Santo del día:
Santos Simón y Judas
Siglo I.
Simón, llamado el Zelote, y Judas, apodado Tadeo, fueron dos de los doce
apóstoles de Cristo. Se dice que murieron mártires después de Pentecostés,
probablemente en Persia.
La urgencia de orar
(Lucas 6,12-19) Después
de una fuerte confrontación con los fariseos, “Jesús se fue a la montaña para
orar, y pasó toda la noche orando a Dios”.
El llamado a la oración es una urgencia para el Hijo único de Dios.
En el silencio del desierto, no es más que un hijo vivificado por el Soplo
recibido del Padre, su “Abba”.
Una invitación para cada uno de nosotros a entrar decididamente en ese corazón
a corazón trinitario, fuente viva de toda misión.
Bénédicte de la Croix, cistercienne
Primera lectura
Ef
2, 19-22
Están
edificados sobre el cimiento de los apóstoles
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos,
y miembros de la familia de Dios.
Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo
Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va
levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes
entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
18, 2-3. 4-5b (R.: 5a)
R. A toda la
tierra alcanza su pregón.
V. El cielo proclama la
gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R.
V. Sin que hablen, sin
que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. A ti, oh, Dios,
te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos; a ti te ensalza el glorioso coro de
los apóstoles, Señor. R.
Evangelio
Lc
6, 12-19
Escogió
de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a
los que también nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés,
su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de
Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que
fue el traidor.
Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de
discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de
Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por
espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque
salía de él una fuerza que los curaba a todos.
Palabra del Señor.
1
1. Introducción: Apóstoles de la luz, no de la
oscuridad
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy celebramos a dos de los apóstoles más discretos, pero profundamente fieles:
Simón el Zelote y Judas Tadeo, este último conocido como el
patrono de las causas imposibles. Ellos representan a esos discípulos que, sin
buscar protagonismo, mantienen encendida la lámpara de la fe en tiempos de
oscuridad. Y eso mismo estamos llamados a hacer nosotros, especialmente en
un mundo que, cada vez más, parece sentirse atraído por las sombras del miedo,
la muerte y lo siniestro.
En el
corazón del mes de octubre —mes del Rosario, de las Misiones y de María,
Estrella de la Evangelización— la liturgia nos propone mirar a estos
hombres que siguieron a Cristo hasta el final. Ellos nos recuerdan que la fe no
es un disfraz para una noche, sino una luz para toda la vida.
2. Primera lectura: La creación espera nuestra
manifestación
San
Pablo, en su carta a los Romanos (8,19), afirma:
“La
creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios.”
Esa frase
resuena con una fuerza impresionante en nuestros días. Pablo intuyó que el
egoísmo humano podía herir la armonía del mundo, y hoy vemos cómo su advertencia
se hace realidad: contaminación, guerras, destrucción ambiental, indiferencia.
La tierra —nuestra casa común— gime como una madre que sufre al ver a sus hijos
destruir su propio hogar.
Ser
“hijos de Dios” implica cuidar de la creación, no abusar de ella. No podemos
confesar el Credo los domingos y seguir maltratando el planeta el lunes.
San Simón, el Zelote, representa el fuego de la pasión por el Reino; San Judas,
la confianza en la esperanza contra toda desesperanza. Ellos, desde su
fidelidad, nos inspiran a ser solidarios con la creación, con los pobres
y con el futuro de la humanidad.
3. Oscuridad disfrazada de fiesta
En estos
días se prepara una celebración que muchos han adoptado sin reflexión: el
famoso Halloween. Y no se trata de prohibir, sino de discernir.
¿De qué sirve disfrazar a los niños de muerte y de monstruos si lo que más
necesitan es aprender el valor de la vida, la ternura y la esperanza?
Pablo
diría hoy: “¿Por qué el hombre celebra lo que no edifica, lo que oscurece el
corazón?”.
Cuando celebramos lo macabro, apagamos la voz de Dios que nos llama a
ser testigos de la luz.
Cristo no
vino a asustar, sino a liberar. No vino a crear fantasmas, sino a resucitar
corazones.
Y sin embargo, mientras muchos se entusiasman con lo oscuro, olvidamos que el 1°
de noviembre celebramos a Todos los Santos: hombres y mujeres que, sin
máscaras, mostraron el verdadero rostro de la santidad.
Ellos son los verdaderos “superhéroes” del Evangelio, los que vencieron al mal
con la fuerza del amor.
4. Evangelio: Jesús elige y sana
El
Evangelio de hoy (Lc 6,12–19) nos muestra a Jesús subiendo al monte para
orar antes de elegir a sus doce apóstoles. No los elige por sus méritos,
sino por su disponibilidad. Entre ellos estaban Simón y Judas Tadeo, dos
hombres comunes que se convirtieron en columnas de la Iglesia.
Después
de elegirlos, Jesús baja del monte y sana a una multitud.
Ahí está la síntesis del discipulado cristiano: oración y acción, contemplación
y misión, fe y servicio.
Jesús no funda una secta de miedo ni un club de supersticiones. Funda una
comunidad de amor, donde la vida, la salud y la esperanza son signos visibles
del Reino.
Cada
milagro de Jesús es una protesta contra la cultura de la muerte, una
afirmación de que el bien es más fuerte que el mal.
Por eso, los discípulos de Cristo no podemos vivir fascinados por las tinieblas
del mundo. Nuestra misión es iluminar desde dentro, como velas
encendidas en la noche del alma.
5. Ser discípulos de la vida
Quien
sigue a Jesús no necesita máscaras.
El verdadero cristiano no se disfraza: se transfigura.
Deja que su fe lo transforme en un reflejo de Cristo.
Y eso implica elegir cada día entre dos caminos:
- El camino de la luz, que nos
lleva a servir, amar y cuidar.
- O el camino de la oscuridad,
que nos lleva al egoísmo, al consumo y al vacío.
Los
santos Simón y Judas Tadeo eligieron la luz.
Y su elección se convirtió en misión.
Como ellos, también nosotros podemos dar testimonio de esperanza en un mundo
que prefiere el ruido y la confusión.
6. Oración y compromiso por los benefactores y la
misión
Hoy
oramos especialmente por los benefactores: hombres y mujeres que, con su
generosidad, hacen posible que la Iglesia siga evangelizando.
Gracias a ellos, muchas comunidades, misioneros y obras sociales continúan
siendo faros de esperanza.
Pidamos
también por los misioneros y misioneras, visibles o anónimos, que desde
su fe silenciosa siguen siendo apóstoles de amor en los márgenes del mundo.
Y hagamos
un propósito concreto:
- Que nuestras familias sean escuelas
de luz.
- Que nuestros niños celebren
la vida, no la muerte.
- Que nuestras comunidades se
conviertan en oasis de esperanza para una humanidad sedienta de sentido.
7. Conclusión: La puerta pequeña del Reino
Jesús nos
invita a entrar por la puerta estrecha de la felicidad verdadera.
No promete caminos fáciles ni recompensas instantáneas, pero sí una alegría que
no pasa.
Quien se deja guiar por Él deja de ser “muerto viviente” y se convierte en discípulo
resucitado.
Que
María, Reina del Rosario y Madre de las Misiones, nos ayude a vivir la
alegría de la fe sin máscaras ni miedos, con la esperanza firme de que la
luz de Cristo es más fuerte que cualquier sombra.
Amén.
2
Orar con urgencia, actuar con
amor
1. Introducción: La urgencia del alma
Queridos
hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la memoria de San Simón y San Judas Tadeo, dos apóstoles
que, más allá de la discreción de sus nombres en el Evangelio, fueron pilares
silenciosos del amor de Cristo. Ellos comprendieron que la misión nace de la
oración.
Y es precisamente el Evangelio de hoy el que nos enseña eso: Jesús, antes de
escoger a los Doce, sube a la montaña y pasa la noche entera en oración.
Si para
el mismo Hijo de Dios la oración era una urgencia, ¿cómo no habría de serlo
para nosotros, débiles y dispersos en las mil ocupaciones del mundo moderno?
La oración no es un lujo espiritual, es una necesidad vital. El alma sin
oración se asfixia, igual que un cuerpo sin oxígeno.
2. Jesús, modelo de oración profunda
El
Evangelio según san Lucas nos presenta con frecuencia a Jesús retirándose a
orar. No lo hace por rutina, sino por comunión. En el silencio de la
montaña, Jesús se reencuentra con el Padre; allí se fortalece su
identidad de Hijo y su obediencia filial.
“En el
silencio del desierto —decía el texto original— Jesús no es más que un hijo
vivificado por el soplo del Padre.”
Esa frase es preciosa. Porque nos revela que orar es respirar el mismo
aliento de Dios.
En ese diálogo trinitario —Padre, Hijo y Espíritu— se renueva la fuerza para la
misión.
Nosotros,
que a menudo nos dejamos arrastrar por el ruido y las pantallas, necesitamos
urgentemente ese silencio fecundo, ese espacio donde el alma descansa en
el corazón de Dios.
3. La oración: fuente de misión
Jesús no
ora para aislarse, sino para enviar.
Después de esa noche en la montaña, elige a los Doce: Simón, llamado el
Zelote, y Judas Tadeo, el de la esperanza imposible.
Esa elección no fue producto de una estrategia, sino fruto del
discernimiento orante.
El Reino no nace de la improvisación, sino del contacto con el Padre.
La
oración no es evasión, sino compromiso.
De la montaña, Jesús desciende al llano. Y allí sana, enseña, toca, libera.
Esa es la secuencia del verdadero discípulo: subir para orar, bajar para
servir.
El que no ora termina actuando por impulso; el que no actúa después de orar,
convierte su fe en estancamiento.
San Simón
y San Judas comprendieron esto. Ellos fueron hombres de acción porque antes
fueron hombres de oración.
4. Orar en medio de las batallas
El
Evangelio de hoy sitúa la oración de Jesús después de un conflicto con los
fariseos.
Cuántas veces también nosotros, después de un día de tensiones, críticas o
cansancio, sentimos la tentación de encerrarnos o de evadirnos…
Pero Jesús nos muestra otro camino: no responde con ira ni huye, sino que se
eleva en oración.
La
oración transforma el veneno en medicina.
Nos permite ver las cosas con los ojos del Padre y no con los filtros del
resentimiento.
Solo quien reza puede seguir amando cuando ha sido herido, perdonando cuando ha
sido incomprendido, sirviendo cuando está agotado.
Por eso,
en esta memoria de los santos apóstoles, el Señor nos invita a orar con
urgencia, no como rutina devocional, sino como necesidad de
sobrevivencia espiritual.
5. La Iglesia edificada sobre la oración
San Pablo
nos recuerda hoy (Ef 2,19-22) que somos “edificados sobre el cimiento de los
apóstoles y profetas, y Cristo Jesús es la piedra angular”.
La Iglesia no es solo una estructura; es una casa de oración, un templo
donde el Espíritu habita.
Y así como los apóstoles fueron elegidos en un clima de oración, también
nuestras comunidades deben construirse desde la escucha de Dios.
Agradecemos
en este día a nuestros benefactores, que con su generosidad sostienen
obras de fe, educación y caridad.
Pero más allá de los recursos, su mayor contribución es su oración constante,
ese hilo invisible que une a los corazones con la Providencia divina.
6. En el corazón del Rosario y de las Misiones
Octubre
nos recuerda dos caminos para vivir la oración misionera:
- El Rosario, que nos enseña a
contemplar a Cristo con los ojos de María.
- La Misión, que nos impulsa a
compartir lo que hemos contemplado.
Cada
“Avemaría” rezada con fe es como una gota de luz que cae sobre el mundo.
Cada gesto de amor es una prolongación del Evangelio que hoy contemplamos.
Si Jesús pasó la noche entera hablando con su Padre, nosotros estamos llamados
a pasar el día entero viviendo como hijos de ese Padre.
7. Conclusión: La oración que transforma
Queridos
hermanos, orar no significa tener tiempo libre, sino darle tiempo a lo
esencial.
Jesús nos enseña que antes de toda decisión importante, antes de elegir a sus
apóstoles, ora.
Nosotros también debemos aprender a decidir desde la oración, no desde el impulso
ni desde el miedo.
Orar con
urgencia es entrar en el corazón de Dios para que su amor nos configure, para
que su Espíritu nos inspire y para que su voluntad nos oriente.
Desde allí nace toda misión, toda fidelidad, toda paz.
Que
María, Reina del Rosario, nos introduzca en este corazón a corazón con el
Padre.
Que San Simón y San Judas Tadeo nos enseñen la fuerza del silencio, la audacia
de la fe y la constancia de la oración.
Y que cada uno de nosotros, sostenidos por la intercesión de los benefactores y
misioneros, seamos verdaderamente piedras vivas en la Iglesia de Cristo.
Amén.
3
1. Introducción: Llamados por
nombre, enviados por amor
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Simón y San Judas Tadeo, dos de
los Doce apóstoles elegidos personalmente por Jesús después de una noche entera
en oración.
San Lucas nos dice que, tras pasar la noche orando en la montaña, “Jesús llamó
a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a quienes también nombró apóstoles”
(Lc 6,12-13).
Cada vez
que escuchamos este pasaje, deberíamos sentirnos interpelados: Jesús sigue
llamando. No sólo a los Doce de Galilea, sino también a ti, a mí, a cada
creyente que ha recibido su nombre en el bautismo. La llamada de Dios no
pertenece al pasado; sigue resonando en el presente, en lo cotidiano, en lo
oculto y silencioso.
Simón y
Judas Tadeo nos recuerdan que el discipulado no es una casualidad, sino una
misión nacida en la oración de Cristo.
2. La elección que brota de la oración
Antes de
elegir a los Doce, Jesús sube al monte y pasa toda la noche en oración.
Es un detalle que no debemos pasar por alto.
La misión apostólica no nace de una reunión estratégica, sino del diálogo
íntimo entre el Hijo y el Padre.
Cada decisión importante en la vida cristiana debe pasar por ese monte interior
donde el alma se encuentra con Dios.
Jesús
ora, escucha, discierne. Desde esa comunión profunda surgen los nombres: Pedro,
Andrés, Santiago, Juan, Mateo, Tomás… y también Simón el Zelote y Judas
Tadeo.
Si el
mismo Cristo, siendo Hijo de Dios, necesitó orar antes de enviar a sus
apóstoles, ¿cuánto más nosotros necesitamos detenernos a orar antes de
hablar, decidir, enseñar o servir?
3. Los apóstoles del silencio y la esperanza
De Simón
y Judas Tadeo sabemos poco.
Simón es llamado “el Zelote”, es decir, un hombre apasionado, fervoroso, que
quizá provenía de un movimiento radical dentro del judaísmo. Jesús no reprimió
su fuego interior; lo transformó en celo por el Reino, en entusiasmo por
el Evangelio.
Judas
Tadeo, por su parte, es conocido como el patrono de las causas imposibles.
Algunos dicen que fue “el último apóstol al que los fieles invocaban” por
compartir su nombre con el traidor, Judas Iscariote.
Pero en los designios misteriosos de Dios, aquel “último” se convirtió en la
última esperanza de muchos, y así, en signo de la misericordia divina que
nunca se rinde ante la desesperanza.
Ambos
fueron probablemente mártires en la misma misión, tal vez en Siria o
Persia. Murieron proclamando la fe que habían recibido de Jesús y sellaron con
su sangre lo que habían anunciado con sus labios.
4. Enviados hasta los confines del mundo
La
vocación de los apóstoles no fue contemplativa sin acción, ni acción sin
oración.
Jesús los envió a proclamar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra,
a sanar, liberar y reconciliar.
El fruto de su obediencia se ve hoy en la Iglesia extendida por todo el mundo.
Ellos no
pudieron imaginar el alcance de su misión: comunidades cristianas que se
multiplicarían, generaciones enteras de creyentes, y una fe que seguiría viva
veinte siglos después.
Así actúa Dios: convierte la fidelidad humilde de algunos en bendición
universal para todos.
Y lo
mismo puede hacer contigo. No subestimes la misión que Dios te confía. Cada
acto de amor, cada palabra de consuelo, cada gesto de servicio puede tener un eco
eterno en la vida de otros.
5. Simón y Judas, modelos para la Iglesia de hoy
Simón nos
enseña la pasión por el Evangelio. No el fanatismo, sino el ardor
misionero. Ser “zelote” por Cristo hoy significa tener hambre de justicia,
defender la vida, cuidar la creación, sanar las heridas de nuestro mundo.
Judas
Tadeo nos enseña la esperanza inquebrantable. En tiempos donde muchos
pierden la fe, él nos recuerda que no hay causa perdida cuando se pone en manos
de Dios.
Cuántas familias, enfermos, pobres o migrantes encuentran en su intercesión una
puerta abierta a la confianza.
Ellos
dos, juntos, son la fe ardiente y la esperanza perseverante: dos
virtudes indispensables para quien quiere seguir a Cristo hoy.
6. Orar, discernir y servir como Jesús
El
Evangelio nos presenta tres movimientos esenciales en la vida cristiana:
1.
Jesús sube a la montaña → oración.
2.
Jesús llama a sus discípulos → discernimiento y elección.
3.
Jesús desciende y sana a la multitud → misión y servicio.
Ese mismo
camino estamos llamados a recorrer nosotros:
- Subir al monte de la
oración,
- Escuchar el llamado de
Cristo,
- Bajar a servir con alegría.
La
oración sin misión se vuelve estéril; la misión sin oración se convierte en
activismo vacío.
El discípulo verdadero une ambos movimientos: contempla para actuar y
actúa desde la contemplación.
7. Los benefactores: apóstoles del compartir
Hoy
nuestra intención orante es por los benefactores, esos hombres y mujeres
que, movidos por la fe, colaboran con la Iglesia para que el Evangelio llegue a
más personas.
Son los Simones y los Judases de nuestro tiempo: llamados y enviados a
través de la caridad, el apoyo, la oración.
Su generosidad silenciosa sostiene la misión misionera, educativa y pastoral de
tantas comunidades.
Dios
bendice al que da con alegría, pero también transforma al que sabe agradecer
lo recibido con esperanza.
8. En el mes del Rosario y las Misiones
El mes de
octubre nos recuerda que María es la estrella que guía a los misioneros.
Cada “Avemaría” es una pequeña misión: un paso más hacia el corazón de Dios,
una intercesión por quienes necesitan fe, salud o consuelo.
Los
apóstoles fueron enviados con poder, pero también con ternura. Y esa ternura la
aprendieron, sin duda, de la Madre de Jesús, la primera discípula y misionera.
Ella sigue acompañando a la Iglesia que ora y sale, que evangeliza y consuela.
9. Conclusión: Decir “Sí” y dejarse enviar
Hermanos
y hermanas:
Jesús llamó a Simón y a Judas Tadeo. Los formó, los envió, y por ellos el mundo
conoció su amor.
Hoy Él te llama a ti también. No necesitas ser perfecto, ni sabio, ni poderoso.
Basta con responder con un “Sí” sincero y disponible, como ellos lo
hicieron.
Ese “sí”
puede transformar la historia de alguien, puede encender una vocación, puede
abrir un camino de salvación.
Cada discípulo es una chispa en el gran fuego del amor de Dios.
Que San
Simón nos contagie su celo por el Evangelio.
Que San Judas Tadeo nos comunique su esperanza en los momentos imposibles.
Y que María, Reina del Rosario y Madre de las Misiones, nos ayude a subir al
monte para orar, bajar al llano para servir y permanecer en la fe para amar.
Amén.
28 de octubre:
San Simón y San Judas, Apóstoles
— Fiesta
Siglo I
Patronos: de los curtidores, leñadores y peleteros (Simón); de las causas imposibles
y de los trabajadores hospitalarios (Judas).
Cita bíblica:
“Por aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y
pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos,
escogió de entre ellos a doce, y los nombró apóstoles: Simón, al que llamó
Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás,
Santiago, hijo de Alfeo; Simón, llamado el Zelote; Judas, hijo de Santiago, y
Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor.”
(Lucas 6, 12–16)
Reflexión
Hoy la Iglesia honra a San Simón y San
Judas, dos de los Doce Apóstoles elegidos por nuestro Señor.
Fueron dos de los primeros obispos por medio de los cuales el Señor
estableció su Iglesia, y de quienes todo obispo, sacerdote y diácono son
descendientes espirituales.
Se sabe muy poco de estos dos Apóstoles, salvo lo
que se menciona brevemente en el Nuevo Testamento, y aun eso resulta confuso.
Ambos aparecen en las listas de los Doce a quienes Jesús nombró Apóstoles:
Mateo 10,2–4; Marcos 3,16–19; Lucas 6,13–16; Hechos 1,13.
El Simón que hoy celebramos no es Simón Pedro,
el príncipe de los Apóstoles, sino “Simón el Cananeo” (como dicen Mateo y
Marcos) o “Simón el Zelote” (según Lucas y Hechos).
Ambos nombres significan lo mismo: “Cananeo” no se refiere a la Tierra de
Canaán, sino que traduce una palabra aramea que significa “celoso” o
“entusiasta”.
Es interesante notar que Jesús eligió una gran
variedad de personas como sus apóstoles. Quizás el contraste más marcado se
encuentra entre Simón el Zelote y Mateo el recaudador de impuestos.
Como zelote, Simón habría estado muy comprometido con su identidad judía y se
habría opuesto con firmeza a la opresión y los tributos del Imperio romano.
Por su parte, Mateo había trabajado precisamente para los romanos, cobrando
impuestos a los suyos.
El hecho de que Jesús eligiera a hombres tan distintos demuestra su apertura a
todos los pueblos: no tenía un tipo de persona favorita, ni se dejaba
condicionar por ideologías, clases sociales o vínculos culturales.
No fue nacionalista ni separatista: su interés fue todo ser humano, sin
importar su origen o historia.
Tal vez Jesús escogió a Simón para llegar, por medio de él, a los más apegados
a las tradiciones y creencias judías, a quienes el propio Simón podía hablar
con autoridad.
Judas es mencionado como “Judas, hijo de Santiago” (en
Lucas y Hechos) y como “Tadeo” (en Mateo y Marcos).
La única referencia cierta sobre él aparece en el Evangelio de san Juan,
durante la Última Cena, donde se aclara: “Judas, no el Iscariote…” (Juan
14,22).
En esa cena, Jesús les había dicho con ternura a sus apóstoles que pronto se
iría, pero que debían tener valor y esperar al Abogado prometido, el Espíritu
Santo.
Entonces Judas, confundido, le preguntó:
“Maestro, ¿qué ha sucedido para que te reveles a
nosotros y no al mundo?”
En otras palabras, Judas quería saber por qué Jesús
no manifestaba su divinidad abiertamente para que todos creyeran.
La respuesta del Señor es misteriosa, pero esencialmente señala que la fe no
nace de pruebas externas, sino del don interior del Espíritu, y que la
obediencia a esa fe y a la voluntad de Dios es lo que conduce a la unión
divina.
En dos Evangelios se menciona además a Simón y
Judas como “hermanos de Jesús”:
“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama
su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”
(Mateo 13,55; Marcos 6,3).
Sin embargo, la mayoría de los estudiosos actuales
creen que estos “hermanos” no son los mismos apóstoles, sino primos de Jesús,
ya que en aquella época era costumbre llamar “hermanos” a los parientes
cercanos.
Es posible que el “Judas” mencionado como hermano de Jesús sea el autor de la Carta
de Judas en el Nuevo Testamento, más que el propio apóstol.
No obstante, esto sigue siendo debatido, y el papa Benedicto XVI, en una
Audiencia General del año 2006, señaló la tradición según la cual la Epístola
de Judas sí fue escrita por el apóstol.
De ser así, podría tratarse de una misma persona.
Respecto a sus muertes, no existen datos
históricos fiables, sino solo fuentes apócrifas como la Pasión de Simón
y Judas y otros textos de los siglos IV y posteriores.
Una de las tradiciones más difundidas afirma que ambos viajaron a Persia
para predicar el Evangelio y fueron martirizados allí hacia el año 65.
Se dice que Simón fue aserrado en dos, y que Judas fue golpeado con
una maza.
Por eso, en el arte sacro suelen representarse con los instrumentos de su
martirio.
Otras tradiciones los sitúan predicando en Armenia, Beirut, Líbano, Britania
romana, Egipto o Samaria, donde habrían muerto por flechas, crucifixión o
incluso de forma pacífica.
La Carta atribuida a San Judas Apóstol es
breve pero apasionada.
En ella exhorta a los cristianos a mantenerse fieles frente a la inmoralidad y
las herejías que amenazaban a la Iglesia naciente.
Algunos sugieren que fue esta firmeza la que lo convirtió en patrono de las
causas imposibles, por su ardor en defender la fe.
Otra tradición señala que, como Judas compartía nombre con el traidor, su
intercesión rara vez era invocada.
Solo después de acudir a todos los demás apóstoles y santos, los primeros
cristianos se dirigían a él como última esperanza.
Y desde entonces, numerosos testimonios atribuyen a su intercesión milagros
y favores concedidos a lo largo de los siglos.
Al honrar hoy a estos apóstoles, sabemos con
certeza que fueron instrumentos fundamentales en la Iglesia primitiva.
Como los primeros obispos, tuvieron la sagrada responsabilidad de transmitir
los sacramentos y las enseñanzas de Jesús a una Iglesia en formación.
Un día, en el cielo, comprenderemos plenamente los frutos de su ministerio
pastoral.
Hoy nos gozamos en lo que no conocemos del todo, confiando en que sus vidas
dieron gloria a Dios y salvación a muchos.
Oración
Santos
Simón y Judas:
Ustedes tuvieron el privilegio de aprender directamente de Jesús.
Después de su Ascensión, estuvieron entre los primeros en recibir el Espíritu
Santo y la ordenación episcopal.
Dios los envió a cumplir el mandato de llevar el Evangelio hasta los
confines de la tierra.
Intercedan
por mí, para que comprenda más plenamente mi misión dentro del Cuerpo de
Cristo,
y la cumpla con diligencia, amor y esperanza.
Santos
Simón y Judas, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.