miércoles, 29 de octubre de 2025

30 de octubre del 2025: jueves de la trigésima semana del tiempo ordinario-I

 

Confianza sin fallas

(Romanos 8, 31b-39) Pablo, el perseguidor de los cristianos, experimentó la gratuidad del amor del Padre, su infinita misericordia. Su confianza en Dios —que “no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”— es absoluta. Por eso puede afirmar con la autoridad de quien lleva ese mensaje inscrito en su propia carne: “Nada podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, nuestro Señor.”

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Rom 8, 31b-39

Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito:
«Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza».
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 108, 21-22. 26-27. 30-31 (R.: 26b)

R. Sálvame, Señor, según tu misericordia.

V. Señor, Dueño mío,
trátame conforme a tu nombre,
líbrame por tu bondadoso amor.
Porque yo soy humilde y pobre,
y mi corazón ha sido traspasado. 
R.

V. ¡Ayúdame, Señor, Dios mío;
sálvame según tu misericordia!
Sepan que tu mano hizo esto,
que tú, Señor, lo hiciste. 
R.

V. Daré gracias al Señor a boca llena,
y en medio de la muchedumbre lo alabaré,
porque él se pone a la derecha del pobre,
para salvar su vida de los que lo condenan. 
R.


Aclamación

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito el rey que viene en nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas. R.


Evangelio

Lc 13, 31-35

No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel día, se acercaron unos fariseos a decir a Jesús:
«Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte».
Jesús les dijo:
«Vayan y digan a ese zorro: “Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada.
Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!
Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no han querido.
Miren, su casa va a ser abandonada.
Les digo que no me verán hasta el día en que digan: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”».

Palabra del Señor.


1


1. Introducción: La confianza que vence el miedo


Queridos hermanos y hermanas:


La Palabra de Dios hoy nos invita a una de las afirmaciones más hermosas y liberadoras del Nuevo Testamento: “Nada podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, nuestro Señor.” (Rm 8,39).
Estas palabras, nacidas de la experiencia íntima de san Pablo, nos recuerdan que la fe no se sostiene en sentimientos pasajeros, sino en una confianza inquebrantable en el amor del Padre que todo lo puede.

Pablo, que antes persiguió a los seguidores de Cristo, fue alcanzado por ese amor en el camino de Damasco. Lo que antes fue ceguera y violencia, se transformó en misión y testimonio. Por eso hoy, en este Año Jubilar de la Esperanza, la Iglesia nos invita a redescubrir esa misma certeza: no hay sufrimiento, pecado, distancia ni debilidad que pueda apartarnos del amor de Dios.


2. El amor que no se negocia

El Apóstol enumera una larga lista de amenazas: tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada… y concluye que “en todo vencemos gracias a Aquel que nos amó.”
Esta no es una afirmación poética: es una profesión de fe nacida en la carne de quien fue azotado, encarcelado y traicionado. Pablo no habla desde la teoría, sino desde las heridas del alma y del cuerpo.

Ese amor que ha probado en la adversidad es el mismo que sostiene a la Iglesia misionera, a los sacerdotes, religiosas y laicos que, en tantos rincones del mundo, siguen anunciando el Evangelio con alegría a pesar de la pobreza o la incomprensión.
Es también el amor que sostiene nuestras pequeñas luchas cotidianas, cuando seguimos sirviendo aunque nos cansemos, cuando perdonamos aunque duela, cuando oramos aunque parezca que Dios calla.


3. “Dios no escatimó a su propio Hijo”

Este versículo es el corazón del mensaje jubilar: “Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.”
Aquí está la fuente de toda vocación y de toda obra evangelizadora. Dios entrega, Dios confía, Dios se da.
El amor cristiano no es retener sino entregar, no es dominar sino servir. Quien ama como el Padre aprende a ofrecer su vida sin cálculos ni reservas.

En este mes del Santo Rosario y de oración por las Misiones, María nos enseña precisamente eso: una confianza sin fallas, una entrega total. Ella no entendió todo, pero confió en todo. En cada misterio del Rosario recordamos que el amor de Dios no se detiene ni ante la cruz: se hace fecundo en medio del dolor.


4. La obra evangelizadora: fruto de la confianza

La misión de la Iglesia nace de esta certeza paulina. No anunciamos un Dios que exige, sino un Dios que ama. No predicamos miedo, sino esperanza.
El Jubileo nos llama a ser mensajeros del amor indestructible de Cristo.
Cada comunidad, cada familia, cada parroquia está invitada a ser testigo de que Dios no abandona su obra, que sigue levantando vocaciones, despertando corazones generosos, encendiendo fuegos nuevos donde parecía haber cenizas.

Pidamos hoy por los misioneros que siembran la Palabra en tierras lejanas, por los catequistas que anuncian en lo sencillo, por los sacerdotes que sirven en soledad, por las religiosas que oran en silencio, y por los laicos comprometidos que viven su fe en medio del mundo.
Todos ellos son rostro de este amor que nada puede separar de Cristo.


5. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”: un desafío personal

Esta pregunta sigue siendo actual.
A veces la respuesta no está fuera, sino dentro: el miedo, la tibieza, el desánimo, el pecado.
Pero incluso cuando fallamos, el amor de Dios no se borra. Su misericordia es más grande que nuestras caídas.
El Jubileo nos recuerda que el perdón abre caminos, que la confesión no humilla sino que libera, que la gracia reconstruye lo que el egoísmo ha roto.

La confianza sin fallas de Pablo es una invitación a vivir el Evangelio desde la seguridad del amor recibido, no desde la obligación o el temor.
Solo quien se sabe amado sin condiciones puede entregarse con alegría.


6. Conclusión orante: Nada podrá separarnos

Hermanos, este es el mensaje que debemos grabar hoy en el corazón:
Nada podrá separarnos del amor de Dios.
Ni la enfermedad, ni la distancia, ni las pruebas, ni la muerte.
El amor de Cristo no se mide por resultados, sino por fidelidad.
Esa es la esperanza jubilar que el mundo necesita escuchar de nosotros.

Recemos con palabras de san Pablo:

“Señor, Tú que no escatimaste a tu propio Hijo, enséñanos a confiar.
Haz de nosotros testigos de tu amor indestructible.
Sostén nuestra vocación, renueva la alegría de servir,
y concede a tu Iglesia misionera la fuerza de anunciar
que nada, absolutamente nada, podrá separarnos de Ti. Amén.


🔸 Claves pastorales para la predicación

  • Tema central: la confianza total en el amor de Dios.
  • Motivación jubilar: el amor de Cristo como fuente de esperanza misionera.
  • Aplicación práctica: perseverar en la vocación, evangelizar desde la alegría y rezar el Rosario como escuela de confianza.
  • Intención orante: por la obra evangelizadora de la Iglesia, las vocaciones sacerdotales y misioneras, y por quienes anuncian el Evangelio en contextos difíciles.

 

2

 

1. Introducción: El lamento de Jesús y la ternura de Dios


Queridos hermanos y hermanas:


El Evangelio de hoy nos revela uno de los momentos más tiernos y a la vez más tristes del corazón de Cristo. Jesús contempla Jerusalén —la ciudad amada, símbolo del pueblo de Dios— y pronuncia un lamento que brota del alma:

“¡Jerusalén, Jerusalén, tú que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no has querido!”

Estas palabras no son una condena, sino un grito de amor herido, una plegaria de misericordia. Jesús no maldice, no se venga, no se aparta. Lamenta, sufre, pero sigue amando. En ese lamento se nos revela el rostro maternal de Dios, su deseo incesante de protegernos, sanarnos y salvarnos.


2. El corazón de Cristo: fuerte y tierno

Podríamos decir que este evangelio, nos invita a contemplar el Sagrado Corazón de Jesús, donde se unen la fuerza y la ternura, la justicia y la misericordia.
Jesús no es un Mesías distante ni un juez impasible: su amor tiene rostro humano, sus lágrimas son verdaderas, su compasión es infinita.
Cuando repite el nombre “Jerusalén” dos veces, lo hace como una madre que llama con nostalgia a un hijo que se aleja. No hay reproche en su voz, sino dolor por el amor no correspondido.

Esa Jerusalén que cierra el corazón representa a toda persona que se resiste a dejarse amar, que teme la cercanía de Dios, que prefiere vivir a su modo antes que cobijarse bajo las alas del Salvador. Pero el Señor no se cansa. Él sigue esperando, sigue extendiendo sus brazos sobre nosotros, como la gallina que defiende a sus polluelos del peligro.


3. Bajo sus alas: la imagen de la protección divina

La imagen de la gallina que cubre a sus polluelos con las alas es una de las más bellas metáforas del Evangelio.
Jesús se presenta con una ternura casi maternal: protege, abriga, defiende.
En el mundo antiguo, cuando había peligro —fuego o depredadores—, las gallinas cubrían a sus crías con las alas, incluso a costa de su propia vida. Muchas veces, al terminar un incendio, se encontraban sus cuerpos calcinados… pero al levantarlos, debajo de ellas los polluelos seguían vivos.
Esa es la imagen del amor redentor de Cristo: Él se deja herir para que nosotros vivamos, se expone al mal para librarnos del mal, se deja crucificar para darnos libertad.


4. Protección, sanación y salvación: el triple dinamismo del amor de Dios

Jesús nos protege, nos sana y nos salva.
Esas tres dimensiones son inseparables en la vida cristiana:

  • Protección: porque el mal es real, y sólo el amor de Cristo puede resguardarnos del enemigo.
    Hoy, como ayer, existen “zorros” como Herodes: poderes que destruyen, intereses que manipulan, voces que intentan apartarnos del Evangelio. Pero Jesús, el Buen Pastor, no teme. Él sigue expulsando demonios, curando corazones y cumpliendo su misión hasta el final.
  • Sanación: porque todos llevamos heridas interiores. Algunos son dolores del alma, otros heridas del pasado, del pecado o de la indiferencia. Solo el contacto con Cristo —en la Eucaristía, en el perdón, en la oración— puede devolvernos la salud del corazón.
  • Salvación: porque no basta sobrevivir, hay que renacer. Cristo nos protege y sana para conducirnos a la vida eterna, a la comunión con el Padre.
    La verdadera salvación no es librarnos del sufrimiento, sino descubrir que incluso en medio de él, estamos bajo sus alas.

5. Dimensión jubilar: peregrinos bajo las alas del Amor

En este Año Jubilar “Peregrinos de la Esperanza”, este Evangelio nos recuerda que el camino hacia Dios no se hace en solitario, sino bajo su protección constante.
Somos peregrinos, no huérfanos.
El mundo nos invita a vivir como si pudiéramos “arreglárnoslas solos”, pero el creyente sabe que sin la sombra de las alas de Dios no hay seguridad verdadera.

María, en este mes del Santo Rosario, nos enseña esa actitud de confianza filial: ella se dejó cobijar por la voluntad de Dios, y por eso se convirtió en Madre de toda esperanza.
El Rosario es precisamente eso: un caminar bajo las alas del amor de Cristo, misterio tras misterio, acompañados por la ternura de su Madre.

Este pasaje también ilumina nuestra oración por las vocaciones y la obra evangelizadora:

  • Quien se siente amado y protegido, no puede callar ese amor.
  • Quien ha experimentado la ternura del Salvador, siente el impulso de anunciarla a otros.
    Por eso, pidamos al Dueño de la mies que envíe obreros que sepan cobijar con sus manos, sanar con su palabra y salvar con su testimonio.

6. Aplicación pastoral: vivir bajo su protección cada día

La pregunta que el Evangelio nos deja es clara:
¿Permito que Jesús me proteja o vivo como si no lo necesitara?
Muchos cristianos modernos viven como “hijos independientes”, que oran poco, confían poco y se exponen al peligro del orgullo.
Pero quien se refugia bajo las alas del Señor no pierde libertad, sino que gana seguridad.
Refugiarse en Cristo no es debilidad: es sabiduría. Es reconocer que, aunque crezcamos, siempre necesitamos el abrazo del Padre.

En la vida cotidiana, esta confianza se concreta en gestos simples:

  • Rezar el Rosario como un escudo de fe.
  • Acudir a la Eucaristía como a la fuente donde el Señor nos cubre con su gracia.
  • Perseverar en la misión, aun cuando no haya frutos visibles.
  • Pedir cada día: “Señor, cúbreme con tus alas, protégeme del mal, y hazme instrumento de tu paz.”

7. Conclusión orante: Bajo tus alas confío

Queridos hermanos:
El corazón de Jesús sigue latiendo con el mismo anhelo que en Jerusalén: reunirnos, protegernos y salvarnos.
No se cansa de llamarnos.
Su voz resuena todavía: “Cuántas veces he querido reunir a tus hijos bajo mis alas…”
Solo nos falta responder: “Aquí estoy, Señor, quiero quedarme contigo.”

 

Oración final:


Señor Jesús, Protector y Salvador nuestro,
que lloraste por Jerusalén y sigues sufriendo por quienes se alejan,
recógenos bajo tus alas de amor.
Sánanos de nuestras heridas, líbranos del mal,
y danos la alegría de vivir bajo tu misericordia.
Haz de tu Iglesia un refugio de ternura,
de tus misioneros alas extendidas,
y de nuestras vidas instrumentos de esperanza.

Amén.

 

 

29 de octubre del 2025: miércoles de la trigésima semana del tiempo ordinario-I

 

La buena dirección

(Lucas 13, 22-30) Interrogado sobre la salvación, el Maestro habla de una “puerta estrecha” y, peor aún, de una puerta que permanece cerrada a pesar de las súplicas de quienes buscan entrar.

La clave de este pasaje tal vez haya que buscarla en el Evangelio de Juan, donde Jesús, el Buen Pastor, afirma: “Yo soy la puerta. Si alguien entra por mí, se salvará; podrá entrar, salir y encontrar pastos.”
¡No nos equivoquemos de dirección!

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Rom 8, 26-30

A los que aman a Dios todo les sirve para el bien

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 12, 4-5. 6 (R.: 6a)

R. Yo confío, Señor, en tu misericordia.

V. Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío;
da luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte,
para que no diga mi enemigo: «Le he podido»,
ni se alegre mi adversario de mi fracaso. 
R.

V. Porque yo confío en tu misericordia:
mi alma gozará con tu salvación,
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios nos llamó por medio del Evangelio para que lleguemos a adquirir la gloria de nuestro Señor Jesucristo. R.

 

Evangelio

Lc 13, 22-30

Vendrán de oriente y occidente, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.



EN aquel tiempo, Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén.
Uno le preguntó:
«Señor, ¿son pocos los que se salvan?».
Él les dijo:
«Esfuércense en entrar por la puerta estrecha, pues les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán fuera y llamarán a la puerta diciendo:
“Señor, ábrenos”;
pero él les dirá:
“No sé quiénes son”.
Entonces comenzarán a decir:
“Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Pero él los dirá:
“No sé de dónde son. Aléjense de mí todos los que obran la iniquidad”.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero ustedes se vean arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Miren: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Palabra del Señor.

 

1

 

“No te equivoques de puerta”

 

1. Introducción: el camino y la puerta

Jesús se dirige hacia Jerusalén. Cada paso suyo es una catequesis silenciosa sobre el seguimiento y la fidelidad. En el camino, alguien le pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” (Lc 13, 23). La pregunta parece curiosa, pero Jesús no responde con números ni estadísticas; responde con una imagen: “Esfuércense por entrar por la puerta estrecha.”

Esa puerta no es un lugar físico, sino una persona: Cristo mismo. Como recuerda el Evangelio de san Juan, “Yo soy la puerta. Quien entre por mí se salvará” (Jn 10,9). No hay otro acceso al Reino sino a través de Él, del amor crucificado y resucitado. La cuestión es, como dice alguien “no equivocarse de dirección”: muchos buscan la felicidad, la plenitud o el sentido de la vida en mil caminos alternos, pero olvidan que la dirección correcta se llama Jesús.


2. La puerta estrecha del amor y la conversión

Entrar por la puerta estrecha no significa buscar el sufrimiento o la tristeza, sino optar por un amor exigente y sincero. El Reino no se conquista por herencia ni por costumbre, sino por decisión diaria.

La puerta es estrecha porque exige dejar atrás el equipaje del orgullo, de la autosuficiencia, del egoísmo. Es el paso de quien se vacía para dejarse llenar de Dios.
Quien pretende entrar con todo su “yo” inflado de títulos, rencores o vanidades, simplemente no cabe.

Esa es la paradoja del Evangelio: la salvación no se gana por cantidad de rezos o actos externos, sino por la calidad del amor y la sinceridad de la fe. Jesús no busca devotos de apariencias, sino discípulos con corazón humilde.


3. El Espíritu que intercede por nosotros

San Pablo, en la primera lectura, nos da una clave de consuelo: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos pedir como conviene” (Rom 8,26).

Cuántas veces, en medio del dolor o la enfermedad, sentimos que no sabemos orar, que las palabras no alcanzan. Pero el Espíritu ora en nosotros, con gemidos que solo Dios comprende.
Esta palabra es especialmente consoladora para los enfermos, para quienes viven la cruz de cada día en silencio. Ellos, quizá sin palabras, oran con su cuerpo, con su paciencia, con su fe. ¡Y el Espíritu los transforma en intercesores poderosos!

Por eso, en este Año Jubilar, miremos a los enfermos no solo como necesitados de ayuda, sino como puertas vivas del Reino, testigos del amor que sufre y confía.


4. El mes del Rosario y la escuela de María

En este mes del Santo Rosario, María nos enseña cómo atravesar la puerta estrecha: con humildad, con fe y con perseverancia.
Cada Ave María es un paso hacia esa puerta; cada misterio contemplado es un recordatorio de que la salvación pasa por la Cruz, pero desemboca en la Resurrección.

María no se equivocó de dirección: siguió al Hijo, aun cuando el camino se oscureció al pie de la Cruz. Por eso, es la Puerta del Cielo, la que abre con su oración maternal el paso a los que confían.


5. La misión: abrir puertas para otros

En este mes de las Misiones, el Evangelio nos invita no solo a preocuparnos por entrar nosotros al Reino, sino a abrir la puerta para los demás.
El verdadero discípulo no monopoliza la salvación, sino que se convierte en un testigo del acceso universal al amor de Dios.
Ser misionero hoy es orientar a los que se han “equivocado de dirección”, a los que buscan el sentido en el ruido, la riqueza o la indiferencia, y recordarles que la única puerta que salva sigue abierta: Cristo.


6. Conclusión: entrar para salir

Jesús dice: “El que entre por mí se salvará; podrá entrar, salir y encontrar pastos” (Jn 10,9).
El que entra por Cristo, no se encierra; sale renovado, libre, transformado.
Entrar por la puerta estrecha no es refugiarse, sino salir al mundo con el corazón de Cristo: compasivo, misionero, servicial.

Pidamos hoy, con humildad jubilar, que el Espíritu Santo nos conduzca por la buena dirección, que nos enseñe a orar incluso cuando el dolor nos deja sin voz, y que María, puerta del cielo, nos lleve de la mano hacia su Hijo.


🕊Oración final

Señor Jesús,
Tú eres la puerta que conduce al Padre.
En este Año Jubilar, enséñanos a entrar por ti,
con un corazón pobre y confiado.
Fortalece a los enfermos y a quienes los cuidan;
que en su sufrimiento encuentren el pasto de tu consuelo.
Que María, Reina del Santo Rosario,
nos ayude a no equivocarnos de camino
y a ser misioneros de esperanza y misericordia.

Amén.

 

2

 

El peligro de la presunción y la puerta estrecha del amor

 

1. Introducción: El viaje hacia Jerusalén y el corazón del hombre

Jesús continúa su camino hacia Jerusalén, la ciudad donde consumará el misterio de nuestra redención. En el trayecto, alguien le pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23).
La pregunta podría parecer estadística, pero Jesús la convierte en una pregunta existencial. No responde con números, sino con una advertencia:

“Esforzaos por entrar por la puerta estrecha.”

El problema no es cuántos se salvan, sino cómo se salva uno.
Y la respuesta es radical: por Cristo, con Cristo y en Cristo.
El Reino no se obtiene por herencia, simpatía o simple buena voluntad; requiere decisión, vigilancia, conversión y humildad.


2. El peligro espiritual de la presunción

Se dice con fuerza que uno de los pecados más peligrosos es la presunción, esa falsa seguridad que nos hace creer que la salvación es automática, que “Dios es bueno y al final todos iremos al cielo.”
Sí, Dios es misericordioso, pero no es ingenuo.
Jesús no predica un amor barato, sino un amor exigente, purificador, transformador.

El presuntuoso vive en una ilusión: piensa que el pecado no tiene consecuencias, que su vida es “suficientemente buena”. Pero la presunción adormece la conciencia, apaga el arrepentimiento y anestesia el alma.
Es el estado de quien ya no se examina, ya no pide perdón, ya no cambia… y sin embargo se siente en paz.
Por eso Jesús advierte con dolor:

“Muchos intentarán entrar, pero no podrán.”

El cierre de la puerta no es un castigo arbitrario, sino la consecuencia de un corazón que nunca quiso entrar realmente.


3. La puerta estrecha: símbolo de conversión

La “puerta estrecha” representa el camino exigente de la conversión. No es una puerta injusta ni cruel; es la puerta del amor verdadero, que solo deja pasar a los que se despojan del ego, del orgullo, de la soberbia espiritual.

Es estrecha porque solo se puede pasar con lo esencial: fe viva, amor concreto y humildad.
El que pretende entrar con maletas de vanidad, rencores, soberbia o indiferencia… simplemente no cabe.
Entrar por esa puerta exige una purificación interior. Y eso no se logra de un día para otro, sino a lo largo de la vida, con la gracia del Espíritu que “intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26).

El Espíritu Santo es el que nos empuja a cruzar el umbral, el que nos recuerda lo que somos y lo que debemos ser. Sin Él, nos quedaríamos contemplando la puerta desde fuera, sin fuerzas para abrirla.


4. Una palabra para los enfermos: maestros del Evangelio

Hoy, la intención jubilar se orienta hacia los enfermos, esos peregrinos que viven el misterio de la puerta estrecha en su propia carne.
Ellos conocen lo que significa esforzarse, esperar, confiar, ofrecer.
En su sufrimiento silencioso, los enfermos se convierten en una parábola viva de esperanza.

Muchos de ellos no pueden “hacer grandes cosas”, pero cruzan la puerta estrecha del dolor con la llave de la fe.
Ellos nos enseñan que la salvación no está en la fuerza del cuerpo, sino en la docilidad del alma que se abandona a Dios.

En este Año Jubilar, que es un año de gracia y de esperanza, elevemos por ellos nuestra oración:

“Señor, abre para los enfermos la puerta de tu consuelo, y haz de su cruz un camino hacia la resurrección.”


5. El Santo Rosario: escuela para entrar por la puerta

En este mes del Rosario, María nos enseña la manera más segura de atravesar esa puerta:

·        Con humildad: “He aquí la esclava del Señor.”

·        Con perseverancia: siguió a su Hijo hasta la cruz.

·        Con esperanza: esperó en la resurrección cuando todo parecía perdido.

María es la Puerta del Cielo porque no se quedó mirando desde lejos; entró por la puerta del servicio, del silencio, del amor cotidiano.
Cada Ave María que rezamos es una llave que nos acerca a esa puerta estrecha, pero luminosa.


6. Las Misiones: abrir puertas para otros

El Evangelio nos recuerda que no basta con buscar nuestra propia salvación. En este mes de las Misiones, Jesús nos pide abrir la puerta para otros, especialmente para los que están lejos de la fe o para quienes la vida ha herido.
Ser misionero es ayudar a otros a encontrar la dirección correcta.
En un mundo saturado de falsas puertas —el éxito fácil, el placer sin límites, el egoísmo disfrazado de libertad—, la misión es gritar con el testimonio:

“¡Esta es la puerta, no te equivoques de dirección!”

Abrir puertas es parte del camino jubilar: ser peregrinos de esperanza, no guardianes de exclusividad.


7. El santo temor: bendición que despierta

Jesús termina con palabras duras: “No sé de dónde sois. Apartaos de mí, obradores de iniquidad.”
Estas frases no buscan infundir terror, sino despertar un santo temor, ese don del Espíritu que nos mantiene vigilantes, conscientes, despiertos.
El santo temor no es miedo al castigo, sino respeto al amor de Dios.
Nos recuerda que el cielo no se improvisa, que se construye desde ahora con decisiones concretas, perdones dados, sacrificios ofrecidos y amor sembrado.


8. Conclusión: Peregrinos que no se equivocan de puerta

En este camino jubilar hacia la plenitud, pidamos al Señor la gracia de no confiarnos demasiado, ni de desesperar jamás.
La puerta estrecha no es un muro: es Cristo mismo, esperándonos con los brazos abiertos.
Entrar por ella es decirle cada día: “Jesús, en ti confío.”

El que entra por Cristo, sale renovado.
El que se fía de su misericordia, nunca será rechazado.
Y el que ora, sufre y ama, aún desde la enfermedad o el silencio, ya ha cruzado el umbral del Reino.


🙏 Oración final

Señor Jesús,
Tú eres la puerta estrecha por donde pasa la vida verdadera.
Líbranos del pecado de la presunción y del orgullo espiritual.
Enséñanos a vivir con humildad, vigilancia y confianza.
En este Año Jubilar, abre para los enfermos y los afligidos
la puerta de tu consuelo y tu paz.
Que María, Puerta del Cielo y Reina del Rosario,
nos tome de la mano y nos conduzca hacia ti,
para que, junto a todos los misioneros de la esperanza,
entremos un día en la casa del Padre.
Amén.

 

lunes, 27 de octubre de 2025

28 de octubre del 2025: Santos Simón y Judas, apóstoles- Fiesta

 

Santo del día:

Santos Simón y Judas

Siglo I. Simón, llamado el Zelote, y Judas, apodado Tadeo, fueron dos de los doce apóstoles de Cristo. Se dice que murieron mártires después de Pentecostés, probablemente en Persia.

 

La urgencia de orar

(Lucas 6,12-19) Después de una fuerte confrontación con los fariseos, “Jesús se fue a la montaña para orar, y pasó toda la noche orando a Dios”.
El llamado a la oración es una urgencia para el Hijo único de Dios.
En el silencio del desierto, no es más que un hijo vivificado por el Soplo recibido del Padre, su “Abba”.
Una invitación para cada uno de nosotros a entrar decididamente en ese corazón a corazón trinitario, fuente viva de toda misión.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Ef 2, 19-22

Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 2-3. 4-5b (R.: 5a)

R. A toda la tierra alcanza su pregón.

V. El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. 
R.

V. Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ti, oh, Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos; a ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, Señor. R.

 

Evangelio

Lc 6, 12-19

Escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.


EN aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios.
Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

Palabra del Señor.

 

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1. Introducción: Apóstoles de la luz, no de la oscuridad


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy celebramos a dos de los apóstoles más discretos, pero profundamente fieles: Simón el Zelote y Judas Tadeo, este último conocido como el patrono de las causas imposibles. Ellos representan a esos discípulos que, sin buscar protagonismo, mantienen encendida la lámpara de la fe en tiempos de oscuridad. Y eso mismo estamos llamados a hacer nosotros, especialmente en un mundo que, cada vez más, parece sentirse atraído por las sombras del miedo, la muerte y lo siniestro.

En el corazón del mes de octubre —mes del Rosario, de las Misiones y de María, Estrella de la Evangelización— la liturgia nos propone mirar a estos hombres que siguieron a Cristo hasta el final. Ellos nos recuerdan que la fe no es un disfraz para una noche, sino una luz para toda la vida.


2. Primera lectura: La creación espera nuestra manifestación

San Pablo, en su carta a los Romanos (8,19), afirma:

“La creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios.”

Esa frase resuena con una fuerza impresionante en nuestros días. Pablo intuyó que el egoísmo humano podía herir la armonía del mundo, y hoy vemos cómo su advertencia se hace realidad: contaminación, guerras, destrucción ambiental, indiferencia.
La tierra —nuestra casa común— gime como una madre que sufre al ver a sus hijos destruir su propio hogar.

Ser “hijos de Dios” implica cuidar de la creación, no abusar de ella. No podemos confesar el Credo los domingos y seguir maltratando el planeta el lunes.
San Simón, el Zelote, representa el fuego de la pasión por el Reino; San Judas, la confianza en la esperanza contra toda desesperanza. Ellos, desde su fidelidad, nos inspiran a ser solidarios con la creación, con los pobres y con el futuro de la humanidad.


3. Oscuridad disfrazada de fiesta

En estos días se prepara una celebración que muchos han adoptado sin reflexión: el famoso Halloween. Y no se trata de prohibir, sino de discernir.
¿De qué sirve disfrazar a los niños de muerte y de monstruos si lo que más necesitan es aprender el valor de la vida, la ternura y la esperanza?

Pablo diría hoy: “¿Por qué el hombre celebra lo que no edifica, lo que oscurece el corazón?”.
Cuando celebramos lo macabro, apagamos la voz de Dios que nos llama a ser testigos de la luz.

Cristo no vino a asustar, sino a liberar. No vino a crear fantasmas, sino a resucitar corazones.
Y sin embargo, mientras muchos se entusiasman con lo oscuro, olvidamos que el 1° de noviembre celebramos a Todos los Santos: hombres y mujeres que, sin máscaras, mostraron el verdadero rostro de la santidad.
Ellos son los verdaderos “superhéroes” del Evangelio, los que vencieron al mal con la fuerza del amor.


4. Evangelio: Jesús elige y sana

El Evangelio de hoy (Lc 6,12–19) nos muestra a Jesús subiendo al monte para orar antes de elegir a sus doce apóstoles. No los elige por sus méritos, sino por su disponibilidad. Entre ellos estaban Simón y Judas Tadeo, dos hombres comunes que se convirtieron en columnas de la Iglesia.

Después de elegirlos, Jesús baja del monte y sana a una multitud.
Ahí está la síntesis del discipulado cristiano: oración y acción, contemplación y misión, fe y servicio.
Jesús no funda una secta de miedo ni un club de supersticiones. Funda una comunidad de amor, donde la vida, la salud y la esperanza son signos visibles del Reino.

Cada milagro de Jesús es una protesta contra la cultura de la muerte, una afirmación de que el bien es más fuerte que el mal.
Por eso, los discípulos de Cristo no podemos vivir fascinados por las tinieblas del mundo. Nuestra misión es iluminar desde dentro, como velas encendidas en la noche del alma.


5. Ser discípulos de la vida

Quien sigue a Jesús no necesita máscaras.
El verdadero cristiano no se disfraza: se transfigura.
Deja que su fe lo transforme en un reflejo de Cristo.
Y eso implica elegir cada día entre dos caminos:

  • El camino de la luz, que nos lleva a servir, amar y cuidar.
  • O el camino de la oscuridad, que nos lleva al egoísmo, al consumo y al vacío.

Los santos Simón y Judas Tadeo eligieron la luz.
Y su elección se convirtió en misión.
Como ellos, también nosotros podemos dar testimonio de esperanza en un mundo que prefiere el ruido y la confusión.


6. Oración y compromiso por los benefactores y la misión

Hoy oramos especialmente por los benefactores: hombres y mujeres que, con su generosidad, hacen posible que la Iglesia siga evangelizando.
Gracias a ellos, muchas comunidades, misioneros y obras sociales continúan siendo faros de esperanza.

Pidamos también por los misioneros y misioneras, visibles o anónimos, que desde su fe silenciosa siguen siendo apóstoles de amor en los márgenes del mundo.

Y hagamos un propósito concreto:

  • Que nuestras familias sean escuelas de luz.
  • Que nuestros niños celebren la vida, no la muerte.
  • Que nuestras comunidades se conviertan en oasis de esperanza para una humanidad sedienta de sentido.

7. Conclusión: La puerta pequeña del Reino

Jesús nos invita a entrar por la puerta estrecha de la felicidad verdadera.
No promete caminos fáciles ni recompensas instantáneas, pero sí una alegría que no pasa.
Quien se deja guiar por Él deja de ser “muerto viviente” y se convierte en discípulo resucitado.

Que María, Reina del Rosario y Madre de las Misiones, nos ayude a vivir la alegría de la fe sin máscaras ni miedos, con la esperanza firme de que la luz de Cristo es más fuerte que cualquier sombra.

Amén.

 

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Orar con urgencia, actuar con amor


1. Introducción: La urgencia del alma


Queridos hermanos y hermanas:


Celebramos hoy la memoria de San Simón y San Judas Tadeo, dos apóstoles que, más allá de la discreción de sus nombres en el Evangelio, fueron pilares silenciosos del amor de Cristo. Ellos comprendieron que la misión nace de la oración.
Y es precisamente el Evangelio de hoy el que nos enseña eso: Jesús, antes de escoger a los Doce, sube a la montaña y pasa la noche entera en oración.

Si para el mismo Hijo de Dios la oración era una urgencia, ¿cómo no habría de serlo para nosotros, débiles y dispersos en las mil ocupaciones del mundo moderno?
La oración no es un lujo espiritual, es una necesidad vital. El alma sin oración se asfixia, igual que un cuerpo sin oxígeno.


2. Jesús, modelo de oración profunda

El Evangelio según san Lucas nos presenta con frecuencia a Jesús retirándose a orar. No lo hace por rutina, sino por comunión. En el silencio de la montaña, Jesús se reencuentra con el Padre; allí se fortalece su identidad de Hijo y su obediencia filial.

“En el silencio del desierto —decía el texto original— Jesús no es más que un hijo vivificado por el soplo del Padre.”
Esa frase es preciosa. Porque nos revela que orar es respirar el mismo aliento de Dios.
En ese diálogo trinitario —Padre, Hijo y Espíritu— se renueva la fuerza para la misión.

Nosotros, que a menudo nos dejamos arrastrar por el ruido y las pantallas, necesitamos urgentemente ese silencio fecundo, ese espacio donde el alma descansa en el corazón de Dios.


3. La oración: fuente de misión

Jesús no ora para aislarse, sino para enviar.
Después de esa noche en la montaña, elige a los Doce: Simón, llamado el Zelote, y Judas Tadeo, el de la esperanza imposible.
Esa elección no fue producto de una estrategia, sino fruto del discernimiento orante.
El Reino no nace de la improvisación, sino del contacto con el Padre.

La oración no es evasión, sino compromiso.
De la montaña, Jesús desciende al llano. Y allí sana, enseña, toca, libera.
Esa es la secuencia del verdadero discípulo: subir para orar, bajar para servir.
El que no ora termina actuando por impulso; el que no actúa después de orar, convierte su fe en estancamiento.

San Simón y San Judas comprendieron esto. Ellos fueron hombres de acción porque antes fueron hombres de oración.


4. Orar en medio de las batallas

El Evangelio de hoy sitúa la oración de Jesús después de un conflicto con los fariseos.
Cuántas veces también nosotros, después de un día de tensiones, críticas o cansancio, sentimos la tentación de encerrarnos o de evadirnos…
Pero Jesús nos muestra otro camino: no responde con ira ni huye, sino que se eleva en oración.

La oración transforma el veneno en medicina.
Nos permite ver las cosas con los ojos del Padre y no con los filtros del resentimiento.
Solo quien reza puede seguir amando cuando ha sido herido, perdonando cuando ha sido incomprendido, sirviendo cuando está agotado.

Por eso, en esta memoria de los santos apóstoles, el Señor nos invita a orar con urgencia, no como rutina devocional, sino como necesidad de sobrevivencia espiritual.


5. La Iglesia edificada sobre la oración

San Pablo nos recuerda hoy (Ef 2,19-22) que somos “edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y Cristo Jesús es la piedra angular”.
La Iglesia no es solo una estructura; es una casa de oración, un templo donde el Espíritu habita.
Y así como los apóstoles fueron elegidos en un clima de oración, también nuestras comunidades deben construirse desde la escucha de Dios.

Agradecemos en este día a nuestros benefactores, que con su generosidad sostienen obras de fe, educación y caridad.
Pero más allá de los recursos, su mayor contribución es su oración constante, ese hilo invisible que une a los corazones con la Providencia divina.


6. En el corazón del Rosario y de las Misiones

Octubre nos recuerda dos caminos para vivir la oración misionera:

  • El Rosario, que nos enseña a contemplar a Cristo con los ojos de María.
  • La Misión, que nos impulsa a compartir lo que hemos contemplado.

Cada “Avemaría” rezada con fe es como una gota de luz que cae sobre el mundo.
Cada gesto de amor es una prolongación del Evangelio que hoy contemplamos.
Si Jesús pasó la noche entera hablando con su Padre, nosotros estamos llamados a pasar el día entero viviendo como hijos de ese Padre.


7. Conclusión: La oración que transforma

Queridos hermanos, orar no significa tener tiempo libre, sino darle tiempo a lo esencial.
Jesús nos enseña que antes de toda decisión importante, antes de elegir a sus apóstoles, ora.
Nosotros también debemos aprender a decidir desde la oración, no desde el impulso ni desde el miedo.

Orar con urgencia es entrar en el corazón de Dios para que su amor nos configure, para que su Espíritu nos inspire y para que su voluntad nos oriente.
Desde allí nace toda misión, toda fidelidad, toda paz.

Que María, Reina del Rosario, nos introduzca en este corazón a corazón con el Padre.
Que San Simón y San Judas Tadeo nos enseñen la fuerza del silencio, la audacia de la fe y la constancia de la oración.
Y que cada uno de nosotros, sostenidos por la intercesión de los benefactores y misioneros, seamos verdaderamente piedras vivas en la Iglesia de Cristo.

Amén.

 

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1. Introducción: Llamados por nombre, enviados por amor

 

Queridos hermanos y hermanas:


Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Simón y San Judas Tadeo, dos de los Doce apóstoles elegidos personalmente por Jesús después de una noche entera en oración.
San Lucas nos dice que, tras pasar la noche orando en la montaña, “Jesús llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a quienes también nombró apóstoles” (Lc 6,12-13).

Cada vez que escuchamos este pasaje, deberíamos sentirnos interpelados: Jesús sigue llamando. No sólo a los Doce de Galilea, sino también a ti, a mí, a cada creyente que ha recibido su nombre en el bautismo. La llamada de Dios no pertenece al pasado; sigue resonando en el presente, en lo cotidiano, en lo oculto y silencioso.

Simón y Judas Tadeo nos recuerdan que el discipulado no es una casualidad, sino una misión nacida en la oración de Cristo.


2. La elección que brota de la oración

Antes de elegir a los Doce, Jesús sube al monte y pasa toda la noche en oración. Es un detalle que no debemos pasar por alto.
La misión apostólica no nace de una reunión estratégica, sino del diálogo íntimo entre el Hijo y el Padre.
Cada decisión importante en la vida cristiana debe pasar por ese monte interior donde el alma se encuentra con Dios.

Jesús ora, escucha, discierne. Desde esa comunión profunda surgen los nombres: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Mateo, Tomás… y también Simón el Zelote y Judas Tadeo.

Si el mismo Cristo, siendo Hijo de Dios, necesitó orar antes de enviar a sus apóstoles, ¿cuánto más nosotros necesitamos detenernos a orar antes de hablar, decidir, enseñar o servir?


3. Los apóstoles del silencio y la esperanza

De Simón y Judas Tadeo sabemos poco.
Simón es llamado “el Zelote”, es decir, un hombre apasionado, fervoroso, que quizá provenía de un movimiento radical dentro del judaísmo. Jesús no reprimió su fuego interior; lo transformó en celo por el Reino, en entusiasmo por el Evangelio.

Judas Tadeo, por su parte, es conocido como el patrono de las causas imposibles. Algunos dicen que fue “el último apóstol al que los fieles invocaban” por compartir su nombre con el traidor, Judas Iscariote.
Pero en los designios misteriosos de Dios, aquel “último” se convirtió en la última esperanza de muchos, y así, en signo de la misericordia divina que nunca se rinde ante la desesperanza.

Ambos fueron probablemente mártires en la misma misión, tal vez en Siria o Persia. Murieron proclamando la fe que habían recibido de Jesús y sellaron con su sangre lo que habían anunciado con sus labios.


4. Enviados hasta los confines del mundo

La vocación de los apóstoles no fue contemplativa sin acción, ni acción sin oración.
Jesús los envió a proclamar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra, a sanar, liberar y reconciliar.
El fruto de su obediencia se ve hoy en la Iglesia extendida por todo el mundo.

Ellos no pudieron imaginar el alcance de su misión: comunidades cristianas que se multiplicarían, generaciones enteras de creyentes, y una fe que seguiría viva veinte siglos después.
Así actúa Dios: convierte la fidelidad humilde de algunos en bendición universal para todos.

Y lo mismo puede hacer contigo. No subestimes la misión que Dios te confía. Cada acto de amor, cada palabra de consuelo, cada gesto de servicio puede tener un eco eterno en la vida de otros.


5. Simón y Judas, modelos para la Iglesia de hoy

Simón nos enseña la pasión por el Evangelio. No el fanatismo, sino el ardor misionero. Ser “zelote” por Cristo hoy significa tener hambre de justicia, defender la vida, cuidar la creación, sanar las heridas de nuestro mundo.

Judas Tadeo nos enseña la esperanza inquebrantable. En tiempos donde muchos pierden la fe, él nos recuerda que no hay causa perdida cuando se pone en manos de Dios.
Cuántas familias, enfermos, pobres o migrantes encuentran en su intercesión una puerta abierta a la confianza.

Ellos dos, juntos, son la fe ardiente y la esperanza perseverante: dos virtudes indispensables para quien quiere seguir a Cristo hoy.


6. Orar, discernir y servir como Jesús

El Evangelio nos presenta tres movimientos esenciales en la vida cristiana:

1.    Jesús sube a la montaña → oración.

2.    Jesús llama a sus discípulos → discernimiento y elección.

3.    Jesús desciende y sana a la multitud → misión y servicio.

Ese mismo camino estamos llamados a recorrer nosotros:

  • Subir al monte de la oración,
  • Escuchar el llamado de Cristo,
  • Bajar a servir con alegría.

La oración sin misión se vuelve estéril; la misión sin oración se convierte en activismo vacío.
El discípulo verdadero une ambos movimientos: contempla para actuar y actúa desde la contemplación.


7. Los benefactores: apóstoles del compartir

Hoy nuestra intención orante es por los benefactores, esos hombres y mujeres que, movidos por la fe, colaboran con la Iglesia para que el Evangelio llegue a más personas.
Son los Simones y los Judases de nuestro tiempo: llamados y enviados a través de la caridad, el apoyo, la oración.
Su generosidad silenciosa sostiene la misión misionera, educativa y pastoral de tantas comunidades.

Dios bendice al que da con alegría, pero también transforma al que sabe agradecer lo recibido con esperanza.


8. En el mes del Rosario y las Misiones

El mes de octubre nos recuerda que María es la estrella que guía a los misioneros.
Cada “Avemaría” es una pequeña misión: un paso más hacia el corazón de Dios, una intercesión por quienes necesitan fe, salud o consuelo.

Los apóstoles fueron enviados con poder, pero también con ternura. Y esa ternura la aprendieron, sin duda, de la Madre de Jesús, la primera discípula y misionera.
Ella sigue acompañando a la Iglesia que ora y sale, que evangeliza y consuela.


9. Conclusión: Decir “Sí” y dejarse enviar

Hermanos y hermanas:
Jesús llamó a Simón y a Judas Tadeo. Los formó, los envió, y por ellos el mundo conoció su amor.
Hoy Él te llama a ti también. No necesitas ser perfecto, ni sabio, ni poderoso. Basta con responder con un “Sí” sincero y disponible, como ellos lo hicieron.

Ese “sí” puede transformar la historia de alguien, puede encender una vocación, puede abrir un camino de salvación.
Cada discípulo es una chispa en el gran fuego del amor de Dios.

Que San Simón nos contagie su celo por el Evangelio.
Que San Judas Tadeo nos comunique su esperanza en los momentos imposibles.
Y que María, Reina del Rosario y Madre de las Misiones, nos ayude a subir al monte para orar, bajar al llano para servir y permanecer en la fe para amar.

Amén.

 

 

28 de octubre:

San Simón y San Judas, Apóstoles — Fiesta

Siglo I
Patronos: de los curtidores, leñadores y peleteros (Simón); de las causas imposibles y de los trabajadores hospitalarios (Judas).


Cita bíblica:

“Por aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, y los nombró apóstoles: Simón, al que llamó Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo; Simón, llamado el Zelote; Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor.”
(Lucas 6, 12–16)


Reflexión

Hoy la Iglesia honra a San Simón y San Judas, dos de los Doce Apóstoles elegidos por nuestro Señor.
Fueron dos de los primeros obispos por medio de los cuales el Señor estableció su Iglesia, y de quienes todo obispo, sacerdote y diácono son descendientes espirituales.

Se sabe muy poco de estos dos Apóstoles, salvo lo que se menciona brevemente en el Nuevo Testamento, y aun eso resulta confuso. Ambos aparecen en las listas de los Doce a quienes Jesús nombró Apóstoles: Mateo 10,2–4; Marcos 3,16–19; Lucas 6,13–16; Hechos 1,13.

El Simón que hoy celebramos no es Simón Pedro, el príncipe de los Apóstoles, sino “Simón el Cananeo” (como dicen Mateo y Marcos) o “Simón el Zelote” (según Lucas y Hechos).
Ambos nombres significan lo mismo: “Cananeo” no se refiere a la Tierra de Canaán, sino que traduce una palabra aramea que significa “celoso” o “entusiasta”.

Es interesante notar que Jesús eligió una gran variedad de personas como sus apóstoles. Quizás el contraste más marcado se encuentra entre Simón el Zelote y Mateo el recaudador de impuestos.
Como zelote, Simón habría estado muy comprometido con su identidad judía y se habría opuesto con firmeza a la opresión y los tributos del Imperio romano.
Por su parte, Mateo había trabajado precisamente para los romanos, cobrando impuestos a los suyos.
El hecho de que Jesús eligiera a hombres tan distintos demuestra su apertura a todos los pueblos: no tenía un tipo de persona favorita, ni se dejaba condicionar por ideologías, clases sociales o vínculos culturales.
No fue nacionalista ni separatista: su interés fue todo ser humano, sin importar su origen o historia.
Tal vez Jesús escogió a Simón para llegar, por medio de él, a los más apegados a las tradiciones y creencias judías, a quienes el propio Simón podía hablar con autoridad.

Judas es mencionado como “Judas, hijo de Santiago” (en Lucas y Hechos) y como “Tadeo” (en Mateo y Marcos).
La única referencia cierta sobre él aparece en el Evangelio de san Juan, durante la Última Cena, donde se aclara: “Judas, no el Iscariote…” (Juan 14,22).
En esa cena, Jesús les había dicho con ternura a sus apóstoles que pronto se iría, pero que debían tener valor y esperar al Abogado prometido, el Espíritu Santo.
Entonces Judas, confundido, le preguntó:

“Maestro, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?”

En otras palabras, Judas quería saber por qué Jesús no manifestaba su divinidad abiertamente para que todos creyeran.
La respuesta del Señor es misteriosa, pero esencialmente señala que la fe no nace de pruebas externas, sino del don interior del Espíritu, y que la obediencia a esa fe y a la voluntad de Dios es lo que conduce a la unión divina.

En dos Evangelios se menciona además a Simón y Judas como “hermanos de Jesús”:

“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”
(Mateo 13,55; Marcos 6,3).

Sin embargo, la mayoría de los estudiosos actuales creen que estos “hermanos” no son los mismos apóstoles, sino primos de Jesús, ya que en aquella época era costumbre llamar “hermanos” a los parientes cercanos.
Es posible que el “Judas” mencionado como hermano de Jesús sea el autor de la Carta de Judas en el Nuevo Testamento, más que el propio apóstol.
No obstante, esto sigue siendo debatido, y el papa Benedicto XVI, en una Audiencia General del año 2006, señaló la tradición según la cual la Epístola de Judas sí fue escrita por el apóstol.
De ser así, podría tratarse de una misma persona.

Respecto a sus muertes, no existen datos históricos fiables, sino solo fuentes apócrifas como la Pasión de Simón y Judas y otros textos de los siglos IV y posteriores.
Una de las tradiciones más difundidas afirma que ambos viajaron a Persia para predicar el Evangelio y fueron martirizados allí hacia el año 65.
Se dice que Simón fue aserrado en dos, y que Judas fue golpeado con una maza.
Por eso, en el arte sacro suelen representarse con los instrumentos de su martirio.
Otras tradiciones los sitúan predicando en Armenia, Beirut, Líbano, Britania romana, Egipto o Samaria, donde habrían muerto por flechas, crucifixión o incluso de forma pacífica.

La Carta atribuida a San Judas Apóstol es breve pero apasionada.
En ella exhorta a los cristianos a mantenerse fieles frente a la inmoralidad y las herejías que amenazaban a la Iglesia naciente.
Algunos sugieren que fue esta firmeza la que lo convirtió en patrono de las causas imposibles, por su ardor en defender la fe.
Otra tradición señala que, como Judas compartía nombre con el traidor, su intercesión rara vez era invocada.
Solo después de acudir a todos los demás apóstoles y santos, los primeros cristianos se dirigían a él como última esperanza.
Y desde entonces, numerosos testimonios atribuyen a su intercesión milagros y favores concedidos a lo largo de los siglos.

Al honrar hoy a estos apóstoles, sabemos con certeza que fueron instrumentos fundamentales en la Iglesia primitiva.
Como los primeros obispos, tuvieron la sagrada responsabilidad de transmitir los sacramentos y las enseñanzas de Jesús a una Iglesia en formación.
Un día, en el cielo, comprenderemos plenamente los frutos de su ministerio pastoral.
Hoy nos gozamos en lo que no conocemos del todo, confiando en que sus vidas dieron gloria a Dios y salvación a muchos.


Oración

Santos Simón y Judas:
Ustedes tuvieron el privilegio de aprender directamente de Jesús.
Después de su Ascensión, estuvieron entre los primeros en recibir el Espíritu Santo y la ordenación episcopal.
Dios los envió a cumplir el mandato de llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Intercedan por mí, para que comprenda más plenamente mi misión dentro del Cuerpo de Cristo,
y la cumpla con diligencia, amor y esperanza.

Santos Simón y Judas, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

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