martes, 26 de mayo de 2026

27 de mayo del 2026: miércoles de la octava semana del Tiempo ordinario-II-San Agustín de Canterbury, obispo-feria o memoria libre

 

Santo del día:

San Agustín de Canterbury

Siglos VI-VII. Elegido por el papa San Gregorio Magno para evangelizar Inglaterra, fue bien recibido por el rey sajón Etelberto, quien se convirtió poco después. San Agustín llegó a ser el primer obispo de Canterbury.


San Agustín de Canterbury nos recuerda que la evangelización nace de la obediencia a la misión y de la confianza en la gracia. No fue a imponer, sino a anunciar; no fue por cuenta propia, sino enviado por la Iglesia. Su vida nos invita a pedir por los misioneros y por todos los que, con paciencia y humildad, siembran el Evangelio en culturas y corazones nuevos.

 

 

Destino final

Marcos 10, 32-45

Algunos destinos hacen temer lo peor. Para Jesús, cuya predicación se ha ganado la hostilidad de los jefes religiosos, Jerusalén es uno de esos destinos. A su círculo más cercano, los Doce, les explica además la suerte que le espera. Ellos, entonces, se preparan para librar el último combate, pero dispersos y cada uno por su lado. La gloria de su Maestro no les cabe en duda, pero la humildad del servicio todavía permanece velada para ellos.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

1 Pe 1, 18-25
Fueron liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Ya saben que fueron liberados de su conducta inútil, heredada de sus padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por ustedes, que, por medio de él, creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.
Ya que han purificado sus almas por la obediencia a la verdad hasta amarse unos a otros como hermanos, ámense de corazón unos a otros con una entrega total, pues han sido regenerados, pero no a partir de una semilla corruptible sino de algo incorruptible, mediante la palabra de Dios viva y permanente, porque
«Toda carne es como hierba
y todo su esplendor como flor de hierba:
se agosta la hierba y la flor se cae,
pero la palabra del Señor permanece para siempre».
Pues esa es la palabra del Evangelio que se les anunció.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: 12a)

R. Glorifica al Señor, Jerusalén.

O bien:

R. Aleluya.

V. Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. 
R.

V. Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. 
R.

V. Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos. R.

 

Evangelio

Mc 10, 32-45
Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.


EN aquel tiempo, los discípulos estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo. Él tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder:
«Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará».
Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
«Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
«¿Qué quieren que haga por ustedes?».
Contestaron:
«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
«No saben lo que piden, ¿pueden beber el cáliz que yo he de beber, o bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
«Podemos».
Jesús les dijo:
«El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y serán bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos, les dijo:
«Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús subiendo a Jerusalén. No va de paseo. No va buscando aplausos. No va detrás de una corona de oro. Jesús camina hacia su “destino final”: la entrega total de su vida.

San Marcos nos dice que los discípulos iban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Hay algo solemne, casi dramático, en esta escena. Jesús va delante. Los demás lo siguen, pero no todos entienden hacia dónde va realmente. Él les anuncia con claridad que será entregado, condenado, burlado, escupido, azotado y muerto; pero también les dice que al tercer día resucitará.

Jesús no oculta la cruz. No endulza el camino. No vende una religión fácil. Pero tampoco presenta la cruz como derrota final. Su destino no termina en el sepulcro. Su destino final es la vida, la resurrección, la victoria del amor.

Y ahí aparece el contraste fuerte del Evangelio: mientras Jesús habla de entrega, Santiago y Juan piensan en puestos de honor. Mientras Jesús anuncia su pasión, ellos sueñan con sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en su gloria. No son malos; son humanos. Aman a Jesús, pero todavía entienden la gloria según los criterios del mundo: poder, prestigio, privilegios, reconocimiento.

Jesús les responde con una pregunta profunda: “¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber?”. Es decir: ¿pueden compartir mi camino? ¿Pueden amar como yo amo? ¿Pueden servir sin buscar recompensa? ¿Pueden permanecer fieles cuando llegue la prueba?

Esta pregunta también nos toca a nosotros. Porque muchas veces queremos la gloria de Cristo, pero sin el cáliz de Cristo. Queremos bendiciones, pero no procesos. Queremos consuelos, pero no paciencia. Queremos seguir al Señor, pero a veces nos cuesta aceptar que el camino cristiano pasa por el servicio, la humildad, el perdón y la entrega.

Por eso Jesús corrige a sus discípulos con una enseñanza que es el corazón del Evangelio:
“El que quiera ser grande, sea servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”

En el mundo, muchas veces se mide la grandeza por el cargo, el dinero, la fama, el número de seguidores, la influencia o la capacidad de mandar. En el Reino de Dios, la grandeza se mide por la capacidad de servir. Para Jesús, grande no es quien domina, sino quien se inclina. Grande no es quien se impone, sino quien ama. Grande no es quien usa a los demás, sino quien se entrega por ellos.

Y Jesús no solamente enseña esto con palabras. Lo vive en carne propia:
“El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.”

Aquí se ilumina bellamente la primera lectura. San Pedro nos recuerda que no fuimos rescatados con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. Nuestra vida vale mucho. Valemos la sangre de Cristo. Ningún sufrimiento, ninguna herida, ninguna lágrima, ningún fracaso, ninguna enfermedad, ningún pecado arrepentido es más grande que el amor con que Cristo nos ha rescatado.

Por eso hoy oramos especialmente por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Por los enfermos, por los que viven dolores físicos, por los que atraviesan tratamientos difíciles, por quienes están cansados de luchar. Pero también por quienes sufren por dentro: los que cargan tristeza, ansiedad, soledad, duelo, culpa, depresión, miedo, desesperanza o heridas que nadie ve.

A todos ellos el Evangelio les dice: Cristo va delante. No camina lejos del dolor humano. Él conoce el sufrimiento desde dentro. Fue burlado, rechazado, herido, abandonado y crucificado. Pero su dolor no fue estéril. Lo transformó en redención. Lo convirtió en amor entregado. Lo hizo fuente de vida para muchos.

La fe cristiana no nos dice que no vamos a sufrir. Nos dice algo más profundo: que no sufrimos solos. Cristo sube con nosotros a nuestras Jerusalén. Cristo entra con nosotros en nuestras noches. Cristo bebe con nosotros el cáliz amargo. Y allí donde parece que todo termina, Él abre un camino de resurrección.

El salmo nos invita: “Glorifica al Señor, Jerusalén.” ¿Cómo glorificamos al Señor? No solo con cantos y oraciones, sino también cuando servimos al hermano herido; cuando acompañamos al enfermo; cuando escuchamos al triste; cuando no dejamos solo al que llora; cuando usamos nuestras manos para aliviar y no para herir; cuando nuestro corazón se vuelve casa para quien está cansado.

Queridos hermanos, Jesús nos enseña hoy que el verdadero discípulo no pregunta: “¿Qué puesto me toca?”, sino: “¿A quién puedo servir?”. No pregunta: “¿Quién me va a reconocer?”, sino: “¿A quién puedo levantar?”. No busca sentarse en tronos, sino arrodillarse ante el dolor del hermano.

Que esta Eucaristía nos ayude a cambiar nuestra idea de grandeza. Que aprendamos a seguir a Jesús no solo cuando multiplica panes, cura enfermos o entra aclamado en Jerusalén, sino también cuando camina hacia la cruz. Porque ese camino, aunque parezca oscuro, conduce a la vida.

Pidamos hoy al Señor por todos los que sufren en el alma y en el cuerpo. Que sientan la cercanía de Cristo servidor, de Cristo médico, de Cristo redentor. Y que nosotros, como Iglesia, no busquemos honores vacíos, sino la hermosa grandeza de servir.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús subiendo a Jerusalén. San Marcos nos dice que Jesús va delante, decidido, mientras los discípulos lo siguen entre el asombro y el miedo. Hay en esta escena una tensión profunda: Jesús sabe hacia dónde camina; los discípulos todavía no comprenden del todo.

Jesús les habla con claridad: será entregado, condenado, burlado, escupido, azotado y muerto; pero al tercer día resucitará. Es el tercer anuncio de la Pasión. Jesús abre su corazón ante los suyos. Les revela el dolor que se acerca, les comparte el peso de su misión, les anuncia el cáliz que está a punto de beber.

Pero los discípulos no logran entrar en el corazón de Jesús. Santiago y Juan, en lugar de escuchar el sufrimiento del Maestro, piensan en puestos de honor: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Mientras Jesús habla de cruz, ellos sueñan con tronos. Mientras Jesús se prepara para entregar la vida, ellos buscan privilegios.

Y aquí aparece una enseñanza muy actual. Cuántas veces también nosotros escuchamos el dolor de los demás, pero no lo acogemos de verdad. Alguien nos comparte su sufrimiento, y nosotros estamos pensando en nuestros asuntos. Alguien necesita una palabra, una presencia, una escucha, y nosotros respondemos distraídos. A veces nos falta esa caridad sencilla y profunda que se llama empatía: la capacidad de entrar con respeto en el dolor del otro, de acompañar sin juzgar, de estar presentes sin querer ocupar el centro.

Jesús, sin embargo, no pierde la paciencia. No rechaza a Santiago y Juan. No humilla a los discípulos. Los corrige y los educa. Les dice: “El que quiera ser grande, sea servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Con esto Jesús cambia por completo la lógica humana. La verdadera grandeza no está en mandar, sobresalir o ser reconocido, sino en servir, acompañar, cargar con los otros, amar hasta el extremo.

La primera lectura nos ayuda a comprender el precio de ese amor. San Pedro nos recuerda que no fuimos rescatados con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. Nuestra vida vale la sangre de Cristo. Fuimos amados hasta la cruz. Fuimos redimidos por un amor que no se quedó en palabras, sino que se hizo entrega.

Por eso, cuando Jesús dice que el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos, no está pronunciando una frase bonita. Está revelando el sentido de toda su existencia. Jesús no vino a buscar honores, sino a levantar al caído. No vino a ocupar un trono de poder, sino a abrazar la cruz. No vino a dominar, sino a liberar.

Y qué bello es mirar aquí a la Virgen María. Mientras los discípulos no alcanzan a comprender, María sí acompaña. Ella guarda, medita, sufre y permanece. En el Calvario estará de pie, junto a la cruz. No podrá quitarle el dolor a su Hijo, pero estará allí. Y muchas veces eso es lo que más necesita quien sufre: no explicaciones, no discursos, no frases fáciles, sino una presencia fiel.

La empatía cristiana no consiste solamente en sentir lástima. Es mucho más: es mirar al otro con los ojos de Cristo. Es descubrir al Señor en quien está enfermo, solo, triste, cansado, angustiado o herido. Es preguntarnos: ¿a quién estoy dejando solo en su cruz? ¿A quién puedo escuchar mejor? ¿A quién debo servir sin buscar reconocimiento?

El salmo nos invita a glorificar al Señor, a bendecirlo porque Él fortalece las puertas de su pueblo, trae la paz y nos comunica su Palabra. Pero esa Palabra no puede quedarse encerrada en los labios. Debe hacerse vida. Glorificamos al Señor cuando somos instrumentos de paz; cuando servimos con humildad; cuando dejamos de competir por los primeros puestos y comenzamos a inclinarnos ante las necesidades de los hermanos.

Hoy Jesús nos pregunta, como a Santiago y Juan: “¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber?”. No respondamos demasiado rápido. Beber el cáliz de Cristo significa amar cuando cuesta, servir cuando nadie aplaude, permanecer cuando otros se van, acompañar el dolor ajeno sin huir, aceptar que el camino de la gloria pasa por la cruz.

Pidamos en esta Eucaristía un corazón más parecido al de María: atento, compasivo, fiel. Un corazón que no pase de largo ante el sufrimiento. Un corazón que no busque sentarse en los primeros puestos, sino servir desde el amor escondido y generoso.

Que el Señor nos libre de la indiferencia de los discípulos y nos conceda la gracia de una verdadera empatía cristiana. Que podamos reconocer a Cristo en quienes sufren y consolar su Corazón sirviendo a nuestros hermanos.

Porque en el Reino de Dios, el más grande no es el que más manda, sino el que más ama.

Amén.

 

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