martes, 28 de abril de 2026

29 de abril del 2026: miércoles de la cuarta semana de pascua- Santa Catalina de Siena- Virgen y Doctora de la Iglesia

 

Santo del día:

Santa Catalina de Siena

1347-1380

“Dios aborrece la soberbia y ama la humildad”, recordaba esta terciaria dominica, gran mística y mujer involucrada en los asuntos de su tiempo. Doctora de la Iglesia y copatrona de Europa.



“No estamos solos”

(Juan 12, 44-50) «El que me ve a mí, ve al que me ha enviado». Pero, ¿qué significa esto todavía más profundamente? ¿Qué rostro de Dios reveló Jesús al mundo? El rostro de su Padre, por supuesto. Precisemos: el rostro de Aquel que es el origen de la vida. Una vida que Él quiere compartir con los seres humanos y que, a pesar de nuestras limitaciones de criaturas, está llamada a durar para siempre. Cristo nos dice que Dios es una persona que irradia amor y bondad.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


 

Primera lectura

Hch 12, 24 — 13, 5a

Apártenme a Bernabé y a Saulo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, la palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba. Cuando cumplieron su servicio, Bernabé y Saulo se volvieron de Jerusalén, llevándose con ellos a Juan, por sobrenombre Marcos.
En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo:
«Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre.
Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 4)

R. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.


O bien:

R. Aleluya.

V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. 
R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. 
R.

V. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.

 

Evangelio

Jn 12, 44-50

Yo he venido al mundo como luz

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:
«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra profundamente consoladora: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”. Jesús no viene a hablar en nombre propio. Él viene a mostrarnos el rostro del Padre. Y ese rostro no es de amenaza, ni de condena, ni de indiferencia, sino de luz, vida, amor y salvación.

En medio de un mundo donde tantas personas se sienten solas, heridas, enfermas o abandonadas, Jesús nos recuerda: no estamos solos. Dios no está lejos. Dios se ha acercado en su Hijo. Quien mira a Jesús, mira el corazón del Padre. Quien escucha a Jesús, escucha una palabra que no destruye, sino que levanta; no oscurece, sino que ilumina; no aplasta, sino que salva.

Por eso Jesús afirma: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. Hay muchas tinieblas en la vida: la enfermedad, el miedo, la incertidumbre, el cansancio del alma, la angustia de no saber qué vendrá. Pero la Pascua nos anuncia que Cristo resucitado sigue siendo luz en medio de nuestras noches. No siempre quita inmediatamente el dolor, pero sí nos acompaña dentro del dolor. No siempre responde como esperamos, pero nunca abandona.

La primera lectura nos muestra a la Iglesia naciente impulsada por el Espíritu Santo. Mientras la Palabra de Dios crece y se difunde, la comunidad ora, discierne, impone las manos y envía a Bernabé y a Saulo a la misión. La Iglesia no camina por sus propias fuerzas; camina enviada por Dios. Así también nosotros: en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la prueba, somos sostenidos por una presencia mayor que nosotros.

Y el salmo nos hace cantar: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. La salvación de Dios no es para unos pocos. Su luz quiere llegar a todos: a los sanos y a los enfermos, a los fuertes y a los débiles, a quienes caminan con esperanza y a quienes hoy apenas pueden sostenerse.

Hoy, de manera especial, ponemos ante el Señor a nuestros enfermos. Que ellos puedan descubrir en Jesús el rostro cercano del Padre. Que no se sientan olvidados. Que en sus dolores encuentren consuelo, en sus tratamientos fortaleza, en sus noches compañía, y en su fe una luz que no se apaga.

Pidamos también por quienes los cuidan: familiares, médicos, enfermeros, servidores y amigos. Que sean para ellos reflejo del amor de Dios.

Que Cristo, luz del mundo, entre en nuestras tinieblas y nos conceda creer, esperar y confiar. Porque quien ve a Jesús, ve al Padre; y quien se abandona en sus manos, nunca está solo. Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles de la cuarta semana de Pascua nos coloca ante una afirmación profunda de Jesús: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”.

Esta frase nos lleva al corazón mismo de nuestra fe cristiana. Jesús no es simplemente un maestro admirable, un profeta poderoso o un hombre bueno que habló de Dios. Jesús es el rostro visible del Dios invisible. En Él, Dios se ha dejado ver, tocar, escuchar y amar. Quien contempla a Cristo contempla al Padre. Quien escucha a Cristo escucha la voz de Dios. Quien acoge a Cristo entra en comunión con Aquel que lo envió.

Muchas personas dicen: “Yo quisiera ver a Dios”, “quisiera sentirlo más cerca”, “quisiera tener más claridad en mi fe”. Y el Evangelio nos responde: mira a Jesús. Mira sus gestos, sus palabras, su compasión, su firmeza, su misericordia, su entrega. Allí está Dios. Dios no se ha quedado escondido detrás de las nubes. Dios ha querido mostrarse en Jesucristo.

Jesús dice también: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. La fe es una luz. No siempre elimina todos los misterios, no siempre responde todas nuestras preguntas de inmediato, pero nos permite caminar sin quedar atrapados en la oscuridad. La fe nos ayuda a descubrir que la vida tiene sentido, que Dios está presente, que la muerte no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que el pecado y que la gracia trabaja silenciosamente en la historia.

Pero esta luz se recibe con humildad. No se impone a la fuerza. Jesús mismo lo dice: “Al que oye mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo”. Cristo no viene primero como juez severo, sino como Salvador. Su misión es rescatar, levantar, iluminar, abrir caminos de vida eterna. Sin embargo, también nos advierte que la Palabra que rechazamos será la que nos juzgue. Es decir, no da lo mismo acoger o rechazar la luz. No da lo mismo vivir según el Evangelio o vivir de espaldas a él.

Inspirados en este evangelio, como comenta alguien, hemos de recordar una verdad muy hermosa: algún día, si perseveramos en la gracia de Dios, veremos al Señor cara a cara. Eso es lo que la tradición llama la visión beatífica: contemplar a Dios plenamente en el cielo, sin velos, sin sombras, sin dudas. Pero esa visión no empieza solamente después de la muerte. Ya desde ahora, por la fe, comenzamos a ver a Dios.

Lo vemos en la Eucaristía. Nuestros ojos ven pan y vino, pero la fe reconoce la presencia real de Cristo. Como canta la Iglesia en el Tantum Ergo: cuando los sentidos no alcanzan, la fe suple lo que falta. Allí, en la humildad del Sacramento, Dios se deja mirar. Allí Jesús sigue diciéndonos: “El que me ve a mí, ve al Padre”.

Lo vemos también en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la caridad, en el perdón, en la comunidad, en los signos sencillos de cada día. Dios no siempre se manifiesta de manera espectacular. Muchas veces se esconde en lo humilde, en lo cotidiano, en lo silencioso. Por eso necesitamos educar la mirada. Hay personas que pasan por la vida sin ver nada más que problemas; otras, en cambio, aun en medio de dificultades, descubren señales de Dios. La diferencia está en la mirada de la fe.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra una Iglesia que vive precisamente de esa luz. Después de persecuciones, pruebas y conflictos, el texto dice una frase breve pero poderosa: “La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba”. La Pascua no queda encerrada en un recuerdo bonito. La Resurrección se vuelve misión. La Palabra se expande. La Iglesia se mueve. El Espíritu Santo actúa.

En Antioquía encontramos una comunidad orante, plural, viva, capaz de escuchar al Espíritu. Mientras celebran el culto del Señor y ayunan, el Espíritu Santo dice: “Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado”. La misión no nace de una estrategia humana solamente. Nace de la oración, del discernimiento, de la escucha de Dios. La Iglesia no envía simplemente a quienes tienen talento; envía a quienes han sido llamados y sostenidos por el Espíritu.

Esto ilumina también nuestra vida cristiana. Si queremos ver a Dios, debemos aprender a orar. Si queremos conocer su voluntad, debemos hacer silencio. Si queremos ser instrumentos de su luz, debemos dejarnos enviar. Una comunidad que ora termina siendo una comunidad misionera. Una Iglesia que contempla a Cristo termina saliendo al encuentro del mundo.

El salmo 67 recoge esta misma dimensión universal: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. Dios no quiere iluminar solamente a un pequeño grupo. Su rostro debe brillar sobre todos. Su salvación debe llegar hasta los confines de la tierra. La luz de Cristo no es para esconderla en la intimidad de una sacristía o en el consuelo privado de algunos creyentes. Es una luz para el mundo.

Por eso el cristiano no puede quedarse en una fe individualista. Ver a Dios en Cristo nos compromete a hacerlo visible para otros. Si Cristo es luz, nosotros estamos llamados a reflejar esa luz. Si Cristo revela el rostro misericordioso del Padre, nosotros no podemos mostrar un rostro duro, indiferente o amargado. Si Cristo vino a salvar y no a condenar, también nuestra manera de vivir la fe debe estar marcada por la misericordia, la verdad y la esperanza.

Hoy podríamos preguntarnos sinceramente: ¿qué rostro de Dios estoy mostrando a los demás? ¿El Dios de Jesús, lleno de luz, bondad y verdad? ¿O a veces presento un Dios deformado por mis impaciencias, mis juicios, mis durezas, mis incoherencias?

También podríamos preguntarnos: ¿veo a Dios en mi vida diaria? ¿Lo descubro en la Eucaristía? ¿Lo escucho en su Palabra? ¿Lo reconozco en las personas que me rodean? ¿Lo busco en la oración? ¿O vivo tan distraído que la luz pasa cerca de mí y no la percibo?

La duda, el cansancio espiritual, la rutina y el pecado pueden oscurecer nuestra mirada. Pero la Pascua nos anuncia que Cristo ha venido precisamente para que no permanezcamos en tinieblas. Él no se cansa de ofrecernos su luz. Él no deja de llamarnos. Él no deja de revelarnos al Padre.

Pidamos hoy la gracia de una mirada más limpia y más creyente. Que podamos contemplar a Cristo y, en Él, reconocer al Padre. Que podamos acercarnos a la Eucaristía no como quien cumple una costumbre, sino como quien se deja iluminar por una presencia viva. Que podamos escuchar la Palabra no como un discurso antiguo, sino como una voz que hoy nos juzga, nos salva, nos despierta y nos envía.

Y que, como la comunidad de Antioquía, seamos una Iglesia atenta al Espíritu: una Iglesia que ora, discierne, celebra y sale; una Iglesia que no se encierra en sí misma, sino que permite que la Palabra de Dios crezca y se multiplique.

Porque quien cree en Cristo, cree en el Padre. Quien ve a Cristo, ve al Padre. Y quien camina en su luz, aunque todavía no lo vea cara a cara, ya empieza a gustar desde ahora la alegría de la vida eterna. Amén.

 

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29 de abril: Santa Catalina de Siena,

Virgen y Doctora de la Iglesia—Memoria

 

1347–1380 Santa patrona de Europa, Italia, las enfermeras, los enfermos y los ridiculizados por su piedad

Invocada contra incendios, abortos y tentaciones

Canonizada por el Papa Pío II el 29 de junio de 1461

Proclamada Doctora de la Iglesia por el Papa Pablo VI en octubre 4, 1970

Proclamada Copatrona de Europa por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 1999

 


Cita:
¿No sabes, hija querida, que todos los sufrimientos que el alma soporta o puede soportar en esta vida, son insuficientes para castigar la más pequeña falta, porque la ofensa ha sido hecha a Mí, que soy el Bien Infinito?, exige una satisfacción infinita? Sin embargo, deseo que sepáis, que no todas las penas que se dan a los hombres en esta vida se dan como castigos, sino como correcciones, para castigar al hijo cuando ofende; aunque es verdad que tanto la culpa como la pena pueden ser expiadas por el deseo del alma, es decir, por la verdadera contrición, no por el dolor finito soportado, sino por el deseo infinito; porque Dios, que es infinito, desea un amor y un dolor infinitos

~El Diálogo de Santa Catalina de Siena

 

Reflexión:

Caterina di Jacopo di Benincasa (Catalina) fue la vigésimo tercera o vigésimo cuarta hija nacida de padres amorosos en la próspera ciudad de Siena, Italia. Su gemela, así como la mitad de sus veinticuatro hermanos, no sobrevivieron a la infancia. Cuando era niña, Catalina se destacó. Le pusieron el sobrenombre de "Euphrosyne", que significa "alegría", debido a su carácter gozoso y su profunda devoción a Dios desde una edad temprana. A los cinco años subía de rodillas las escaleras de su casa mientras rezaba el Ave María en cada escalón. A la edad de seis años, mientras caminaba con su hermano, tuvo la primera de muchas visiones. Vio a Jesús, sentado en un trono, coronado como Rey, rodeado de los santos Pedro, Pablo y Juan. Esta experiencia sobrenatural llevó a Catalina aún más profundamente a una vida de oración, penitencia y devoción infantil. Al cabo de un año, había hecho el voto personal de entregar toda su vida a Dios. Su vida de oración era tan evidente que sus padres le dieron un dormitorio en el sótano para que pudiera usarlo como su lugar personal de oración. Esta “celda” en la que vivió y rezó también estaba en su alma. Más tarde le contaría a su director espiritual que cuando estaba preocupada o tentada, construía una célula dentro de su mente, de la cual nunca podría huir. Su vida de oración también aumentó sus virtudes y trató a su padre como a Jesús, a su madre como a María y a sus hermanos como a los Apóstoles.

Cuando Catalina era una adolescente, se opuso firmemente al deseo de sus padres de que se casara. Quería dedicarse únicamente a Dios, por lo que comenzó a ayunar y orar. Incluso llegó a cortarse el pelo para ser menos atractiva para los hombres jóvenes. Finalmente, sus padres aceptaron su vocación.

En 1363, apenas tres días después de cumplir dieciséis años, Catalina se unió a la Tercera Orden de Santo Domingo. La Tercera Orden estaba formada por laicos que vestían hábito religioso pero vivían en casa y trabajaban en el mundo en lugar de en un claustro. Sirvieron a los pobres y enfermos y realizaron obras de caridad. Durante los primeros años como Dominica de la Tercera Orden, Catalina vivió principalmente una vida de reclusión y oración. Alrededor de los veintiún años, contrajo lo que más tarde se describiría como “matrimonio místico” con nuestro Señor. Mientras oraba, se le apareció Jesús, junto con la Virgen María y el rey David como arpista. Jesús le puso un anillo en el dedo y se fue. El anillo permaneció por el resto de su vida, aunque Catalina fue la única que pudo verlo.

Dos siglos después, la mística española Santa Teresa de Ávila describiría así el matrimonio místico en su clásico espiritual, Castillo Interior :

Cuando nuestro Señor se complace en apiadarse de los sufrimientos, tanto pasados ​​como presentes, soportados por su anhelo por Él por esta alma que Él ha tomado espiritualmente por Su esposa, Él, antes de consumar el matrimonio celestial, la trae a esta Su mansión o cámara de presencia. Esta es la séptima morada, porque así como tiene morada en el cielo, así también la tiene en el alma, donde nadie sino Él puede morar y que se puede llamar segundo cielo.

Santa Teresa continuó explicando que este matrimonio celestial, este segundo cielo, es un don permanente otorgado a un alma. Por Su divina presciencia, cuando Él es consciente de la santidad permanente de un alma, le otorga este don de unión divina. Catalina fue una de las que recibió este raro regalo.

Después de recibir el don del matrimonio espiritual, Catalina comenzó un ministerio más activo hacia los pobres, los enfermos y los encarcelados de Siena. Cuando la peste bubónica (“Peste Negra”) azotó Siena, Catalina y sus compañeros siguieron trabajando arduamente, atendiendo a los afectados. Catalina también comenzó a involucrarse en controversias que asolaban a la Iglesia y al Estado. Escribió cientos de cartas a reyes, reinas, noblezas, religiosos, sacerdotes e incluso al propio Papa. En ese momento, las divisiones en la Iglesia eran tan profundas que Catalina se dedicó a severas penitencias y oraciones. Por ejemplo, ya no comía ni bebía, vivía únicamente de la Sagrada Eucaristía que recibía todos los días. Mientras estaba en Pisa en 1375, Catalina se enteró de las rebeliones dentro de la Iglesia. Cayó en éxtasis y recibió el regalo de un estigma invisible, que apareció físicamente en su cuerpo sólo después de su muerte. Tuvo una visión de nuestro Señor crucificado y rayos de luz se extendieron desde el cuerpo de Jesús hasta el de ella, atravesándola.

Un tema dominante de sus cartas al Papa fue instarlo a regresar a Roma. En ese momento, el papado se había trasladado a Aviñón, Francia, lo que se convirtió en la causa de muchos conflictos internos de la Iglesia. Se eligieron antipapas y la confusión fue generalizada. Catalina sabía que el Santo Padre, “papá” como ella lo llamaba, necesitaba regresar a la Ciudad Eterna para poner fin al caos. Sus cartas, y más tarde sus conversaciones cara a cara, no sólo fueron dirigidas al Santo Padre con el afecto y la sinceridad de una amorosa hija espiritual, sino que también fueron firmes, directas y desafiantes. En una carta al Papa Gregorio XI, le escribió instándolo a regresar a Roma: “Te digo, padre en Cristo Jesús, ven pronto como un manso cordero. Responded al Espíritu Santo que os llama. Yo os digo: Venid, venid, venid, y no esperéis el tiempo, porque el tiempo no os espera”. El Papa escuchó y regresó a Roma en 1377. Los últimos años de la vida de Catalina los pasó escribiendo cartas, visitando ciudades que estaban en guerra contra el papado y consultando a dos papas, primero el Papa Gregorio XI y luego su sucesor el Papa Urbano VI. Ella unió al pueblo, ganó muchos seguidores, abordó los abusos políticos, culturales y morales y dio un testimonio continuo de Cristo crucificado a través de su vida penitencial.

Su último, y quizás el mayor, regalo a la Iglesia fue su libro titulado El Diálogo de la Divina Providencia. Se cree que este libro fue dictado por Catalina mientras permanecía en éxtasis. Es una conversación entre un alma y el Padre Celestial. Además de esta gran obra maestra espiritual, han sobrevivido 382 de sus cartas y veintiséis de sus oraciones.

Santa Catalina fue una de las santas más grandes e influyentes de la historia de la Iglesia. Durante su vida tuvo un poderoso impacto en aquellos con quienes se encontró, incluido el Papa. Con su muerte, sigue teniendo un profundo impacto en la Iglesia como Doctora de la Iglesia. Nada de eso hubiera sido posible si ella no se hubiera dedicado a fervientes oraciones y penitencias durante toda su vida. Reflexiona sobre tu propia vida de oración mientras honramos a Santa Catalina y esfuérzate por imitar su amor ardiente por su Señor, su Divino Esposo. Ese amor, alimentado por un deseo insaciable de Dios, se ve maravillosamente en la siguiente oración que ella misma escribió:

 

Oración:

Dios eterno, Trinidad eterna, Tú has hecho tan preciosa la Sangre de Cristo al compartir Tu naturaleza Divina. Eres un misterio tan profundo como el mar; cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Pero nunca podré estar satisfecha; Lo que recibo siempre me dejará deseando más. Cuando Tú llenas mi alma, tengo un hambre cada vez mayor y me siento más hambrienta de Tu luz. Deseo sobre todo verte a Ti, la verdadera Luz, tal como eres realmente. Amén. 

Santa Catalina de Siena, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

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