Cada 19 de mayo se recuerda la muerte de Max
Scheler, uno de esos pensadores que hoy parecen un poco olvidados, pero que en
su tiempo fue considerado por muchos como una de las mentes más brillantes de
la filosofía europea del siglo XX. Max Ferdinand Scheler nació en Múnich,
Alemania, el 22 de agosto de 1874, y murió en Fráncfort del Meno el 19 de mayo
de 1928, con apenas 53 años. Fue filósofo, fenomenólogo, pensador de los
valores, de la persona, de la simpatía, del amor, del resentimiento, de la
religión y de la antropología filosófica.
Scheler pertenece a esa familia de autores
difíciles de encasillar. Fue cercano al catolicismo, escribió páginas de enorme
hondura religiosa, pensó con seriedad la experiencia de Dios y de lo sagrado,
pero también vivió una relación conflictiva con la Iglesia institucional y
terminó distanciándose de ella. Por eso no conviene reducirlo ni a “filósofo
católico” en sentido simple, ni a pensador ateo. Fue, más bien, un espíritu
inquieto, apasionado, contradictorio y genial, que buscó comprender al ser
humano desde su capacidad de amar, valorar y abrirse al misterio.
Un pensador para tiempos de
confusión
Scheler resulta sorprendentemente actual. Vivimos
en una época saturada de opiniones, discursos, ideologías, polarizaciones,
resentimientos y debates interminables. Muchas veces se habla mucho y se piensa
poco; se argumenta con dureza, pero se ama con dificultad. En ese contexto,
Scheler vuelve a decirnos algo necesario: el ser humano no se entiende
solamente desde la razón fría, desde la utilidad, desde la economía, desde la
política o desde el poder. El ser humano se comprende, sobre todo, desde su
capacidad de amar y de reconocer valores.
Tradicionalmente se ha dicho que el hombre es un
“animal racional”. Descartes lo describió como una “cosa que piensa”. Scheler,
sin negar la importancia de la inteligencia, se atreve a mirar más hondo: el
hombre no es solamente un ser que piensa; es también, y quizá ante todo, un ser
que ama. Para él, la persona no se revela plenamente en el cálculo, sino en el
amor; no se descubre solamente en el razonamiento, sino en la apertura humilde
a lo verdadero, a lo bueno, a lo bello y a lo santo.
Aquí se entiende su cercanía con aquella famosa
intuición de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”. Scheler
no propone un sentimentalismo superficial, sino una verdadera “lógica del
corazón”. El corazón, para él, no es mero capricho emocional; es una vía
profunda de conocimiento. Hay realidades que solo se comprenden cuando se aman.
Hay personas que solo se conocen verdaderamente cuando se las mira con amor.
Hay valores que permanecen invisibles para una inteligencia cerrada, orgullosa
o utilitarista.
La fenomenología y el regreso a
las cosas mismas
Scheler fue uno de los grandes representantes de la
fenomenología, corriente filosófica asociada al nombre de Edmund Husserl. La
fenomenología quiere volver a “las cosas mismas”, es decir, describir la
experiencia tal como se da a la conciencia, antes de encerrarla en teorías abstractas.
Scheler conoció a Husserl en 1901, leyó sus Investigaciones lógicas y quedó
marcado por ese nuevo modo de filosofar. Sin embargo, no fue un simple
repetidor de Husserl. Tomó la fenomenología y la abrió hacia campos que Husserl
no había desarrollado con igual intensidad: la vida emocional, la simpatía, el
amor, el odio, la vergüenza, el arrepentimiento, los valores, la religión y la
persona. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)
Para Scheler, la fenomenología no era únicamente un
método frío de análisis, sino una actitud espiritual: mirar con respeto, dejar
que la realidad se manifieste, no violentarla con prejuicios, no reducirla a
utilidad. En este punto su pensamiento toca algo profundamente cristiano: la
realidad debe ser recibida antes que dominada; el otro debe ser amado antes que
usado; la verdad debe ser acogida antes que manipulada.
El amor como camino de
conocimiento
Una de las intuiciones más bellas de Scheler es que
el amor abre el conocimiento. No conocemos primero para después amar; muchas
veces amamos y, precisamente por eso, empezamos a conocer de verdad. El amor
ensancha la mirada. El odio, por el contrario, empobrece la realidad, la
deforma, la rebaja. Quien odia no ve al otro en su dignidad, sino en su
caricatura. Quien ama descubre posibilidades, valores y caminos que antes
estaban ocultos.
La Stanford Encyclopedia of Philosophy resume esta
idea diciendo que, para Scheler, el amor abre al ser humano al mundo y a lo
otro; el conocimiento supone una disposición amorosa de apertura y humildad. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)
Desde esta perspectiva, amar no es simplemente
sentir bonito. Amar es permitir que el otro aparezca en su verdad más alta.
Amar es descubrir en una persona no solo lo que ya es, sino lo que está llamada
a ser. Por eso el amor, en Scheler, tiene algo de “partero espiritual”: ayuda a
dar a luz el valor escondido en las personas y en las cosas.
Esto tiene una enorme fuerza pastoral. Cuántas
veces una persona cambia no porque alguien la humilló, la condenó o la redujo a
su pecado, sino porque alguien la miró con amor y le hizo descubrir que todavía
podía ser mejor. El amor verdadero no niega la verdad, pero la revela sin
destruir. No justifica el mal, pero rescata la dignidad del que puede
levantarse.
La jerarquía de los valores
Scheler es especialmente conocido por su teoría de
los valores. Para él, los valores no son simples gustos subjetivos. No todo
vale igual. Hay una jerarquía objetiva de valores: unos son más bajos, otros
más altos; unos son más superficiales, otros más profundos.
En términos generales, Scheler distingue valores
ligados al placer y a lo agradable, valores vitales como la salud o la fuerza,
valores espirituales como la verdad, la belleza y la justicia, y finalmente los
valores de lo santo, que ocupan el lugar más alto. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)
Esta jerarquía resulta muy iluminadora para nuestro
tiempo. Una sociedad se enferma cuando pone arriba lo que debería estar abajo:
el placer sobre la verdad, el éxito sobre la justicia, la utilidad sobre la
persona, el poder sobre la dignidad, el consumo sobre lo santo. Cuando se
invierte la escala de valores, el ser humano se desordena por dentro y la
comunidad se rompe por fuera.
Scheler nos recuerda que no basta con tener
valores; hay que ordenarlos. No basta con desear cosas buenas; hay que preferir
lo mejor. No basta con vivir; hay que vivir orientados hacia lo más alto.
Catolicismo, crisis y búsqueda de
Dios
La relación de Scheler con la fe católica fue
intensa, fecunda y compleja. Provenía de un ambiente familiar judío. En su
trayectoria intelectual se acercó al catolicismo y llegó a ser visto como un
pensador católico de gran relieve, especialmente durante su etapa de Colonia.
Su obra De lo eterno en el hombre, publicada en 1921, contiene páginas
decisivas sobre la experiencia religiosa y la apertura del hombre a lo sagrado.
(Enciclopedia de Filosofía de Stanford)
Sin embargo, su vida personal y sus tensiones
intelectuales lo llevaron a distanciarse progresivamente de la Iglesia
institucional. Después de conflictos matrimoniales y de su crítica a ciertas
posiciones eclesiales, Scheler procuró presentar su obra más como filosofía que
como pensamiento religioso confesional. En sus últimos años se orientó hacia
una metafísica más especulativa, con rasgos panteístas y evolucionistas,
alejándose de la idea judeocristiana clásica de Dios creador. (Enciclopedia de Filosofía de Stanford)
Con todo, sería injusto despacharlo como un simple
desertor de la fe. Scheler siguió siendo un pensador atravesado por la pregunta
religiosa. Se alejó de la Iglesia, sí, pero no se volvió indiferente al
misterio. Su filosofía conserva una sed de absoluto, una preocupación por lo
santo y una convicción profunda: el ser humano solo se entiende plenamente
cuando se abre a valores que lo superan.
Vida académica y últimos años
Scheler estudió en Múnich, Berlín y Jena. En Jena
obtuvo su doctorado en 1897 y su habilitación en 1899. Fue influido por
pensadores como Nietzsche, Dilthey, Eucken, Bergson, Pascal, san Agustín y
Husserl. Enseñó en Jena, Múnich y Colonia, y en 1928 aceptó una cátedra en
Fráncfort, aunque murió antes de asumir plenamente ese nuevo cargo. (cfs.ku.dk)
Su vida fue agitada. Fue un hombre brillante,
apasionado, desordenado en algunos aspectos, de pensamiento abundante y a veces
contradictorio. Sus escritos pueden parecer densos, excesivos, incluso
difíciles de organizar. Él mismo habría reconocido, con ironía, algo así como:
“Tengo la palabra, pero no la frase”. Es decir, poseía una intuición poderosa,
pero no siempre la forma más sistemática para expresarla.
Murió en Fráncfort el 19 de mayo de 1928, después
de una serie de problemas cardíacos. Tenía solo 53 años. Según la Stanford
Encyclopedia of Philosophy, en sus últimos meses su salud se deterioró
gravemente y murió por complicaciones derivadas de un fuerte ataque al corazón.
(Enciclopedia de Filosofía de Stanford)
Ortega y Gasset, Heidegger y
Wojtyła ante Scheler
Después de su muerte, José Ortega y Gasset le
rindió un homenaje memorable. Lo llamó, con admiración, “el Adán de un nuevo
paraíso”, aludiendo a la capacidad que Scheler tenía para mirar las cosas como
si aparecieran por primera vez. Ortega también percibió en él una mezcla
singular de claridad y desorden: un pensamiento luminoso, pero no siempre
perfectamente sistemático. (Mondo Domani)
También Martin Heidegger reconoció la fuerza
filosófica de Scheler y lo consideró una de las presencias intelectuales más
potentes de su tiempo. No es exagerado decir que Scheler fue uno de esos
pensadores cuya influencia fue más grande de lo que hoy suele recordarse.
En el ámbito católico, su huella llegó hasta Karol
Wojtyła, el futuro san Juan Pablo II. Conviene precisar un dato: Wojtyła no
hizo su tesis doctoral sobre Scheler; su doctorado fue sobre la fe en san Juan
de la Cruz. Pero sí dedicó a Scheler su tesis de habilitación, en la que
estudió si era posible construir una ética cristiana a partir del sistema
scheleriano. Su conclusión fue crítica: valoró la importancia de Scheler, pero
consideró que su ética no bastaba para expresar plenamente la moral cristiana,
porque daba demasiado peso a la experiencia emocional de los valores y no
integraba suficientemente la voluntad, la conciencia, el deber y la acción
moral concreta. (Christendom Media)
Un pensador contra el
resentimiento
Uno de los temas más actuales de Scheler es el resentimiento.
En diálogo crítico con Nietzsche, Scheler analiza cómo el resentimiento puede
deformar la mirada moral. El resentido no solo sufre por una herida; termina
construyendo una visión del mundo desde esa herida. Ya no juzga con libertad,
sino desde la amargura. Ya no busca la verdad, sino la revancha. Ya no ama el
bien, sino que necesita rebajar aquello que no puede alcanzar.
Este análisis resulta muy actual en tiempos de
redes sociales, polarización política, fanatismos ideológicos y odios colectivos.
El resentimiento se disfraza muchas veces de justicia, pero no sana; solo
contagia amargura. La verdadera justicia no nace del odio, sino del
reconocimiento de la dignidad. La denuncia profética no necesita resentimiento;
necesita verdad, amor y valentía.
¿Por qué leer hoy a Max Scheler?
Leer a Scheler no es fácil, pero vale la pena. Nos
ayuda a recordar que el ser humano no puede ser reducido a máquina, consumidor,
votante, productor, paciente, cliente o usuario. El ser humano es persona:
alguien capaz de amar, conocer, preferir valores, abrirse a lo santo,
arrepentirse, esperar, entregarse y trascender.
En una época que muchas veces confunde amor con
emoción pasajera, Scheler recuerda que el amor es apertura al valor del otro.
En una cultura que absolutiza el placer, recuerda que existen valores más
altos. En un mundo tentado por el resentimiento, recuerda que el odio deforma
la realidad. En sociedades donde Dios parece ausente o instrumentalizado,
recuerda que la experiencia de lo santo sigue siendo una dimensión decisiva de
la existencia humana.
Scheler no fue un santo ni un pensador sin
contradicciones. Fue un hombre genial, frágil, apasionado, muchas veces
desconcertante. Pero quizá por eso mismo resulta cercano. Su vida muestra que
se puede buscar la verdad en medio de tensiones; que se puede pensar a Dios
incluso desde la crisis; que se puede hablar del amor sin ingenuidad; y que se
puede mirar al ser humano no desde lo más bajo, sino desde su vocación más
alta.
Max Scheler murió el 19 de mayo de 1928. Pero su
pregunta sigue viva: ¿qué es el hombre? Y su respuesta, aunque incompleta,
conserva una fuerza luminosa: el hombre es el ser que ama, que descubre valores
y que solo se comprende plenamente cuando se abre a lo verdadero, a lo bueno, a
lo bello y a lo santo.

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