miércoles, 31 de diciembre de 2025

Primero de enero del 2026: Santa María Madre de Dios, Solemnidad

 

Santo del día:

Santa María, Madre de Dios

Ocho días después de la Natividad del Señor, celebramos a María, su madre. En el año 431, el Concilio de Éfeso la proclamó «Theotokos», Madre de Dios, porque en ella el Verbo se hizo carne y el Hijo de Dios habitó entre los hombres.

 

 

A la luz de la Palabra

(Lucas 2, 16-21) María atesora los acontecimientos que la superan y la conmueven en lo más íntimo de su ser. Al dar a luz a Jesús, se convierte en Madre de Dios. Su corazón es el crisol de una actividad intensa donde los hechos son recogidos para ser meditadas, profundizados. La joven busca en las Escrituras el sentido de lo que está viviendo junto a José. Esta actitud puede llegar a ser la nuestra: descifrar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Nm 6,22-27
Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré

Lectura del libro de los Números.

EL Señor habló a Moisés:
«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendecirán a los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro
y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 67(66) ,2-3.5.6+8

R. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.

V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
 R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. 
R.

V. Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. 
R.

 

Segunda lectura

Ga 4,4-7

Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas

HERMANOS:
Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como ustedes son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya
V. En muchas ocasiones habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. R.

 

Evangelio

Lc 2,16-21

Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas: comenzamos un año nuevo bajo una palabra de Dios que es, a la vez, bendición, filiación y memoria agradecida. La liturgia no nos pone primero los propósitos, sino algo más hondo: la gracia. No empezamos “desde cero”; empezamos desde Dios, que ya nos mira, ya nos llama, ya nos sostiene.

1. “El Señor te bendiga y te proteja…” (Nm 6,22-27): el rostro de Dios sobre tu historia

La primera lectura nos regala una de las joyas más bellas del Antiguo Testamento: la bendición sacerdotal. Tres veces aparece el nombre del Señor, como un abrazo insistente:

  • te bendiga,
  • haga brillar su rostro,
  • te conceda la paz.

Es como si Dios dijera: “Antes de que salgas a pelear tus batallas, deja que Yo ponga mi Nombre sobre ti”. Y cuando Dios pone su Nombre, no pone una etiqueta: pone presencia, pone alianza, pone futuro.

Para la Obra evangelizadora y las vocaciones esto es decisivo: nadie anuncia a Cristo desde el vacío o desde la pura obligación. El Evangelio se anuncia desde haber sido bendecidos, mirados con amor, levantados por la paz de Dios. Evangelizar no es propaganda: es irradiar un Rostro.

2. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer…” (Ga 4,4-7): el centro del año es la filiación

San Pablo nos lleva al corazón del misterio: la plenitud de los tiempos. Dios no improvisa; llega el momento, y su respuesta es concreta, humilde, histórica:

  • envía a su Hijo,
  • nacido de mujer,
  • para que recibiéramos la adopción filial.

Aquí está la noticia que cambia el calendario del alma: el cristiano no entra al año nuevo como “huérfano” espiritual, sino como hijo. Y si somos hijos, no vivimos movidos por el miedo, sino por el Espíritu que clama: “¡Abbá, Padre!”

Esto también ilumina las vocaciones: una vocación auténtica no nace del afán de “demostrar” algo, ni de la presión social, ni del perfeccionismo. Nace cuando una persona se sabe amada y, desde ahí, escucha una voz que le dice: “Ven, sígueme; no para perderte, sino para encontrarte”.

3. “María… guardaba todo en su corazón” (Lc 2,16-21): el corazón como crisol

El Evangelio es sobrio, pero profundísimo. Los pastores van, ven, cuentan, se maravillan… y María hace algo distinto: guarda, recoge, medita. Alguien lo expresa con fuerza, refiriéndose a este evangelio: María “atesora acontecimientos que la superan”. Es decir: no lo controla todo, no lo entiende todo, pero no se desentiende. Los acontecimientos pasan por su vida, y ella decide que no pasarán por su vida en vano.

Aquí hay una enseñanza muy humana (y muy actual): muchas personas viven sobrecargadas, reaccionando, sobreviviendo; los hechos las golpean y quedan sin elaborar. María nos enseña un camino de salud interior y de fe madura: hacer espacio para que lo vivido sea iluminado por Dios.

  • No es negar lo que duele.
  • No es romantizar lo difícil.
  • Es aprender a leer la vida “a la luz de la Palabra”.

Eso es oración verdadera: no solo “decir cosas a Dios”, sino permitir que Dios lea conmigo mi historia.

4. El Nombre de Jesús y el inicio del año: no empezar sin Él

El Evangelio termina con un detalle: “a los ocho días… le pusieron por nombre Jesús”. Ese Nombre no es un adorno piadoso: significa “Dios salva”. Empezar el año con María, Madre de Dios, es empezar el año con Jesús en el centro: Dios salva.
No dice: “Dios complica”.
No dice: “Dios aplasta”.
Dice: Dios salva.

Y María, como Madre, no se queda con el Niño para ella. Una madre verdadera no encierra; entrega. Por eso, pedir hoy por la Obra evangelizadora es pedir que la Iglesia tenga el corazón de María: un corazón que recibe a Cristo, lo cuida, y lo ofrece al mundo.

5. Intención del día: Obra evangelizadora y vocaciones

Hoy oremos así:

Por la obra evangelizadora:
Señor, que tu Iglesia no pierda el asombro de los pastores ni la hondura del corazón de María. Que evangelicemos con alegría, con cercanía, con verdad; no desde la queja, sino desde la bendición; no desde el juicio, sino desde la misericordia.

Por las vocaciones:
Señor, sigue enviando obreros a tu mies: sacerdotes santos, consagradas luminosas, matrimonios misioneros, laicos valientes, jóvenes que no tengan miedo de darte la vida. Y concede a nuestras comunidades la gracia de acompañar, cuidar y sostener los llamados.

6. Un gesto concreto para comenzar bien

Te propongo una “práctica mariana” para estos días: toma un momento cada noche y haz tres movimientos sencillos:

1.    Agradece un signo de Dios del día.

2.    Presenta una herida o preocupación.

3.    Escucha una frase del Evangelio (aunque sea una línea) y pregúntate: “¿Qué me ilumina hoy esta Palabra?”

Es el modo de María: recoger, meditar, discernir.


Oración final (breve)

Santa María, Madre de Dios, guarda a la Iglesia bajo tu manto. Enséñanos a leer la vida a la luz de la Palabra. Pon en nuestro corazón el nombre de Jesús, para que este año sea camino de bendición y de paz. Y suscita en tu pueblo vocaciones santas para la misión. Amén.

 

 

2

 

Hermanos y hermanas, hoy la Iglesia nos hace comenzar el año con una certeza luminosa: Dios no se cansa de bendecir, y lo hace por un camino humilde y entrañable: una Mujer, María; un Niño, Jesús; una Familia, la de Nazaret; y un corazón que “desborda”.

El Corazón Inmaculado de María, tan lleno de amor y gracia, que se derrama. No es poesía sin fundamento: es Evangelio vivido. María no es una figura lejana; es una Madre con el corazón “rebosante”, y ese desbordamiento es la manera de Dios para acercarse a nosotros.

1) “El Señor haga brillar su rostro sobre ti” (Nm 6,22-27): el año empieza bajo una bendición

La primera lectura nos entrega la bendición sacerdotal, como una “cobija” espiritual para el año que inicia. No es un deseo humano, es una palabra eficaz:

  • El Señor te bendiga y te proteja.
  • Haga brillar su rostro sobre ti.
  • Te conceda la paz.

Comenzar el año así es aprender a vivir desde otra lógica: no la del temor, ni la de la prisa, ni la de “a ver cómo me va”, sino la certeza de que el rostro de Dios está inclinado sobre tu historia.

Y aquí entra María: porque el rostro de Dios, que antes era promesa, se ha hecho visible en su Hijo. Lo que pedía el pueblo —“haz brillar tu rostro”— ahora tiene nombre y carne: Jesús. María es la primera en contemplar ese Rostro y, por eso, es también la primera en enseñarnos a recibir la bendición.

2) “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4,4-7): la plenitud del tiempo y la plenitud del corazón

San Pablo nos abre el misterio: cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios no envió una idea, ni un decreto, ni un ángel: envió a su Hijo, nacido de mujer. En otras palabras: Dios quiso que la salvación pasara por el “sí” de María y por la ternura de una maternidad real.

¿Para qué? Para que nosotros dejáramos de vivir como esclavos y comenzáramos a vivir como hijos: “Abbá, Padre”.
Esto cambia todo. Una Iglesia que evangeliza no puede hacerlo desde la esclavitud de la ansiedad o del desaliento; evangeliza desde la libertad de saberse hija, amada, sostenida.

Y las vocaciones nacen aquí: nadie responde con alegría si no ha sentido primero que Dios le dice: “Tú eres mío; eres mi hijo; eres mi hija”.

3) “Los pastores fueron corriendo… y María conservaba todo en su corazón” (Lc 2,16-21): el doble movimiento del discípulo

El Evangelio nos muestra dos actitudes complementarias:

  • Los pastores: van aprisa, encuentran, cuentan lo que han visto y oído, contagian asombro.
  • María: conserva y medita. No hace ruido, pero hace algo inmenso: deja que el misterio la habite.

Alguien, comentando este evangelio,  lo expresa de forma bellísima: el corazón de María está tan lleno de gracia que se desborda. Los pastores, con su visita y adoración, “provocan” ese desbordamiento: María recibe su testimonio y lo guarda; pero también ella los bendice más, porque su corazón se vuelve instrumento del amor de Dios.

Aquí hay una lección pastoral enorme: la evangelización no es solo hablar; es también gestar. No es solo salir corriendo; es también guardar.
La Iglesia necesita pastores que anuncien y comunidades que mediten. Necesita misioneros de calle y contemplativos del corazón. Y cuando ambas cosas se abrazan, el Evangelio florece.

4) ¿Por qué “Madre de Dios”? Un título que protege la fe y sana la vida

Hoy celebramos un título que parece simple, pero sostiene toda nuestra fe: María es Madre de Dios porque Jesús, su Hijo, es verdaderamente Dios.

Esto no engrandece a María por encima de Dios; al contrario: protege la verdad de Jesús. Si el que nació de ella es Dios hecho hombre, entonces nuestra fe no se basa en un mito, sino en un acontecimiento: Dios entró en nuestra historia.

Y si Dios entró así, entonces ninguna vida está fuera de su alcance. Ninguna familia, ninguna herida, ninguna vocación en crisis, ningún corazón cansado: Dios ha querido tener Madre para que nadie se sienta huérfano en la fe.

5) “Corazón que desborda”: María, Madre y mediadora en la vida de la Iglesia

Alguien comentando este texto dice algo profundo: como el Corazón Inmaculado de María está rebosante, ella sigue derramando amor y gracia sobre sus hijos espirituales, que somos nosotros en la Iglesia.

Entendámoslo bien: María no reemplaza a Cristo; nos lleva a Cristo. Su mediación es materna: como en Caná, no se pone en el centro; se pone al servicio del “Hagan lo que Él les diga”.

Por eso hoy, al comenzar el año, la Iglesia nos invita a un acto sencillo y fuerte: acoger la maternidad de María.
No como devoción decorativa, sino como camino de vida: dejarse cuidar, dejarse corregir, dejarse llevar de la mano hacia Jesús.

6) Intención del día: Obra evangelizadora y Vocaciones

Si María es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, entonces nuestras dos intenciones de hoy se iluminan solas:

a) Por la Obra evangelizadora:
Que el anuncio de la Iglesia nazca de un corazón lleno, no vacío. Evangeliza mejor el que se sabe bendecido, perdonado, acompañado. Que nuestras comunidades sean como María: capaces de escuchar, de guardar, de discernir, y luego de ofrecer a Jesús al mundo con humildad.

b) Por las Vocaciones:
Que el Señor siga llamando, y que nosotros sepamos crear ambientes donde la llamada pueda crecer: hogares que oren, parroquias que acompañen, sacerdotes y consagrados que sean testigos felices, jóvenes que no tengan miedo de decir “sí”.
Y que quienes ya han respondido, no se apaguen: que vuelvan a la fuente, al corazón, a la gracia.

7) Un gesto concreto para empezar el año “a la manera de María”

Te propongo una práctica breve, para vivir este día como escuela de María:

1.    Bendice tu casa con la palabra de Números: “El Señor haga brillar su rostro sobre ti”.

2.    Nombra a Jesús en tu oración: “Jesús, mi Salvador, guía este año”.

3.    Guarda en el corazón un acontecimiento: el más alegre o el más difícil… y dile al Señor: “Enséñame a leerlo a tu luz”.

Esto es espiritualidad madura: no negar la vida, sino interpretarla en Dios.


Oración final

Madre de Dios, tu corazón rebosa de amor y gracia. Recíbenos como hijos, acompáñanos en este año que comienza. Alcanza para la Iglesia un nuevo ardor misionero y vocaciones santas y valientes. Enséñanos a conservar y meditar la Palabra, y a ofrecer a Jesús al mundo con alegría.
Madre de Dios, ruega por nosotros. Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

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