La
modernidad de Pentecostés
Hay en la
fiesta de Pentecostés algo decididamente moderno, casi conmovedor: la certeza
de que una comunidad puede renacer, transformarse y unificarse. No por
estrategias humanas, sino por un Soplo venido de otra parte. Un Soplo que abre
las puertas, libera la palabra y devuelve a mujeres y hombres la gracia de
comprenderse.
En los Hechos
de los Apóstoles, el Espíritu irrumpe como una explosión de luz. Los
discípulos, todavía temerosos y encerrados, son lanzados de repente al corazón
del mundo. Como una ráfaga, como fuego y, sobre todo, como una voz que se
vuelve plural, el Soplo de Dios se hace oír en todas las lenguas.
Primera
sorpresa: el Espíritu no uniforma, sino que reúne preservando la riqueza de las
diferencias. Pablo dice esta misma verdad cuando habla de un solo Espíritu como
origen de múltiples dones. Esta es la segunda lección de Pentecostés: la unidad
cristiana no es un bloque compacto y liso; respira a través de sus
diversidades, vive de la complementariedad de talentos, historias y
sensibilidades.
En el
Evangelio, Jesús sopla sobre sus discípulos como Dios, al comienzo, había
soplado sobre Adán. Ese gesto íntimo, casi frágil, recrea sin embargo la misión
con toda su fuerza: ser testigos, llevar la paz y la reconciliación. Porque,
desde entonces, estamos atravesados por esa respiración divina que nos supera.
¿Un tercer
aprendizaje del Espíritu? La fe nunca es una clausura. Es un impulso.
Cuando oro con
la Secuencia de Pentecostés, ¿qué cualidad del Espíritu Santo me habla más hoy?
¿Qué viene a
renovar en mi vida el soplo de Jesús resucitado?
Karem Bustica, rédactrice en chef de
Prions en Église
Primera lectura
Se llenaron
todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
AL cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De
repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba
fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron
aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de
cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en
otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que
hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron
desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban
todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada
uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de
Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la
zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto
judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos
hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Envía tu
Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra.
O bien:
R. Aleluya.
V. Bendice,
alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.
V. Les
retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.
V. Gloria a
Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R.
Segunda
lectura
Hemos sido
bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.
Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de
ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un
mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la
manifestación del Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los
miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también
Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados
en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un
solo Espíritu.
Palabra de Dios.
Secuencia
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Aclamación
V. Ven,
Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama
de tu amor. R.
Evangelio
Como el Padre
me ha enviado, así también los envío yo; reciban el Espíritu Santo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en
una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró
Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a ustedes».
Y, diciendo esto, les enseño las manos y el costado. Y los discípulos se
llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».
Palabra del Señor.
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1
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
celebramos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, la fiesta del nacimiento
misionero de la Iglesia, la fiesta del fuego que no destruye sino que purifica,
ilumina y enciende; la fiesta del viento que no arrasa sino que empuja, abre
puertas y pone de nuevo en camino. Pentecostés es una de esas solemnidades que
no podemos reducir a un recuerdo bonito del pasado. No celebramos simplemente
“lo que ocurrió” hace muchos siglos en Jerusalén. Celebramos lo que Dios quiere
seguir haciendo hoy en su Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras
familias, en nuestra vida personal.
Alguien
comentando las lecturas de esta solemnidad habla de “la modernidad de Pentecostés”.
Y
es verdad. Pentecostés tiene algo profundamente actual, casi urgente para
nuestro tiempo. Vivimos en un mundo hiperconectado, pero muchas veces
incomunicado. Tenemos más medios para hablar, pero no siempre más capacidad de
escucharnos. Podemos enviar mensajes en segundos, pero nos cuesta comprender el
corazón del otro. Hay redes sociales, grupos, plataformas y canales, pero
también hay soledad, polarización, agresividad, sospecha, cansancio espiritual
y miedo al futuro.
Por
eso Pentecostés es tan actual. Porque Pentecostés nos dice que una comunidad puede
renacer. Que una Iglesia cansada puede volver a levantarse. Que una familia
dividida puede volver a dialogar. Que un corazón encerrado puede volver a
respirar. Que la misión no nace solamente de planes, estrategias, reuniones o
discursos, sino de un Soplo que viene de Dios. Un Soplo que abre puertas,
libera la palabra y nos devuelve la gracia de entendernos.
La
primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta una escena llena de
fuerza simbólica. Los discípulos están reunidos. Todavía pesan sobre ellos el
miedo, la incertidumbre, las heridas de la Pasión, la experiencia de haber
fallado, de haber huido, de no haber entendido del todo el camino de Jesús. Y
de repente, dice el texto, vino del cielo un ruido como de viento impetuoso,
aparecieron unas lenguas como de fuego y todos quedaron llenos del Espíritu
Santo.
El
Espíritu no llega como una idea abstracta. Llega como viento y como fuego. El
viento se siente, aunque no se ve. Mueve, sacude, refresca, empuja. El fuego
ilumina, calienta, purifica, transforma. Así obra Dios en el alma: a veces no
lo podemos explicar del todo, pero sabemos que algo se mueve; sabemos que una
palabra nos toca, que una herida empieza a sanar, que una decisión se aclara,
que un miedo pierde fuerza, que un entusiasmo nuevo comienza a nacer.
Pero
lo más sorprendente del relato no es solamente el viento ni el fuego. Lo más
sorprendente es que los discípulos comienzan a hablar y todos los oyen en su
propia lengua. Había gente de muchos pueblos, culturas y regiones, y cada uno
escuchaba las maravillas de Dios en su idioma. Aquí aparece una primera gran
enseñanza: el Espíritu
Santo no elimina las diferencias; las convierte en lugar de comunión.
A
veces pensamos que la unidad consiste en que todos piensen igual, hablen igual,
sientan igual, actúen igual. Pero Pentecostés nos muestra otra cosa. El
Espíritu no hace una masa uniforme. El Espíritu no aplasta la identidad de
nadie. El Espíritu no borra la historia, la sensibilidad, el temperamento, la
cultura o los dones de cada persona. Al contrario: los asume, los purifica y
los pone al servicio de la comunión.
Pentecostés
es lo contrario de Babel. En Babel, los hombres querían construir una torre
para alcanzar el cielo por sus propias fuerzas, y terminaron confundidos,
dispersos, incapaces de entenderse. En Pentecostés, Dios desciende, no para
confundir, sino para reunir; no para destruir la diversidad, sino para hacer
posible una comunión más profunda. Babel es el orgullo que divide. Pentecostés
es la gracia que reúne.
Esta
palabra es muy necesaria en la Iglesia y en la sociedad. Cuántas veces nuestras
comunidades sufren no porque falten dones, sino porque no sabemos integrarlos.
Hay personas con talento para servir, otras para enseñar, otras para cantar,
otras para organizar, otras para consolar, otras para acompañar a los enfermos,
otras para trabajar en silencio, otras para animar la oración, otras para
llevar una palabra al que está triste. El problema no es la diversidad. El
problema aparece cuando la diversidad se convierte en competencia, en
comparación, en celos, en protagonismo, en rivalidad.
Por
eso san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece una enseñanza luminosa: “Hay
diversidad de dones, pero un mismo Espíritu”. Y más adelante utiliza la imagen
del cuerpo: aunque somos muchos miembros, formamos un solo cuerpo en Cristo. El
ojo no puede decirle a la mano: “No te necesito”. La cabeza no puede decirle a
los pies: “No me hacen falta”. Cada miembro tiene su lugar, su dignidad y su
misión.
Pentecostés
nos invita a pasar de la comparación a la comunión. A dejar de preguntarnos
quién vale más, quién aparece más, quién manda más, quién tiene más
reconocimiento, y empezar a preguntarnos: ¿qué don me ha dado Dios para servir?
¿Qué puedo aportar a mi comunidad? ¿A quién puedo ayudar? ¿Cómo puedo colaborar
para que el Cuerpo de Cristo esté más vivo, más unido, más disponible para la
misión?
La
Iglesia no se construye con espectadores. Se construye con discípulos. Y el
Espíritu Santo no reparte dones para alimentar vanidades, sino para edificar la
comunidad. Todo don que no se convierte en servicio se marchita. Todo carisma
que no construye comunión se deforma. Toda cualidad que no pasa por el amor
termina convirtiéndose en ruido. Por eso Pablo nos recuerda que nadie puede
decir “Jesús es Señor” si no es bajo la acción del Espíritu Santo. La fe
auténtica no es solo repetir palabras religiosas; es dejar que Jesús sea
realmente Señor de nuestra vida, de nuestras decisiones, de nuestras
relaciones, de nuestro modo de hablar, de servir, de perdonar y de amar.
El
Salmo 104 nos ayuda a contemplar al Espíritu desde otra perspectiva: como el
aliento creador de Dios. “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la
tierra”. Es una frase preciosa. El Espíritu no solo actúa dentro del templo. El
Espíritu renueva la creación entera. Donde el Espíritu llega, la vida vuelve a
brotar. Donde parecía haber muerte, surge esperanza. Donde parecía haber
sequedad, aparece una fuente. Donde había cansancio, nace fuerza. Donde había
oscuridad, se enciende una luz.
Cuántas
personas necesitan hoy esta renovación. Hay vidas agotadas, corazones
endurecidos, matrimonios heridos, jóvenes desorientados, ancianos solos,
comunidades cansadas, países golpeados por la violencia, familias heridas por
la incomunicación, personas que llevan dentro culpas antiguas o dolores que
nunca han podido nombrar. Y la Iglesia hoy vuelve a orar: “Envía tu Espíritu,
Señor”. No decimos simplemente: “Señor, mejora un poco las cosas”. Decimos:
“Renueva la faz de la tierra”. Renueva mi casa. Renueva mi parroquia. Renueva
mi vocación. Renueva mi esperanza. Renueva mi manera de mirar. Renueva mi forma
de hablar. Renueva mi capacidad de perdonar.
La
Secuencia de Pentecostés, que hoy la liturgia nos manda proclamar, es una joya
espiritual. En ella la Iglesia invoca al Espíritu con nombres llenos de ternura
y de profundidad: padre de los pobres, luz de los corazones, dulce huésped del
alma, descanso en el trabajo, brisa en las horas de fuego, consuelo en el
llanto. Es una oración que parece conocer perfectamente nuestra fragilidad
humana. No habla de un Espíritu lejano, sino de un Espíritu íntimo, cercano,
consolador, sanador.
La
Secuencia reconoce algo muy real: sin el Espíritu, nuestra vida se seca; sin el
Espíritu, el esfuerzo se vuelve puro desgaste; sin el Espíritu, la religión
puede convertirse en rutina; sin el Espíritu, la comunidad puede llenarse de
estructuras pero quedarse sin alma; sin el Espíritu, incluso nuestras buenas
obras pueden perder frescura, alegría y humildad. Por eso la Iglesia suplica:
ven, llena, lava, riega, sana, doblega, calienta, guía. Son verbos que tocan la
vida concreta.
“Lava
lo que está manchado”: ¿qué manchas necesitamos poner hoy ante Dios? Tal vez
rencores, orgullos, mentiras, infidelidades, indiferencias, pecados que hemos
normalizado, heridas que hemos escondido.
“Riega lo que está seco”: ¿qué se ha secado en nosotros? Tal vez la oración, la
alegría, la confianza, el amor primero, el entusiasmo pastoral, la paciencia
con los demás.
“Sana lo que está enfermo”: ¿qué zonas de nuestra vida necesitan sanación? Tal
vez la memoria, la afectividad, la relación con Dios, la relación con la
familia, la relación con nosotros mismos.
“Doblega lo que está rígido”: ¿en qué nos hemos vuelto duros? Tal vez en
nuestros juicios, en nuestra manera de tratar a los demás, en nuestra
resistencia a cambiar, en nuestra incapacidad de pedir perdón.
“Calienta lo que está frío”: ¿dónde se nos enfrió el corazón? Tal vez en la fe,
en la caridad, en la compasión, en la sensibilidad ante el dolor ajeno.
Pentecostés
no es solo una fiesta de entusiasmo exterior. Es una fiesta de transformación
interior. El Espíritu no viene únicamente a emocionarnos; viene a convertirnos.
No viene solo a hacernos cantar más fuerte; viene a hacernos amar mejor. No
viene solo a darnos palabras bonitas; viene a hacernos testigos creíbles del
Resucitado.
Y
aquí llegamos al Evangelio de san Juan. La escena es distinta a la de los
Hechos, pero profundamente complementaria. Los discípulos están encerrados por
miedo. Las puertas están cerradas. Jesús resucitado se presenta en medio de
ellos y les dice: “La paz esté con ustedes”. Luego les muestra las manos y el
costado. Es decir, el Resucitado no oculta sus heridas. La paz que Jesús ofrece
no es una paz barata, superficial, sin memoria. Es la paz del Crucificado que
ha vencido la muerte. Es la paz que nace del amor entregado hasta el extremo.
Después
Jesús repite: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así
también los envío yo”. Y sopla sobre ellos diciendo: “Reciban el Espíritu Santo”.
Este gesto es bellísimo. Jesús sopla sobre sus discípulos como Dios sopló
aliento de vida sobre el primer ser humano en el Génesis. Es una nueva
creación. El Resucitado está haciendo nacer una humanidad nueva. Aquellos
hombres encerrados por miedo son recreados por el aliento de Cristo.
El
miedo cierra puertas. El Espíritu las abre. El miedo paraliza. El Espíritu
envía. El miedo nos hace defendernos. El Espíritu nos hace testigos. El miedo
nos encierra en nuestras heridas. El Espíritu nos lanza a sanar heridas. El
miedo nos hace callar. El Espíritu libera la palabra. El miedo nos hace mirar
al otro como amenaza. El Espíritu nos enseña a reconocerlo como hermano.
Y
Jesús vincula el don del Espíritu con la misión del perdón: “A quienes les
perdonen los pecados, les quedan perdonados”. Pentecostés no termina en una
experiencia íntima, sino en una misión reconciliadora. La Iglesia recibe el
Espíritu para ser instrumento de paz y perdón. Por eso, una comunidad
verdaderamente llena del Espíritu no puede vivir alimentando odios,
murmuraciones, resentimientos o divisiones. Una comunidad llena del Espíritu
debe ser casa de reconciliación.
Esto
no significa negar la verdad ni maquillar el pecado. El perdón cristiano no es
complicidad con el mal. Pero sí significa que el Espíritu nos saca de la lógica
de la venganza, del juicio implacable, de la condena permanente. El Espíritu
nos enseña que siempre puede haber un nuevo comienzo. Que nadie está
definitivamente perdido si se abre a la gracia. Que las heridas pueden
convertirse en fuentes de misericordia. Que la Iglesia existe para anunciar que
Dios perdona, levanta y devuelve dignidad.
Queridos
hermanos, Pentecostés nos hace una pregunta muy concreta: ¿qué puertas están
cerradas en mi vida? Tal vez la puerta de la confianza, porque he sido herido.
Tal vez la puerta de la oración, porque me he enfriado. Tal vez la puerta del
perdón, porque todavía me duele demasiado. Tal vez la puerta de la misión,
porque tengo miedo, vergüenza o comodidad. Tal vez la puerta de la esperanza,
porque me he acostumbrado a pensar que nada puede cambiar.
Jesús
resucitado entra hoy en medio de nuestras puertas cerradas. No viene a
reprocharnos primero. Viene a decirnos: “La paz esté con ustedes”. Viene a
mostrarnos sus heridas gloriosas para recordarnos que también nuestras heridas
pueden ser tocadas por la Pascua. Viene a soplar sobre nosotros su Espíritu
para que no vivamos como cristianos asfixiados, sino como hijos de Dios que
respiran su gracia.
Pentecostés
nos recuerda que la fe nunca es una clausura. La fe no es encierro, no es miedo
al mundo, no es nostalgia de un pasado idealizado, no es refugio cómodo para no
comprometernos. La fe es impulso. Es salida. Es misión. Es palabra que se
vuelve anuncio. Es comunión que se vuelve servicio. Es oración que se vuelve
caridad. Es fuego interior que se convierte en luz para otros.
Hoy
necesitamos pedir un nuevo Pentecostés para la Iglesia. Un Pentecostés que nos
libere de la rutina, del clericalismo, de la indiferencia, del cansancio
pastoral, de las divisiones internas. Un Pentecostés que despierte vocaciones,
que renueve los ministerios, que fortalezca a los matrimonios, que dé esperanza
a los jóvenes, que consuele a los enfermos, que acompañe a los pobres, que sane
a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Un Pentecostés que nos ayude a
hablar lenguas nuevas: la lengua de la compasión, la lengua de la escucha, la
lengua de la ternura, la lengua de la verdad dicha con amor, la lengua de la
misericordia.
También
necesitamos pedir un Pentecostés para nuestro país, para nuestras comunidades,
para nuestras islas, pueblos y ciudades. Que el Espíritu nos enseñe a
comprendernos en medio de las diferencias. Que nos libre de la violencia verbal
y física. Que sane las heridas sociales. Que nos haga constructores de paz. Que
nos recuerde que ninguna comunidad se edifica desde el desprecio, sino desde el
reconocimiento de la dignidad del otro.
Y
necesitamos pedir un Pentecostés personal. Porque a veces hablamos mucho de
renovar la Iglesia, la sociedad o la familia, pero se nos olvida decir: “Señor,
empieza por mí”. Renueva mi corazón. Renueva mi fe. Renueva mi sacerdocio, mi
consagración, mi matrimonio, mi servicio, mi manera de vivir. Hazme menos duro,
menos orgulloso, menos frío, menos temeroso. Hazme más dócil, más humilde, más
alegre, más disponible, más misericordioso.
Hoy,
al acercarnos a la Eucaristía, pidamos al Espíritu Santo que haga en nosotros
lo que hizo en el Cenáculo. Que convierta nuestros miedos en misión, nuestras
diferencias en comunión, nuestras heridas en testimonio, nuestras palabras en
anuncio, nuestra vida en alabanza.
Que
la Virgen María, presente en oración con los apóstoles, nos enseñe a esperar el
Espíritu con humildad y perseverancia. Ella, llena del Espíritu Santo desde la
Anunciación, sabe que cuando Dios sopla sobre una vida disponible, todo puede
comenzar de nuevo.
Ven,
Espíritu Santo.
Abre nuestras puertas cerradas.
Enciende nuestros corazones apagados.
Reúne lo que está disperso.
Sana lo que está herido.
Perdona lo que está manchado.
Renueva la faz de la tierra.
Y haz de nosotros una Iglesia viva, reconciliada y misionera.
Amén.
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
celebramos Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu Santo, la fiesta del
nacimiento misionero de la Iglesia. Cincuenta días después de la Resurrección,
aquellos discípulos que habían conocido a Jesús, que lo habían escuchado, que
habían visto sus milagros y que también habían experimentado el miedo y la
fragilidad, reciben una fuerza nueva. Ya no se trata solamente de recordar lo
que Jesús hizo; ahora se trata de continuar su misión con la fuerza del
Espíritu.
El
Evangelio nos sitúa en la tarde del día de la Resurrección. Los discípulos
están encerrados por miedo. Las puertas están cerradas. No solo están cerradas
las puertas de la casa; también están cerradas, de alguna manera, las puertas
del corazón. Hay miedo, tristeza, culpa, desconcierto. Y en medio de ese
encierro aparece Jesús resucitado y les dice: “La paz esté con ustedes”.
Qué
hermosa es esta primera palabra del Resucitado. Jesús no llega reprochando, no
llega humillando a los que lo abandonaron, no llega recordándoles su cobardía.
Llega regalando paz. La paz de Cristo no es simple tranquilidad exterior. Es la
paz que nace de saberse perdonado, amado y enviado de nuevo. Es la paz que
devuelve la dignidad al discípulo caído. Es la paz que reconstruye por dentro.
Luego
Jesús les dice: “Como el
Padre me ha enviado, así también los envío yo”. La paz no es
para encerrarse cómodamente. La paz es para salir. El encuentro con Cristo
resucitado no termina en una emoción privada, sino en una misión. El discípulo
que recibe la paz de Jesús es enviado a llevar paz. El que ha sido perdonado es
enviado a anunciar el perdón. El que ha sido levantado es enviado a levantar a
otros.
Después,
Jesús realiza un gesto profundo: sopló
sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”. Este gesto
nos recuerda el relato de la creación, cuando Dios sopló aliento de vida sobre
el primer ser humano. Ahora Cristo, el nuevo Adán, sopla sobre sus discípulos y
realiza una nueva creación. Aquellos hombres temerosos comienzan a ser
transformados en testigos. El Espíritu Santo es el aliento de Dios que devuelve
vida donde había miedo, fuerza donde había debilidad, esperanza donde había
fracaso.
En
la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos la
manifestación plena de ese don. El Espíritu viene como viento impetuoso y como lenguas de fuego. Dos
imágenes poderosas.
El
viento no se ve, pero se siente. No lo podemos encerrar ni dominar, pero vemos
sus efectos. Así es el Espíritu Santo. No siempre lo vemos con los ojos, pero
reconocemos su presencia cuando un corazón cambia, cuando una persona perdona,
cuando alguien vence el miedo, cuando una comunidad se une, cuando la Palabra
de Dios despierta vida, cuando la Iglesia sale de sí misma para anunciar el
Evangelio.
El
fuego, por su parte, ilumina, calienta y purifica. El Espíritu viene como fuego
porque quiere quemar en nosotros lo que nos aparta de Dios: el pecado, la
indiferencia, la tibieza, el egoísmo, la división, la dureza del corazón. Pero
también viene a encendernos. Un cristiano lleno del Espíritu no puede vivir
apagado, resignado, frío, indiferente. El Espíritu enciende el amor, el
entusiasmo, la valentía, la alegría de servir y de anunciar a Cristo.
Antes
de Pentecostés, los discípulos estaban encerrados. Después de Pentecostés,
salen a la plaza. Antes tenían miedo. Después hablan con valentía. Antes eran
un pequeño grupo escondido. Después se convierten en una Iglesia misionera.
¿Qué cambió? No cambiaron sus capacidades humanas. No se volvieron expertos de
repente. Lo que cambió fue que se dejaron llenar por el Espíritu Santo.
Eso
mismo necesitamos nosotros. Muchas veces también vivimos encerrados: encerrados
en nuestros temores, en nuestras heridas, en nuestras comodidades, en nuestros
rencores, en nuestras excusas. A veces tenemos fe, pero una fe tímida; amor,
pero un amor cansado; esperanza, pero una esperanza debilitada. Por eso hoy
necesitamos decir con fuerza: Ven,
Espíritu Santo.
San
Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que hay diversidad de dones, pero un
mismo Espíritu. Pentecostés no borra las diferencias; las pone al servicio de
la comunión. En la Iglesia no todos tenemos la misma misión, ni los mismos
talentos, ni la misma sensibilidad. Pero todos somos necesarios. Somos muchos
miembros, pero un solo cuerpo. El Espíritu no viene a uniformarnos, sino a
unirnos. No viene a crear rivalidades, sino comunión. No reparte dones para
alimentar vanidades, sino para servir.
Por
eso debemos preguntarnos: ¿qué don me ha dado Dios? ¿Lo estoy poniendo al
servicio de los demás? ¿Mi presencia en la comunidad construye unidad o
alimenta división? ¿Soy instrumento de paz o de conflicto? ¿De perdón o de
juicio? ¿De esperanza o de desaliento?
El
Evangelio une el don del Espíritu con el perdón de los pecados. Jesús dice: “A quienes les perdonen los pecados, les
quedan perdonados”. El Espíritu Santo hace de la Iglesia una
casa de misericordia. La Iglesia no recibe el Espíritu para condenar al mundo,
sino para anunciar que en Cristo hay perdón, reconciliación y vida nueva.
Pentecostés es también la fiesta del Sacramento de la Reconciliación, porque
allí el Espíritu sigue soplando sobre nuestras heridas y nos devuelve la paz.
Queridos
hermanos, en esta solemnidad pidamos que el Espíritu Santo renueve nuestra
vida. Que sea viento que abra nuestras puertas cerradas. Que sea fuego que
purifique nuestro corazón. Que sea luz en nuestras decisiones. Que sea consuelo
en nuestras tristezas. Que sea fuerza en nuestras debilidades. Que sea unidad
en nuestras familias y comunidades. Que sea valentía para anunciar el
Evangelio.
Hoy
la Iglesia entera canta con el Salmo: “Envía
tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”. Pero esa
renovación comienza en cada uno de nosotros. La faz de la tierra se renueva
cuando se renueva un corazón. La Iglesia se renueva cuando un cristiano deja de
vivir apagado y permite que Dios lo encienda de nuevo.
Que
María, la mujer llena del Espíritu Santo, que oraba con los apóstoles en el
Cenáculo, nos enseñe a esperar, recibir y obedecer al Espíritu. Y que en esta
Eucaristía podamos decir con fe:
Ven, Espíritu Santo.
Llena los corazones de tus
fieles.
Enciende en nosotros el
fuego de tu amor.
Haznos testigos valientes
de Cristo resucitado.
Renueva nuestra vida,
nuestra Iglesia y la faz de la tierra.
Amén.
Hermanos
y hermanas:
Hoy
celebramos Pentecostés,
la fiesta del Espíritu Santo, el día en que la Pascua llega a su plenitud. Como
recuerda el texto base, Pentecostés significa “quincuagésimo”, el día cincuenta
después de la Pascua, y para nosotros los cristianos es el gran día en que el
Espíritu transforma a los discípulos encerrados por miedo en testigos valientes
de Cristo resucitado.
El
Evangelio nos muestra a los apóstoles con las puertas cerradas. Estaban
encerrados no solo en una casa, sino también en sus temores, culpas, dudas y
heridas. Y Jesús resucitado entra, se pone en medio y les dice: “La paz esté con ustedes”.
No llega con reproches: “¿Dónde estaban cuando me crucificaban?” No les dice:
“Me fallaron”. Jesús llega con paz. Y luego sopla sobre ellos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”.
Ese
soplo nos recuerda el Génesis: Dios sopló sobre el barro y el ser humano
comenzó a vivir. Ahora Cristo sopla sobre una comunidad herida y nace la
Iglesia. Pentecostés es eso: cuando Dios vuelve a soplar sobre lo que parecía
apagado, cansado, encerrado o muerto.
Hay
una anécdota muy bonita: un joven pobre usaba para pedir limosna un viejo tazón
que había heredado de su padre. Un día, un comerciante descubrió que aquel
tazón no era de bronce, sino de oro puro. El muchacho había vivido como mendigo
llevando en sus manos una riqueza inmensa sin saberlo. A veces nosotros somos
así: vivimos pidiendo fuerza, paz, alegría, esperanza, sin darnos cuenta de que
ya llevamos dentro el don más grande: el
Espíritu Santo recibido en el Bautismo y fortalecido en la Confirmación.
El
problema es que muchas veces tenemos al Espíritu Santo “guardado”, como quien
tiene una vela pero no la enciende, como quien tiene una guitarra pero no la
toca, como quien tiene internet pero no se conecta. Y entonces decimos: “Padre,
yo no puedo cambiar”, “yo soy así”, “mi familia no tiene arreglo”, “mi
comunidad no avanza”, “el mundo está perdido”. Pentecostés nos dice: no estamos solos, el Espíritu de Dios
puede renovar lo que nosotros ya dimos por perdido.
En
la primera lectura, el Espíritu llega como viento y fuego. El viento mueve,
empuja, limpia el ambiente. El fuego ilumina, calienta, purifica. Por eso el
Espíritu Santo no viene para dejarnos igual. Viene a sacudirnos. Viene a quemar
nuestras indiferencias. Viene a descongelar nuestra fe.
Alguien
decía con humor que algunas iglesias parecen buses de turismo: tienen capacidad
para muchos, pero a veces “duermen” casi todos. Y no se trata solo de dormir
físicamente en misa, aunque alguno de pronto se sienta aludido. Se trata de una
fe dormida: rezamos, pero sin ardor; comulgamos, pero sin compromiso;
escuchamos la Palabra, pero no dejamos que nos cambie; pedimos el Espíritu,
pero no queremos que nos mueva demasiado.
Pentecostés
nos recuerda que la Iglesia no nació en una oficina, ni en una estrategia
pastoral, ni en una campaña publicitaria. Nació del fuego del Espíritu. Y
cuando la Iglesia se deja llenar por el Espíritu, deja de ser un grupo
encerrado y se convierte en comunidad misionera.
San
Pablo nos dice en la segunda lectura que hay diversidad de dones, pero un mismo
Espíritu. Esto es muy actual. Vivimos en un mundo lleno de divisiones: familias
divididas, comunidades divididas, países divididos, redes sociales donde parece
que todos hablan, pero pocos escuchan. En Babel, la humanidad se dispersó
porque cada uno quería hacerse grande sin Dios. En Pentecostés, en cambio,
todos escuchan el mismo mensaje en su propia lengua. El Espíritu no uniforma,
pero sí une. No nos hace fotocopias, pero sí hermanos.
Por
eso, una comunidad llena del Espíritu Santo no es aquella donde todos piensan
exactamente igual, sino donde todos aprenden a escucharse, perdonarse y caminar
juntos. El Espíritu Santo se nota cuando alguien baja el tono de la discusión,
cuando una familia vuelve a hablarse, cuando un cristiano deja de vivir
criticando y empieza a servir, cuando una comunidad pasa del chisme a la
oración, de la queja al compromiso, de la frialdad a la misericordia.
Y
el Evangelio une el don del Espíritu con el perdón: “A quienes les perdonen los pecados, les
quedan perdonados”. Donde está el Espíritu, hay reconciliación.
Donde está el Espíritu, no se alimenta el rencor. Donde está el Espíritu, no se
vive archivando ofensas como facturas vencidas. El Espíritu nos hace capaces de
decir: “me equivoqué”, “perdóname”, “empecemos de nuevo”.
Hoy
necesitamos pedirle al Espíritu tres gracias muy concretas.
Primero,
que nos quite el miedo.
Miedo al futuro, miedo a comprometernos, miedo a evangelizar, miedo a decir que
somos creyentes.
Segundo,
que nos devuelva la
alegría. Hay cristianos que parecen más de Viernes Santo que de
Pascua. El Espíritu no elimina los problemas, pero nos da una alegría más
profunda que las circunstancias.
Tercero,
que nos haga testigos.
No basta decir “Ven, Espíritu Santo” dentro del templo si después salimos igual
de impacientes, fríos o indiferentes. El Espíritu se nota en la casa, en el
trabajo, en la parroquia, en el trato con los pobres, en la forma como
hablamos, publicamos, corregimos, perdonamos y servimos.
Hermanos,
Pentecostés no es solamente un recuerdo del pasado. Es una posibilidad para
hoy. El mismo Espíritu que transformó a Pedro, que fortaleció a María, que
animó a los mártires y sostuvo a los santos, quiere renovar nuestra vida.
Pidámosle
entonces con fe:
Ven, Espíritu Santo.
Entra en nuestras puertas
cerradas.
Sopla sobre nuestros
cansancios.
Enciende nuestra fe
dormida.
Haznos una Iglesia viva,
alegre, misionera y misericordiosa.
Y renueva, Señor, la faz
de la tierra, empezando por nuestro propio corazón. Amén.

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