viernes, 22 de mayo de 2026

23 de mayo del 2026: sábado de la séptima semana de Pascua

El desafío de la unidad

(Juan 21,20-25) Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba ilustran la diversidad de los miembros del cuerpo de Cristo. Una diversidad que cada uno está llamado a acoger. Esto supone liberarse de la comparación y vivir plenamente lo que se nos ha dado y lo que se nos pide ser. Pentecostés, que celebraremos mañana, no nos enseña otra cosa que la unidad en la diversidad. Un desafío que debemos asumir y que implica estar enraizados en Cristo y disponibles al Espíritu.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 28, 16-20. 30-31
Permaneció en Roma, predicando el reino de Dios

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

CUANDO llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba.
Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo:
«Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo, pues, los he llamado para verlos y hablar con ustedes; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas».
Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 10, 4. 5 y 7 (R.: cf. 7b)

R. Los buenos verán tu rostro, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres. 
R.

V. El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les enviaré el Espíritu de la verdad —dice el Señor—; él los guiará hasta la verdad plena. R. 

 

Evangelio

Jn 21, 20-25

Este es el discípulo que ha escrito esto, y su testimonio es verdadero

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús:
«Señor, y este, ¿qué?».
Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?».
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Estamos en la víspera de Pentecostés. La Pascua llega a su plenitud y la Iglesia se prepara para recibir nuevamente el don del Espíritu Santo. Y la Palabra de Dios de este sábado nos coloca ante una verdad muy necesaria para la vida cristiana: seguir a Cristo no significa vivir comparándonos con los demás, sino descubrir con humildad la propia misión dentro del cuerpo de la Iglesia.

En el Evangelio, Pedro acaba de recibir de Jesús una misión muy grande: “Apacienta mis ovejas”. También ha escuchado que su seguimiento lo llevará por caminos de entrega, incluso de cruz. Pero inmediatamente mira hacia atrás y ve al discípulo amado. Entonces pregunta: “Señor, ¿y éste qué?”

Esa pregunta de Pedro es muy humana. También nosotros la hacemos muchas veces: “¿Y él por qué tiene ese camino? ¿Y ella por qué recibe ese don? ¿Y aquel por qué tiene más reconocimiento? ¿Y yo por qué tengo que cargar con esto?” La comparación es una de las tentaciones más frecuentes del corazón humano. Nos roba la paz, nos distrae de la misión y nos hace olvidar que Dios no trabaja en serie, sino que llama a cada uno por su nombre.

Jesús responde con firmeza y ternura: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.” Es decir: Pedro, no vivas mirando el camino del otro. No midas tu vocación con la vocación ajena. No conviertas la vida espiritual en competencia. Tu tarea es seguirme.

Aquí aparece el gran desafío de la unidad. La unidad cristiana no es uniformidad. Pedro no es Juan, y Juan no es Pedro. Pedro representa el pastoreo, la responsabilidad visible, la roca, la misión de confirmar a los hermanos. Juan representa la intimidad, la contemplación, la memoria amorosa del Evangelio, el testimonio del discípulo que se sabe amado. Ambos son necesarios. Ambos pertenecen a Cristo. Ambos edifican la Iglesia.

También en nuestras comunidades pasa lo mismo. Hay quienes sirven desde la palabra, otros desde el silencio; unos desde el liderazgo, otros desde la oración escondida; unos desde la enseñanza, otros desde la caridad; unos desde la administración, otros desde el canto, la visita al enfermo, la limpieza del templo, la catequesis, la escucha humilde. El problema comienza cuando dejamos de agradecer el don propio y empezamos a envidiar el don ajeno.

La primera lectura nos presenta a san Pablo en Roma. Está limitado, vigilado, condicionado por las circunstancias, pero no está apagado. Vive en una casa alquilada, recibe a quienes van a verlo y anuncia el Reino de Dios “con toda valentía y sin obstáculo”. Pablo podría haberse lamentado: “¿Por qué otros predican libres y yo estoy preso? ¿Por qué otros viajan y yo estoy detenido?” Pero no se deja paralizar por la comparación. Desde el lugar donde está, con lo que tiene, hace lo que Dios le pide.

Ese es un gran mensaje para nosotros: la misión no comienza cuando todo es perfecto; la misión comienza cuando, incluso en medio de límites, decimos: Señor, aquí estoy. Pablo evangeliza desde su encierro. Pedro seguirá a Cristo hasta dar la vida. Juan testimoniará el amor del Señor. María permanecerá fiel, orante y disponible.

Por eso la memoria de María en sábado ilumina bellamente esta Palabra. María no compite, no reclama protagonismo, no pregunta por qué otros ocupan ciertos lugares. Ella guarda, acompaña, intercede, permanece. En el Cenáculo, junto a los discípulos, espera el Espíritu Santo. María es madre de la unidad porque no uniforma a los hijos, sino que los reúne en torno a Cristo. Ella sabe que cada discípulo tiene un camino, pero todos necesitan el mismo Espíritu.

El salmo nos recuerda que “el Señor ama la justicia” y que “los buenos verán su rostro”. Esa es la meta: no sobresalir sobre los demás, sino ver el rostro de Dios. No ganar una comparación, sino vivir en fidelidad. No preguntarnos obsesivamente qué pasa con el otro, sino escuchar cada día la voz del Señor que nos dice: “Tú sígueme.”

Mañana celebraremos Pentecostés. El Espíritu Santo no elimina las diferencias: las purifica, las armoniza y las pone al servicio del bien común. En Pentecostés todos entienden el mensaje, aunque vienen de pueblos distintos y lenguas distintas. La Iglesia nace como una comunidad plural, pero unida por el mismo fuego, por el mismo Señor, por la misma misión.

Pidamos hoy la gracia de liberarnos del veneno de la comparación. Que no miremos al hermano como rival, sino como regalo. Que no despreciemos nuestro propio camino por admirar o envidiar el de otro. Que aprendamos a decir: Señor, no quiero vivir preguntando “¿y éste qué?”; quiero responder con amor a tu llamado: “Tú sígueme.”

Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a esperar el Espíritu Santo con corazón humilde, disponible y fraterno. Que ella nos ayude a ser comunidades donde la diversidad no divida, sino que embellezca; donde cada carisma encuentre su lugar; donde cada persona se sienta llamada, amada y enviada.

Amén.

 


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