sábado, 30 de mayo de 2026

31 de mayo del 2026: Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Para el mundo y para mí

En el don del Hijo único engendrado, Dios entero está comprometido: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

En el capítulo sobre la contemplación de la Encarnación de sus Ejercicios Espirituales, san Ignacio de Loyola propone contemplar “cómo las tres Personas divinas […] determinan en su eternidad que la segunda Persona se haga hombre para salvar al género humano” (n. 102). En su Hijo, Dios se da por completo. Cuando el Verbo de Dios se hace carne, Dios queda totalmente comprometido por su Palabra. Cuando yo digo: “Te doy mi palabra”, me comprometo completamente por esa palabra dada y en ella; y mi interlocutor guarda en sí mi palabra sin que esa palabra me haya abandonado. Dios se da. Pero, ¿lo recibimos?

En su Ofrenda al Amor Misericordioso, santa Teresita del Niño Jesús se atreverá a escribir, dirigiéndose a “mi Dios, Trinidad bienaventurada”: “Tú me has amado hasta darme a tu Hijo único para ser mi Salvador y mi Esposo”. Teresita pasa del “mundo” al “yo”: “Tanto amó Dios al mundo” se convierte en “Tanto me amó Dios a mí”. ¿Delirio, megalomanía, orgullo? No. Simplemente, audacia de la fe. Como dirá san Pablo: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí” (cf. Ga 2,20). La salvación acontece en mi vida cuando descubro ese “por mí”. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio del amor que se “dilata”, se abre, para que yo pueda entrar en él gratuitamente. Al darme a Jesús, Dios me dice: “Te doy mi palabra”.

¿Cuál es esta promesa que Dios me hace?

Dios me da a Jesús para salvarme. ¿Qué deseo tengo yo de ser salvado, y de qué?

Emmanuel Schwab, recteur du sanctuaire de Lisieux

 


Primera lectura

Éx 34, 4b-6. 8-9
Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.
El Señor pasó ante él proclamando:
«Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».
Moisés al momento se inclinó y se postró en tierra.
Y le dijo:
«Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dan 3, 52a y c. 53a. 54a. 55a. 56a (R.: 52b)

R. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

V. Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres.
Bendito tu nombre, santo y glorioso.
 R.

V. Bendito eres en el templo de tu santa gloria. b

V. Bendito eres sobre el trono de tu reino. R.

V. Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos.
 R.

V. Bendito eres en la bóveda del cielo. R.

 

Segunda lectura

2 Cor 13, 11-13
La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.


HERMANOS, alégrense, trabajen por su perfección, anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.
Salúdense mutuamente con el beso santo.
Los saludan todos los santos.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

RAleluya, aleluya, aleluya.
V. Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo; al Dios que es, al que era y al que ha de venir. R.

 

Evangelio

Jn 3, 16-18
Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

TANTO amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Papa Francisco insistía en que una buena homilía debía tener tres elementos: una idea, una imagen y un sentimiento. Tratemos de entrar hoy en el misterio de la Santísima Trinidad siguiendo esa sencilla pedagogía.

La idea podría ser esta: Dios no es soledad; Dios es amor que se entrega para salvarnos.

La imagen es la de alguien que dice: “Te doy mi palabra”.

Y el sentimiento que debería quedar en el corazón es este: asombro agradecido. Asombro porque Dios es más grande de lo que podemos comprender; agradecimiento porque ese Dios inmenso se nos ha acercado con ternura.

Hoy celebramos el misterio central de nuestra fe: un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No celebramos un problema matemático, ni una fórmula difícil para especialistas en teología. Celebramos que Dios, en lo más profundo de su ser, es comunión, familia, relación, donación, amor.

No creemos en un Dios encerrado en sí mismo, distante, frío, solitario. Creemos en el Padre que ama, en el Hijo que se entrega y en el Espíritu Santo que nos introduce en esa comunión de amor.

La primera lectura nos lleva al monte Sinaí. Moisés sube con las tablas de piedra. El pueblo ha fallado, ha pecado, ha fabricado un becerro de oro, ha roto la alianza. Y uno podría esperar que Dios se revele como juez implacable. Sin embargo, Dios pasa delante de Moisés y se presenta diciendo:

“El Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.”

Qué hermosa revelación. Antes de decirnos lo que exige, Dios nos revela quién es: misericordia, paciencia, fidelidad, compasión.

Moisés, al escuchar esto, se postra. No pretende dominar el misterio. No intenta explicarlo todo. Adora. Y además se atreve a pedir: “Señor, ven con nosotros, aunque seamos un pueblo de dura cerviz”.

Esa petición de Moisés sigue siendo nuestra oración:
Señor, ven con nosotros, aunque seamos frágiles.
Ven con nosotros, aunque seamos tercos.
Ven con nosotros, aunque nos desviemos.
Ven con nosotros, aunque muchas veces no sepamos amar.

Y Dios responde plenamente a esa oración en el Evangelio:
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.”

Aquí está el corazón de la solemnidad de hoy. La Trinidad no es una teoría abstracta. La Trinidad se revela en una entrega. El Padre entrega al Hijo. El Hijo se entrega por amor. Y el Espíritu Santo hace que esa entrega llegue a nosotros, nos transforme y nos introduzca en la vida misma de Dios.

El Evangelio no dice: “Tanto juzgó Dios al mundo”. No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”. No dice: “Tanto despreciaba Dios al mundo”. Dice:
“Tanto amó Dios al mundo.”

Y aquí aparece la audacia de la fe. Santa Teresita del Niño Jesús se atrevía a pasar del “mundo” al “yo”. Es decir: “Tanto amó Dios al mundo” se convierte en: “Tanto me amó Dios a mí.”

No se trata de egoísmo espiritual. Se trata de descubrir que la salvación no es una idea general, lejana, impersonal. La salvación acontece cuando puedo decir con san Pablo: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.”

Por mí.
Por mi historia.
Por mis heridas.
Por mis pecados.
Por mis luchas.
Por mis miedos.
Por mi familia.
Por mi comunidad.
Por mi vocación.
Por mi necesidad profunda de ser salvado.

Y entonces surge una pregunta muy seria: ¿Yo deseo ser salvado? ¿Y de qué necesito ser salvado?

Porque a veces queremos que Dios nos ayude, pero no siempre queremos que Dios nos salve. Queremos que nos resuelva problemas, que nos calme angustias, que nos abra caminos, que nos conceda favores. Y todo eso podemos pedírselo. Pero la salvación va más hondo. Ser salvados significa dejar que Dios toque nuestras esclavitudes interiores: el orgullo, la dureza del corazón, el resentimiento, la tristeza, la autosuficiencia, el pecado, la indiferencia, el miedo a amar, la incapacidad de perdonar.

La Santísima Trinidad nos dice: Dios no se quedó mirando desde lejos nuestra miseria. Dios se comprometió entero: cuando alguien dice “te doy mi palabra”, se compromete con todo su ser. Pues bien, Dios nos ha dado su Palabra. Y esa Palabra no es solamente una frase bonita. Esa Palabra es Jesucristo.

En Jesús, Dios nos dice:
Te doy mi Palabra.
Te doy a mi Hijo.
Te doy mi amor.
Te doy mi vida.
Te doy mi perdón.
Te doy mi Espíritu.
Te abro mi casa.
Te invito a entrar en mi comunión.

Por eso san Pablo, en la segunda lectura, termina con una de las fórmulas más bellas del Nuevo Testamento:

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.”

Ahí está la Trinidad expresada como bendición.
La gracia de Jesucristo.
El amor del Padre.
La comunión del Espíritu Santo.

No es casual que la liturgia haya conservado estas palabras al inicio de la Eucaristía. Cada vez que escuchamos ese saludo, no recibimos una frase protocolaria. Recibimos una bendición trinitaria. Se nos recuerda que la vida cristiana comienza, camina y culmina en la Trinidad.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Nos persignamos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Somos perdonados, enviados, bendecidos y fortalecidos en ese mismo nombre.

Pero habría que preguntarnos: ¿hacemos la señal de la cruz con conciencia? ¿O la hacemos de prisa, como un gesto automático?

Cada vez que trazamos la cruz sobre nuestro cuerpo estamos diciendo:
Mi mente pertenece al Padre.
Mi corazón pertenece al Hijo.
Mi vida entera está habitada por el Espíritu Santo.
No estoy solo. Vengo de Dios, camino con Dios y voy hacia Dios.

La solemnidad de la Trinidad también ilumina nuestra vida comunitaria. Si Dios es comunión, el cristiano no puede vivir encerrado en su egoísmo. Si Dios es relación, no podemos construir una fe individualista. Si Dios es amor que se entrega, no podemos reducir la religión a costumbre, cumplimiento o apariencia.

Creer en la Trinidad es aprender a vivir trinitariamente:
como hijos amados del Padre,
como discípulos de Cristo,
como templos vivos del Espíritu Santo.

Una familia que se perdona refleja algo de la Trinidad.
Una comunidad que se ayuda refleja algo de la Trinidad.
Una parroquia que acoge refleja algo de la Trinidad.
Un enfermo que ofrece su dolor unido a Cristo refleja algo de la Trinidad.
Un cristiano que sirve sin buscar aplausos refleja algo de la Trinidad.

Por eso, la imagen de hoy es tan profunda: “Te doy mi palabra.” Dios nos ha dado su Palabra y no se ha echado atrás. Aunque el mundo lo rechace, Él sigue amando. Aunque el pecado hiera la historia, Él sigue salvando. Aunque nosotros seamos de dura cerviz, Él sigue caminando con nosotros.

Y el sentimiento que hoy deberíamos llevarnos es el asombro agradecido. No un miedo paralizante ante un misterio incomprensible, sino la gratitud humilde de quien se sabe amado.

Hoy podemos decir:
Padre, gracias porque me creaste por amor.
Hijo, gracias porque te entregaste por mí.
Espíritu Santo, gracias porque habitas en mí y me conduces hacia la comunión.

Que esta solemnidad nos ayude a pasar de una fe fría a una fe agradecida; de una religión de costumbre a una relación viva; de un Dios lejano a un Dios que me dice en Cristo: “Te doy mi palabra, te doy mi vida, te doy mi amor para salvarte.”

Y que al hacer hoy la señal de la cruz, la hagamos despacio, con fe, como quien entra en el misterio más grande y más hermoso:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad, el misterio central de nuestra fe: un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es un misterio para resolver como si fuera un acertijo; es un misterio para contemplar, adorar y vivir.

Podríamos resumir esta homilía con tres elementos muy sencillos:

Una idea: Dios no solamente ama; Dios es Amor.
Una imagen: una familia reunida alrededor de una misma mesa.
Un sentimiento: dejarnos llenar de asombro y gratitud.

Porque la Trinidad nos revela que Dios no es soledad, no es aislamiento, no es frialdad. Dios es comunión. Dios es relación. Dios es amor que circula eternamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y lo más hermoso es que ese amor no se queda encerrado en Dios: se abre, se entrega, se derrama sobre nosotros.

El Evangelio de hoy nos da una de las frases más bellas de toda la Escritura:

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.”

No dice: “Tanto juzgó Dios al mundo”.
No dice: “Tanto despreciaba Dios al mundo”.
No dice: “Tanto se cansó Dios del mundo”.
Dice: “Tanto amó Dios al mundo.”

Y allí está el corazón de nuestra fe: Dios mira al mundo con amor. Dios mira nuestra historia con amor. Dios mira nuestras heridas con amor. Dios mira nuestras caídas con misericordia. Dios mira nuestras luchas y no se queda lejos. Se acerca. Se compromete. Se entrega.

San Juan, el discípulo amado, comprendió esto de una manera muy profunda. Él se sabía amado por Jesús. No porque Jesús lo amara más que a los demás, sino porque Juan dejó que ese amor entrara hasta lo más íntimo de su vida. Por eso pudo decir después: “Dios es amor.”

Esa frase no es sentimentalismo. No significa que Dios tenga de vez en cuando gestos cariñosos. Significa algo mucho más profundo: el amor es la identidad misma de Dios. Dios ama porque es Amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, y ese amor vivo y eterno es el Espíritu Santo.

Por eso la Trinidad no es una idea lejana. Es la fuente de todo amor verdadero. Cada vez que una madre cuida a su hijo, cada vez que una familia se perdona, cada vez que un enfermo es acompañado, cada vez que alguien sirve sin esperar recompensa, cada vez que una comunidad se une para sostener a los más débiles, allí hay una pequeña chispa del amor trinitario.

La primera lectura nos presenta a Moisés subiendo al monte Sinaí. El pueblo ha pecado, ha sido infiel, ha roto la alianza. Y, sin embargo, Dios se revela con estas palabras:

“El Señor, el Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.”

Qué hermoso saber que Dios no se presenta primero como castigo, sino como misericordia. Dios no niega el pecado del pueblo, pero tampoco abandona a su pueblo. Moisés lo entiende y por eso suplica: “Señor, ven con nosotros.”

Esa debería ser también nuestra oración hoy:

Señor, ven con nosotros.
Ven con nuestras familias.
Ven con nuestra comunidad.
Ven con nuestra Iglesia.
Ven con este mundo herido.
Ven con quienes están tristes.
Ven con quienes han perdido la esperanza.
Ven con quienes se sienten lejos de Ti.

Y Dios responde plenamente a esa súplica enviando a su Hijo. En Jesús, Dios camina con nosotros. En Jesús, Dios se hace cercano. En Jesús, Dios nos dice: no he venido a condenarte, he venido a salvarte.

Porque el Evangelio continúa diciendo:

“Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”

Esta es una noticia inmensa. Dios no quiere nuestra perdición. Dios no disfruta condenando. Dios no está esperando nuestro error para destruirnos. Dios quiere salvarnos. Pero salvarnos no significa solamente sacarnos de un problema exterior. Salvarnos significa rescatarnos desde dentro: del pecado, del egoísmo, del orgullo, del resentimiento, de la tristeza profunda, de la indiferencia, de la mentira, de la dureza del corazón.

Aquí podemos hacer una pregunta muy personal: ¿de qué necesito yo ser salvado?

Tal vez necesito ser salvado de mi falta de fe.
Tal vez de mi incapacidad de perdonar.
Tal vez de una tristeza que me encierra.
Tal vez de una culpa que no me deja caminar.
Tal vez de una vida cristiana tibia y acostumbrada.
Tal vez de pensar que Dios ama al mundo, pero no me ama a mí.

Y allí aparece una frase hermosa: “Al mundo y a mí.”

El Evangelio dice: “Tanto amó Dios al mundo”. Pero la fe me permite decir también: “Tanto me amó Dios a mí.” No por orgullo, sino por confianza. No porque yo sea el centro del universo, sino porque dentro de ese mundo amado por Dios también está mi historia, mi nombre, mi vida, mi dolor y mi esperanza.

San Pablo lo decía con palabras muy fuertes: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.” Esa es la experiencia que cambia la vida. No basta decir: “Dios ama a la humanidad”. Hay un momento en que el corazón creyente descubre: Dios me ama a mí. Cristo se entregó por mí. El Espíritu Santo habita en mí.

La segunda lectura de san Pablo a los Corintios nos ofrece una bendición que escuchamos muchas veces en la Eucaristía:

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.”

Allí está resumido el misterio trinitario como bendición para nuestra vida.

La gracia de Jesucristo: porque Él nos salva, nos perdona, nos levanta.
El amor de Dios Padre: porque de Él venimos y hacia Él caminamos.
La comunión del Espíritu Santo: porque el Espíritu nos une, nos consuela, nos fortalece y nos hace Iglesia.

Por eso la Trinidad no es solamente algo que creemos; es algo que vivimos. Desde nuestro Bautismo fuimos sumergidos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Cada vez que hacemos la señal de la cruz recordamos quiénes somos y a quién pertenecemos.

Cuando nos persignamos, no estamos haciendo un gesto vacío. Estamos diciendo:

Mi mente pertenece al Padre.
Mi corazón pertenece al Hijo.
Mi vida pertenece al Espíritu Santo.
No estoy solo.
Soy hijo amado.
Soy discípulo redimido.
Soy templo vivo del Espíritu.

El salmo tomado del libro de Daniel es una gran alabanza:

“Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y glorioso por los siglos.”

Ante la Trinidad, la actitud más profunda no es explicarlo todo, sino adorar. Como Moisés, nos postramos. Como la Iglesia, bendecimos. Como los santos, confiamos. Como los pequeños, nos dejamos amar.

La imagen de la mesa familiar puede ayudarnos. En una casa, cuando hay amor verdadero, la mesa no es solo un lugar donde se come. Es lugar de encuentro, de conversación, de perdón, de memoria, de fiesta. Nadie debería sentirse extraño en esa mesa. Así es el amor de Dios: el Padre prepara la mesa, el Hijo se nos da como alimento, y el Espíritu Santo nos reúne como familia.

Cada Eucaristía es una entrada en la vida trinitaria. Venimos al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. No venimos solamente a cumplir un rito. Venimos a dejarnos abrazar por el amor de Dios. Venimos a escuchar su Palabra. Venimos a recibir el Cuerpo de Cristo. Venimos a ser enviados como testigos de comunión en un mundo dividido.

Y esta solemnidad nos deja una tarea concreta: si Dios es comunión, nosotros no podemos vivir sembrando división. Si Dios es amor, no podemos vivir encerrados en el egoísmo. Si Dios es misericordia, no podemos alimentar odios eternos. Si Dios es entrega, no podemos reducir la fe a comodidad.

Creer en la Trinidad es aprender a vivir de manera trinitaria:
amando como hijos del Padre,
sirviendo como discípulos del Hijo,
construyendo unidad como templos del Espíritu Santo.

Hoy pidamos la gracia de no acostumbrarnos a este misterio. Que la señal de la cruz vuelva a tener peso en nuestra vida. Que cuando digamos “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”, no lo digamos de memoria solamente, sino con el corazón despierto.

Dios ha amado al mundo.
Dios me ha amado a mí.
Dios nos ha dado a su Hijo.
Dios nos ha regalado su Espíritu.
Dios nos llama a participar de su vida.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros el asombro, la fe y la gratitud. Y que podamos salir de aquí diciendo con confianza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.


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