jueves, 21 de mayo de 2026

22 de mayo del 2026: viernes de la séptima semana de Pascua- Santa Rita de Casia- memoria opcional

 

Santo del día:

Santa Rita de Casia

1381-1457. Impulsada por un profundo sentido del perdón y una gran paciencia frente al sufrimiento, esta monja agustina de Casia (Italia) es venerada como la santa patrona de las causas perdidas y desesperadas.

 


Coherencia del Resucitado

(Juan 21,15-19) El Resucitado muestra coherencia entre sus palabras y sus actos. Él guarda a aquellos que el Padre le ha dado y no abandona a su triste suerte a Pedro ni a los discípulos que lo dejaron solo durante la Pasión. Viene a ellos, se toma el tiempo de entablar un diálogo y de hacer avanzar a cada uno en su propia verdad: tanto en su incapacidad de amar con un amor totalmente desinteresado, como en su capacidad de progresar. Dios no nos pide ser “perfectos”, sino encaminarnos hacia la vida en plenitud.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 25, 13b-21
De un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para cumplimentar a Festo. Como se quedaron allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:
«Tengo aquí un hombre a quien Félix ha dejado preso y contra el cual, cuando fui a Jerusalén, presentaron acusación los sumos sacerdotes y los ancianos judíos, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana entregar a un hombre arbitrariamente; primero, el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse de la acusación. Vinieron conmigo, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre.
Pero, cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de las maldades que yo suponía; se trataba solo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgase allí de esto. Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que lo deje en la cárcel para que decida el Augusto, he dado orden de que se le custodie hasta que pueda remitirlo al César».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 11-12. 19-20ab (R.: 19a)

R. El Señor puso en el cielo su trono.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. 
R.

V. El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendigan al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu Santo será quien se lo enseñe todo a ustedes y les vaya recordando todo lo que les he dicho. R.

 

Evangelio

Jn 21, 15-19

Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

HABIÉNDOSE aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
«Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó:
«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
«Sígueme».

Palabra del Señor.

 

1

 

“¿Me amas?... Apacienta mis ovejas”

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este viernes de la séptima semana de Pascua nos colocan ante una verdad profundamente consoladora: Dios no abandona a los suyos, ni siquiera cuando han fallado, ni siquiera cuando están confundidos, ni siquiera cuando cargan heridas en el cuerpo o en el alma.

En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a Pablo prisionero. Su causa parece judicial, política, religiosa; pero en el fondo todo gira alrededor de una afirmación decisiva: Jesús, que había muerto, está vivo. Eso es lo que inquieta, lo que divide, lo que desconcierta. Pablo no está preso por una simple idea religiosa, sino por anunciar que la muerte no tuvo la última palabra sobre Cristo.

Y esto ilumina nuestra propia vida. También nosotros, cuando sufrimos, cuando enfermamos, cuando atravesamos angustias, depresiones, duelos, cansancios espirituales o heridas interiores, necesitamos escuchar nuevamente esa certeza: Jesús, que murió, vive. Y porque Él vive, ningún sufrimiento humano queda definitivamente encerrado en la oscuridad.

El salmo nos hace proclamar: “El Señor puso en el cielo su trono”. Es decir, Dios reina. No reina como un tirano distante, sino como un Padre misericordioso. Su trono no es indiferencia, sino compasión; no es frialdad, sino amor. El mismo salmo recuerda que su misericordia es inmensa con quienes lo temen, y que aleja de nosotros nuestras culpas como dista el oriente del ocaso.

Esa misericordia se hace visible de manera bellísima en el Evangelio.

Pedro había negado a Jesús tres veces. Lo había seguido con entusiasmo, había prometido fidelidad, incluso había dicho que daría la vida por Él. Pero cuando llegó la hora de la prueba, tuvo miedo. Lloró amargamente su pecado. Seguramente llevaba por dentro una herida profunda: la vergüenza de haber fallado, el peso de la culpa, la tristeza de no haber estado a la altura.

Y el Resucitado no lo abandona.

Jesús se acerca a Pedro no para humillarlo, no para reprocharle públicamente su traición, no para decirle: “Yo te lo dije”. Jesús se acerca para sanarlo. Y lo sana con una pregunta repetida tres veces: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Tres negaciones, tres preguntas de amor. Donde abundó la fragilidad, sobreabunda la misericordia.

Jesús no le pregunta a Pedro: “¿Por qué me negaste?”
No le pregunta: “¿Te avergüenzas de lo que hiciste?”
No le pregunta: “¿Me vas a fallar otra vez?”
Le pregunta algo más profundo: “¿Me amas?”

Porque para Jesús, lo decisivo no es que Pedro tenga un pasado impecable, sino que todavía conserve un corazón capaz de amar.

Esta es una gran noticia para nosotros. Dios no nos pide presentarle una vida perfecta. Nos pide presentarle una vida sincera. No nos exige llegar ante Él sin heridas, sin contradicciones, sin miedos. Nos pide dejarnos mirar, dejarnos preguntar, dejarnos levantar.

Pedro responde con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.” Ya no presume. Ya no se apoya en sus propias fuerzas. Ya no dice: “Yo jamás te abandonaré.” Ahora se abandona al conocimiento amoroso de Cristo: “Tú lo sabes todo.”

Qué oración tan hermosa para quienes sufren en el cuerpo y en el alma:

“Señor, tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor.
Tú sabes mi cansancio.
Tú sabes mis miedos.
Tú sabes mis heridas escondidas.
Tú sabes que, a pesar de todo, quiero amarte.”

Y Jesús, después de cada respuesta de Pedro, le confía una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas… apacienta mis ovejas.”

Esto también es muy importante: Jesús no solo perdona a Pedro; lo reincorpora a la misión. No lo deja reducido a su pecado. No lo define por su caída. No le dice: “Como fallaste, ya no sirves.” Al contrario, le confía el cuidado de los hermanos.

Así actúa el Resucitado. Él no descarta a los heridos. Los sana y los convierte en servidores de otros heridos.

Por eso esta Palabra es tan luminosa para nuestra intención orante de hoy: orar por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay sufrimientos visibles: enfermedades, limitaciones físicas, dolores crónicos, tratamientos, cansancio, dependencia. Pero hay también sufrimientos invisibles: ansiedad, depresión, soledad, culpa, heridas familiares, duelos no resueltos, decepciones, sensación de fracaso, cansancio espiritual.

A todos ellos, el Señor les dice hoy: “No estás abandonado. Yo vuelvo a ti. Yo me siento contigo. Yo dialogo contigo. Yo no te reduzco a tu dolor. Yo te sigo llamando a la vida.”

El Evangelio termina con una palabra exigente y hermosa: “Sígueme.”

Después de la herida, “sígueme”.
Después del pecado, “sígueme”.
Después del llanto, “sígueme”.
Después de la enfermedad, “sígueme”.
Después de la noche oscura, “sígueme”.

Seguir a Cristo no significa no sufrir. Pedro mismo escuchará que su seguimiento lo llevará por caminos difíciles. Pero seguir a Cristo significa que el dolor ya no se vive solo, que la cruz ya no es un absurdo, que la fragilidad puede convertirse en lugar de encuentro con Dios.

Hermanos, hoy pidamos al Señor tres gracias.

Primero, la gracia de dejarnos mirar por Cristo. Que no huyamos de su mirada cuando nos sentimos indignos. Su mirada no destruye; reconstruye.

Segundo, la gracia de responder con sinceridad. No hace falta fingir una santidad que no tenemos. Basta decir: “Señor, tú sabes que quiero amarte, aunque soy débil.”

Y tercero, la gracia de cuidar a los demás desde nuestras propias heridas sanadas. Quien ha sufrido puede volverse más compasivo. Quien ha sido perdonado puede perdonar mejor. Quien ha sido levantado por Cristo puede ayudar a levantar a otros.

Que el Resucitado, coherente en su amor, fiel a su promesa, cercano a sus discípulos frágiles, visite hoy a todos los enfermos, a todos los tristes, a todos los abatidos, a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma.

Y que, como Pedro, podamos decirle humildemente:

“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos muestra una de las escenas más hermosas de la Pascua: Jesús Resucitado se encuentra con Pedro después de sus negaciones. Pedro había fallado. Había prometido fidelidad, pero en la hora de la prueba tuvo miedo y negó al Maestro tres veces.

Y, sin embargo, Jesús no lo rechaza. No lo humilla. No le pregunta: “¿Por qué me traicionaste?” Le pregunta algo mucho más profundo: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Tres veces Pedro lo negó; tres veces Jesús le permite responder desde el amor. Es como si el Señor sanara, una por una, las heridas de su caída.

Pedro ya no presume. Ya no dice que será más fiel que los demás. Responde con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Esta frase puede ser hoy nuestra oración, especialmente por quienes sufren en el cuerpo y en el alma:

Señor, tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor, mi cansancio, mi enfermedad, mi tristeza, mis miedos.
Tú sabes que soy frágil, pero también sabes que quiero amarte.

Jesús se encuentra con Pedro allí donde está. No le exige un amor perfecto para volver a confiar en él. Acepta su amor pobre, sincero, herido, y desde ahí lo levanta. Pero no solo lo perdona: también le confía una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas.”

Esto nos recuerda que Dios no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Él nos toma como somos, con nuestras heridas y debilidades, pero nos invita a crecer, a amar más, a servir mejor.

En la primera lectura, san Pablo está prisionero por anunciar que Jesús, que había muerto, está vivo. Esa es la gran noticia que sostiene nuestra fe: Cristo vive. Y si Cristo vive, ninguna caída, ningún dolor, ninguna enfermedad, ninguna tristeza tiene la última palabra.

El salmo nos recuerda que el Señor reina desde el cielo, pero su reinado es de misericordia: aleja de nosotros nuestras culpas y nos cubre con su amor.

Hermanos, hoy Jesús también nos pregunta: “¿Me amas?” No para condenarnos, sino para sanarnos. No para avergonzarnos, sino para levantarnos.

Y después nos dice: “Sígueme.”

Sígueme en tu fragilidad.
Sígueme en tu enfermedad.
Sígueme en tu cansancio.
Sígueme aun con tus heridas.

Pidamos al Señor Resucitado que visite hoy a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma, y que nos conceda responderle con humildad y confianza:

“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Amén.

 

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22 de mayo: Santa Rita de Casia – Memoria opcional

1386–1457
Patrona de las víctimas de abuso, causas imposibles, enfermedades, heridas, paternidad y viudez.
Invocada contra los problemas matrimoniales, peleas y discordias, e infertilidad.
Canonizada por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.



Cita:

"Queridos hermanos y hermanas, la devoción mundial a Santa Rita está simbolizada por la rosa. Se espera que la vida de quienes la veneran sea como la rosa recogida en el jardín de Roccaporena en el invierno antes de la muerte de la santa. Es decir, que sea una vida sostenida por un amor apasionado al Señor Jesús; una vida capaz de responder al sufrimiento y a las espinas con el perdón y la entrega total de sí mismo, para difundir por todas partes el buen olor de Cristo (cf. 2 Cor 2,15) mediante una proclamación constante del Evangelio."
~ Discurso de San Juan Pablo II


Reflexión:

Margherita Lotti, conocida como Rita, nació en un pequeño pueblo cerca de Casia, Italia, en el seno de una familia de padres de edad avanzada. Tras años de infertilidad, sus padres vieron en su nacimiento una respuesta directa de Dios. Desde niña, Rita mostró una fe tan profunda que sus padres le construyeron un pequeño oratorio en casa para orar. Su deseo era entrar al convento, pero siguiendo las costumbres de la época, fue entregada en matrimonio a los doce años.

Rita es venerada como patrona de las causas imposibles, en parte debido al matrimonio difícil y doloroso que soportó con paciencia y amor. Su esposo era conocido por su carácter violento y cruel, tanto en lo físico como en lo emocional. Sin embargo, durante los dieciocho años de matrimonio, sus oraciones y su testimonio de virtud suavizaron poco a poco el corazón de su esposo, quien finalmente se acercó a Dios.

Tuvieron dos hijos, posiblemente gemelos, a quienes Rita educó en la fe católica con devoción maternal. En ese tiempo, eran comunes los conflictos entre familias. Su esposo, Paolo, pertenecía a la familia Mancini, enemistada con la familia Chiqui. Rita rezaba a diario por el fin de esa rivalidad. Sus súplicas dieron fruto: Paolo, ya convertido, intentó reconciliarse con los Chiqui, pero fue asesinado con engaño.

En el funeral, Rita perdonó públicamente al asesino de su esposo. Pero su cuñado Bernardo instigó a sus hijos a vengar la muerte del padre. Ante su negativa a perdonar, Rita recurrió a la oración. Pidió a Dios que preservara a sus hijos del pecado mortal del asesinato, incluso si eso significaba llevarlos al cielo antes. Dios la escuchó, y ambos murieron de disentería en el plazo de un año.

Ya viuda y sin hijos, Rita pidió entrar al convento. Fue rechazada por haber sido casada y por el escándalo de la muerte violenta de su esposo. Entonces, se consagró a buscar la paz definitiva entre su familia y los Chiqui. Oró fervientemente por la intercesión de sus santos patronos: san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino. También pidió la ayuda de santa María Magdalena, patrona del convento que deseaba. Finalmente, la reconciliación llegó, y Rita fue admitida en el convento de Santa María Magdalena en Casia. Una antigua tradición piadosa dice que sus tres santos patronos la introdujeron milagrosamente al convento a través de sus puertas cerradas.

Durante los cuarenta años de vida religiosa, Rita vivió en oración profunda, muchas veces durante toda la noche. Aceptó penitencias severas con alegría y se alimentaba solo una vez al día, principalmente del Santísimo Sacramento. Su fama de santidad atrajo a muchos que buscaban su intercesión. Algunos testimonios atribuyen milagros a sus oraciones.

A los 60 años, en oración ante el crucifijo, recibió los estigmas en forma de una herida en la frente, causada por una espina de la corona de Cristo. Este don místico habría ocurrido después de escuchar una predicación de san Jaime de la Marca sobre la corona de espinas. La herida era tan dolorosa y repulsiva que pasó la última década de su vida en reclusión, incluso de las demás religiosas. Solo una vez salió del convento: en una peregrinación a Roma. Milagrosamente, la herida sanó antes del viaje y reapareció al regresar.

Rita murió de tuberculosis a los 70 años. Su cuerpo fue hallado incorrupto al ser exhumado, y hoy reposa en un relicario de cristal en la Basílica de Santa Rita en Casia. Se afirma que a veces su cuerpo se eleva y que un suave perfume inunda el lugar.

Santa Rita sufrió profundamente, pero unió todo ese dolor a los sufrimientos de Cristo. Su deseo de infancia de ser religiosa se cumplió después de una vida marcada por la violencia, la pérdida y la renuncia. Vivió la entrega radical, el perdón heroico, la penitencia amorosa y la obediencia santa.


Invitación final:

Medita en tus propios sufrimientos. Si alguno se asemeja a los de Santa Rita —en el matrimonio, la pérdida, la familia, la salud o las heridas del alma—, une ese dolor al de Cristo crucificado y permite que Él transforme tu cruz en resurrección. Así, como Rita, llevarás el buen olor de Cristo al mundo.


Oración:

Santa Rita, tú que sufriste tanto a lo largo de tu vida, abrazando con amor cada herida y uniéndola a la Pasión de tu Salvador,
intercede por mí,
para que yo también sea fortalecido en la caridad,
acepte con amor toda cruz,
y busque la paz en mi corazón y en los que me rodean.
Santa Rita de Casia, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío. Amén.

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