El desafío de la unidad
(Juan 21,20-25) Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba ilustran
la diversidad de los miembros del cuerpo de Cristo. Una diversidad que cada uno
está llamado a acoger. Esto supone liberarse de la comparación y vivir
plenamente lo que se nos ha dado y lo que se nos pide ser. Pentecostés, que
celebraremos mañana, no nos enseña otra cosa que la unidad en la diversidad. Un
desafío que debemos asumir y que implica estar enraizados en Cristo y
disponibles al Espíritu.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Permaneció en
Roma, predicando el reino de Dios
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
CUANDO llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa,
con el soldado que lo vigilaba.
Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les
dijo:
«Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones
de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los
romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban
nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado
a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por
este motivo, pues, los he llamado para verlos y hablar con ustedes; pues por
causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas».
Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos
los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se
refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Los
buenos verán tu rostro, Señor.
O bien:
R. Aleluya.
V. El
Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres. R.
V. El Señor
examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro. R.
Aclamación
V. Les
enviaré el Espíritu de la verdad —dice el Señor—; él los guiará hasta la verdad
plena. R.
Evangelio
Este es el
discípulo que ha escrito esto, y su testimonio es verdadero
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien
Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado:
«Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús:
«Señor, y este, ¿qué?».
Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no
moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede
hasta que yo venga, ¿a ti qué?».
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros
sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el
mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.
Palabra del Señor.
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Queridos hermanos:
Estamos en la víspera de Pentecostés. La Pascua
llega a su plenitud y la Iglesia se prepara para recibir nuevamente el don del
Espíritu Santo. Y la Palabra de Dios de este sábado nos coloca ante una verdad
muy necesaria para la vida cristiana: seguir a Cristo no significa vivir
comparándonos con los demás, sino descubrir con humildad la propia misión
dentro del cuerpo de la Iglesia.
En el Evangelio, Pedro acaba de recibir de Jesús
una misión muy grande: “Apacienta mis ovejas”. También ha escuchado que su
seguimiento lo llevará por caminos de entrega, incluso de cruz. Pero
inmediatamente mira hacia atrás y ve al discípulo amado. Entonces pregunta:
“Señor, ¿y éste qué?”
Esa pregunta de Pedro es muy humana. También nosotros
la hacemos muchas veces: “¿Y él por qué tiene ese camino? ¿Y ella por qué
recibe ese don? ¿Y aquel por qué tiene más reconocimiento? ¿Y yo por qué tengo
que cargar con esto?” La comparación es una de las tentaciones más frecuentes
del corazón humano. Nos roba la paz, nos distrae de la misión y nos hace
olvidar que Dios no trabaja en serie, sino que llama a cada uno por su nombre.
Jesús responde con firmeza y ternura: “Si quiero
que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.” Es decir: Pedro, no
vivas mirando el camino del otro. No midas tu vocación con la vocación ajena.
No conviertas la vida espiritual en competencia. Tu tarea es seguirme.
Aquí aparece el gran desafío de la unidad. La
unidad cristiana no es uniformidad. Pedro no es Juan, y Juan no es Pedro. Pedro
representa el pastoreo, la responsabilidad visible, la roca, la misión de
confirmar a los hermanos. Juan representa la intimidad, la contemplación, la
memoria amorosa del Evangelio, el testimonio del discípulo que se sabe amado.
Ambos son necesarios. Ambos pertenecen a Cristo. Ambos edifican la Iglesia.
También en nuestras comunidades pasa lo mismo. Hay
quienes sirven desde la palabra, otros desde el silencio; unos desde el
liderazgo, otros desde la oración escondida; unos desde la enseñanza, otros
desde la caridad; unos desde la administración, otros desde el canto, la visita
al enfermo, la limpieza del templo, la catequesis, la escucha humilde. El
problema comienza cuando dejamos de agradecer el don propio y empezamos a
envidiar el don ajeno.
La primera lectura nos presenta a san Pablo en
Roma. Está limitado, vigilado, condicionado por las circunstancias, pero no
está apagado. Vive en una casa alquilada, recibe a quienes van a verlo y
anuncia el Reino de Dios “con toda valentía y sin obstáculo”. Pablo podría
haberse lamentado: “¿Por qué otros predican libres y yo estoy preso? ¿Por qué
otros viajan y yo estoy detenido?” Pero no se deja paralizar por la
comparación. Desde el lugar donde está, con lo que tiene, hace lo que Dios le
pide.
Ese es un gran mensaje para nosotros: la misión
no comienza cuando todo es perfecto; la misión comienza cuando, incluso en
medio de límites, decimos: Señor, aquí estoy. Pablo evangeliza desde su
encierro. Pedro seguirá a Cristo hasta dar la vida. Juan testimoniará el amor
del Señor. María permanecerá fiel, orante y disponible.
Por eso la memoria de María en sábado ilumina
bellamente esta Palabra. María no compite, no reclama protagonismo, no pregunta
por qué otros ocupan ciertos lugares. Ella guarda, acompaña, intercede,
permanece. En el Cenáculo, junto a los discípulos, espera el Espíritu Santo.
María es madre de la unidad porque no uniforma a los hijos, sino que los reúne
en torno a Cristo. Ella sabe que cada discípulo tiene un camino, pero todos
necesitan el mismo Espíritu.
El salmo nos recuerda que “el Señor ama la
justicia” y que “los buenos verán su rostro”. Esa es la meta: no sobresalir
sobre los demás, sino ver el rostro de Dios. No ganar una comparación, sino
vivir en fidelidad. No preguntarnos obsesivamente qué pasa con el otro, sino
escuchar cada día la voz del Señor que nos dice: “Tú sígueme.”
Mañana celebraremos Pentecostés. El Espíritu Santo
no elimina las diferencias: las purifica, las armoniza y las pone al servicio
del bien común. En Pentecostés todos entienden el mensaje, aunque vienen de
pueblos distintos y lenguas distintas. La Iglesia nace como una comunidad
plural, pero unida por el mismo fuego, por el mismo Señor, por la misma misión.
Pidamos hoy la gracia de liberarnos del veneno de
la comparación. Que no miremos al hermano como rival, sino como regalo. Que no
despreciemos nuestro propio camino por admirar o envidiar el de otro. Que
aprendamos a decir: Señor, no quiero vivir preguntando “¿y éste qué?”; quiero
responder con amor a tu llamado: “Tú sígueme.”
Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a
esperar el Espíritu Santo con corazón humilde, disponible y fraterno. Que ella
nos ayude a ser comunidades donde la diversidad no divida, sino que embellezca;
donde cada carisma encuentre su lugar; donde cada persona se sienta llamada,
amada y enviada.
Amén.

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