Santo del día:
Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia
(Jn 19,25-34) Hoy celebramos la memoria obligatoria de la Bienaventurada
Virgen María, Madre de la Iglesia. Al pie de la cruz, según el
Evangelio de Juan, María permanece fiel, de pie, junto al discípulo amado.
Allí, en la hora suprema del amor de Cristo, Jesús nos la entrega como Madre:
“Ahí tienes a tu madre”.
Esta memoria nos
recuerda que la Iglesia nace del costado abierto de Cristo, de donde brotan
sangre y agua, signos de la vida nueva, de los sacramentos y de la
misericordia. María, asociada íntimamente al misterio de su Hijo, acompaña a la
comunidad creyente, la consuela, la educa en la fe y la sostiene en la
esperanza.
Al
iniciar esta Eucaristía, pongámonos también nosotros junto a María, al pie de
la cruz, para recibir de Cristo el don de su amor y aprender a vivir como
verdaderos hijos de Dios y hermanos en la Iglesia.
Pecado no enmascarado
(Génesis 3, 9-15.20) Adán y Eva responden a su transgresión de manera semejante: “No fui yo quien tuvo la idea, pero fui yo quien lo hizo”. Es como si reconocieran su responsabilidad, aunque no hayan obedecido ni a Dios ni a sí mismos. Su pecado puede ser presentado ante Dios precisamente para ser iluminado y rechazado, en lugar de ser ocultado o disfrazado. La libertad solo crece cuando se pone al servicio de la verdad y de la vida. María ilumina este camino.
Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste
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Primera lectura
Gen
3, 9-15. 20
La
madre de todos los que viven
Lectura del libro del Génesis.
DESPUÉS de comer Adán del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo:
«¿Dónde estás?».
Él contestó:
«Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».
El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del
que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor Dios dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
El Señor Dios dijo a la serpiente:
«Por haber hecho eso, maldita tú
entre todo el ganado y todas las fieras del campo;
te arrastrarás sobre el vientre
y comerás polvo toda tu vida;
pongo hostilidad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y su descendencia;
esta te aplastará la cabeza
cuando tú la hieras en el talón».
Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.
Palabra de Dios.
o
bien:
Hch
1, 12-14
Perseveraban en la oración junto con María, la madre de Jesús
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
DESPUÉS de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a
Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo
que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior,
donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé
y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y
María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
86, 1b-2. 3 y 5. 6-7 (R.: 3)
R. Qué pregón tan
glorioso para ti,
ciudad de Dios.
V. Él la ha
cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sion
a todas las moradas de Jacob. R.
V. ¡Qué pregón tan
glorioso para ti,
ciudad de Dios!
Se dirá de Sion: «Uno por uno,
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado». R.
V. El Señor escribirá en
el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí».
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti». R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Oh, feliz
Virgen, que engendraste al Señor; oh, santa Madre de la Iglesia, que mantienes
en nosotros el Espíritu de tu Hijo Jesucristo. R.
Evangelio
Jn
19, 25-34
Ahí
tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su
madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su
madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se
cumpliera la Escritura, dijo:
«Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en
vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el
vinagre, dijo:
«Está cumplido».
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran
los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande,
pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los
soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían
crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le
quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó
el costado, y al punto salió sangre y agua.
Palabra del Señor.
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Queridos hermanos:
Hoy celebramos a la Bienaventurada Virgen María,
Madre de la Iglesia, y la Palabra de Dios nos lleva a dos jardines, o
mejor, a dos momentos decisivos de la historia de la salvación: el drama del
pecado en el Génesis y la hora de la redención al pie de la cruz.
En la primera lectura, Dios pregunta: “¿Dónde
estás?”. No es una pregunta de quien ignora, sino de quien ama. Dios no
busca a Adán para destruirlo, sino para sacarlo de su escondite. Después del
pecado, el ser humano se oculta, se justifica, señala a otros, intenta
disfrazar la verdad. Adán culpa a Eva; Eva culpa a la serpiente. Pero, en el
fondo, ambos saben que algo se ha roto dentro de ellos.
Alguien lo ha expresado muy bien: el pecado no debe
ser enmascarado, sino presentado ante Dios para que Él lo ilumine y lo sane. La
verdadera libertad no consiste en hacer lo que se nos antoja, sino en vivir en
la verdad, en reconocer nuestra fragilidad y dejarnos levantar por la
misericordia.
Y ahí aparece ya una promesa: Dios anuncia que la
descendencia de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. La tradición
cristiana ha visto en esa mujer una figura anticipada de María, la nueva Eva,
aquella que no se esconde de Dios, sino que responde con fe: “Hágase en mí
según tu palabra”.
El Evangelio nos lleva al Calvario. Allí está
María, de pie, junto a la cruz. No huye, no se esconde, no abandona. Allí, en
medio del dolor más grande, Jesús la entrega al discípulo amado: “Mujer, ahí
tienes a tu hijo”. Y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”.
En ese momento, María no solo recibe a Juan como
hijo; recibe a toda la Iglesia. Ella se convierte en Madre de los discípulos,
Madre de los creyentes, Madre de todos los que nacen de la Pascua de Cristo.
Porque la Iglesia nace del costado abierto de Jesús, de donde brotan sangre y
agua: signos de los sacramentos, de la Eucaristía, del Bautismo, de la vida
nueva.
Por eso el salmo proclama: “¡Qué pregón tan
glorioso para ti, ciudad de Dios!”. La Iglesia es esa ciudad donde Dios
reúne a sus hijos, donde todos pueden volver a casa, donde el pecador encuentra
perdón, el herido encuentra consuelo y el difunto es confiado a la misericordia
eterna del Padre.
Hoy oramos especialmente por nuestros difuntos.
También ellos, como nosotros, fueron marcados por la fragilidad humana; también
ellos caminaron entre luces y sombras; también ellos necesitaron de la gracia.
Los ponemos en manos de Cristo crucificado y resucitado, y los confiamos al
cuidado maternal de María, Madre de la Iglesia.
Ella, que estuvo junto a la cruz de su Hijo, esté
también junto a quienes lloran la muerte de sus seres queridos. Ella, que
recibió al discípulo amado, reciba maternalmente a nuestros difuntos y acompañe
nuestro camino de fe.
Que María nos enseñe a no esconder nuestras heridas
ni disfrazar nuestras culpas, sino a presentarlas ante Dios. Porque solo lo que
se pone en la luz puede ser sanado. Y solo quien se deja mirar por la
misericordia puede comenzar de nuevo.
María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros y
por nuestros difuntos. Amén.
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