. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
 R.

V. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. 
R.

V. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 
R.

 

Segunda lectura

1 Pe 2, 20b-25

Se han convertido al pastor de sus almas

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.


QUERIDOS hermanos:
Que aguanten cuando sufren por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto han sido llamados,
porque también Cristo padeció por ustedes,
dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fueron curados.
Pues andaban errantes como ovejas,
pero ahora se han convertido
al pastor y guardián de sus almas.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el Buen Pastor —dice el Señor—, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. R.

 

Evangelio

Jn 10, 1-10

Yo soy la puerta de las ovejas

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

“Entrar por la puerta, escuchar la voz, descubrir la vocación”

 

Queridos hermanos:

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos invita a contemplar a Jesús como Pastor y, de manera muy especial en el evangelio de hoy, como Puerta. Jesús dice: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No dice simplemente: “Yo les muestro una puerta”, ni “Yo conozco una puerta”, sino: “Yo soy la puerta”.

Una puerta sirve para entrar, para salir, para proteger, para abrir camino. Jesús es la puerta por la que entramos a la vida de Dios y por la que salimos hacia los hermanos con una misión. Pasar por Jesús es pasar de la confusión a la luz, del miedo a la confianza, del pecado al perdón, de la vida dispersa a una vida con sentido.

Como dice alguien comentando este evangelio de hoy, este paso-pasaje no es secreto. No está reservado a unos pocos. No es un laberinto de leyes imposibles. El paso hacia la vida verdadera es Jesús mismo. Él no vino a complicarnos la existencia, sino a abrirnos el camino hacia el Padre. Por eso dice al final del evangelio: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Y aquí aparece la gran pregunta de este domingo: ¿qué vida estamos buscando? ¿Una vida llena de cosas, pero vacía de sentido? ¿Una vida movida por la prisa, la apariencia, el resentimiento o la tristeza? ¿O la vida abundante que sólo Cristo puede dar?

En la primera lectura, Pedro anuncia con valentía: “Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Sus oyentes se sienten traspasados en el corazón y preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Esa pregunta es el comienzo de toda conversión. Cuando la Palabra toca el corazón, uno deja de justificarse y empieza a buscar la puerta verdadera.

Pedro responde: “Conviértanse y bautícense”. Es decir: vuelvan a Cristo, entren por Él, dejen que su gracia les perdone, les renueve y les dé el Espíritu Santo. La conversión no es solamente dejar algo malo; es volver al Pastor, dejarse encontrar por Él y permitir que ordene nuestra vida.

Por eso el salmo 23 nos pone en los labios una de las confesiones más hermosas de la Biblia: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. No significa que nunca tendremos problemas. El mismo salmo habla de cañadas oscuras y de enemigos. Pero quien tiene al Señor como Pastor sabe que no camina solo. Puede atravesar noches, pérdidas, enfermedades, cansancios y pruebas, pero con una certeza: “Tú vas conmigo”.

Esa es la vida abundante: no una vida sin cruz, sino una vida acompañada por Cristo. No una vida sin heridas, sino una vida donde las heridas pueden ser curadas por el amor del Resucitado.

La segunda lectura, de la primera carta de san Pedro, nos recuerda precisamente esto: “Sus heridas nos han curado”. Nuestro Pastor no es un pastor lejano. Es un Pastor herido. Cristo ha conocido el dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Pero sus heridas se han convertido en fuente de vida para nosotros.

San Pedro añade: “Andaban errantes como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”. Esta frase describe muchas veces nuestra historia. Andamos errantes cuando escuchamos voces que no vienen de Dios. Voces que prometen felicidad, pero roban la paz. Voces que invitan al egoísmo, a la indiferencia, a la mentira, a la superficialidad, al resentimiento. Jesús las llama voces de ladrones, porque el ladrón no viene sino para robar, matar y destruir.

También hoy hay muchos ladrones de vida: la prisa que no deja orar, el ruido que no deja escuchar, la tristeza que nos encierra, la comparación que nos amarga, el pecado que nos separa, la indiferencia que endurece el corazón. Frente a todo eso, Jesús dice: “Yo soy la puerta”. Si entras por mí, encontrarás vida.

Y hoy, Domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El Papa León XIV nos recuerda que la vocación no es primero una obligación externa, sino un descubrimiento interior: Dios ha puesto en cada corazón un don, una llamada, un camino único de santidad y servicio. Para descubrirlo, dice el Papa, necesitamos interioridad: detenernos, escuchar, rezar, acoger la mirada de Cristo y confiar en Él.

Esto ilumina profundamente el evangelio de hoy. Jesús dice que las ovejas escuchan la voz del pastor, y que el pastor llama a cada una por su nombre. La vocación comienza ahí: cuando descubro que Dios no me llama en masa, sino personalmente. Me llama por mi nombre. Conoce mi historia, mis talentos, mis miedos, mis caídas y mis posibilidades.

Y la pregunta vocacional no es sólo para los jóvenes que quizá puedan ser sacerdotes o religiosas. Es para todos. Cada bautizado debe preguntarse: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Cómo quieres que sirva? ¿Dónde quieres que entregue mi vida? ¿Qué don has sembrado en mí para la Iglesia y para el mundo?

Necesitamos sacerdotes con corazón de pastor, no de funcionarios. Necesitamos religiosos y religiosas que recuerden al mundo que Dios basta. Necesitamos matrimonios santos, familias que sean escuelas de fe y ternura. Necesitamos laicos comprometidos que lleven el Evangelio a la educación, la política, la salud, la comunicación, la cultura, el trabajo y la vida social. Necesitamos jóvenes capaces de hacer silencio y decir: “Señor, habla, que tu siervo escucha”.

El Papa León XIV insiste en que la vocación madura en la oración, en la escucha de la Palabra, en la vida sacramental, en la adoración eucarística y en el acompañamiento fraterno; no es algo estático, sino un camino que crece cuando permanecemos unidos al Señor.

Por eso, queridos hermanos, hoy no basta con admirar al Buen Pastor desde lejos. Hay que entrar por la puerta. Hay que escuchar su voz. Hay que volver a Él. Hay que preguntarle: “Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?”

La Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos cura, nos alimenta y nos envía. Aquí entramos por Cristo para salir renovados hacia la vida. Aquí recibimos la vida abundante para llevarla a otros.

Pidamos hoy por las vocaciones. Pidamos que no falten pastores según el corazón de Cristo. Pidamos que nuestras familias, parroquias y comunidades sean lugares donde los jóvenes puedan escuchar la voz de Dios. Y pidamos también por nuestra propia vocación, para que ninguno de nosotros viva distraído, perdido o encerrado, sino siguiendo al Pastor que nos llama por nuestro nombre.

Que María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a detenernos, escuchar y confiar. Y que Jesús, puerta de las ovejas, nos conduzca a todos hacia la vida abundante.

Amén.

 

2

 

 

“Reconocer la voz del Pastor”

 

Queridos hermanos:

En este IV Domingo de Pascua, llamado también Domingo del Buen Pastor, Jesús nos regala una imagen muy sencilla y profunda: las ovejas conocen la voz de su pastor y lo siguen; pero no siguen a un extraño, porque no conocen su voz.

Esta imagen puede parecer lejana a nuestra vida moderna, pero en realidad habla de algo muy humano. Pensemos en un niño pequeño que reconoce la voz de su madre. Aunque haya muchas personas alrededor, él distingue esa voz familiar, esa voz que le da seguridad, alimento, ternura y protección. Cuando un extraño intenta tomarlo en brazos, muchas veces llora, se asusta, busca de nuevo los brazos conocidos.

Así también ocurre en la vida espiritual. El alma aprende a reconocer la voz de Dios cuando vive cerca de Él. Cuando oramos, cuando escuchamos la Palabra, cuando celebramos la Eucaristía, cuando hacemos silencio, cuando dejamos que Cristo nos mire y nos cure, poco a poco el corazón aprende a distinguir su voz. Y cuando llega una voz extraña, aunque parezca atractiva, el corazón creyente percibe que allí no está la vida.

Jesús dice en el evangelio: “Las ovejas lo siguen porque conocen su voz. A un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él”. Esta palabra nos hace preguntarnos: ¿qué voces estamos escuchando? ¿Qué voces guían nuestras decisiones? ¿La voz de Cristo o la voz del miedo? ¿La voz del Evangelio o la voz del egoísmo? ¿La voz del Pastor o la voz del ladrón?

El evangelio de hoy no nace en abstracto. Jesús pronuncia estas palabras después de haber curado al ciego de nacimiento. Aquel hombre, que era ciego, termina viendo no sólo con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe. En cambio, los fariseos, que creían ver y saberlo todo, permanecen ciegos porque no reconocen la voz de Jesús.

Ahí está una gran enseñanza: la peor ceguera no es la de los ojos, sino la del corazón. El ciego curado reconoce la voz del Pastor con humildad; los fariseos rechazan a Jesús porque su orgullo les impide escuchar. Para ellos, Jesús era un extraño, alguien que no encajaba en sus esquemas. Y cuando Dios no cabe en nuestros esquemas, corremos el riesgo de rechazarlo precisamente cuando viene a salvarnos.

Por eso la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro anunciando con fuerza: “Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Esa palabra traspasa el corazón de los oyentes y ellos preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”

Esta pregunta es el inicio de toda conversión. Cuando una persona empieza a reconocer la voz de Dios, deja de justificarse y pregunta humildemente: Señor, ¿qué quieres que haga? ¿Por dónde debo caminar? ¿Qué tengo que cambiar? ¿Qué voz debo dejar de seguir?

Pedro responde: “Conviértanse y bautícense”. Convertirse es volver al Pastor. Es reconocer que a veces hemos seguido voces extrañas. Voces que prometen felicidad, pero roban la paz. Voces que ofrecen libertad, pero esclavizan. Voces que parecen dulces, pero nos alejan de Dios, de los demás y de nosotros mismos.

Jesús lo dice con claridad: “El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Hay voces que roban vida: la soberbia, la mentira, el resentimiento, la indiferencia, el placer sin amor, la codicia, la violencia, la desesperanza, la superficialidad, el ruido que no nos deja orar. Son voces extrañas. Pueden sonar fuertes, modernas, seductoras; pero no conducen a verdes praderas.

En cambio, la voz de Cristo puede ser suave, pero es firme. A veces corrige, pero no humilla. A veces exige, pero no destruye. A veces nos llama a cargar la cruz, pero siempre para llevarnos a la vida. Esa voz nos dice: vuelve, confía, perdona, levántate, sígueme, no tengas miedo.

El salmo 23 expresa la confianza de quien ha aprendido a escuchar esa voz: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. No dice: “Nada me duele”. No dice: “Nada me preocupa”. No dice: “Nunca pasaré por cañadas oscuras”. Dice algo más profundo: si el Señor es mi pastor, nada esencial me falta, porque Él va conmigo.

Y la segunda lectura nos recuerda que este Pastor no nos guía desde lejos. San Pedro dice: “Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas”. Y añade: “Sus heridas nos han curado”. Nuestro Pastor es un Pastor herido. Conoce el dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Por eso su voz no es la voz de un desconocido, sino la voz de quien ha entrado en nuestras heridas para sanarlas desde dentro.

San Pedro resume nuestra historia espiritual con una frase hermosa: “Andaban errantes como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”. Todos, de alguna manera, hemos andado errantes. Pero Pascua nos anuncia que podemos volver. El Pastor no se cansa de llamarnos.

Y hoy, en esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa León XIV nos recuerda que la vocación nace precisamente de esa escucha interior. La vocación no es primero una obligación, ni una carga, ni un simple oficio religioso. Es el descubrimiento de un don de Dios que florece en el corazón cuando aprendemos a detenernos, escuchar y confiar.

Qué importante es esto para nuestros jóvenes, para nuestras familias, para nuestras comunidades. En un mundo lleno de ruido, necesitamos crear espacios donde la voz de Dios pueda ser escuchada. Una vocación no madura en medio de la dispersión permanente, sino en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra, en el silencio, en el acompañamiento espiritual, en la vida de la Iglesia y en el servicio.

Por eso hoy pedimos al Buen Pastor que llame a muchos jóvenes al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio santo, al diaconado, a la misión, al servicio generoso en la Iglesia y en la sociedad. Pero también pedimos algo más: que cada bautizado descubra su propia vocación. Porque Dios no llama en masa; llama personalmente. El Pastor llama a cada oveja por su nombre.

Preguntémonos hoy: ¿conozco la voz de Jesús? ¿La busco en la oración? ¿La escucho en la Palabra? ¿La reconozco en la Eucaristía? ¿La sigo cuando me invita a cambiar? ¿O me he acostumbrado a voces extrañas que me alejan de la vida abundante?

La Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos alimenta y nos envía. Aquí aprendemos a reconocer su voz. Aquí recibimos la fuerza para huir de los extraños que roban la vida. Aquí descubrimos que nuestra existencia tiene una misión.

Que María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a decirle al Señor: habla, que tu siervo escucha. Y que Jesús, Pastor y puerta de las ovejas, nos conduzca siempre hacia la vida abundante.

Amén.

 

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