Para el mundo
y para mí
En el don del Hijo único engendrado, Dios entero
está comprometido: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
En el capítulo sobre la contemplación de la
Encarnación de sus Ejercicios Espirituales, san Ignacio de Loyola
propone contemplar “cómo las tres Personas divinas […] determinan en su
eternidad que la segunda Persona se haga hombre para salvar al género humano”
(n. 102). En su Hijo, Dios se da por completo. Cuando el Verbo de Dios se hace
carne, Dios queda totalmente comprometido por su Palabra. Cuando yo digo: “Te
doy mi palabra”, me comprometo completamente por esa palabra dada y en
ella; y mi interlocutor guarda en sí mi palabra sin que esa palabra me haya
abandonado. Dios se da. Pero, ¿lo recibimos?
En su Ofrenda al Amor Misericordioso, santa
Teresita del Niño Jesús se atreverá a escribir, dirigiéndose a “mi Dios,
Trinidad bienaventurada”: “Tú me has amado hasta darme a tu Hijo único
para ser mi Salvador y mi Esposo”. Teresita pasa del “mundo” al “yo”:
“Tanto amó Dios al mundo” se convierte en “Tanto me amó Dios a mí”.
¿Delirio, megalomanía, orgullo? No. Simplemente, audacia de la fe. Como dirá
san Pablo: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí” (cf. Ga 2,20).
La salvación acontece en mi vida cuando descubro ese “por mí”. El misterio de
la Santísima Trinidad es el misterio del amor que se “dilata”, se abre, para
que yo pueda entrar en él gratuitamente. Al darme a Jesús, Dios me dice: “Te
doy mi palabra”.
¿Cuál es esta promesa que Dios me hace?
Dios me da a Jesús para salvarme. ¿Qué deseo tengo
yo de ser salvado, y de qué?
Emmanuel Schwab, recteur du
sanctuaire de Lisieux
Primera lectura
Señor, Señor,
Dios compasivo y misericordioso
Lectura del libro del Éxodo.
EN aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había
mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre
del Señor.
El Señor pasó ante él proclamando:
«Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia y lealtad».
Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra.
Y le dijo:
«Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo
de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».
Palabra de Dios.
Salmo
R. ¡A
ti gloria y alabanza por los siglos!
V. Bendito
eres, Señor, Dios de nuestros padres.
Bendito tu nombre, santo y glorioso. R.
V. Bendito
eres en el templo de tu santa gloria. b
V. Bendito
eres sobre el trono de tu reino. R.
V. Bendito
eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos. R.
V. Bendito
eres en la bóveda del cielo. R.
Segunda
lectura
La gracia de
Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS, alégrense, trabajen por su perfección, anímense; tengan un mismo
sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.
Salúdense mutuamente con el beso santo.
Los saludan todos los santos.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu
Santo estén siempre con todos ustedes.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Gloria al
Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo; al Dios que es, al que era y al que ha de
venir. R.
Evangelio
Dios envió a
su Hijo para que el mundo se salve por él
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
TANTO amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree
en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el
mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha
creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
El Papa Francisco
insistía en que una buena homilía debía tener tres elementos: una
idea, una imagen y un sentimiento. Tratemos de entrar hoy en el
misterio de la Santísima Trinidad siguiendo esa sencilla pedagogía.
La idea
podría ser esta: Dios no es soledad; Dios es amor que se entrega para
salvarnos.
La imagen
es la de alguien que dice: “Te doy mi palabra”.
Y el sentimiento
que debería quedar en el corazón es este: asombro agradecido.
Asombro porque Dios es más grande de lo que podemos comprender; agradecimiento
porque ese Dios inmenso se nos ha acercado con ternura.
Hoy celebramos el
misterio central de nuestra fe: un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y
Espíritu Santo. No celebramos un problema matemático, ni una fórmula difícil
para especialistas en teología. Celebramos que Dios, en lo más profundo de su
ser, es comunión, familia, relación, donación, amor.
No creemos en un Dios
encerrado en sí mismo, distante, frío, solitario. Creemos en el Padre que ama,
en el Hijo que se entrega y en el Espíritu Santo que nos introduce en esa
comunión de amor.
La primera lectura nos
lleva al monte Sinaí. Moisés sube con las tablas de piedra. El pueblo ha
fallado, ha pecado, ha fabricado un becerro de oro, ha roto la alianza. Y uno podría
esperar que Dios se revele como juez implacable. Sin embargo, Dios pasa delante
de Moisés y se presenta diciendo:
“El
Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia y lealtad.”
Qué hermosa revelación.
Antes de decirnos lo que exige, Dios nos revela quién es: misericordia,
paciencia, fidelidad, compasión.
Moisés, al escuchar
esto, se postra. No pretende dominar el misterio. No intenta explicarlo todo.
Adora. Y además se atreve a pedir: “Señor, ven con nosotros, aunque seamos un
pueblo de dura cerviz”.
Esa petición de Moisés
sigue siendo nuestra oración:
Señor, ven con nosotros, aunque seamos frágiles.
Ven con nosotros, aunque seamos tercos.
Ven con nosotros, aunque nos desviemos.
Ven con nosotros, aunque muchas veces no sepamos amar.
Y Dios responde
plenamente a esa oración en el Evangelio:
“Tanto
amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.”
Aquí está el corazón de
la solemnidad de hoy. La Trinidad no es una teoría abstracta. La Trinidad se
revela en una entrega. El Padre entrega al Hijo. El Hijo se entrega por amor. Y
el Espíritu Santo hace que esa entrega llegue a nosotros, nos transforme y nos
introduzca en la vida misma de Dios.
El Evangelio no dice:
“Tanto juzgó Dios al mundo”. No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”. No dice:
“Tanto despreciaba Dios al mundo”. Dice:
“Tanto
amó Dios al mundo.”
Y aquí aparece la
audacia de la fe. Santa Teresita del Niño Jesús se atrevía a pasar del “mundo”
al “yo”. Es decir: “Tanto amó Dios al mundo” se convierte en: “Tanto
me amó Dios a mí.”
No se trata de egoísmo
espiritual. Se trata de descubrir que la salvación no es una idea general,
lejana, impersonal. La salvación acontece cuando puedo decir con san Pablo: “El
Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.”
Por mí.
Por mi historia.
Por mis heridas.
Por mis pecados.
Por mis luchas.
Por mis miedos.
Por mi familia.
Por mi comunidad.
Por mi vocación.
Por mi necesidad profunda de ser salvado.
Y entonces surge una
pregunta muy seria: ¿Yo deseo ser salvado? ¿Y de qué
necesito ser salvado?
Porque a veces queremos
que Dios nos ayude, pero no siempre queremos que Dios nos salve. Queremos que
nos resuelva problemas, que nos calme angustias, que nos abra caminos, que nos
conceda favores. Y todo eso podemos pedírselo. Pero la salvación va más hondo.
Ser salvados significa dejar que Dios toque nuestras esclavitudes interiores: el
orgullo, la dureza del corazón, el resentimiento, la tristeza, la
autosuficiencia, el pecado, la indiferencia, el miedo a amar, la incapacidad de
perdonar.
La Santísima Trinidad
nos dice: Dios no se quedó mirando desde lejos nuestra miseria. Dios se comprometió
entero: cuando alguien dice “te doy mi palabra”, se compromete con todo su ser.
Pues bien, Dios nos ha dado su Palabra. Y esa Palabra no es solamente una frase
bonita. Esa Palabra es Jesucristo.
En Jesús, Dios nos dice:
Te doy mi Palabra.
Te doy a mi Hijo.
Te doy mi amor.
Te doy mi vida.
Te doy mi perdón.
Te doy mi Espíritu.
Te abro mi casa.
Te invito a entrar en mi comunión.
Por eso san Pablo, en
la segunda lectura, termina con una de las fórmulas más bellas del Nuevo
Testamento:
“La
gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu
Santo estén siempre con todos ustedes.”
Ahí está la Trinidad
expresada como bendición.
La gracia
de Jesucristo.
El amor
del Padre.
La comunión
del Espíritu Santo.
No es casual que la
liturgia haya conservado estas palabras al inicio de la Eucaristía. Cada vez
que escuchamos ese saludo, no recibimos una frase protocolaria. Recibimos una
bendición trinitaria. Se nos recuerda que la vida cristiana comienza, camina y
culmina en la Trinidad.
Fuimos bautizados en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Nos persignamos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Somos perdonados, enviados, bendecidos y fortalecidos en ese mismo nombre.
Pero habría que
preguntarnos: ¿hacemos la señal de la cruz con conciencia? ¿O la hacemos de
prisa, como un gesto automático?
Cada vez que trazamos
la cruz sobre nuestro cuerpo estamos diciendo:
Mi mente pertenece al Padre.
Mi corazón pertenece al Hijo.
Mi vida entera está habitada por el Espíritu Santo.
No estoy solo. Vengo de Dios, camino con Dios y voy hacia Dios.
La solemnidad de la
Trinidad también ilumina nuestra vida comunitaria. Si Dios es comunión, el
cristiano no puede vivir encerrado en su egoísmo. Si Dios es relación, no
podemos construir una fe individualista. Si Dios es amor que se entrega, no
podemos reducir la religión a costumbre, cumplimiento o apariencia.
Creer en la Trinidad es
aprender a vivir trinitariamente:
como hijos amados del Padre,
como discípulos de Cristo,
como templos vivos del Espíritu Santo.
Una familia que se
perdona refleja algo de la Trinidad.
Una comunidad que se ayuda refleja algo de la Trinidad.
Una parroquia que acoge refleja algo de la Trinidad.
Un enfermo que ofrece su dolor unido a Cristo refleja algo de la Trinidad.
Un cristiano que sirve sin buscar aplausos refleja algo de la Trinidad.
Por eso, la imagen de
hoy es tan profunda: “Te doy mi palabra.”
Dios nos ha dado su Palabra y no se ha echado atrás. Aunque el mundo lo
rechace, Él sigue amando. Aunque el pecado hiera la historia, Él sigue
salvando. Aunque nosotros seamos de dura cerviz, Él sigue caminando con
nosotros.
Y el sentimiento que
hoy deberíamos llevarnos es el asombro agradecido. No un miedo paralizante ante
un misterio incomprensible, sino la gratitud humilde de quien se sabe amado.
Hoy podemos decir:
Padre, gracias porque me creaste por amor.
Hijo, gracias porque te entregaste por mí.
Espíritu Santo, gracias porque habitas en mí y me conduces hacia la comunión.
Que esta solemnidad nos
ayude a pasar de una fe fría a una fe agradecida; de una religión de costumbre
a una relación viva; de un Dios lejano a un Dios que me dice en Cristo: “Te
doy mi palabra, te doy mi vida, te doy mi amor para salvarte.”
Y que al hacer hoy la
señal de la cruz, la hagamos despacio, con fe, como quien entra en el misterio
más grande y más hermoso:
En el nombre del Padre,
y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
2
Queridos
hermanos:
Celebramos
hoy la Solemnidad de la
Santísima Trinidad, el misterio central de nuestra fe: un solo Dios en tres Personas: Padre,
Hijo y Espíritu Santo. No es un misterio para resolver como si
fuera un acertijo; es un misterio para contemplar, adorar y vivir.
Podríamos
resumir esta homilía con tres elementos muy sencillos:
Una idea: Dios no solamente ama; Dios es Amor.
Una imagen:
una familia reunida alrededor de una misma mesa.
Un sentimiento:
dejarnos llenar de asombro y gratitud.
Porque
la Trinidad nos revela que Dios no es soledad, no es aislamiento, no es
frialdad. Dios es comunión. Dios es relación. Dios es amor que circula
eternamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y lo más hermoso es
que ese amor no se queda encerrado en Dios: se abre, se entrega, se derrama sobre
nosotros.
El
Evangelio de hoy nos da una de las frases más bellas de toda la Escritura:
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.”
No
dice: “Tanto juzgó Dios al mundo”.
No dice: “Tanto despreciaba Dios al mundo”.
No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”.
Dice: “Tanto amó Dios al
mundo.”
Y
allí está el corazón de nuestra fe: Dios mira al mundo con amor. Dios mira
nuestra historia con amor. Dios mira nuestras heridas con amor. Dios mira
nuestras caídas con misericordia. Dios mira nuestras luchas y no se queda
lejos. Se acerca. Se compromete. Se entrega.
San
Juan, el discípulo amado, comprendió esto de una manera muy profunda. Él se
sabía amado por Jesús. No porque Jesús lo amara más que a los demás, sino
porque Juan dejó que ese amor entrara hasta lo más íntimo de su vida. Por eso
pudo decir después: “Dios
es amor.”
Esa
frase no es sentimentalismo. No significa que Dios tenga de vez en cuando
gestos cariñosos. Significa algo mucho más profundo: el amor es la identidad misma de Dios.
Dios ama porque es Amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, y ese amor
vivo y eterno es el Espíritu Santo.
Por
eso la Trinidad no es una idea lejana. Es la fuente de todo amor verdadero.
Cada vez que una madre cuida a su hijo, cada vez que una familia se perdona,
cada vez que un enfermo es acompañado, cada vez que alguien sirve sin esperar
recompensa, cada vez que una comunidad se une para sostener a los más débiles,
allí hay una pequeña chispa del amor trinitario.
La
primera lectura nos presenta a Moisés subiendo al monte Sinaí. El pueblo ha
pecado, ha sido infiel, ha roto la alianza. Y, sin embargo, Dios se revela con
estas palabras:
“El Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento
a la ira y rico en clemencia y lealtad.”
Qué
hermoso saber que Dios no se presenta primero como castigo, sino como
misericordia. Dios no niega el pecado del pueblo, pero tampoco abandona a su
pueblo. Moisés lo entiende y por eso suplica: “Señor, ven con nosotros.”
Esa
debería ser también nuestra oración hoy:
Señor,
ven con nosotros.
Ven con nuestras familias.
Ven con nuestra comunidad.
Ven con nuestra Iglesia.
Ven con este mundo herido.
Ven con quienes están tristes.
Ven con quienes han perdido la esperanza.
Ven con quienes se sienten lejos de Ti.
Y
Dios responde plenamente a esa súplica enviando a su Hijo. En Jesús, Dios
camina con nosotros. En Jesús, Dios se hace cercano. En Jesús, Dios nos dice: no he venido a condenarte, he venido a
salvarte.
Porque
el Evangelio continúa diciendo:
“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él.”
Esta
es una noticia inmensa. Dios no quiere nuestra perdición. Dios no disfruta
condenando. Dios no está esperando nuestro error para destruirnos. Dios quiere
salvarnos. Pero salvarnos no significa solamente sacarnos de un problema
exterior. Salvarnos significa rescatarnos desde dentro: del pecado, del
egoísmo, del orgullo, del resentimiento, de la tristeza profunda, de la
indiferencia, de la mentira, de la dureza del corazón.
Aquí
podemos hacer una pregunta muy personal: ¿de
qué necesito yo ser salvado?
Tal
vez necesito ser salvado de mi falta de fe.
Tal vez de mi incapacidad de perdonar.
Tal vez de una tristeza que me encierra.
Tal vez de una culpa que no me deja caminar.
Tal vez de una vida cristiana tibia y acostumbrada.
Tal vez de pensar que Dios ama al mundo, pero no me ama a mí.
Y
allí aparece una frase hermosa: “Al
mundo y a mí.”
El
Evangelio dice: “Tanto amó Dios al mundo”. Pero la fe me permite decir también:
“Tanto me amó Dios a mí.”
No por orgullo, sino por confianza. No porque yo sea el centro del universo, sino
porque dentro de ese mundo amado por Dios también está mi historia, mi nombre,
mi vida, mi dolor y mi esperanza.
San
Pablo lo decía con palabras muy fuertes: “El
Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.” Esa es la experiencia
que cambia la vida. No basta decir: “Dios ama a la humanidad”. Hay un momento
en que el corazón creyente descubre: Dios
me ama a mí. Cristo se entregó por mí. El Espíritu Santo habita en mí.
La
segunda lectura de san Pablo a los Corintios nos ofrece una bendición que
escuchamos muchas veces en la Eucaristía:
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y
la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.”
Allí
está resumido el misterio trinitario como bendición para nuestra vida.
La
gracia de Jesucristo:
porque Él nos salva, nos perdona, nos levanta.
El amor de Dios Padre:
porque de Él venimos y hacia Él caminamos.
La comunión del Espíritu
Santo: porque el Espíritu nos une, nos consuela, nos fortalece
y nos hace Iglesia.
Por
eso la Trinidad no es solamente algo que creemos; es algo que vivimos. Desde
nuestro Bautismo fuimos sumergidos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo. Cada vez que hacemos la señal de la cruz recordamos quiénes
somos y a quién pertenecemos.
Cuando
nos persignamos, no estamos haciendo un gesto vacío. Estamos diciendo:
Mi
mente pertenece al Padre.
Mi corazón pertenece al Hijo.
Mi vida pertenece al Espíritu Santo.
No estoy solo.
Soy hijo amado.
Soy discípulo redimido.
Soy templo vivo del Espíritu.
El
salmo tomado del libro de Daniel es una gran alabanza:
“Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de
alabanza y glorioso por los siglos.”
Ante
la Trinidad, la actitud más profunda no es explicarlo todo, sino adorar. Como
Moisés, nos postramos. Como la Iglesia, bendecimos. Como los santos, confiamos.
Como los pequeños, nos dejamos amar.
La
imagen de la mesa familiar puede ayudarnos. En una casa, cuando hay amor
verdadero, la mesa no es solo un lugar donde se come. Es lugar de encuentro, de
conversación, de perdón, de memoria, de fiesta. Nadie debería sentirse extraño
en esa mesa. Así es el amor de Dios: el Padre prepara la mesa, el Hijo se nos
da como alimento, y el Espíritu Santo nos reúne como familia.
Cada
Eucaristía es una entrada en la vida trinitaria. Venimos al Padre, por Cristo,
en el Espíritu Santo. No venimos solamente a cumplir un rito. Venimos a
dejarnos abrazar por el amor de Dios. Venimos a escuchar su Palabra. Venimos a
recibir el Cuerpo de Cristo. Venimos a ser enviados como testigos de comunión
en un mundo dividido.
Y
esta solemnidad nos deja una tarea concreta: si Dios es comunión, nosotros no podemos vivir sembrando
división. Si Dios es amor, no podemos vivir encerrados en el
egoísmo. Si Dios es misericordia, no podemos alimentar odios eternos. Si Dios
es entrega, no podemos reducir la fe a comodidad.
Creer
en la Trinidad es aprender a vivir de manera trinitaria:
amando como hijos del Padre,
sirviendo como discípulos del Hijo,
construyendo unidad como templos del Espíritu Santo.
Hoy
pidamos la gracia de no acostumbrarnos a este misterio. Que la señal de la cruz
vuelva a tener peso en nuestra vida. Que cuando digamos “Gloria al Padre, y al
Hijo, y al Espíritu Santo”, no lo digamos de memoria solamente, sino con el
corazón despierto.
Dios
ha amado al mundo.
Dios me ha amado a mí.
Dios nos ha dado a su Hijo.
Dios nos ha regalado su Espíritu.
Dios nos llama a participar de su vida.
Que
esta Eucaristía renueve en nosotros el asombro, la fe y la gratitud. Y que
podamos salir de aquí diciendo con confianza:
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los
siglos. Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones