El verdadero sacerdote
En
esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, la Iglesia contempla el
corazón mismo de nuestra fe: Cristo que se ofrece al Padre por amor y permanece
para siempre intercediendo por nosotros. Las lecturas de hoy nos llevan desde
la obediencia confiada de Abraham hasta la oración dolorosa de Jesús en
Getsemaní, donde el Señor acepta plenamente la voluntad del Padre. Él es el
verdadero sacerdote que no ofrece animales ni sacrificios externos, sino su
propia vida para la salvación del mundo.
En
esta Eucaristía oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y
por las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras, para que nunca falten
corazones generosos dispuestos a decir con Cristo: “Aquí estoy, Señor, para
hacer tu voluntad”.
G.Q
Primera lectura
Salmo
“Aquí estoy para hacer tu
voluntad”
Queridos
hermanos:
La
fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos invita hoy a mirar profundamente
quién es Jesús y cuál es el centro de su misión. Cristo no es simplemente un
maestro admirable, un profeta extraordinario o un líder espiritual. Él es el
Sacerdote eterno, el mediador perfecto entre Dios y la humanidad.
Y
lo más hermoso es que Jesús ejerce su sacerdocio no desde el poder humano, sino
desde el amor, la entrega y la obediencia al Padre.
Las
lecturas de hoy nos ayudan a comprender ese misterio.
La
primera lectura, tomada del Génesis, nos presenta el episodio de Abraham e
Isaac. Abraham sube al monte llevando en el corazón una prueba durísima.
Humanamente hablando, aquella situación parece incomprensible. Pero el texto
revela algo fundamental: Abraham aprende a confiar radicalmente en Dios.
En
el fondo, aquella escena prepara otra mucho más grande: el Padre celestial
entregando a su propio Hijo por la salvación del mundo.
Isaac
carga la leña; Cristo cargará la cruz.
Abraham sube al monte con dolor; el Padre entregará a Jesús por amor.
Pero mientras Isaac es perdonado, Cristo sí se ofrecerá plenamente.
Por
eso el salmo responde con esas palabras tan profundas:
“Aquí estoy, Señor, para
hacer tu voluntad.”
Esa
es la clave del sacerdocio de Cristo.
La
carta a los Hebreos lo explica maravillosamente: Dios no quiere sacrificios
vacíos ni ritos externos sin amor. Cristo viene al mundo para ofrecer algo
infinitamente más grande: su propia vida.
Jesús
no ofrece cosas; se ofrece a sí mismo.
Y
esto alcanza su momento más conmovedor en el Evangelio de hoy, en la escena de
Getsemaní.
Allí
vemos a Jesús profundamente humano. Está triste. Siente angustia. Experimenta
el peso del sufrimiento que se acerca. Dice incluso: “Mi alma está triste hasta
la muerte”.
¡Qué
importante es contemplar esto!
A
veces pensamos que la santidad consiste en no sentir miedo, en no sufrir, en no
experimentar crisis. Pero Jesús mismo pasó por la oscuridad interior. Lo
decisivo no es no sufrir; lo decisivo es no dejar de confiar.
En
Getsemaní, Jesús nos enseña cómo orar en los momentos difíciles.
Primero
abre el corazón delante del Padre:
“Si es posible, que pase de mí este cáliz”.
Pero
luego pronuncia la oración más sacerdotal y más hermosa:
“Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Ahí
está el corazón del sacerdocio de Cristo.
Ser
sacerdote no significa buscar honores ni privilegios. Significa aprender a
entregar la propia vida. Significa vivir para Dios y para los demás. Significa
cargar dolores ajenos, escuchar heridas humanas, acompañar lágrimas, sostener
la esperanza de un pueblo.
Por
eso hoy es también un día muy especial para orar por los sacerdotes y por las
vocaciones.
La
Iglesia necesita sacerdotes santos.
No perfectos humanamente, sino profundamente enamorados de Cristo.
Sacerdotes capaces de servir.
Capaces de escuchar.
Capaces de llorar con el pueblo.
Capaces de permanecer fieles incluso en Getsemaní.
Y
también debemos orar por nuevas vocaciones. Porque muchas veces el mundo ofrece
caminos fáciles, éxito rápido, placer inmediato, pero pocos jóvenes escuchan la
voz de Dios que sigue diciendo: “Ven y sígueme”.
Sin
embargo, Cristo continúa llamando.
Llama
en silencio.
Llama en la oración.
Llama a través del sufrimiento del pueblo.
Llama cuando alguien descubre que la vida solo tiene sentido cuando se entrega.
Y
aquí todos tenemos una responsabilidad. Las vocaciones nacen en familias
creyentes, en comunidades que oran, en parroquias vivas, en sacerdotes felices
de su ministerio.
Un
joven difícilmente responderá al llamado de Dios si solo escucha críticas,
divisiones o desánimo. En cambio, cuando encuentra testigos auténticos,
servidores alegres, comunidades que viven el Evangelio, el corazón comienza a
abrirse.
También
nosotros, aunque no seamos sacerdotes ministeriales, participamos del
sacerdocio de Cristo por el Bautismo. Cada cristiano está llamado a ofrecer su
vida como ofrenda agradable a Dios.
Una
madre que se sacrifica por sus hijos.
Un enfermo que une su dolor a Cristo.
Un catequista que evangeliza con amor.
Un joven que lucha por permanecer fiel.
Un anciano que ora por la Iglesia.
Todo eso también es ofrenda sacerdotal.
La
fiesta de hoy nos recuerda que Cristo sigue intercediendo por nosotros. Él no
abandona a su Iglesia. Él sigue sosteniendo a sus sacerdotes. Sigue llamando
obreros para su mies. Sigue acercándose a nuestras noches de Getsemaní.
Tal
vez muchos hoy cargan un cáliz difícil: problemas familiares, enfermedad,
soledad, incertidumbre, cansancio espiritual. Miren a Jesús en el huerto. Él
comprende nuestras luchas porque quiso pasar por ellas.
Y
desde Getsemaní nos enseña el camino: confiar incluso cuando no entendemos
todo.
Pidamos
hoy:
—
por la obra evangelizadora de la Iglesia, para que anuncie el Evangelio con
valentía y misericordia;
— por los sacerdotes, para que sean pastores según el corazón de Cristo;
— por las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras;
— y por todos nosotros, para que aprendamos a decir cada día:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones