Santo del día:
San Pío V, papa
Miguel Ghislieri nació en Italia en
1504 y entró en la Orden a los quince años tomando el nombre de Pío. Fue prior,
inquisidor, obispo, cardenal y elegido Papa el 7 de enero de 1566. Restauró el
culto cristiano y la disciplina eclesiástica, poniendo en práctica, sobre todo
con su misma vida, las normas del concilio de Trento.
Fidelidad y humildad
(Hch 13,13-25 / Sal 89(88),2-3.21-22.25+27 (R. cf. 18[17],51) /
Jn 13,16-20) san Pablo anuncia cómo Dios ha guiado la historia de su pueblo hasta hacer surgir de la descendencia de David a Jesús, el Salvador prometido. El salmo nos hace cantar las misericordias del Señor, que permanece fiel a su alianza. Y en el Evangelio, Jesús, después de lavar los pies a sus discípulos, nos recuerda que el enviado no es más grande que quien lo envía.
G.Q
Primera lectura
Hch
13, 13-25
Dios
sacó de la descendencia de David un salvador: Jesús
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
PABLO y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de
Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron
y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la
sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los
jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran:
«Hermanos, si tienen una palabra de exhortación para el pueblo, hablen».
Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo:
«Israelitas y los que temen a Dios, escuchen: El Dios de este pueblo, Israel,
eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros
en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años “los cuidó
en el desierto”, “aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en
herencia” su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos
cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron
un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante
cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio
testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi
corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel:
Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que
llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida,
decía: “Yo no soy quien ustedes piensen, pero, miren, viene uno detrás de mí a
quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
88, 2-3. 21-22. 25 y 27 (R.: cf. 2a)
R. Cantaré
eternamente tus misericordias, Señor.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Cantaré eternamente
las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R.
V. Encontré a David, mi
siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso. R.
V. Mi fidelidad y
misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Jesucristo,
eres el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos; nos amaste y nos has
librado de nuestros pecados
con tu sangre. R.
Evangelio
Jn
13, 16-20
El
que recibe a quien yo envíe me recibe a mí
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
CUANDO Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado
es más que el que lo envía. Puesto que saben esto, dichosos ustedes si lo ponen
en práctica. No lo digo por todos ustedes; yo sé bien a quiénes he elegido,
pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha
traicionado”. Se lo digo ahora a ustedes, antes de que suceda, para que cuando
suceda crean que yo soy.
En verdad, en verdad les digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y
el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».
Palabra del Señor.
1
“El enviado no es más grande que
quien lo envía”
Queridos hermanos y hermanas:
“Que
Cristo habite en sus corazones.”, nos dice hoy Pablo. No se trata simplemente de creer en Cristo
como una idea, una doctrina o un recuerdo piadoso. Se trata de dejar que Él
viva dentro de nosotros, que su Espíritu transforme nuestra manera de pensar,
de amar, de servir, de trabajar, de anunciar y de esperar.
En este cuarto jueves de Pascua, la Palabra de Dios
nos presenta justamente ese dinamismo: Dios llama, Dios elige, Dios envía,
Dios sostiene y Dios cumple sus promesas. Y quien acepta ser enviado por Él
debe aprender primero a ser servidor.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, Pablo llega a Antioquía de Pisidia y, en la sinagoga, toma la
palabra para anunciar a Cristo. Pero su predicación no empieza con una teoría.
Pablo hace memoria. Recuerda la historia de Israel: Dios eligió al pueblo, lo
sacó de Egipto, lo condujo por el desierto, le dio jueces, le dio reyes, eligió
a David y, de su descendencia, hizo surgir a Jesús, el Salvador.
Es muy bello ver que Pablo evangeliza contando la
historia de la fidelidad de Dios. Él no anuncia una novedad desconectada de la
vida; anuncia que toda la historia estaba caminando hacia Cristo. Dios ha sido
fiel. Dios no improvisa. Dios no abandona a su pueblo. Dios prepara caminos
incluso cuando nosotros no los entendemos.
Por eso el salmo responde con alegría: “Cantaré
eternamente las misericordias del Señor.” La misericordia de Dios no es un
sentimiento pasajero. Es una alianza. Es una promesa. Es una fidelidad que
atraviesa generaciones. El salmo recuerda a David, elegido y ungido por Dios:
“Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado.” Esa elección no
nace del mérito humano, sino del amor gratuito de Dios.
Y aquí aparece una primera enseñanza vocacional: toda
vocación nace de una elección amorosa de Dios. Nadie se llama a sí mismo.
Nadie se envía a sí mismo. Nadie se consagra por cuenta propia. Dios llama
primero. Dios unge primero. Dios confía primero. Y luego sostiene con su mano a
quienes llama.
Esto vale para el sacerdote, para la religiosa,
para el misionero, para el catequista, para el laico comprometido, para el
padre y la madre de familia, para el joven que busca sentido, para el enfermo
que ofrece su dolor, para el anciano que ora por la Iglesia. Cada vocación
cristiana es una forma concreta de permitir que Cristo habite en el corazón y
desde allí haga fecunda la vida.
El Evangelio de Juan nos sitúa en un momento muy
intenso: Jesús está con sus discípulos en la Última Cena. Acaba de lavarles los
pies. El Maestro se ha arrodillado ante los suyos. El Señor ha tomado el puesto
del servidor. Y entonces dice: “El criado no es más que su amo, ni el
enviado es más que el que lo envía.”
Estas palabras son fundamentales para comprender la
evangelización y las vocaciones. Jesús nos recuerda que quien anuncia el
Evangelio no puede hacerlo desde la arrogancia, desde la superioridad o desde
la búsqueda de prestigio. El enviado de Cristo debe parecerse a Cristo. Y
Cristo evangelizó sirviendo, tocando heridas, perdonando pecadores, levantando
caídos, partiendo el pan, lavando pies, entregando la vida.
A veces podemos pensar que evangelizar es hablar
mucho de Dios. Y sí, hay que anunciar la Palabra. Pero antes de hablar mucho de
Dios, hay que dejar que Dios hable a través de nuestra vida. Evangeliza quien
sirve con humildad. Evangeliza quien escucha. Evangeliza quien consuela.
Evangeliza quien no se cansa de sembrar esperanza. Evangeliza quien, aun en
medio de cansancios y luchas, deja que Cristo siga habitando en su corazón.
Qué importante es esto para nosotros: Dios
también trabaja en las etapas aparentemente ordinarias de nuestra vida. A
veces pensamos que la vocación aparece solamente en momentos espectaculares.
Pero muchas veces Dios llama en la vida sencilla: en el trabajo diario, en una
pérdida, en una responsabilidad familiar, en una enfermedad, en una crisis, en
una espera prolongada, en un deseo que no muere.
Por eso el Evangelio termina con una frase
preciosa: “El que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que me recibe a
mí, recibe al que me ha enviado.” Jesús se identifica con sus enviados.
Esta es una gran dignidad y una gran responsabilidad. La Iglesia no evangeliza
en nombre propio. El sacerdote no predica en nombre propio. El catequista no
enseña en nombre propio. El misionero no va en nombre propio. Somos enviados de
Cristo, y Cristo mismo quiere hacerse presente a través de nuestra pequeñez.
Pero para que eso suceda, necesitamos humildad. La
humildad del servidor. La humildad de quien sabe que no es dueño del mensaje,
sino mensajero. La humildad de quien no busca aplausos, sino frutos de
salvación. La humildad de quien no se coloca en el centro, porque el centro es
Cristo.
Hoy oramos especialmente por la obra
evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Y esta intención nace
directamente de la Palabra. La Iglesia necesita hombres y mujeres con el
corazón habitado por Cristo. Necesita sacerdotes que no vivan para sí mismos,
sino para servir al Pueblo de Dios. Necesita religiosas y religiosos que sean
signos vivos del Reino. Necesita familias que eduquen en la fe. Necesita
jóvenes capaces de escuchar la voz del Señor y responder con generosidad.
Necesita laicos que lleven el Evangelio a la cultura, a la educación, a la
comunicación, a la política, al mundo del trabajo, a las redes sociales, a los
ambientes donde muchas veces Dios parece olvidado.
Pero pidamos también algo más profundo: que no
falten vocaciones porque no falte oración; que no falten respuestas porque no
falten testigos; que no falten servidores porque no falten comunidades que
sepan acompañar, valorar y cuidar los llamados de Dios.
Una comunidad que no ora por las vocaciones se va
quedando sin horizonte. Una Iglesia que no evangeliza se encierra en sí misma.
Una fe que no se comparte se debilita. Por eso hoy el Señor nos dice: “El
enviado no es más grande que quien lo envía.” Es decir: vuelvan a la fuente.
Miren al Maestro. Aprendan de Él. Sirvan como Él. Amen como Él. Anuncien como
Él. Entréguense como Él.
Y volvamos a esa hermosa oración de san Pablo: que
Cristo habite por la fe en nuestros corazones. Si Cristo habita en
nosotros, nuestras palabras tendrán alma. Si Cristo habita en nosotros, nuestro
servicio tendrá ternura. Si Cristo habita en nosotros, nuestra evangelización
no será propaganda, sino testimonio. Si Cristo habita en nosotros, nuestra vida
ordinaria podrá convertirse en misión.
Hermanos, que este jueves de Pascua renueve en
nosotros la alegría de ser enviados. No somos dueños del Evangelio, somos
servidores. No somos protagonistas absolutos, somos instrumentos. No anunciamos
una idea, anunciamos a una Persona viva: Jesucristo, muerto y resucitado, el
Salvador prometido, el Hijo enviado por el Padre.
Pidamos al Señor que haga fecunda la obra
evangelizadora de su Iglesia. Que suscite vocaciones santas, humildes, alegres
y perseverantes. Que fortalezca a quienes ya han respondido. Que despierte en
muchos jóvenes el deseo de entregar la vida. Y que en cada uno de nosotros se
cumpla esta gracia: que Cristo habite en nuestros corazones, para que
nuestra vida entera sea Evangelio vivido, servido y anunciado.
Amén.
2
Queridos hermanos y hermanas:
En este jueves de la cuarta semana de Pascua, la
Palabra de Dios nos lleva al corazón mismo de la misión cristiana: somos
enviados por Cristo para servir como Cristo. Y el Evangelio de hoy nos
recuerda una verdad que nunca debemos olvidar: “El criado no es más que su
amo, ni el enviado es más que el que lo envía.”
Estas palabras de Jesús están dichas en un contexto
muy especial: la Última Cena. Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos.
El Maestro se ha puesto de rodillas. El Señor ha tomado el lugar del servidor.
El Hijo de Dios, que viene del Padre y vuelve al Padre, se inclina ante hombres
frágiles, temerosos, lentos para comprender, e incluso ante Judas, que lo va a
traicionar.
Ese gesto resume todo el Evangelio. Jesús no vino a
dominar, sino a servir. No vino a buscar honores humanos, sino a entregar la
vida. No vino a imponer su poder, sino a revelar la fuerza humilde del amor de
Dios.
Y esto nos toca profundamente, porque muchas veces
nosotros asociamos la grandeza con mandar, figurar, tener reconocimiento, ser
importantes o tener la última palabra. Pero Jesús nos enseña que, en el Reino
de Dios, la verdadera grandeza está en amar, servir, perdonar y entregarse.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, nos presenta a Pablo anunciando a Cristo en la sinagoga de Antioquía
de Pisidia. Pablo hace memoria de la historia de salvación. Recuerda cómo Dios
eligió a Israel, cómo lo liberó de Egipto, cómo lo condujo por el desierto,
cómo le dio jueces, profetas y reyes. Recuerda especialmente a David, de cuya
descendencia Dios hizo surgir al Salvador: Jesús.
Pablo evangeliza contando la fidelidad de Dios. No
se anuncia a sí mismo. No se pone en el centro. No predica para lucirse. Él se
sabe enviado. Él sabe que la historia no comenzó con él ni termina en él. La
historia es de Dios. La salvación viene de Dios. La misión pertenece a Dios.
Esta es una enseñanza muy importante para la
Iglesia de todos los tiempos: la evangelización no es propaganda personal,
sino servicio humilde a la obra de Dios. La Iglesia no anuncia una
ideología. No anuncia una moda. No anuncia un proyecto humano. La Iglesia
anuncia a Jesucristo, muerto y resucitado, Salvador del mundo.
Por eso también el salmo nos hace cantar: “Cantaré
eternamente las misericordias del Señor.” La evangelización nace de la
experiencia de la misericordia. Solo quien ha experimentado que Dios ha sido
fiel, que Dios lo ha levantado, que Dios lo ha perdonado, que Dios lo ha
sostenido, puede anunciar con verdad el Evangelio.
No evangeliza bien quien se siente superior a los
demás. Evangeliza quien sabe que también ha sido alcanzado por la gracia.
Evangeliza quien no olvida que fue amado primero. Evangeliza quien, como Jesús,
se inclina ante los pies cansados de la humanidad.
Hoy el evangelio nos enseña que el amor se
perfecciona en la humildad. Jesús no solo predicó el amor; lo puso en
práctica lavando los pies. Y lo hizo incluso sabiendo que uno de los suyos lo
iba a traicionar.
Aquí el Evangelio se vuelve todavía más exigente.
Porque servir a quienes nos aman puede ser relativamente fácil. Servir a
quienes nos agradecen puede darnos satisfacción. Servir a quienes reconocen
nuestro esfuerzo puede alimentar nuestro corazón. Pero Jesús va más lejos: Él
sirve también a Judas. No aprueba su traición, no la disimula, no la llama
bien; pero no deja de amarlo.
Este es uno de los rostros más desconcertantes del
amor de Cristo: su humildad no tiene fronteras. Jesús ama incluso cuando
no es correspondido. Sirve incluso cuando será rechazado. Ofrece una
posibilidad de conversión incluso a quien ya está cerrando su corazón.
Y aquí debemos mirarnos sinceramente. ¿A quién me
cuesta amar? ¿A quién he dejado de servir? ¿A quién he excluido de mi corazón?
¿Qué persona, por haberme herido, traicionado o decepcionado, ya no merece para
mí ni siquiera una palabra de paz?
Jesús no nos pide ingenuidad. No nos pide negar el
mal. Él mismo reconoce la traición: “El que comparte mi pan me ha
traicionado.” Pero nos enseña que el discípulo no debe responder al mal con
más mal, ni a la traición con odio, ni a la herida con venganza. El discípulo
está llamado a responder desde otro lugar: desde la humildad de Cristo.
Esto es muy importante para nuestras familias, para
nuestras comunidades, para nuestras parroquias y también para quienes ejercen
algún liderazgo en la Iglesia. Un padre de familia, una madre, un sacerdote,
una religiosa, un catequista, un animador pastoral, un educador, un servidor de
la comunidad, no está llamado a mandar desde el orgullo, sino a guiar desde el
servicio.
La autoridad cristiana no se impone humillando a
los demás; se ejerce levantando a los demás. La autoridad cristiana no busca
privilegios; busca lavar pies. La autoridad cristiana no usa a las personas; se
gasta por ellas. La autoridad cristiana no vive de aplausos; vive de fidelidad.
Por eso, en este día oramos de manera especial por
la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Necesitamos una
Iglesia que evangelice de rodillas, no por debilidad, sino por amor. Una
Iglesia que no tenga miedo de ensuciarse las manos sirviendo. Una Iglesia que
no se encierre en sí misma, sino que salga al encuentro de los cansados, los
heridos, los alejados, los pobres, los jóvenes, los enfermos, los que han
perdido la fe o la esperanza.
Y necesitamos vocaciones con el corazón de Cristo.
Sacerdotes que sepan lavar los pies del pueblo de Dios. Religiosas y religiosos
que sean memoria viva del amor entregado. Misioneros que no vayan a conquistar,
sino a servir. Laicos comprometidos que evangelicen desde su familia, su
trabajo, su profesión, su cultura, sus redes sociales, su palabra y su
testimonio.
Pidamos al Señor que suscite vocaciones humildes,
alegres, valientes y generosas. Vocaciones que no busquen brillar por sí
mismas, sino transparentar a Cristo. Vocaciones que entiendan que el enviado
nunca es más grande que quien lo envía. Vocaciones capaces de amar incluso
cuando no reciban gratitud inmediata. Vocaciones capaces de perseverar incluso
cuando aparezcan incomprensiones, cansancios o traiciones.
Pero no pensemos solo en “otros”. Cada uno de
nosotros tiene una vocación. Cada bautizado es un enviado. Cada cristiano está
llamado a hacer visible a Cristo en el mundo. Y Jesús nos dice hoy: “Si
saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica.”
La felicidad cristiana no está solo en saber el
Evangelio, sino en vivirlo. No basta entender que Jesús lavó los pies. Hay que
lavar pies. No basta admirar su humildad. Hay que practicarla. No basta hablar
del amor. Hay que amar concretamente, incluso cuando cuesta.
Hermanos, que esta Eucaristía nos ayude a mirar a
Jesús servidor. En cada misa, Él vuelve a ponerse en medio de nosotros no como
un rey distante, sino como Pan partido, como alimento humilde, como amor
entregado. La Eucaristía es la escuela más profunda del servicio: Cristo se nos
da para que nosotros aprendamos a darnos.
Que el Señor renueve en nosotros la alegría de
evangelizar. Que sane nuestras resistencias para servir. Que nos conceda un
corazón humilde, capaz de perdonar, capaz de reconciliarse, capaz de amar sin
calcular demasiado.
Y que, al
orar por las vocaciones, podamos decirle con sinceridad:
Señor
Jesús, servidor humilde del Padre,
haz de tu Iglesia una comunidad misionera,
pobre de orgullo y rica en amor.
Danos sacerdotes, consagrados, misioneros y laicos
con un corazón semejante al tuyo.
Enséñanos a lavar los pies de nuestros hermanos,
a servir sin buscar honores,
a perdonar sin guardar rencor,
y a anunciar tu Evangelio con la vida.
Amén.
**********
30 de abril: San Pío V, Papa—Memoria
libre
1504–1572 Santo Patrono del
Dicasterio para la Doctrina de la Fe Invocado para la reforma y defensa de
la Iglesia
Canonizado por el Papa Clemente XI el
22 de mayo de 1712
Cita:
Desde el principio, al ser elevados al Apostolado Mayor, con gusto
dedicamos nuestra mente y energías, y dirigimos todos nuestros pensamientos a
los asuntos concernientes a la preservación de una liturgia pura, y nos
esforzamos, con la ayuda de Dios, por todos los medios a nuestro alcance, por
lograr este propósito. Pues, además de otros decretos del sagrado Concilio de
Trento, se nos dispuso la revisión y reedición de los libros sagrados: el
Catecismo, el Misal y el Breviario. Con el Catecismo publicado para la
instrucción de los fieles, con la ayuda de Dios, y el Breviario completamente
revisado para la digna alabanza de Dios… Consideramos necesario dedicar nuestra
atención inmediata a lo que aún quedaba por hacer, a saber, la reedición del
Misal lo antes posible…
~Promulgación de la Liturgia Tridentina, San Pío V
Reflexión:
En 1517, cuando Martín Lutero publicó
sus Noventa y cinco Tesis en Alemania, lo que dio inicio a la Reforma
Protestante, los reinos europeos enfrentaban numerosos desafíos y la Iglesia
necesitaba urgentemente una reforma.
Las relaciones entre la Iglesia y el
Estado eran constantemente tensas. Algunos gobernantes civiles luchaban por
mantener la fe católica en sus territorios, mientras que otros luchaban por
eliminarla. Muchos de estos reinos se enfrentaban entre sí, y todos estaban
bajo la amenaza constante de invasores musulmanes.
Dentro de la Iglesia, era necesaria una
reforma para abordar los abusos financieros, el nepotismo, la formación
deficiente del clero, la gobernanza deficiente, los debates teológicos y la
falta de un culto litúrgico uniforme. Fue en esta situación histórica que nació
el santo que hoy conocemos.
Antonio Ghislieri nació en Bosco
Marengo, en el noroeste de Italia.
De niño, Antonio era pobre y trabajaba
para ayudar a su familia. A los catorce años, adoptó el nombre de Michele al
ingresar en la orden dominica y recibió su educación de los frailes de
Vigevano, Bolonia y Génova.
A lo largo de su formación, fue un
estudiante excelente y aplicado, especialmente atraído por el estudio de la
Sagrada Escritura y las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino.
A los veinticuatro años, fue ordenado
sacerdote, y durante los dieciséis años siguientes enseñó teología y filosofía,
formó novicios dominicos y fue prior en varios conventos. Siendo un joven
sacerdote, el padre Michele continuó profundizando su vida de oración,
desarrolló una profunda devoción a la Santísima Virgen María y al Rosario,
hacía vigilias nocturnas, abrazó el carisma dominicano, ayunaba, hacía
penitencia, abrazaba la pobreza y practicaba el silencio interior, con el que
se esforzaba por mantenerse continuamente recogido, negándose a las
conversaciones ociosas.
En 1542, para hacer frente a la amenaza
constante que representaban los errores introducidos por la Reforma
Protestante, que se extendían lentamente por los estados italianos, el papa
Pablo III reorganizó la Inquisición Italiana. Poco después, el padre Michele
fue nombrado para servir en varias misiones inquisitoriales, lo que llevó a
cabo con inquebrantable determinación.
En 1556, el papa Pablo IV lo nombró
obispo de Sutri, una diócesis al norte de Roma, y un año después fue nombrado
cardenal.
Como obispo y luego cardenal, continuó
trabajando con celo, defendiendo vigorosamente la verdadera fe, erradicando la
herejía, corrigiendo abusos, fortaleciendo las estructuras eclesiásticas y
viviendo personalmente la vida de fe y moral a la que estaba llamado. Llegó a
ser tan respetado, y su valentía, claridad y celo fueron tan beneficiosos para
la Iglesia, que el Santo Padre lo nombró Gran Inquisidor de toda la
cristiandad.
En 1559, fue trasladado más al norte, a
la diócesis de Mondovì, pero era llamado regularmente a Roma para consultar con
el Papa. En Mondovì, se esforzó por reconstruir dicha diócesis tras ser
devastada por las guerras, alimentadas por la confusión teológica causada por la
Reforma Protestante.
El obispo Michele no era un pusilánime,
ni siquiera en lo que se refería al papa. Uno de los abusos recurrentes dentro
de la Iglesia en aquella época era el nepotismo, la práctica de otorgar favores
eclesiásticos a familiares. Cuando el papa Pablo IV anunció a su corte que
quería nombrar cardenal a su sobrino de catorce años, el obispo Michele se
opuso firmemente y detuvo el abuso. Si bien esto llevó al papa a disminuir
parte de la autoridad inquisitorial del obispo Michele, también provocó la
admiración de muchos cardenales. Como resultado, en 1566, el obispo Michele fue
elegido nuevo papa y adoptó el nombre de Pío V.
Tan solo tres años antes de la elección
papal de Pío V, el Concilio de Trento, que duró dieciocho años, concluyó su última
sesión. Este concilio marcó el inicio de la Contrarreforma católica, que abordó
directamente cuestiones teológicas y litúrgicas y buscó eliminar diversos
abusos dentro de la Iglesia. Solo quedaba por implementar los decretos del
concilio. No fue tarea fácil, pero el papa Pío V era, sin duda, el hombre
indicado para la tarea.
Desde el comienzo de su pontificado, el
Papa Pío V continuó siendo el hombre de Dios santo, devoto, concienzudo y
decidido que había sido desde su juventud. En lugar de actuar como un rey,
actuó como un siervo. Continuó vistiendo su hábito blanco dominico (del que
solo conservó uno), razón por la cual el Papa viste de blanco hoy en día.
Distribuyó el dinero reservado para los extravagantes banquetes papales entre
los pobres. Visitó a los enfermos, construyó hospitales, rezó dos veces al día
ante el Santísimo Sacramento y resistió las trampas que conllevan el poder y la
riqueza. Los Estados Pontificios, en particular, pronto se convirtieron en un
monasterio más que en un reino.
Para abordar las confusiones teológicas
que dividían a la Iglesia, promulgó un nuevo catecismo especialmente para
párrocos, instituyó clases de catequesis para jóvenes, introdujo las enseñanzas
de Santo Tomás de Aquino en las universidades y continuó la buena labor del
Santo Oficio de la Inquisición con celo pastoral.
Para abordar los problemas
eclesiásticos, denunció las inmoralidades dentro del clero, lo vinculó más
estrechamente a una sola diócesis, impuso el sistema de seminarios, reafirmó la
práctica del celibato, exhortó a los obispos a permanecer en su diócesis y
servirla como verdaderos pastores, y renovó la disciplina, cada vez más
debilitada, dentro de las casas religiosas.
Para atender las necesidades
espirituales de la Iglesia, difundió especialmente la devoción al Santo
Rosario, que él mismo rezaba íntegramente a diario, y promulgó un nuevo
Breviario y un Misal Romano.
En el ámbito político, no dudó en
reprender, e incluso penalizar, a los gobernantes desobedientes.
Defendió a Europa de los invasores musulmanes
trabajando con varios gobernantes para formar la Liga Santa, un esfuerzo
cooperativo de los reinos católicos de España e Italia, que incluía la Orden de
Malta.
A lo largo de la historia, la Iglesia
siempre ha necesitado una reforma interna. Aunque Cristo nunca abandona a su
Iglesia, quienes están a su cuidado son pecadores. Pero entre esos pecadores,
Dios siempre suscita santos para encaminar a la Iglesia y sus instituciones por
el buen camino. En el siglo XVI, uno de los santos más notables que Dios usó
para este propósito fue el papa San Pío V.
Al honrar a este santo papa,
reflexionen ustedes sobre su propio llamado a apoyar las necesidades de reforma
constantes en la Iglesia. Esas necesidades siempre estarán presentes. Aunque no
estén llamados a hacerlo desde la perspectiva del papado, sí están llamados a
hacerlo en el contexto de su propia vocación.
Reflexionen sobre cómo pueden reformar
su vida, su familia, su parroquia y su comunidad. Comprométanse a someterse en
oración a la voluntad de Dios y busquen el don de la valentía para que Dios los
use de maneras que están más allá de sus capacidades naturales.
Oración:
San Pío V, fuiste inquebrantable en tu
fe y tu valentía. Dios usó esas virtudes para ayudar a defender y reformar a su
Iglesia en un momento de gran sufrimiento. Por favor, reza por mí, para que,
mientras la Iglesia sigue necesitando renovación y el Evangelio necesite ser
proclamado, yo sea un instrumento santo en las manos de Dios.
Que también sea valiente y fiel hasta
el final, cueste lo que cueste.
San Pío V, ruega por mí. Jesús, confío
en ti.

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