Corazón de Dios, corazón de
Jesús
(Jn 10,11-18) Jesús se presenta hoy con una de las imágenes más bellas y consoladoras del Evangelio: “Yo soy el buen Pastor.” No es un pastor distante, ni un jefe que manda desde lejos, ni un asalariado que cuida mientras no haya peligro. Es el Pastor verdadero, el que conoce a sus ovejas, las ama, las defiende y da la vida por ellas.
En este pasaje, Jesús nos
revela el corazón de Dios: un corazón que no abandona, que no huye ante el
lobo, que no se desentiende cuando llegan la prueba, el pecado, el cansancio o
el miedo. Cristo no nos ama de manera general o anónima; nos conoce
personalmente. Conoce nuestra historia, nuestras heridas, nuestras búsquedas y
también nuestras resistencias.
Pero el Buen Pastor no cuida
solamente a los que ya están cerca. Él dice: “Tengo, además, otras ovejas que
no son de este redil; también a esas las tengo que traer.” Su amor es
misionero, amplio, universal. Su deseo es reunir, sanar, reconciliar, conducir
a todos hacia la vida.
Escuchemos este Evangelio con
corazón agradecido. Dejémonos mirar, conocer y conducir por Cristo. Y pidámosle
que también nosotros aprendamos a tener un corazón pastoral: capaz de cuidar,
de servir, de buscar al que está lejos y de dar la vida con amor.
G.Q
Primera lectura
Hch
2, 14a. 36-41
Dios
lo ha constituido Señor y Mesías
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles
EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz
y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien
ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás
apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el
Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo.
Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están
lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas
tres mil personas.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1b)
R. El Señor es mi
pastor, nada me falta.
O
bien:
R. Aleluya.
V. El Señor es mi
pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.
V. Me guía por el
sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.
V. Preparas una
mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.
V. Tu bondad y tu
misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R.
Segunda lectura
1
Pe 2, 20b-25
Se
han convertido al pastor de sus almas
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
Que aguanten cuando sufren por hacer el bien, eso es una gracia de parte de
Dios.
Pues para esto han sido llamados,
porque también Cristo padeció por ustedes,
dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fueron curados.
Pues andaban errantes como ovejas,
pero ahora se han convertido
al pastor y guardián de sus almas.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Yo soy el Buen
Pastor —dice el Señor—, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. R.
Evangelio
Jn
10, 1-10
Yo
soy la puerta de las ovejas
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de
las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que
entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las
ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca.
Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo
siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de
él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.
Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que
han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los
escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y
encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para
que tengan vida y la tengan abundante».
Palabra del Señor.
“El Buen Pastor da la vida por sus ovejas”
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy nos presenta una de las
imágenes más queridas de Jesús: el Buen Pastor. Es una imagen sencilla,
cercana, profundamente humana. Todos entendemos, aunque no hayamos vivido en el
campo, lo que significa cuidar: estar pendiente, proteger, alimentar,
acompañar, no abandonar.
Pero Jesús no dice simplemente: “Yo soy un pastor.”
Dice: “Yo soy el buen Pastor.” Y enseguida explica qué significa esa
bondad: “El buen Pastor da la vida por sus ovejas.”
Ahí está el centro del Evangelio de hoy: Jesús no
nos cuida desde lejos. No nos ama con palabras bonitas solamente. No nos salva
con discursos. Nos salva entregando su vida. El amor del Buen Pastor llega
hasta la cruz.
Jesús compara al pastor verdadero con el
asalariado. El asalariado cuida mientras todo va bien. Pero cuando ve venir al
lobo, huye. ¿Por qué? Porque las ovejas no son suyas. No le importan realmente.
En cambio, el Buen Pastor permanece. No se escapa ante el peligro. No abandona
cuando llega la noche. No deja solas a sus ovejas cuando aparecen el miedo, el
pecado, la enfermedad, la tristeza o la persecución.
Esta es una gran noticia para nosotros: Cristo
no huye de nuestra fragilidad.
No se aleja cuando nos ve débiles.
No nos descarta cuando caemos.
No nos abandona cuando nuestra fe se enfría.
No se cansa de buscarnos cuando nos perdemos.
A veces nosotros pensamos que Dios nos ama
solamente cuando estamos bien, cuando oramos mucho, cuando cumplimos, cuando
somos fuertes. Pero el Evangelio nos dice algo más profundo: Jesús es Pastor
precisamente porque viene a buscarnos cuando estamos en peligro. Él no se
escandaliza de nuestras heridas. Él las carga. Él no mira nuestra miseria con
desprecio, sino con misericordia.
Por eso dice: “Conozco a mis ovejas, y las mías
me conocen.” Esta frase es muy hermosa. Jesús nos conoce. Pero no nos
conoce como quien tiene información sobre nosotros. Nos conoce por amor. Conoce
lo que mostramos y lo que escondemos. Conoce nuestras luchas interiores,
nuestros temores, nuestras lágrimas secretas, nuestros deseos de mejorar,
nuestras contradicciones.
Y aunque nos conoce así, nos ama. Esa es la
maravilla. El amor humano muchas veces ama parcialmente: ama lo que le gusta,
lo que le conviene, lo que le agrada. El amor de Cristo nos conoce por completo
y aun así nos sostiene. No para dejarnos iguales, sino para sanarnos,
levantarnos y conducirnos a una vida nueva.
Pero hay otro detalle importante. Jesús dice: “Tengo,
además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que
traer.” El corazón del Buen Pastor no es pequeño. No se limita a los que ya
están dentro. No piensa solamente en los que ya vienen a misa, en los que ya
oran, en los que ya creen, en los que ya se sienten parte de la comunidad.
Jesús mira también a los alejados, a los confundidos, a los heridos, a los que
tal vez han perdido la fe, a los que no conocen todavía su amor.
Esta frase nos debe tocar como Iglesia. Porque a
veces podemos caer en la tentación de formar comunidades cerradas, donde solo
nos preocupamos por los de siempre. Pero Jesús nos recuerda que su misión es
reunir. Él quiere que todos escuchen su voz. Quiere que haya un solo rebaño y
un solo Pastor.
Y aquí aparece una pregunta para nosotros: ¿tenemos
corazón de pastores o corazón de asalariados?
Un corazón de asalariado sirve solo cuando le
conviene, cuando recibe reconocimiento, cuando no hay problemas. Pero cuando
llegan las dificultades, se cansa, se queja, huye, se desentiende.
Un corazón de pastor, en cambio, ama aunque cueste.
Permanece. Acompaña. Ora. Busca. Perdona. Sirve. No abandona fácilmente a quien
está débil. No se queda indiferente ante el sufrimiento de los demás.
Claro, solo Cristo es el Buen Pastor en plenitud.
Pero todos los bautizados estamos llamados a reflejar algo de su pastoreo. Los
padres de familia están llamados a ser pastores en su hogar. Los educadores, en
medio de sus alumnos. Los sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral, en la
comunidad. Los amigos, cuando sostienen con sinceridad. Los cristianos, cuando
no viven encerrados en sí mismos, sino atentos al hermano que necesita una
palabra, una visita, una oración, una ayuda concreta.
Hoy, en este tiempo de Pascua, Jesús Resucitado nos
invita a confiar nuevamente en Él. Tal vez alguno de nosotros se siente
cansado, perdido, herido, disperso. Tal vez hay situaciones que parecen lobos:
problemas familiares, enfermedades, angustias económicas, soledad, tentaciones,
desánimos. El Evangelio nos dice: no estás solo. Tienes un Pastor. Y ese
Pastor no huye.
Cristo camina contigo.
Cristo te conoce.
Cristo te llama por tu nombre.
Cristo dio la vida por ti.
Cristo quiere conducirte a la vida abundante.
Pidámosle hoy la gracia de escuchar su voz. Porque
hay muchas voces que nos llaman: la voz del miedo, del resentimiento, de la
superficialidad, del egoísmo, de la desesperanza. Pero solo una voz salva: la
voz del Buen Pastor. Esa voz no siempre grita; muchas veces susurra en la
conciencia, en la Palabra, en la Eucaristía, en la oración, en el consejo de
alguien bueno, en el dolor que nos despierta, en la alegría que nos devuelve
esperanza.
Que esta Eucaristía nos ayude a dejarnos cuidar por
Cristo y también a cuidar como Él. Que no seamos cristianos indiferentes, sino
discípulos con corazón pastoral. Que aprendamos a permanecer cuando otros
huyen, a servir cuando otros se cansan, a buscar cuando otros descartan.
Y que al final de nuestra vida podamos decir con
gratitud: el Señor fue mi Pastor; nada me faltó. Él me buscó, me sostuvo, me
perdonó y me condujo hasta la casa del Padre.
Amén.
2
“El valor del Buen Pastor”
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy nos presenta una de las
imágenes más hermosas y profundas de Jesús: “Yo soy el buen Pastor.”
Pero Jesús no se queda en una imagen tierna o decorativa. Él mismo explica qué
significa ser buen Pastor: “El buen Pastor da la vida por sus ovejas.”
En tiempos de Jesús, el pastor no era simplemente
alguien que miraba ovejas desde lejos. El pastor convivía con su rebaño.
Caminaba con él, buscaba pastos, encontraba agua, protegía de los peligros,
cuidaba a las ovejas heridas y estaba atento para que ninguna se perdiera. Su
vida estaba ligada a la vida del rebaño.
Pero Jesús lleva esta imagen mucho más lejos. Él no
solo cuida; Él se entrega. No solo acompaña; Él da la vida. No solo defiende
desde cierta distancia; Él se pone delante del lobo. Por eso se diferencia del
asalariado. El asalariado trabaja mientras todo está tranquilo, pero cuando
aparece el peligro, huye. No le importan las ovejas. Cuida por interés, no por
amor.
Jesús, en cambio, no huye. Esta es una de las
grandes noticias del Evangelio: Cristo no huye cuando ve venir el lobo.
Y los lobos pueden tener muchos nombres: el pecado,
el miedo, la tristeza, la enfermedad, la soledad, la división, la desesperanza,
la violencia, el egoísmo, la indiferencia, las fuerzas del mal que dispersan el
corazón humano. Frente a todo eso, Jesús no abandona a sus ovejas. Él
permanece. Él lucha por nosotros. Él nos defiende. Él entrega su vida en la
cruz para que tengamos vida.
La cruz es la señal suprema del Buen Pastor. Allí
Jesús demuestra que su amor no era teoría. No vino a salvarnos cómodamente. No
vino a decirnos palabras bonitas desde lejos. Vino a cargar sobre sí nuestras
heridas, nuestros pecados, nuestras sombras. Vino a dar la vida para que
nosotros pudiéramos vivir.
Por eso, cuando escuchamos: “El buen Pastor da
la vida por sus ovejas”, no pensemos solamente en una frase piadosa.
Pensemos en Cristo crucificado. Pensemos en sus manos abiertas. Pensemos en su
corazón traspasado. Pensemos en ese amor valiente que no retrocedió ante el
sufrimiento.
Pero el Evangelio también nos dice algo más: Jesús
conoce a sus ovejas. “Yo conozco a mis ovejas, y las mías me conocen.”
Qué consuelo tan grande: Cristo nos conoce. No somos números para Él. No somos
una multitud anónima. Él conoce nuestra historia, nuestras luchas, nuestros
cansancios, nuestras caídas, nuestras búsquedas más íntimas.
Y nos conoce no para condenarnos, sino para
salvarnos. Nos conoce con misericordia. Nos conoce como el pastor conoce a su
oveja herida: no para rechazarla, sino para cargarla sobre sus hombros.
Esta imagen ilumina también la primera lectura. En
los Hechos de los Apóstoles, Pedro tiene que explicar por qué ha entrado en
casa de paganos y ha compartido con ellos. Algunos creyentes se escandalizan.
Pensaban que la salvación debía quedarse dentro de ciertos límites, dentro de
un redil cerrado, dentro de las costumbres conocidas.
Pero Dios le muestra a Pedro que su Espíritu
también se derrama sobre los paganos. Entonces Pedro comprende que no puede
poner límites a la misericordia de Dios y dice una frase decisiva: “Si Dios
les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, ¿quién era yo para oponerme a
Dios?”
Esta frase se conecta profundamente con el Evangelio.
Jesús había dicho: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil;
también a esas las tengo que traer.” El Buen Pastor no tiene un corazón
pequeño. Él no se conforma con cuidar a los que ya están dentro. Él busca
también a los alejados, a los que no conocen su voz, a los que han sido
excluidos, a los que nadie espera, a los que parecen estar fuera de nuestras
fronteras religiosas, sociales o culturales.
La Iglesia nace de ese corazón amplio del Buen
Pastor. Por eso no puede vivir encerrada en sí misma. Una comunidad cristiana
que solo se preocupa por los de siempre corre el riesgo de olvidar el corazón
de Jesús. El Buen Pastor nos llama a cuidar a los cercanos, sí, pero también a
salir hacia los lejanos.
El salmo de hoy expresa una sed profunda: “Mi
alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.” Esa sed habita en todo corazón
humano, incluso en quienes no saben nombrarla. Hay personas que buscan a Dios
sin saberlo. Hay personas que tienen sed de paz, de perdón, de sentido, de
esperanza. Y el Buen Pastor quiere llegar también a ellas.
Por eso, este Evangelio no solo nos invita a
dejarnos cuidar por Jesús; también nos invita a participar en su misión. Todos,
de alguna manera, estamos llamados a tener corazón de pastores.
Los padres son pastores cuando cuidan, orientan y
protegen a sus hijos con amor responsable.
Los sacerdotes y consagrados son llamados a guiar al pueblo de Dios con entrega
y no con comodidad.
Los educadores son pastores cuando forman con paciencia y esperanza.
Los amigos son pastores cuando no abandonan en los momentos difíciles.
Cada cristiano es pastor cuando cuida al hermano, cuando ora por los demás,
cuando acompaña al que sufre, cuando no huye ante la necesidad ajena.
La pregunta es: ¿somos pastores o asalariados?
El asalariado sirve mientras no le cueste
demasiado. Ama mientras recibe algo a cambio. Acompaña mientras todo es fácil.
Pero cuando llega el lobo, huye. En cambio, quien tiene corazón de pastor
permanece, aunque cueste; ama, aunque no sea reconocido; sirve, aunque implique
sacrificio; protege, aunque tenga que renunciar a su comodidad.
No se trata de buscar sufrimientos innecesarios,
sino de amar con valentía. La caridad cristiana siempre tiene algo de cruz.
Amar de verdad significa dar tiempo, paciencia, escucha, perdón, presencia.
Amar como Cristo significa no vivir solo para uno mismo.
Hoy, en esta Pascua, contemplemos el valor del Buen
Pastor. Jesús resucitado lleva todavía las huellas de su entrega. Su alegría
pascual fue conquistada por un amor que no huyó. La Resurrección nos recuerda
que quien da la vida por amor no la pierde: la encuentra en Dios.
Pidámosle al Señor que nos conceda tres gracias.
Primero, la gracia de dejarnos cuidar por Él. Que
no huyamos de su voz. Que no nos escondamos cuando estamos heridos. Que
volvamos a Él con confianza.
Segundo, la gracia de reconocer a las otras ovejas
que Él también quiere traer. Que no pongamos límites a la misericordia de Dios.
Que no nos opongamos a lo que el Espíritu Santo quiere hacer en personas y lugares
que quizá no esperábamos.
Tercero, la gracia de amar con corazón de pastor.
Que no huyamos ante los lobos de nuestro tiempo. Que no seamos indiferentes
ante el dolor de los demás. Que nuestra vida, aunque sea sencilla, tenga sabor
de entrega.
Hermanos, Cristo es el Buen Pastor. Él dio la vida
por nosotros. Él nos conoce, nos llama, nos busca y nos reúne. Que esta
Eucaristía nos ayude a escuchar su voz, a confiar en su amor y a participar en
su misión.
Y que un día se cumpla plenamente su deseo: “Habrá
un solo rebaño y un solo Pastor.”
Amén.

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