Primero de septiembre del 2026: martes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

La obra revela al Artífice

La belleza y la bondad de la Creación revelan el esplendor del Creador. Su finalidad no es solamente estética: nos abren a la sabiduría y a la bondad de Dios, que sostiene todas las cosas y confía el mundo a nuestro cuidado. Contemplar la Creación es reconocer su presencia, darle gracias y proteger responsablemente cuanto hemos recibido.

 

Primera lectura

1 Cor 2, 10b-16
El hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios; en cambio, el hombre espiritual lo juzga todo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos.
Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14 (R.: 17a)

R. El Señor es justo en todos sus caminos.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. 
R.

V. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.

 

Evangelio

Lc 4, 31-37

Sé quién eres: el Santo de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz:
«¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús le increpó diciendo:
«¡Cállate y sal de él!».
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí:
«¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor.

 

*********

 

La obra revela al Artífice

Hermanos, solemos reconocer a un artista por sus obras. Un cuadro, una melodía o una construcción nos hablan de las capacidades, la sensibilidad y hasta de la personalidad de quien los realizó. De una manera mucho más profunda, la belleza y la bondad de la creación nos hablan de Dios. Como dice el título de nuestra reflexión: la obra revela al Artífice.

Cuando contemplamos el cielo, los campos, las montañas, la diversidad de los animales y, especialmente, la dignidad del ser humano, descubrimos que el mundo no es fruto del absurdo. La creación lleva las huellas de la sabiduría y del amor de Dios. Así lo proclama el salmo de hoy: «El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Todo cuanto existe está sostenido por su providencia y acompañado por su ternura.

Pero no siempre sabemos mirar. Podemos acostumbrarnos tanto a los dones recibidos que terminamos considerándolos como algo normal o como un derecho adquirido. Dejamos de maravillarnos por el regalo de la vida, por el alimento cotidiano, por la familia, por la amistad, por la posibilidad de servir o por las personas que Dios pone en nuestro camino. La falta de contemplación conduce fácilmente a la ingratitud; en cambio, quien aprende a contemplar descubre motivos para bendecir al Señor incluso en medio de las dificultades.

La primera lectura nos enseña que para reconocer plenamente los dones de Dios necesitamos la luz del Espíritu Santo. San Pablo afirma: «El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios». La inteligencia humana puede descubrir muchas cosas, pero solo el Espíritu nos ayuda a comprenderlas como dones y llamadas de Dios. Por eso añade el apóstol: «Nosotros hemos recibido el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido».

Esta es una afirmación muy importante para nuestra vida espiritual. No basta con tener ojos; necesitamos aprender a mirar con fe. No basta con tener oídos; necesitamos escuchar lo que Dios quiere comunicarnos. No basta con recibir bendiciones; necesitamos reconocer de quién proceden y para qué nos han sido concedidas. El Espíritu Santo nos ayuda a pasar de la simple admiración a la gratitud, y de la gratitud al compromiso. Lo que hemos recibido gratuitamente no puede quedar encerrado en nosotros: debe ponerse al servicio de los demás.

En el Evangelio, Jesús llega a Cafarnaún y enseña con una autoridad que sorprende a todos. Su palabra no es un discurso vacío; posee poder para tocar la vida y liberar a un hombre atormentado por un espíritu impuro. Incluso el demonio reconoce su identidad y exclama: «Sé quién eres: el Santo de Dios».

Las obras de Jesús revelan quién es Él. Su manera de enseñar, de acercarse a los sufrientes, de enfrentarse al mal y de devolver la libertad manifiesta que Dios ha visitado a su pueblo. Jesús no utiliza su autoridad para dominar, humillar o buscar reconocimientos; la emplea para liberar, sanar y devolver a cada persona su dignidad. Esta es la autoridad de Dios: el poder del amor que vence el mal y abre caminos de vida nueva.

También nuestras acciones revelan lo que hay en nuestro corazón. Podemos decir muchas palabras hermosas, pero finalmente nuestras obras muestran si vivimos según el Espíritu de Dios o según los criterios egoístas del mundo. Una palabra de consuelo, una visita al enfermo, una ayuda oportuna, un perdón ofrecido, una colaboración generosa o un servicio realizado discretamente pueden hablar de Dios con mayor fuerza que muchos discursos.

Hoy queremos reconocer precisamente esas obras de amor en nuestros benefactores. Oramos por las personas que, con generosidad, comparten parte de sus bienes, su tiempo, sus conocimientos y sus esfuerzos para sostener la evangelización, acompañar las necesidades de la comunidad y socorrer a quienes atraviesan momentos difíciles. Muchos de ellos ayudan sin buscar reconocimiento; quizá su nombre no aparece públicamente, pero está escrito en el corazón de Dios.

La generosidad de nuestros benefactores es también una forma concreta de la providencia divina. Dios puede alimentar, consolar y sostener a sus hijos mediante las manos abiertas de otras personas. Cuando alguien comparte lo que posee, se convierte en instrumento de la bondad de Dios. Su obra generosa nos permite vislumbrar algo del gran Artífice, porque allí donde existe una caridad auténtica se hace visible la presencia del Señor.

Sin embargo, la oración por nuestros benefactores debe llevarnos también a revisar nuestra propia vida. Todos podemos ser benefactores de alguien. Quizá no todos podamos ofrecer grandes ayudas económicas, pero todos podemos compartir algo: tiempo, escucha, cercanía, conocimientos, trabajo, una palabra de esperanza o una oración sincera. Nadie es tan pobre que no tenga algo para ofrecer, ni tan rico que no necesite recibir de los demás.

Pidamos, entonces, que el Espíritu Santo nos conceda una mirada contemplativa para descubrir las huellas de Dios en la creación, en su Palabra y en las personas que hacen el bien. Que nuestras propias acciones revelen también la bondad del Padre y la autoridad liberadora de Jesucristo.

Pidamos que Dios bendiga abundantemente a nuestros benefactores, recompense su generosidad, proteja sus familias y les conceda cuanto necesitan. Que el Espíritu Santo nos enseñe también a nosotros a reconocer los dones recibidos y a convertir nuestra vida en una obra que revele la belleza, la bondad y la misericordia de nuestro Creador. Amén.

 

 

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