Signo
por excelencia
Desde
su prisión, Juan el Bautista se pregunta por la identidad de Jesús: «¿Eres
tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?».
A
esta pregunta, Jesús responde con actos de sanación: los ciegos ven, los cojos
caminan, los leprosos quedan purificados, los sordos oyen, los muertos
resucitan. La sabiduría africana enseña que «es al pie del muro donde se
conoce al albañil». Del mismo modo, es en los frutos de su acción donde
Jesús se revela como el Mesías esperado.
La
fe cristiana no es, ante todo, una idea, sino una experiencia de salvación que
transforma la realidad. Jesús no da solamente signos: él mismo es, por
excelencia, el signo del Reino.
En nuestro mundo,
marcado por las heridas provocadas por guerras, migraciones forzadas,
desigualdades sociales y la crisis ecológica, necesitamos mirar hacia los
“signos” de Dios en acción. El Reino está presente a través de los múltiples y
humildes compromisos por la justicia, sin olvidar los gestos de solidaridad que
devuelven dignidad a los frágiles de nuestras sociedades.
Juan
el Bautista puede ser un modelo para nosotros, y Jesús tiene razón al
elogiarlo. Seamos como él: hombres y mujeres en pie, que no buscan vivir en
palacios sino en el desierto, cercanos a la gente y fieles a su misión.
Seamos
testigos de un Evangelio que abre caminos de esperanza para nuestros
contemporáneos en búsqueda de sentido.
En los momentos de
prueba, ¿cómo reconozco la presencia de Cristo actuando en mi vida?
¿De qué manera puedo ser un “Juan el Bautista” para hoy?
¿Qué hago para preparar el camino de Cristo allí donde vivo?
Jean-Paul Sagadou, prêtre
assomptionniste, rédacteur en chef de Prions en Église Afrique
Primera lectura
Is
35, 1-6a. 10
Dios
viene en persona y los salvará
Lectura del libro de Isaías.
EL desierto y el yermo se regocijarán,
se alegrará la estepa y florecerá,
germinará y florecerá como flor de narciso,
festejará con gozo y cantos de júbilo.
Le ha sido dada la gloria del Líbano,
el esplendor del Carmelo y del Sarón.
Contemplarán la gloria del Señor,
la majestad de nuestro Dios.
Fortalezcan las manos débiles,
afiancen las rodillas vacilantes;
digan a los inquietos:
«Sean fuertes, no teman.
¡He aquí su Dios! Llega el desquite,
la retribución de Dios.
Viene en persona y los salvará».
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos,
los oídos de los sordos se abrirán;
entonces saltará el cojo como un ciervo.
Retornan los rescatados del Señor.
Llegarán a Sion con cantos de júbilo:
alegría sin límite en sus rostros.
Los dominan el gozo y la alegría.
Quedan atrás la pena y la aflicción.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
146(145),6c-7. 8-9a.9bc-10
R. Ven, Señor, a
salvarnos.
O
bien:
R. Aleluya.
V. El Señor
mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R.
V. El Señor abre los ojos
al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R.
V. Sustenta al huérfano
y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad. R.
Segunda lectura
St
5, 7-10
Fortalezcan
sus corazones, porque la venida del Señor está cerca
Lectura de la carta del apóstol Santiago.
HERMANOS, esperen con paciencia hasta la venida del Señor.
Miren: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con
paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía.
Esperen con paciencia también ustedes, y fortalezcan sus corazones, porque la
venida del Señor está cerca.
Hermanos, no se quejen los unos de los otros, para que no sean condenados;
miren: el juez está ya a las puertas.
Hermanos, tomen como modelo de resistencia y de paciencia a los profetas que
hablaron en nombre del Señor.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya
V. El Espíritu del Señor
está sobre mí: me ha enviado a evangelizar a los pobres. R.
Evangelio
Mt
11, 2-11
¿Eres
tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó
a sus discípulos a preguntarle:
«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».
Jesús les respondió:
«Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo:
los ciegos ven y los cojos andan;
los leprosos quedan limpios y los sordos oyen;
los muertos resucitan
y los pobres son evangelizados.
¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
«¿Qué salieron ustedes a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el
viento? ¿O qué salieron a ver, un hombre vestido con lujo? Miren, los que
visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salieron?, ¿a ver a
un profeta?
Sí, les digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito:
“Yo envío a mi mensajero delante de ti,
el cual preparará tu camino ante ti”.
En verdad les digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el
Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que
él».
Palabra del Señor.
1
Hermanos,
este tercer domingo de Adviento tiene un nombre antiguo y precioso: Gaudete, “Alégrense”. Pero
la alegría cristiana de hoy no es superficial, no es la sonrisa obligada del
que “tiene que estar bien”. Es una alegría con cicatrices, una alegría que
aprende a mirar con fe cuando la vida aprieta. Por eso la liturgia nos pone al
frente a Juan el Bautista… no en el río, no en la multitud, sino en la cárcel.
1) La pregunta que nace del dolor
Juan
envía a preguntar: «¿Eres
tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» (Mt 11,3).
Qué fuerte: el gran profeta, el hombre del desierto, el que anunció al Mesías
con valentía… ahora duda. Y no por falta de fe, sino porque está probado:
encerrado, limitado, tal vez decepcionado, quizá preguntándose por qué el
“fuego” que predicó no se ve como esperaba.
Esa
pregunta es muy humana. También nosotros, en ciertas horas, preguntamos:
—Señor, ¿de verdad eres Tú? ¿Estás aquí? ¿Por qué no cambian las cosas? ¿Por
qué el dolor no se va? ¿Por qué la injusticia sigue?
Y en el Año Jubilar, cuando proclamamos esperanza, esa esperanza debe ser real,
probada, humilde: esperanza que se atreve a preguntar, pero no se aparta del
Señor.
2) Jesús no responde con discursos: responde
con obras
Lo
más hermoso es cómo responde Jesús. No le manda una teoría; le muestra hechos:
«Los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a
los pobres se les anuncia la Buena Noticia» (Mt 11,5).
Aquí
encaja perfectamente ese proverbio africano: “Es
al pie del muro donde se conoce al albañil”. En otras palabras: por la obra se conoce al Maestro.
La identidad de Jesús se revela en sus frutos: donde llega Él, la vida se
levanta, la dignidad vuelve, la esperanza respira.
Y
esto es clave: la fe
cristiana no es primero una idea; es una experiencia de salvación.
No creemos solo en “algo” sobre Dios, creemos en Alguien que actúa, que
transforma, que sana, que perdona, que abre futuro.
Por
eso Jesús no es solo el que “hace signos”: Él mismo es el Signo por excelencia del Reino.
Donde está Jesús, el Reino está llegando.
3) Isaías: el desierto florece
La
primera lectura (Is 35) es como una ventana abierta:
“El desierto y el yermo se
regocijan… florecerá como flor…”
Y enseguida: “Se
despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará el
cojo…”
Isaías
no describe un paisaje: describe una intervención
de Dios. Cuando Dios visita, lo estéril da fruto, lo árido se
vuelve jardín, lo que parecía acabado vuelve a empezar. Adviento es eso: Dios
viene a lo que parecía sin salida.
Y
el profeta remata con una promesa que hoy necesitamos oír con el corazón:
“Volverán los rescatados…
habrá alegría y gozo… se alejarán pena y aflicción”.
No es magia. Es camino. Es proceso. Pero es promesa fiel.
4) El salmo: Dios sostiene a los frágiles
El
Salmo 146 (145) nos aterriza en lo concreto: Dios hace justicia al oprimido,
da pan al hambriento,
libera a los cautivos,
abre los ojos al ciego,
endereza al encorvado,
protege al extranjero,
sostiene al huérfano y a
la viuda.
¿Se
dan cuenta? La Biblia no habla de un Dios lejano. Habla de un Dios que se
compromete con la vida real. Entonces, si queremos reconocer los “signos” de
Dios hoy, miremos dónde se defiende la dignidad, dónde se alimenta al que no
tiene, dónde se acompaña al migrante, dónde se levanta al caído, dónde se cuida
al enfermo, dónde se protege la casa común.
5) Santiago: paciencia activa, no resignación
La
segunda lectura (St 5,7-10) nos pide una palabra difícil: paciencia. Pero no una
paciencia pasiva, sino la paciencia del sembrador: el agricultor espera la
lluvia, sí, pero trabaja
la tierra. Santiago dice: “Tengan ánimo… no se quejen… fortalezcan el corazón”.
La esperanza cristiana no es “aguantar por aguantar”, es perseverar haciendo el bien,
sosteniendo el alma, cuidando el corazón de la amargura.
En
el Jubileo, esto se vuelve muy concreto: somos peregrinos. Un peregrino no se
instala en el lamento; camina, ora, discierne, se ayuda con otros, y no pierde
el horizonte.
6) ¿Dónde están hoy los signos del Reino?
El
comentario que nos compartes abre una lectura muy actual: nuestro mundo está
herido por guerras, migraciones forzadas, desigualdades y crisis ecológica.
¿Cómo no se va a preguntar hoy tanta gente como Juan: “¿Eres tú… o esperamos a
otro?”?
La
respuesta de Jesús sigue siendo la misma: miren los frutos.
Los signos del Reino no siempre hacen ruido; muchas veces son humildes:
·
una
familia que vuelve a hablarse y perdonarse;
·
un
joven que sale del camino oscuro porque alguien lo acompañó;
·
una
comunidad que no abandona al enfermo;
·
un
gesto de solidaridad que devuelve dignidad;
·
una
acción por justicia que protege al vulnerable;
·
una
decisión concreta de cuidar la creación, la “casa común”.
Donde
esas cosas pasan, Cristo
está actuando.
7) Juan el Bautista: modelo para el discípulo
de hoy
Después
Jesús hace algo precioso: elogia
a Juan. No lo humilla por preguntar. Al contrario: lo presenta
como grande. Porque Juan no buscó palacios, buscó fidelidad; no buscó
comodidad, buscó misión; no buscó quedar bien, buscó verdad.
En
lenguaje de Adviento, Juan es el hombre que enseña a preparar el camino no con
propaganda, sino con vida coherente.
Y
aquí viene la llamada para nosotros, en Año Jubilar:
·
Ser “Juan” hoy es ponernos en pie: no
vivir encorvados por el miedo, el cinismo o la indiferencia.
·
Es
ser cercanos a la gente, especialmente a quien está en “cárceles” modernas:
soledad, adicciones, depresión, violencia intrafamiliar, pobreza,
desplazamiento.
·
Es
preparar el camino con obras: reconciliación, servicio, justicia, oración,
caridad concreta.
8) Tres preguntas para llevar a casa
Te
propongo, para cerrar, quedarnos con las preguntas del texto, pero aterrizadas:
1.
En mis pruebas, ¿cómo reconozco a Cristo
actuando?
Quizá no como yo esperaba, pero sí como Él sabe: abriéndome los ojos,
enderezando mi interior, dándome un hermano, una palabra, una oportunidad.
2.
¿De qué manera puedo ser un “Juan el Bautista”
hoy?
A lo mejor no con grandes discursos, sino siendo una presencia fiel: alguien
que anima, que corrige con caridad, que acompaña, que no abandona.
3.
¿Qué hago esta semana para preparar el camino
del Señor donde vivo?
Una acción concreta: reconciliarme, visitar a alguien, ayudar a un necesitado,
sostener a un migrante, servir en silencio, cuidar la casa común, orar con
perseverancia.
Hermanos,
Gaudete:
alégrense. Porque el Señor no viene con teoría, viene con salvación. Y cuando
Él llega, hasta el desierto puede florecer. Que este Adviento, en el Jubileo,
nos encuentre atentos a los signos humildes del Reino… y dispuestos a ser
nosotros mismos signos vivos de esperanza para los demás. Amén.
2
Hermanos,
hoy la Iglesia nos regala un mandato que suena casi “imprudente” en tiempos
difíciles: ¡Alégrense!
No porque todo esté perfecto, sino porque Dios está actuando. Por eso la corona
enciende una luz distinta, la vela rosada: como cuando el cielo, todavía frío,
empieza a colorearse anunciando que el sol ya viene. En el Año Jubilar, como peregrinos de esperanza,
la alegría es una forma de caminar: no es ingenuidad; es fe en movimiento.
1) “¿Eres tú el que ha de venir…?”
El
Evangelio nos pone delante una escena conmovedora: Juan el Bautista, el valiente, el
profeta, el que señaló al Cordero, está ahora en la cárcel… y
pregunta. “¿Eres tú… o debemos
esperar a otro?”
No es poca cosa: Juan también atraviesa su noche. Y eso, lejos de
escandalizarnos, nos consuela: hasta
los grandes creyentes pueden tener momentos de crisis.
Hay
una crisis que no es pecado: la crisis que nace del dolor, de la espera, de la
decepción cuando Dios no actúa “como yo esperaba”. Juan esperaba quizá un
Mesías fuerte, inmediato, que tumbara injusticias con estruendo… y Jesús está
sanando, predicando, acercándose a los pobres, levantando vidas con
misericordia. Es decir: Dios
está salvando, pero a su manera.
Y
Jesús no le responde con un discurso largo. Le responde con hechos:
“Vayan y cuéntenle a Juan
lo que oyen y ven: los ciegos ven, los cojos andan… y a los pobres se les
anuncia la Buena Noticia.”
En otras palabras: Juan,
mírame por los frutos. Mírame por las señales del Reino.
2) Isaías: el desierto florece… y el corazón
también
La
primera lectura (Is 35) es un himno de esperanza: el desierto florece, los
débiles se fortalecen, los enfermos reciben alivio, el camino se abre. Para un
pueblo exiliado era una promesa concreta: “Dios no los olvida; Dios los trae de
vuelta”.
Pero
hoy también es palabra para nosotros: hay desiertos afuera (violencias,
incertidumbres, familias heridas) y hay desiertos adentro (cansancio
espiritual, rutina, heridas viejas, culpa). El Adviento anuncia esto: Dios puede hacer brotar vida donde
parecía imposible.
Y
aquí entra el Jubileo: el Jubileo siempre es “puerta” y “camino”. Dios nos
dice: vuelve, recomienza,
déjate reconciliar, camina con esperanza. La esperanza cristiana no
niega el dolor; lo atraviesa tomada de la mano del Señor.
3) Santiago: paciencia activa, como el
campesino
Santiago
(St 5) nos baja a tierra: “Tengan
paciencia… fortalezcan el corazón.” Y usa una imagen sencilla:
el agricultor no grita a la semilla; la
cuida y espera.
La paciencia cristiana no es resignación; es perseverancia confiada. Es seguir orando
aunque no vea, seguir haciendo el bien aunque parezca pequeño, seguir sembrando
aunque la cosecha no sea inmediata.
En
la vida pastoral esto es clave: a veces queremos resultados rápidos. Y Dios
trabaja por procesos. El
Adviento educa el corazón para esperar sin amargura.
4) Gaudete: la alegría como testimonio
Permítanme
traer aquella imagen de la anécdota:
La sonrisa del Domingo Gaudete: Hace algunos años,
un joven universitario trabajaba como practicante en el Museo de Historia
Natural de su universidad. Un día, mientras atendía la caja registradora en la
tienda de regalos, vio entrar a una pareja de ancianos con una niña en silla de
ruedas. Al mirarla más de cerca, notó que la niña estaba como “apoyada” en la
silla. El estudiante se dio cuenta de que no tenía brazos ni piernas: solo
cabeza, cuello y torso. Llevaba un vestido blanco con lunares rojos. Cuando los
abuelos la acercaron al mostrador, él giró la cabeza hacia la niña y le guiñó
un ojo. Mientras tanto, recibió el dinero de los abuelos y miró de nuevo a la
niña, que le estaba regalando la sonrisa más dulce y más grande que había visto
en su vida. De repente, su discapacidad desapareció, y todo lo que el
estudiante vio fue a esa niña preciosa, cuya sonrisa lo derritió y casi al
instante le dio un sentido completamente nuevo de lo que trata la vida. Ella lo
sacó de ser un estudiante triste y lo llevó a su mundo: un mundo de sonrisas,
amor y calidez. — Con el encendido de la vela rosada, la tercera en la corona
de Adviento, entre las velas moradas, y con el sacerdote vistiendo ornamentos
rosados, se nos recuerda que estamos llamados a vivir con alegría en nuestro
mundo de dolores y sufrimientos. (P. James Farfaglia) (https://frtonyshomilies.com/).
Un
estudiante ve a una niña con una discapacidad grande… y, sin embargo, lo que lo
transforma no es la explicación del dolor, sino una sonrisa que le cambia el mundo.
Así es el Domingo Gaudete: no niega la cruz; enciende una luz dentro de ella. Hay alegrías que son resistencia del
alma, y esa alegría es profundamente cristiana.
Por
eso hoy el Señor nos deja dos tareas muy claras:
Primera: cuando tengas dudas, no te encierres. Ve a Jesús.
Juan no rompe con Dios; pregunta. Y Jesús no humilla a Juan; lo acompaña y lo
confirma. Si hoy alguien está pasando por una crisis de fe, el camino no es el
aislamiento: es volver al Evangelio, a la oración, a la comunidad, a los
sacramentos, a un diálogo sincero con el Señor.
Segunda: “Vayan y cuenten lo que oyen y ven.”
La fe no es para guardarla en un cajón. ¿Qué significa hoy “contar lo que
vemos”? Significa testimoniar:
que en tu casa se note más misericordia, que en tu palabra haya menos juicio y
más verdad, que en tu servicio aparezca el rostro de Cristo. El mundo no necesita
discursos fríos: necesita señales del Reino.
Tercera: abre el corazón a la metánoia.
Adviento no es solo “decorar”; es convertirse:
cambiar la manera de pensar, de amar, de vivir. En Jubileo, esta conversión
tiene un sabor especial: reconciliación, perdón, obras de misericordia, y un
paso concreto para volver al Señor.
5) Un cierre: “¿Qué le llevamos hoy al Señor?”
Hermanos,
hoy Jesús nos pregunta suavemente:
·
¿Qué
desierto necesita florecer en ti?
·
¿Qué
duda te está pidiendo oración y formación?
·
¿A
quién necesitas llevar una buena noticia con obras, no solo con palabras?
Pidámosle
al Señor la gracia del Domingo Gaudete: una
alegría con raíces, que nace de saber que Dios está cerca y
está actuando. Y que María, la Mujer del Adviento, nos enseñe a esperar con fe
y a cantar esperanza incluso cuando el camino todavía es largo.
Oración
final (breve):
Señor Jesús, tú eres el que ha de venir. Fortalece nuestras manos cansadas,
afirma nuestras rodillas vacilantes, abre nuestros ojos para reconocer tus
signos y ensancha nuestro corazón para la alegría. Haznos, en este Año Jubilar,
peregrinos de esperanza y testigos de tu misericordia. Amén.
3
1) Introducción
Hermanos,
hoy el Evangelio nos pone ante una pregunta que nace desde la cárcel y desde el
corazón: Juan el Bautista manda a preguntar a Jesús si Él es realmente “el que
había de venir”. Jesús no responde con teorías, sino con señales: vida que vuelve a levantarse.
Y remata con una frase decisiva: “Dichoso
el que no se escandalice de mí.”
En el Domingo Gaudete, la Iglesia nos invita a la alegría… pero no a una
alegría superficial, sino a la alegría que nace cuando aprendemos a reconocer al Mesías tal
como es, no tal como lo imaginamos.
2) Lecturas iluminadas
a) Isaías 35,1-6a.10
El
profeta anuncia un futuro donde lo estéril florece y los cuerpos recuperan fuerza:
ojos que ven, oídos que
oyen, piernas que saltan. Pero Isaías no está hablando solo de
un “bienestar” externo: está proclamando que Dios viene a salvar, a rehacer la historia,
a abrir caminos donde parecía no haberlos.
b) Santiago 5,7-10
Santiago
nos da el tono interior del Adviento: paciencia
y fortaleza del corazón. No es pasividad; es “espera activa”:
la del campesino que siembra, cuida, y confía en el tiempo de Dios.
c) Mateo 11,2-11
Jesús
responde con un “parte” del Reino: “los
ciegos ven… los pobres reciben la Buena Noticia”. Pero luego viene
la piedra angular: no
escandalizarse de Jesús, es decir, no rechazarlo cuando su modo
de salvar pasa por la humildad, el servicio… y finalmente por la Cruz.
3) Exégesis sencilla y clave pastoral
Jesús
sí hace milagros —y ¡cómo no conmovernos!—, pero el Evangelio hoy nos enseña
algo más profundo:
·
Los
milagros alivian un cuerpo
(que un día morirá).
·
La
Palabra y la entrega de Cristo sanán
el alma (llamada a vivir para siempre).
Por
eso, el centro de la misión de Jesús no fue impresionar, sino salvar:
su punto culminante es Pasión,
Muerte y Resurrección, donde transforma “lo peor” (la muerte
fruto del pecado) en “lo mejor” (puerta de vida eterna).
Cuando Jesús dice: “dichoso
el que no se escandalice de mí”, está declarando
bienaventurados a quienes descubren el valor de su Cruz.
4) Anécdota breve para entrar en el tema
Imaginemos
que llega un predicador a una misión parroquial y sana a ciegos, sordos,
enfermos terminales, y hasta resucita muertos. ¿Qué haríamos?
¡Llamaríamos a todo el mundo! Haríamos fila, grabaríamos videos, lo contaríamos
en redes…
Pero Jesús nos hace mirar más hondo: si
solo buscamos lo extraordinario, podemos perdernos lo esencial.
Porque lo más grande no fue un milagro puntual, sino la entrega total del Amor en la Cruz,
que abrió el cielo para todos.
5) Mensajes para la vida
1) Aprender a atravesar la crisis de fe sin
romper la relación con Dios
Juan
pregunta desde su oscuridad. A veces nosotros también: “Señor, ¿de verdad
estás? ¿De verdad eres Tú?”
En el Año Jubilar, no escondamos las preguntas: presentémoselas a Cristo.
La fe madura no es la que nunca duda, sino la que, en medio de la duda, sigue buscando al Señor
y se deja corregir por el Evangelio.
Cuando no entendamos los caminos de Dios, no nos apartemos: acerquémonos más
(confesión, Eucaristía, Palabra, acompañamiento espiritual).
2) “Vayan y cuenten lo que oyen y ven”:
evangelizar desde los signos del Reino
Jesús
manda dar testimonio: “cuenten
lo que oyen y ven.”
Hoy, ¿qué “vemos” nosotros?
Vemos familias reconciliadas, enfermos sostenidos por la comunidad, jóvenes que
vuelven a rezar, personas que recuperan dignidad…
Eso también son milagros del Reino.
En Jubileo, esta es una tarea concreta: ser
“mensajeros” de esperanza, no propagadores de queja.
Evangelizamos cuando nuestra vida dice: “Dios está pasando por aquí”.
3) Abrir el corazón a la transformación: pasar
de pedir “soluciones” a pedir “salvación”
Aquí
está la pregunta incómoda del Evangelio:
Cuando oramos, ¿pedimos sobre todo favores… o pedimos el corazón de Cristo?
No se trata de no pedir milagros: el Señor escucha. Pero hay una gracia mayor: que Dios transforme nuestro sufrimiento
por la fuerza de la Cruz, en vez de quitarnos todo sufrimiento
como si la fe fuera un “seguro” contra la vida.
Adviento nos educa a pedir lo esencial:
“Señor, hazme tuyo; enséñame a amar; dame fe para cargar contigo.”
4) “Dichoso el que no se escandalice de mí”:
aprender el valor de la Cruz
Muchos
preferiríamos un Jesús que resuelva rápido, que evite el conflicto, que no pase
por el Calvario.
Pero la salvación llegó
por la Cruz.
Y aquí la Virgen María nos enseña: ella no se quedó con “algunos milagros” de
su Hijo; permaneció junto a Él en el sacrificio perfecto que salvó al mundo.
En el Año Jubilar, ser peregrinos de esperanza es esto:
no huir de la Cruz, sino
vivirla con Cristo, y convertirla en ofrenda de amor.
6) Llamado final concreto
Hoy,
al acercarnos a la Eucaristía, pidamos una gracia muy precisa:
·
Señor, dame ojos de fe para ver tus signos,
incluso en lo pequeño.
·
Dame un corazón paciente para esperar tu hora
sin amargura.
·
Y dame la valentía de no escandalizarme
de tu Cruz, sino abrazarla contigo.
Porque
el Jubileo no es solo “celebrar”: es volver
a empezar con esperanza, con misericordia, con conversión real.
7) Oración final (para cerrar la homilía)
Señor Jesús, Tú me invitas a no escandalizarme de tu
Pasión,
a mirar más allá del dolor y descubrir la riqueza infinita de tu Sacrificio.
Dame ojos de fe para aceptar tu Cruz y vivirla contigo,
haciendo de mi vida una ofrenda de amor por los demás.
Jesús, en Ti confío. Amén.
Referencias:
https://www.prionseneglise.ca/textes-du-jour/commentaire/2025-12-14
https://frtonyshomilies.com/2025/12/06/advent-iii-a-dec-14-2025-sunday-homily/
https://catholic-daily-reflections.com/2025/12/13/rejoicing-in-the-cross/

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